El Lago de la Vida

Escrito en Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022.

Llevo un tiempo preparándome para mis 40 años. Aunque aún me faltan un par, siempre he sido un tipo organizado.

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Los inicios

Recuerdo perfectamente cuando tenía 15 años y esperaba el año 2000. ¡Un gran hito! Recibiría el nuevo milenio con 16 años y me preguntaba cómo sería mi vida de adulto, cuando cumpliría 20. ¡Otro hito de aquellos! Me gustaba tener esa dosis de incertidumbre, pero, a la vez, mi mente iba trazando caminos e hipótesis y mi espíritu se preparaba con una entrega bastante voraz.

A los 15 años yo quería ser escritor y para poder vivir dignamente, planeaba convertirme en diplomático. Era la única fórmula realista para lograr la conjugación anhelada escritura-viajes-seguridad. Así es que empecé por lo que podía hacer a esa edad y publiqué un libro, que me encantó escribir.

Pasaba mis días de colegio muy metido en las clases de letras francesas, filosofía e historia-geografía, mis materias preferidas. Mis tardes eran bastante ocupadas, porque desde los 5 años tuve un mega combo extracurricular de piano, natación e inglés, que hasta el día de hoy agradezco. Los viernes, eso sí, estaban dedicados a mis amigos.

Mi exploración por las artes siempre fue intensa, particularmente en el mundo de la música. A los 15 incursioné en la percusión con unos amigos que se juntaban en mi casa en la que había cajones peruanos, djembés y un piano, de los buenos. Mis amigos traían las guitarras, la melódica y el darbuka. A los 16 ingresé al coro de la universidad de Costa Rica, en piano.

Muchos fines de semana nos íbamos a la playa o a la finca en Copey con mis padres y aún así sacaba tiempo para escribir. Entre los 14 y los 16 años habré escrito unos 50 cuentos, al menos, muy inspirado en mis lecturas del romanticismo y naturalismo francés y en el realismo mágico latinoamericano.

Copey de Dota. Fuente: https://farm9.staticflickr.com/8264/8650831791_b83712476d_o.jpg

En esas épocas también trabajaba en el restaurante de mis padres, como cajero, y en cada segundo libre que tenía, abría mis libros de García Márquez y me perdía de manera infinita en esas historias fascinantes que encontraba fáciles de leer. Cuando terminé mi repertorio pasé a Vargas Llosa y luego a Borges. La pasión por la escritura rivalizaba solo con el amor incomensurable que tenía por la novela como género literario. Pensaba que mi vida la dedicaría a escribir una gran novela, algo así como “En Busca del Tiempo Perdido” de Proust y que los cuentos eran un entrenamiento necesario para ese gran fin.

La novela que más influyó en mi vida adolescente fue “La Fiesta del Chivo” de Vargas Llosa. Me la regalaron mis padres antes de un maravilloso viaje de intercambio a Francia y en el vuelo de Houston a Amsterdam prácticamente no pude despegar mis ojos de las páginas que veía, con algo de desesperación, cómo se iban acabando más rápido de lo previsto. Desde entonces, la novela histórica se convirtió en mi género preferido y me abrió el camino a las ciencias políticas.

La Fiesta del Chivo, el libro que marcó mi adolescencia

Cuando llegó el año 2000, mi hermano había alquilado una casa de playa en Costa Rica junto con su novia de aquel momento y unos días antes del Y2K, me llevó a surfear. Ese día cayó una gran tormenta con rayos y truenos mientras estábamos en el agua y yo me asusté. A él le encantan esas vainas, pero en eso somos opuestos. Frente a mi insolente insistencia, aceptó salir del agua. Mientras caminábamos de regreso a la casa (unos cuantos minutos) la lluvia arreciaba cada vez con mayor ferocidad. Le dije: “hermano, me voy a caer, no veo nada”, para aclarar soy un miope de alta categoría y había dejado mis lentes en casa, con lo que, entre la lluvia y mi ceguera, no atinaba a dar dos pasos coherentes. Muy enojado porque se le había frustrado la clase de surf a su hermanito menor, me dijo en su marcado acento español “no seas mala leche”. Tres pasos más adelante me caí en una zanja y me torcí el pie derecho. Pasé el año nuevo y el resto del verano enyesado, embutiéndome libro tras libro, dándome cuenta de que ni se habían reseteado todas las computadoras del mundo, ni un yeso iba a joderme el primer verano del milenio.

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Los catalizadores

En el penúltimo año de colegio nos visitó un representante de la Embajada de Francia para preguntarnos qué queríamos estudiar y a convencernos que Francia sería un excelente destino para cualquier carrera que elijamos.

Lamentablemente, le cambié un poco los planes al susodicho, cuando le dije que quería estudiar relaciones internacionales. Desde hacía un tiempo ya venía investigando y había encontrado una beca en la UNAM de México. Se lo había comentado al representante del Centro Cultural de México en Costa Rica, que era un asiduo comensal del restaurante de mis padres y en cuyo establecimiento finalmente terminé presentando mi libro de cuentos. Entre un vodka y otro me había asegurado de que una beca sería fácil de obtener para mí.

El funcionario francés inmediatamente adoptó una actitud seria y arrogante y me dijo algo que nunca olvidaré: “La carrera de relaciones internacionales no existe en Francia. Para poder hacer una especialización en relaciones internacionales debes estudiar ciencias políticas y eso se hace en los Institutos de Estudios Políticos que tienen procesos de acceso demasiado difíciles. ¿No te interesaría hacer una clase preparatoria de letras o de filosofía?”.

Inmediatamente me lo tomé personal. Soy algo competitivo, digamos.

Como el programa de estudios en el colegio francés ofrecía una beca de excelencia académica, me dije que no iba a desperdiciar esa oportunidad y hablé con mi primer mentor de la vida, Michel Marchive, mi profesor de filosofía, quien me aseguró que yo sí iba a poder ingresar a la carrera de ciencias políticas en Francia y me ayudó desde ese momento a prepararme para los exámenes de ingreso. Considero que fue un gran mentor, porque realmente a él le hubiese gustado que yo haga lo que recomendó el funcionario, es decir una clase preparatoria de filosofía, pero entendía claramente que cada uno define sus propios caminos.

Los siguientes dos años me los pasé esforzándome mucho para combinar mi pasión con la música, la lectura, la escritura, la necesidad de obtener excelentes notas para poder aplicar a la beca, mi intensa vida social, viajes, actividades extracurriculares y el trabajo, porque siempre trabajé en el restaurante de mis padres, sin morir en el intento.  

Jardin de Sciences-Po, París (fuente foto: Sciences-Po)

Los exámanes del baccalauréat francés estaban repartidos entre el penúltimo y el último año del colegio y las notas que obtuve en la primera tanda fueron realmente motivadoras, con lo que me tomé muy en serio el objetivo de ganar la beca, darle la contraria al funcionario francés que hacía muy mal su trabajo y poder financiar mi vida como escritor una vez que terminase mi carrera de ciencias políticas y la subsecuente añadidura, la famosa maestría de relaciones internacionales, que finalmente sería la que me permitiría postular a la Academia Diplomática del Perú.

El día que me enteré que había ingresado a Sciences-Po, el Instituto de Estudios Políticos de París, y que me iba completamente becado, gracias al gobierno francés, no pude sino sonreirle a mi abuelo, quien en el fondo fue quien movió los hilos del destino para que los caminos sean tan evidentes que no hubiese forma de haber tomado otros. Él había fallecido poco antes. Claro, el guiño de bonus track ya saben para quién iba.

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La validación

Durante los dos primeros años de mi carrera, mi objetivo de vida seguía firme. Cumplí mis 20 años siguiendo la determinación trazada en mis 15. Me fui de intercambio a Buenos Aires a estudiar derecho internacional y otras materias relacionadas con lo que quería conseguir. También me dediqué a escribir asuntos un poco más profundos.

Por esas épocas inicié a redactar mi diario personal, el cual hasta el día de hoy mantengo, y también exploré el surrealismo, de la mano de poetas que marcaron mi juventud como Louis Aragon, Jules Supervielle y sobre todo, los relatos de viaje de Henri Michaux, mi gran referente.

Henri Michaux: Oeuvres récentes

También pensaba en el hilo narrativo de mi novela, que empecé a escribir en varias ocasiones, siempre insatisfecho de sus inicios. Tenía algunos temas claros: viajes, inter-temporalidad, momentos históricos de gran importancia para mí, Francia, Italia, Perú, quizás algún otro espacio geográfico, ciertos personajes. Sabía que me tomaría bastante tiempo. La diplomacia me traería la seguridad necesaria para hacerlo correctamente. Todo bien. Podía respirar y seguir viajando para aprender e inspirarme.

Por esas épocas, a quien me preguntaba por mi futuro, le respondía con certeza: escritura y diplomacia. Quizás alguna columna en un diario cultural y viajes, muchos viajes.

Así, cuando iba terminando mi pregrado y tenía que elegir una maestría, rápidamente apunté a por lo que había ido: relaciones internacionales.

Sin embargo, dos episodios bastante crudos cambiaron, de a pocos, ese camino trazado que venía construyendo por varios años.

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Primer episodio

Durante mi maestría tomé un curso que me abrió la mente de maneras insospechadas: antropología de la guerra, dicatada por el gran historiador francés Stéphane Audoin-Rouzeau. El objetivo del curso era mostrar un punto de vista no-histórico de cómo las personas viven las guerras, entrando en detalles como los tipos de armas utilizados, las formaciones de los soldados, la medicina disponible, las movilizaciones, la vida en la retarguardia y otros temas que no se revisan normalmente desde la perspectiva “histórica”.

El fondo y la forma del curso me cautivaron desde el primer día y tuve un despertar muy profundo de un asunto que no había nunca logrado combatir directamente: la guerra que viví cuando era niño. El momento cumbre de ese triste episodio fue el atentado terrorista de Tarata, ya que yo me encontraba en la calle con mi hermano a pocos metros de los doscientos cincuenta kilos de explosivos que estallaron esa noche de julio de 1992, cuando yo tenía 7 años. Viví la zozobra de los perros degollados, de un tiroteo frente a la casa de mis tíos en Barranco, cuando tuve que tirarme abajo del asiento del carro, de enterarme que los terroristas habían entrado a las casas de la familia en Santa Eulalia, en el campo de Lima – mi sitio seguro – , y habían amenazado a Roberto, nuestro cuidador, y a su familia, así como todas las demás situaciones propias de quienes vivimos en Lima en los años más difíciles de la historia contemporánea del Perú.

Mis años en París: musée Rodin, 2008

En la segunda clase me acerqué al profesor y le conté sobre mi experiencia y le dije que me interesaba escribir mi trabajo final al respecto. Fue la primera vez que enfrenté intelectualmente el episodio más duro de mi infancia y, claramente, uno de los más difíciles de mi vida.

Durante los tres meses que duró la clase investigué, hice un trabajo de memoria exhaustivo, recordé mis pesadillas constantes, mis apariciones de fantasmas y espíritus, mis horas de terapia, mis comportamientos retraidos en clase al llegar a Costa Rica, mis miedos irracionales y descubrí que la herida estaba aún bien abierta.

En ese momento creí haber entendido por qué terminé estudiando ciencias políticas cuando lo que yo quería era ser escritor. No fue una casualidad de la vida. Era un camino que tenía que tomar.

Poco a poco me empecé a interesar un poco más por mi país natal, el Perú, que había dejado a los 8 años y al que solo había regresado de vacaciones. Empecé a revisar y entender qué había pasado para que lleguemos como sociedad a esos niveles tan absurdos de violencia y de terror y creí entender que mi propósito se dibujaba con otras letras, no con las de la vida elegante y tranquila de un diplomático escribiendo novelas al borde de algún lago italiano, sino quizás que me tocaría caminar un poco por las entrañas de los Andes, donde nació toda esta locura, para al menos entender mejor y, ojalá, contribuir en algo a subsanar la irracionalidad prevaleciente.

De todas formas, iba a hacer falta algo más que un muy buen curso para cambiar el rumbo de años de preparación y dedicación para conseguir un objetivo.

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Segundo episodio

El segundo episodio, bastante menos profundo, pero igualmente drástico, ocurrió cuando faltaba un año para terminar mi maestría y me puse a revisar, por enésima vez, los requisitos para ingresar a la Academia Diplomática del Perú.

Haciendo una revisión minuciosa, me entero que la Academia no tenía acuerdo con Sciences-Po, a pesar de ser el centro de educación francés especializado para las relaciones internacionales. Por esas épocas el Perú no tenía convenio de reconocimiento académico con Francia, por lo que cada título tenía sus propias condiciones de revalidación. En el caso de mi maestría en relaciones internacionales, obtenida en la escuela más prestigiosa de Francia en la materia, me tocaba llevar varios cursos en la Universidad Católica del Perú, que tenía convenio con Sciences-Po, lo que me tomaría mínimo un ciclo universitario para obtener nada más y nada menos que una convalidación de licenciatura, es decir un grado inferior al que había obtenido.

Torre Tagle: sede de la Cancillería del Perú, en el centro de Lima. Foto fuente: Wikipedia.

La noticia me cayó realmente como un balde de agua fría, al punto que hice lo imposible por mover mar, cielo y tierra para que la Academia Diplomática del Perú firmase un convenio de reconocimiento con Sciences-Po, lo cual al final, gracias a esa gestión, ¡terminó sucediendo! Aunque el acuerdo no iba a estar listo para la fecha de ingreso a la que había apuntado.

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La yapa

Todo terminó de recomponerse cuando hice mi pasantía de maestría. Ávido por lo que había removido en mí el curso de antropología de la guerra, apunté con todas mis ganas a un retorno al Perú, para vivir algunos meses internado en los Andes peruanos, lo cual conseguí. Me fui a Orcopampa, en la sierra arequipeña, a implementar una metodología de medición de retorno de proyectos sociales de la mano con Buenaventura, una gran empresa minera peruana.

Este primer paso por los Andes peruanos terminó de marcar mi visión. Ciertas cosas se habían removido dentro mío y los caminos trazados con tanta dedicación y anticipación ya no se veían tan certeros. Tenía que sanar internamente, tenía que entender, había mucho más allí que la vida soñada, tantas veces, del escritor diplomático.

Mis años en los pueblos mineros del Perú

Cuando terminé mi maestría cayó repentinamente la crisis financiera de 2008 y el panorama de empleabilidad en Europa se tornó realmente sombrío. Ya venía discutiendo con la empresa en Perú un posible retorno con algunos amigos de la universidad para implementar un proyecto de acceso a agua y al ver las determinaciones entusiastas de los demás, decidí lanzarme.

Recuerdo con total claridad las últimas semanas que pasé en París, pues me dolía muchísimo tener que dejar la ciudad más importante de mi vida. Algo tenía que pasar para que todos estos sacrificios tengan sentido.

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El propósito esquivo

El proyecto de agua se frustró por la crisis y durante un par de años estuve trabajando en un tema muy complejo: trata de personas y tráfico ilícito de migrantes, lo cual me mantenía constantemente estresado, sintiéndome frustrado por la putrefacción a la que pueden llegar los seres humanos, cuando de repente, en el momento menos pensado, la vida me dio un gran revolcón.

Empecé a trabajar para la empresa minera en la que había hecho mi pasantía de maestría un par de años atrás y uno de los proyectos que me asignaron fue Trapiche, en el corazón de Apurímac, una de las regiones tradicionalmente más pobres del Perú y cuna del senderismo.

El pueblo en el que viví por un par de años, Juan Espinoza Medrano, sufrió viciosos ataques tanto por parte de los senderistas como del ejército y, en la ladera del frente, en Calcauso, se erigió un centro de adoctrinamiento senderista.

Después de tantas vueltas y de haber planeado con tanta dedicación alejarme lo más posible de esta locura, la vida me dijo, “no hijito, así de fácil no es, ven para acá y enfrenta tus demonios”.

Por un momento tuve la mesiánica impresión que mi propósito estaba vinculado con remangarme, entrar de lleno en la vorágine y “cambiar las cosas” en mi país natal. Me costó un par de años más darme cuenta de que eso no era así para nada.

A pesar de haber trabajado en un sinnúmero de proyectos de gran envergadura y de estar seguro de que tuve una contribución, a mi escala, claro, en el desarrollo de mi país, poco a poco me di cuenta que la identificación que yo tengo con el Perú dista muchísimo de la que tienen todas las personas que conocí en los distintos pueblos de los Andes donde viví. Nadie tiene razón. Son solo distintas. Demasiado.

Iglesia de Calcauso, Apurímac, pueblo donde hubo un centro de adoctrinamiento senderista.

Yo, que creo firmemente en los derechos humanos, en la protección de las minorías, en las libertades individuales, en la igualdad de género, en la libertad económica y empresarial, me di cuenta de que cada uno de mis valores más profundos estaba a las antípodas de lo que creían las comunidades andinas. ¿Quién soy yo para cambiarlos? ¿Cómo me puedo atraver a tener alguna superioridad moral? Además, ¿con qué derecho?

Cuando regresé a Lima, me encontré con una ciudad totalmente violenta, en prácticamente todos sus aspectos, en la que, además, las personas adoptan posiciones políticas vehementes, sin darse cuenta de que detrás de esos kilométros cuadrados de desierto que albergan a un tercio de la población nacional, existe un inmenso país al que no entienden y viceversa. Me sentí constantemente expulsado de esa sociedad, solo refugiado en los grandes amigos que tengo, en la parte de mi maravillosa familia que aún vive en el Perú y en mi lugar-refugio, Santa Eulalia, que alguna vez fue usurpado por las huestes terroristas.

Soñaba con escapar, con vivir mejor, con poder construir una familia en un ambiente sano, como lo hicieron mis padres conmigo cuando nos fuimos a Costa Rica, como lo hicieron los padres de mi abuelo cuando lo sacaron de Europa en la segunda guerra mundial. Así es que en el momento en que mi exesposa me dijo “me quiero ir a estudiar un MBA a Malta”, inmediatamente me dije que yo la acompañaría, que mi propósito estaba en fundar una familia y que era exactamente esa la señal que estaba esperando.

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El propósito se construye

Otro fallo, pues. Me divorcié. Me ha costado mucho reponerme de esto, porque durante un tiempo estuve errando sin real propósito, sin reflexionar realmente, sin darme el espacio ni las condiciones para construirlo, sin siquiera pensar que era necesario.

En Malta me volví empresario, algo que claramente tengo en mi sangre, ya que mis padres y mi abuelo fueron empresarios, pero que en mis tres décadas y pico de vida no había considerado seriamente, a pesar de haber llegado a la isla con dos empresas encima vivitas y coleando. Pero no fue hasta fundar mi tercera empresa que las cavilaciones empezaron a asentarse y a cobrar sentido.

En febrero del 2020, me visitó un amigo, que había sido el gerente general de la empresa para la cual yo trabajaba, y que posteriormente decidió invertir en el emprendimiento que estábamos sacando adelante en Malta e incluso hasta involucrarse directamente. Estaba yo conduciendo, de camino al ferry a Gozo, cuando me preguntó: “Bueno Joaquín, y ¿qué viene luego?”. La pregunta me dejó atónito. Estaba iniciando un tercer emprendimiento y ¡¿me están preguntando qué hay más allá?! Calma, muchacho, calma. Pero se complementó con el cuestionamiento-sentencia “¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu propósito?”.

Construyendo propósito desde el emprendedurismo

Las palabras fluyeron mágicamente por mi espíritu. Parecía que se habían estado cuajando durante todo este tiempo. Me quedé pensando en eso durante las noches siguientes.

Mientras intentaba encontrar algo rimbombante, que resonara con lo que los tiempos exigen, ya que veo que las tendencias inspiran a muchos a encontrar propósitos, me di cuenta de que finalmente tenía que ver lo real, por más pequeño e individual que eso fuese. Finalmente, por algo soy liberal ¿no?

Me puse a pensar en qué es lo que me hacía feliz, que podía aportar valor a la sociedad, al menos a quienes me rodean, y lo descubrí de manera muy evidente. A mí me encanta conectar gente. Me fascina conocer nuevas personas, interesarme en ellas, mantener el contacto y, luego, cuando hay oportunidades de intercambio que generen valor, atar cabos. Si pudiese vivir de eso, me dije, estaría alineando mi pasión, con mi contribución… con mi… ¿propósito? Algunas respuestas existenciales empezaban a surgir.

¿Qué puedo aportar que sea real, que se pueda sentir? Me preguntaba. Hasta que llegué a uno de los episodios más increíbles que he tenido en mi vida: sentirme verdaderamente agradecido por lo que el universo me ha dado. Este sentimiento está ejemplificado en un momento muy particular de mi juventud, cuando tenía 18 años: en una de mis primeras noches en Poitiers, después de haber ingresado a Sciences-Po, me puse a mirar el techo de mi habitación, preguntándome qué había tenido que pasar de maravilloso para que yo pueda encontrarme en esa situación. De pronto, se me vinieron encima todos los esfuerzos, los cruces del destino, los mentores y las estrellas que tuve en mi trayectoria y me puse a temblar, con un escalofrío que recorría cada centímetro de mi cuerpo. Solo atiné a decirle gracias al universo y así pasaron varios minutos hasta que me recompuse. Es quizás el sentimiento más profundo y maravilloso que he experimentado jamás.

Al recordar este episodio, me dije con claridad: quiero que todas las personas puedan sentirse así. Por más que yo me haya esforzado y crea en la meritocracia, soy muy consciente que tuve muchísimos apoyos y guías externos. Mis padres, para empezar, siempre me dieron todas las herramientas empezando por las miles de horas extra curriculares que en algún momento me parecieron excesivas, pero sobre todo, el amor y la seguridad necesarias para desenvolverme en un ambiente de paz. También me otorgaron una real confianza para que tome mis propias decisiones y me equivoque en todo lo que tenía que equivocarme. Mi abuelo, que influyó en mi admiración por Francia y me transmitió su sabiduría con amor y paciencia. Mis maestros y mis mentores que siempre creyeron en mí y me ayudaron a encontrar los caminos adecuados y me dieron la orientación necesaria para entender la envergadura de las oportunidades que se abrían a mí.

Así es que esa es la contribución que puedo ofrecer a la sociedad, que sé que me llenará plenamente, así como tendrá, lo espero sinceramente, ciertos impactos importantes en la vida de los demás.

Este es un propósito que no está relacionado con un país, ni siquiera con un lugar, es algo que puedo realizar donde quiera que esté. A estas alturas no tengo una identidad-nacionalista, más allá de algunas preferencias primitivas como el apoyo a ciertas selecciones nacionales de deportes, a los productos que he tenido la costumbre de consumir, o los acentos que naturalmente adopto en función de mi audiencia.

Ahora me queda claro que para poder llegar a entender este propósito y vivirlo plenamente, tenía que superar ciertas etapas, como reconciliarme con mis traumas de infancia, entender dónde no me siento bien y por qué, y darme el espacio para reflexionar seriamente sobre la vida.

Estoy en esa senda exploratoria, pronto me iré a un breve retiro espiritual para ver si ese es el camino que me permitirá seguir fortaleciendo mi propósito y entender qué otros aspectos personales debo seguir trabajando.

¿Hubiese podido lograr llegar a este propósito siendo diplomático y escritor? No tengo ni la menor idea. Pero me encanta ser empresario. Me siento absolutamente satisfecho pudiendo crear empleo y aportando valor para la sociedad. Creo entender que desde esta posición tengo mucho más rango de acción para lograr impactos más amplios y profundos ya que, para empezar, Boom, la nueva empresa que fundé con mi gran amigo Juan, se dedica exactamente a eso, a contribuir con el crecimiento personal y profesional de las personas.

Vivir con un propósito real, no impuesto por las condiciones ni las circunstancias, es una luz en un mundo lleno de tinieblas, de sinsabores y de tropiezos. Es una fuente constante de energía a la que uno siempre puede volver, en soledad, para repotenciarse y encontrar cordura y paz interior.

Llegar a la mitad de mi vida, ese hito de la cuarta década, con un propósito bastante orientado, al que le falta ser pulido y engalanado, es quizás mucho más de lo que jamás hubiese soñado tener a esta edad, simplemente porque no conocía el secreto de tener este poder.

Quiero estar en paz conmigo mismo y sé que todo lo demás que tenga que suceder, sucederá, tranquila y ampliamente.

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Cierre

Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022

Durante toda la semana y hasta la noche de ayer, la previsión meteorológica para el día de hoy, indicaba “chubascos con tormentas eléctricas”. Sin embargo, al abrir los ojos y ver nada más que un glorioso y perfecto día soleado, decidí tomar el barco y venir a Nesso. Ahora estoy en las escalinatas del lago, mirando el puente, escribiendo estas líneas mientras veo a los chiquillos de 15 años lanzarse a las aguas sin mayor preocupación que vivir plenamente su verano. Les espera un fabuloso trecho por delante.

Aquí estoy, contemplando el magnífico horizonte, lleno de verde, de pájaros revoloteando y cantando, observando las embarcaciones de todo tamaño que van y vienen, deslizándose elegantes y despreocupadas por las tranquilas y maravillosas aguas del lago, con el propósito de permitir que todos sus pasajeros lleguen bien a su destino.

Me doy cuenta, así, que yo también aspiro a ser una embarcación de esas en el lago de la vida.

El místico dedo cortado

Cada vez que me va a pasar algo muy bueno en un viaje, me corto – levemente – algún dedo. No recuerdo cuándo fue la primera vez que me corté, pero sí recuerdo la primera vez que me dije: “ya van varias veces que me corto un dedo antes de un viaje”.

Desde esa vez empecé a tener consciencia del temita del dedo. Como no siempre ocurría, me tomó un tiempo pensar que realmente habría algo detrás. Envuelto en mi materialismo aterrizado y liberal, me decía “bah, ¡coincidencias!”. Sí, eso mismo me decía, porque yo hablo así, como en cómics de varias décadas atrás; y, seguía adelante con mis trascendentales quehaceres.

Los albores del tajo

En algún momento le agarré un miedo tremendo a viajar en avión. Seguramente porque, habiendo viajado tanto, tenía más chances de pasarla mal alguna vez y, claro, fueron unas cuantas veces en realidad. Por ejemplo, recuerdo cuando el ala de mi avión se prendió fuego despegando de Ámsterdam, volando hacia Houston. Viajaba solo y tenía 16 años. En esas épocas, los asientos tenían un teléfono que se podía utilizar pasando una tarjeta de crédito. Yo, evidentemente, llamé a mi mamá a decirle “mamá, ¡se quema el avión!” y, claro, ante esa súper jugada bien atinada de mi parte, por el otro lado solo me llegaba una respuesta aún más surrealista y tanto más atinada: “¡Salta, salta!”. Todo esto es verídico, queridos lectores, y claramente, ese tipo de episodios marcan. Si a eso le sumamos aviones a los que no les bajaba el tren de aterrizaje o aparatos que no pueden levantar vuelo una vez despegan y unas cuantas tormentas apocalípticas, condimentadas con vuelos en avioneta a las improvisadas pistas de aterrizaje de los Andes peruanos sobre los 4,000 msnm, pues tenemos de qué constituir el expediente.

Avioneta para subir a los Andes

Fue en esas épocas en las que soportaba con gran estremecimiento una turbulencia mediana y en las que viajaba al menos un par de veces al mes en avión, cuando no unas cuantas más, que me percaté de un dedo cortado adicional un par de días antes de un viaje. ¡No puede ser! – dije con decaimiento – ¡soy una torpeza andante!, – qué personaje… –. Pero, claramente, la cosa no iba a parar allí. Como normalmente tengo tan poco que hacer, decidí sentarme un momento a reflexionar (claro, el blog se llama “viajes y reflexiones”, entonces no puedo escribir una entrada sin ambos ingredientes).  

Estaba reflexionando sobre el elemento disruptor del dedo cortado y mi imaginación solo llegaba a la epidermis. ¡Qué joda tener que cargar maletas con un dedo cortado! Definitivamente en los viajes se usan más los dedos que en la vida sedentaria y de reuniones que llevo hace años. Ya iba a terminar una sentada más pose “Rodin”, que ni siquiera llegaría a poblar la parte “anécdotas intrascendentes archivo comprimido VF.5.3” que se reproduce – junto con varios otros archivos un pelín más definitorios – en el momento en que nos ponemos a ver la vida desfilando por delante -, cuando lo entendí.

Recordé que la última vez que me había cortado el dedo, mi viaje había sido particularmente exitoso y positivo, en varios frentes, pero principalmente en el aspecto personal. No estaba seguro de si, visto hacia atrás, constituía un patrón, pero me propuse verlo hacia adelante. Esta vez viajaba con el dedo cortado y tendría que analizar, a mi retorno, qué tanto impacto positivo tendría el viaje en mí.

«Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado»

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, me dijo una vez un espíritu, una estrella que tengo, hace unos cuantos años. Por mi madre, que así ha sido.

Empecé a considerar lo del dedo como un pago por adelantado. Algo simbólico, claro, porque finalmente no es nada serio, pero sí está la herida estratégicamente ubicada para que te acuerdes de ella cada vez que tecleas en una compu, cargas una pieza de equipaje, y haces tantas otras cosas cotidianas de un viaje, que claramente es una penitencia recurrente.

De ese viaje sí tengo memoria, fue una vez que logré escapar de una huelga de mineros ilegales en Apurímac. Los mineros protestaban contra las normas pro-formalización que, una vez más, y una vez más en vano, pretendía implementar algún gobierno de turno. Claro, para que esa sea una buena historia, es necesario anotar que justamente yo trabajaba por esas épocas en una gran empresa minera. La situación sucede cuando ya estaba de regreso al Cusco para tomar un vuelo a Lima que me llevaría a unos cuantos días de descanso bien merecidos. La camioneta llegó hasta un par de kilómetros antes del puente Sahuinto, que cruza el río Pachachaca, pase obligatorio hacia la ciudad de Abancay, donde pernoctaríamos.

Las quebradas apruimeñas. Buen terreno para una estrategia de guerra

El plan era llegar a Abancay antes que cierren los accesos. ¡Buen plan!, ¿no? Pues… cuando llegamos al punto antes descrito, los mineros se habían colocado con hondas y piedras en las laderas de los cerros y por la carretera venía marchando, en dirección nuestra, un par de cohortes de policías antimotines. Estos son los típicos enfrentamientos en Perú entre la policía y grupos (mal) armados, que no es extraño que terminen con algunos fallecidos, en ambos bandos. Sabíamos que la situación era particularmente peligrosa y la decisión que tomamos fue cruzar el puente antes que llegue la policía y que inicie el enfrentamiento. La apuesta era que los mineros no nos ataquen, puesto que ellos dominaban las laderas, y en cualquier momento hubiesen podido lanzar piedras si sentían que los movimientos de quienes estábamos atrapados en la zona de batalla hubiesen jugado en contra de sus posibilidades de mantener la posición. Sinceramente, viendo el escenario, la decisión dependía de que a alguien no se le escapase un hondazo de puro estresado, pero en ese momento mi estrella me dijo “anda”.

Fueron dos de los kilómetros mas extenuantes que he hecho en mi vida. A paso rápido, en altura, con equipaje y con dos toneladas de angustia, veíamos cómo la policía se acercaba cada vez más rápidamente al puente y cómo las laderas se iban poblando de gente en posición de ataque, con hondas y piedras en las manos. En un momento se me cayó el maletín y pensé en dejarlo, pero el conductor, – que venía con nosotros abandonando la camioneta en plena carretera, como hicieron prácticamente todas las personas que se encontraban en nuestra situación, y que no eran pocas –, me dijo “yo se lo llevo, ingeniero”. No había tiempo para decirle que yo no era ingeniero, por cuarta vez. Más bien hasta el día de hoy me pregunto si le agradecí lo suficiente por su apoyo en ese momento tan crítico, pues recuperar el maletín no era lo más importante, sino más bien, el impulso que me dio para seguir adelante fue certero.

Pasamos. Al poco tiempo inició el enfrentamiento. Logramos abordar un colectivo que nos llevó hacia Abancay. El enfrentamiento dejó 15 policías gravemente heridos.

Nos registramos en el Hotel de Turistas, que a los pocos minutos se llenó, y nos propusimos quedarnos allí por tiempo indefinido, pues no sabíamos en qué momento levantarían las protestas.

La entrada a Abancay

Recuerdo que al llegar al hotel, mi dedo estaba sangrando nuevamente. Me había vuelto a abrir la herida, seguramente con el roce del equipaje, y sentía los latidos de mi corazón a través del corte. ¡Es la estrellita de Mario!, recuerdo haber pensado. Puse “Safe and Sound” de Capital Cities, me tomé una ducha y me sentí vivo como cuando tenía 18 años y le agradecía al universo haberme llevado a instalarme en un pueblito del centro-oeste de Francia.

Por la noche nos enteramos que se había negociado un pase entre los mineros y la policía para que la gente pudiese salir hacia el Cusco, ya que la ciudad de Abancay estaba totalmente incomunicada por los piquetes, y muy temprano al alba nos pusimos en ruta, sin más contratiempos.

El corte de la existencia

En ese momento lo empecé a entender todo: el corte en el dedo es el elemento que me lleva a elevarme y observar mi existencia desde otro plano. Eso te permite relativizar muchísimas cosas. Particularmente, te permite entender lo positivo que tiene la vida, dentro de todo lo negativo que uno a veces cree que es simplemente abrumador.

Los cortes en el dedo han seguido allí, a la orden del día: como cuando me mudé con mi familia a vivir a Malta, uno de los pasos más importantes de mi vida, o como cuando fui a San Francisco a una de las reuniones emblemáticas de mi recorrido profesional. Siempre con el dedo cortado un par de días antes de viajar.

Últimamente vengo luchando contra uno de mis demonios internos más poderosos y, en esas andaba, cuando la otra noche desperté con tres cortes profundos en el dedo medio de la mano derecha. Ese mismo corte que se ha hecho sentir en varias de las letras tecleadas durante esta redacción.

La misión

La misión: ¡Allá voy!

Me desperté como a las cuatro de la mañana y sentí una molestia en el dedo. Me fijé y tenía sangre. También había manchado ligeramente las sábanas con un rojo oscuro ya bien impregnado en el tejido. Fui a lavarme las manos y a ponerme agua oxigenada. Vi los tres cortes.

Como este importante viaje laboral a Canadá se enmarca en la aún más importante misión de vencer a este demonio, inmediatamente me quedó claro que se vienen grandes cosas. Estoy feliz, porque, como siempre, no estoy solo. Estoy rodeado de las energías que necesito. Siempre retomando la dosis de misticismo que me reclama mi tío Carlos, a quien con mucha alegría voy a ir a visitar a Montreal dentro de pocos días.

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, y aquí estoy, listo para recibir lo que venga, viendo cómo poco a poco mi dedo cicatriza, pero aún incomoda. Como debe ser.

Cuando el tiempo se queda quieto

Una de las experiencias más enriquecedoras que he hecho en mi vida ha sido la de trabajar en los Andes peruanos. Tuve una primera incursión durante algunos meses en el 2006 y, luego, un tiempo después, me metí de lleno por algunos años. 

Esta etapa andina de mi vida me permitió conocer lugares del Perú que jamás hubiese conocido, por un lado, porque muchos de ellos se encuentran totalmente aislados y el acceso es complicadísimo y, por el otro, porque simplemente algunos de los pueblos andinos no aparecen en un mapa del Perú convencional. Para ubicarlos, debes mirar con atención en los mapas regionales y luego provinciales y de ahí caer en cuenta que existen espacios, culturas y personas en tu propio país de los cuales tienes un conocimiento abstracto, casi imperceptible.

Andenería inca de Caraybamba

Por suerte todo eso cambió para mí desde que tuve la oportunidad de viajar, conocer y convivir con mucha gente del Perú. Hoy llevo todo ese aprendizaje conmigo, a donde quiera que vaya, como parte de mi consciencia, lo que me permite plantear conceptualmente una idea distinta del Perú, por supuesto, así como de mi propia vida e identidad.

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Uno de los pueblos en los que viví por un año y medio fue Mollebamba, capital de Juan Espinoza Medrano, distrito perteneciente a la provincia de Antabamba, en Apurímac. Es el corazón del Perú. Esa experiencia quizás ha sido una de las que más me ha marcado en lo absoluto. Vivía en Mollebamba 20 días al mes y luego regresaba a Lima los otros 10 días restantes.

Plaza de Armas de Mollebamba

A mucha gente le molestaba lo largo del trayecto, aunque en realidad yo, en el fondo, lo disfrutaba. Tenía que tomar un vuelo de Lima a Cusco, que por lo general era el primero, alrededor de las 5am, por lo que debía salir de mi casa a las 02:30 am. El vuelo llegaba cerca a las 06:00 am a Cusco y allí me recogía una camioneta, con alguno de los conductores, expertos conocedores de las peligrosas y serpenteantes carreteras andinas. Se tomaban la seguridad muy en serio. Eran sin duda grandes personas y llegué a entablar una amistad con varios de ellos. Como se podrán imaginar, durante las varias horas de trayecto, siempre había tiempo para una excelente historia o dos.

Luego, alrededor de las 7 am partíamos rumbo a Abancay, donde hacíamos una parada para almorzar. La ruta tomaba de 4 a 5 horas, en función del tráfico, condiciones climáticas, entre otros aspectos. Tengo esta ruta grabada en la memoria, ya que la debo de haber hecho (y disfrutado) más de 50 veces.

Vista de la entrada a Abancay

Salíamos de Cusco e ingresábamos a Anta, luego a Limatambo, después empezábamos a bordear el río Apurímac, con unas vistas impresionantes sobre los rápidos. En algún punto aún serpenteante, llegábamos a Curahuasi, y más adelante pasábamos por Saywite que alberga la famosa piedra que lleva su nombre. Si no la conocen, se trata de una maqueta inca tallada en roca y que marca el inicio de la ruta hacia Choquequirao. La última parte de este segmento del trayecto consistía en abordar la zigzagueante y empinada subida que anuncia el ingreso hacia Abancay y su posterior bajada.

En Abancay hacíamos una parada para retomar fuerzas en el Hotel de Turistas, donde mi plato preferido era la sopa a la minuta. Los conductores preferían el caldo de gallina. En varias de mis misiones tuve que trabajar directamente en Abancay, por lo que me afincaba en el Hotel de Turistas durante varios días y así logré hacerme amigo de gran parte de su personal. Por ello esperaba siempre con ansias esa sopa a la minuta con huevo, como un gran premio por haber superado la primera parte del trayecto. Me la tomaba con gran satisfacción.

Al terminar el almuerzo retomábamos la ruta con dirección a Chalhuanca. Este segundo tramo era bastante menos sinuoso y el paisaje mucho más verde, discurriendo al lado del río Pachachaca, fuente de vida del estrecho valle.

Pasando Chalhuanca, en cuyos hospedajes también pasábamos la noche en caso que ya fuese tarde – debido a que estaba prohibido circular sin luz de día por los peligrosos caminos de los Andes -, está el pueblo de Caraybamba. Desde Abancay hasta este punto son un par de horas más, así que pueden calcular que aquí ya podíamos llevar unas 7 a 8 horas de ruta, incluyendo la parada del almuerzo.

En Caraybamba dejábamos el asfalto e ingresábamos al último tramo del camino para llegar a Mollebamba. Una fina trocha de tierra bordeaba acantilados y llegaba a abras cercanas a los 5,000 msnm. Cuando un vehículo venía en sentido contrario era realmente una proeza conseguir el pase sin que el corazón se detenga un poco observando los cientos de metros de caída que esperaban al que hiciera una mala maniobra. Respiraba tranquilo cuando nos tocaba estar del lado del cerro.

Las rutas de los Andes

Esta parte de la ruta era la más complicada y también la más hermosa. Era la que te invitaba a entrar a un universo paralelo, lejos de la realidad, aunque esta mirada es justamente una evidencia de por qué el Perú es un país que no ha conseguido construirse del todo…

Las rutas de los Andes

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Después de un par de horas de subir y bajar, voltear y volver a voltear, llegábamos a Mollebamba. Un pequeño pueblo de 1,000 habitantes, capital distrital en el corazón del Perú. Aquí era mi casa.

La primera vez que fui a Mollebamba tuvimos que pernoctar en Chalhuanca porque estaba lloviendo muy fuerte, lo cual era extraño porque estábamos en el mes de julio, que normalmente es temporada seca.

Pasé la noche en un hospedaje del pueblo arropado por colchas de tigre pesadísimas, oyendo la lluvia arreciar contra la endeble calamina. Me dolía la cabeza, pero agradecí que el destino me obligase a hacer esta pausa.

Al día siguiente cuando tomamos la ruta, el espectáculo fue mágico: al desviarnos de la pista asfaltada y entrar en la trocha, apenas cinco minutos después de pasar el poblado de Caraybamba, divisé la andenería inca más increíble que he visto en mi vida. La ladera del frente estaba cubierta de andenes que iban desde el río hasta casi la parte más alta de la montaña. ¡No lo podía creer! El paisaje era imponente.

Andenería Inca de Caraybamba

Continuamos avanzando y de pronto me di cuenta que durante la noche había nevado y mientras subíamos el cerro, la carretera y el paisaje se iban poniendo más y más blancos, hasta que en un momento la nieve casi recubría toda la trocha y nos encontrábamos en medio de un manto blanco interminable.

La ruta hacia Mollebamba

Agradezco hasta el día de hoy haber pasado por allí ese día, porque nunca más volví a ver esa ruta así. Nunca más en las 50 veces que volví a pasar. Siempre soñaba con ese paisaje blanco, pero la nieve caprichosamente caía en otros picos.

La ruta hacia Mollebamba

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Lo bueno de haber vivido este momento, es que al haberlo experimentado ya es parte de mí. No hace falta que lo vuelva a vivir para quedarme con esa impresión por el resto de mi vida. Ese paisaje blanco en la cima de las montañas apurimeñas me abrazó y me mantiene extasiado hasta el día de hoy, cuando cierro los ojos y me siento exactamente en el mismo lugar.

La ruta hacia Mollebamba

La impresión de mi llegada me anunciaba grandes cosas; era el preludio de algo que cambiaría mi vida por completo y la verdad es que hasta ese momento no podía sospechar hasta qué punto.

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En Mollebamba bailé Huaylías cantadas por las mamachas en sus chacras, mientras hacía una vacatinka. En el vecino pueblo de Calcauso presencié una misa en una capilla del siglo XVII que se estaba cayendo a pedazos y sin embargo los rayos de luz que penetraban por la ventana me aseguraban que la estructura resistiría hasta el temblor más poderoso. En la casa del pueblo adopté a mi gato negro “panterito” que desaparecía los 10 días que me iba de descanso y regresaba a pararse en la puerta de mi cuarto a los pocos instantes de mi retorno. También me caí del susto cuando nos encontramos con un toro salvaje en el patio abierto, algo atraído por nuestra ropa tendida.

Capilla de Calcauso

Aquí me despertaba a la media noche con el concierto de burros que concurría a la plaza de armas a corretear en círculos y rebuznar, hechizados quién sabe por qué magia telúrica. Y me volvía a despertar a las 5 de la mañana con los parlantes a todo volumen de la casa comunal que ponía huaylías para llamar al pueblo a la faena.

Aquí aprendí a no dar nada por sentado. Convivía con personas que pertenecieron a Sendero Luminoso, que tenía un centro de adoctrinamiento en Calcauso, y escuché historias de muerte y de sangre mucho más allá de lo que mi alma hubiese deseado saber.

Aquí logré reconciliarme con el niño de 8 años que se fue a vivir a Costa Rica traumado permanentemente por la bomba de Tarata que estallara en pleno Miraflores, en Lima, a tantos kilómetros de distancia de estas realidades. ¿En un mismo país? Me costaba creerlo. Pero logré hacer las paces conmigo mismo. Tuve que irme al corazón mismo del asunto, a la base de todo, a una de las regiones con mayor pobreza del Perú y a uno de los pueblos más alejados para poder entender. Así tal cual, allí me llevó el destino.

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Escribo estas líneas desde Malta, donde todo esto parece algo tan abstracto e irreal. Donde el mundo paralelo efectivamente cobra sentido y, a la vez, me doy cuenta que esta experiencia de Mollebamba realmente me cambió. Me permitió poner las cosas en perspectiva. Y esa perspectiva perdura.

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El momento más duro de todos fue cuando recién llegué por primera vez. La camioneta me llevó a la que iba a ser mi casa por el siguiente año y medio: una vivienda rural en medio del pueblo, en la que compartiría el espacio con mis colegas del trabajo. Con un solo baño en medio del patio central y con las oficinas para trabajar en la parte de abajo, la casa albergaba también a su propietario y a su esposa, en la parte de atrás, cruzando el jardín.

Mi casa en Mollebamba

Llevé mi maletín azul que me hacía pensar mucho en mis padres cuando me llevaban a Santa Eulalia, de niño, y puse mis cosas sobre el tablado de madera del segundo piso, sin entender cuál sería mi habitación. Bajé y no había nadie. Estaban todos fuera, haciendo su jornada.

Había sol, pero la casa era un témpano. A la sombra, rápidamente bajaban las temperaturas. Así que decidí dejar mi maletín allí, pensar en mi novia, a quien había dejado en Lima sabiendo que esta decisión podría marcar nuestra relación – y, de hecho, así fue – y bajar a la puerta principal que daba a la calle.

La calle, empolvada, estaba desierta y silenciosa. La gente había partido a la faena del campo. Eran las 10 de la mañana y el tiempo se había detenido por completo.

La calle donde se detuvo el tiempo

Me senté en una banca afuera de la casa a tomar el sol y sentí cómo los rayos me reconstituían. Miré mi reloj y me pareció que las manecillas no avanzaban.

En ese momento me puse a llorar. Fue un llanto liberador, largo y sentido. No tenía ni la menor idea de lo que hacía allí, pero entendí que la vida me había llevado con un propósito.

Pausa. Larga pausa. Silencio.

Me recompuse poco a poco y empecé a observar a mi alrededor. Veía la misma casa, el mismo camino, los rayos de sol ingresando por cuanta rendija, puerta y ventana encontrase. El aire seco y frío se escondía donde podía para luego salir raudamente y ocupar agresivamente el primer espacio del cual se retirase la luz. Volví a mirar mi reloj: las 10 de la mañana.

¿Cómo pudo quedarse el tiempo inmóvil? ¿Qué era tan trascendental? Hoy lo sé. Porque a veces, cuando estoy mirando el azul del Mediterráneo desde mi islita rocosa, o incluso cuando estoy en ciudades aleatorias como San Francisco o Doha, tengo la sensación que mi alma parte y reaparece allí, en medio de esa calle polvorienta, buscando el sol de las 10 de la mañana, en medio del silencio y, otra vez, todo vuelve a tener sentido.

La brisa fresca de la primavera

Una de las maravillas de la vida es que para viajar no necesariamente requieres desplazarte físicamente a ningún lugar.

Uno de los viajes más sublimes es el de la mente, que te permite trasladarte espacialmente pero también temporalmente. De hecho, el viaje metafísico te conecta con diversos planos de tu propia persona, y te permite asombrarte con la grandeza de la existencia y con la multiplicidad de vidas que llegas a vivir a través de los años.

Estos viajes son particularmente importantes en tiempos de cuarentena, en los que los movimientos físicos se reducen y para los viajeros empedernidos como yo, eso puede llegar a ser un desafío muy difícil de superar.

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Quería compartir con ustedes una sensación que experimenté el otro día, ahora que las temperaturas maltesas empiezan a rondar los cálidos veintialgo grados durante el día, lo que, sumado a que salimos del invierno y al alto porcentaje de humedad insular, puede derivar en una sensación de falso verano.

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Estaba yo “haciendo pereza”, como dicen mis amigos colombianos, un domingo de estos pasadas las dos de la tarde en mi cama, mientras leía el coloso libro de Taylor Caldwell, La Columna de Hierro, sobre la vida de Marco Tulio Cicerón durante la gloria del Imperio Romano, cuando de repente de la ventana que da a mi balcón, que para efectos realistas es una puerta, entró una fantástica ráfaga de aire fresco que me vino a acariciar desde la cabeza hasta los pies, arrullándome suavemente como si fuera una hipnosis somnífera, provocándome inmediatamente una serie de escalofríos.

No tuve demasiado tiempo de reflexionar y, casi obligado por el implacable destino, cerré mi libro sin haber terminado el capítulo – lo cual ya dice mucho de la emoción que me provocó el acontecimiento, dada mi inflexibilidad con ese tipo de reglas que constituyen la armonía misma del universo – y cerré los ojos como para sentir hasta la última onda de la piel de gallina que esa ventisca me provocó.

El aire venía cargado de la esencia pura de la primavera, ya que envolvía la timidez de las últimas frescas ráfagas de invierno con la autoritaria presencia del sol de abril del pleno día Mediterráneo, como recordándonos a todos que el mar aún está fresco, que las playas aún están vacías pero que los corazones ya tienen puestos la ropa de baño.

Por acá entra la brisa fresca de la primavera del Mediterráneo, foto propia

Para mi sorpresa, el impulso siguiente no fue el de una frustración dictada por la imposibilidad de cruzar la puerta e ir corriendo al malecón que está a tres cuadras de mi casa, ni tampoco el de una saudade portuguesa añorando el adiós de un barco en un puerto que jamás vi, ni menos aún el de la angustia por no saber cuándo acabará esta bendita maldición que nos ha caído a todos encima por portarnos mal con la Pachamama como dicen varios por ahí, sino que se me dibujó una sincera y tierna sonrisa, que, perdida en una habitación de Gzira, en un edificio más de los que hemos construido a toda prisa los humanos, alzó vuelo para sumarse con la brisa que ya partía rauda y sin mucha tolerancia a las tardanzas, para asomarse por la ventana de algún otro incauto.

Se fue la brisa y nos quedamos mi piel de gallina y yo – y el pobre Cicerón a mi izquierda, bastante incómodo por haber faltado yo a las fórmulas de cortesía tradicionales – e inmediatamente me trasladé a una fabulosa imagen que me ha acompañado siempre, así en 4D, y que es suficiente para recobrar el gusto por la vida, sin tapujos, ni elucubraciones:

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Yacía yo, a mis ocho años, en la cama de mis padres de Santa Eulalia, en el inicio de la sierra limeña, algún día de los tantos en los que el astro rey no tiene rival alguno en el estrecho horizonte punteado por los cerros pelados en casi todos sus flancos, esperando que suceda algo.

Los cerros pelados de Santa Eulalia, foto propia

En mi recuerdo estoy solo, lo cual es bastante posible ya que los adultos a esa hora estarían por la piscina o alistando alguna parrilla, o incluso leyendo en las terrazas bajo sus sombreros de paja con alguna música cubana adornando los recovecos del espacio.

Las ventanas que están sobre la cabecera de la cama están abiertas completamente, no hay marco, así que cuando se abren es como si la habitación y el exterior se unieran en una misma esencia, como le gustaba afirmar a los abejorros del lugar.

Las ventanas de Santa Eulalia, foto propia

Atrás de las ventanas, es decir afuera de la casa cuando están cerradas, hay un contorno de piedra que bordea la casa y luego un par de niveles de andenes que separan el camino que va al cerro. Los andenes están bien plantados, con frutas y flores, y tras los árboles gigantes de atrás que se mecen con las notas del viento, van cayendo rayos intermitentes de sol que le dan un aura particular a cada planta que tocan. El día aún no ha llegado a su clímax.

De repente, me dispongo a salir corriendo a jugar con mi hermano y con mis primos, cuando una decidida brisa que, para efectos de este escrito, llamaremos “primaveral”, me inmovilizó por completo.

Recuerdo instantáneamente haber olvidado la idea de salir a jugar y haberme quedado inmóvil disfrutando cómo me envolvía aquella brisa que, ahora lo entiendo, traía consigo una piel erizada de una habitación Mediterránea.

Impresiones del retorno a Lima 2019-2020

Lima es una ciudad a la que siempre me ha gustado volver. He vivido en ella en dos oportunidades de mi vida y por largos períodos (la primera de niño y la segunda casi un par de décadas después, ya adulto). El problema es que nunca he logrado sentirme realmente limeño. Quizás porque en mis años de corta infancia aún no había desarrollado la consciencia de la pertenencia y porque en mi segunda larga estadía ya la había desarrollado demasiado fuera de allí.

Lo que sí es cierto es que siempre he soñado con volver. Desde que hilábamos estrategias con mi tía Yvonne, para que mis padres me mandaran desde Costa Rica a pasar los veranos primero a la casa de Chacarilla de mis abuelos y luego a la entrañable casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro, hasta la vez que planeamos con mi tío Pedro en una triangulación Montreal-París-Barranco, una visita a escondidas cuando mis padres ya vivían en Lima y yo estaba estudiando en Poitiers, Francia.

Casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro donde pasé entrañables veranos. Foto de mis tíos.

Mis retornos a Lima han sido tan memorables que he construido recuerdos más vívidos aún que si yo hubiese vivido allí de corrido.

El mejor sentimiento es el de ver cómo las cosas evolucionaron en esa ciudad llena de energías, de historias y de misterios, desde inicios de los 90’ cuando me fui dejando una masa de concreto caótica, desordenada, sucia, a la merced de las enfermedades, de la violencia y de la pobreza, para ir reencontrándome siempre con una nueva cara, siempre cambiante, siempre “mejorada”, de mi ciudad natal.

Recuerdo perfectamente aquél día en que mi madre volvió de visita del Perú y nos contaba en la mesa del Café-Restaurante 1900, que mis padres llevaban con orgullo y mucho esfuerzo en Los Yoses, San José, Costa Rica, que en Lima los parques tenían flores y estaban bien cuidados. Mi padre y yo nos reíamos, incrédulos, de aquellas quimeras de mi madre. Daba la impresión que no hubiese salido de los jardines de la casa de mi abuelo donde se estaba quedando en aquella oportunidad. Pero mi madre insistía en su punto con una seriedad que dejaba entreverse entre sus mágicas carcajadas que siempre la han acompañado cuando cuenta una buena historia.

Cuando regresé a Lima, a los pocos meses, lo comprobé por mí mismo. Los parques estaban bien cuidados, efectivamente, y más que eso, los montículos de basura que se apilaban en cada esquina habían desaparecido. Algunas nuevas construcciones empezaban a erigirse dejando dibujarse un horizonte bastante poblado de grúas y camiones que llevaban los escombros a la costa verde, donde más adelante el material desechado permitió su expansión, seguramente con algún costo ambiental bastante elevado.

Foto tomada por mi amigo Ezequiel Galotti (IG @egalotti), a quien no le pedi permiso, pero sacó fabulosas fotos de Lima. Aquí se ve lo bien cuidados que están los parques en la ciudad de los Reyes.

Aún persistían los lanchones que iban desde Barranco hasta el Centro de Lima por la vía expresa, las combis y el comercio ambulatorio, pero los cambios se sentían, la gente empezaba a cambiar su forma de vestir, su forma de apropiarse de la ciudad.

Recuerdo también otro retorno en el que había novelería en el aire ya que Juan Sebastián y Patricia, muy amigos de la familia, acababan de comprarse un auto nuevo, un Peugeot del año si recuerdo bien, lo cual parecía algo completamente inaudito en una ciudad con un parque automotor de más de 20 años en promedio y en la que los robos y la inseguridad aún estaban a la orden del día. En ese viaje comencé a notar que Juan Sebastián y Patricia no eran los únicos “locos” y que ya algunos ciudadanos estaban permitiéndose ese lujo que en Costa Rica era más bien algo así como un imperativo social.

Todos esos cambios, incluyendo la destrucción de la casa de mis abuelos para construir un edificio de apartamentos, iban causando impactos fuertes en mi, que me ponían en vilo cada vez que volvía a Lima, expectante de cuáles serían las próximas mutaciones.

Esta vez no fue la excepción. Fui a pasar las fiestas navideñas con mis padres y a recibir el 2020. Apenas un año después de haber dejado Lima, regresé para encontrar varios cambios: sobre el tema vial, aunque no me lo vayan a creer mis amigos limeños, vi más orden. Quizás la introducción del pico y placa o la inauguración de algunas obras como el viaducto de la bajada Armendáriz a la playa hayan contribuido con mi percepción, pero no fui el único, ya que le hice notar a mi madre, por ejemplo, que la avenida Javier Prado, la más transitada del país, ya estaba libre de combis y rutas particulares y que éstas habían sido sustituidas por buses del corredor rojo (creo) de la Municipalidad de Lima. Esto era algo impensable algunos años atrás. Me da esperanzas también la creación de la Autoridad del Transporte Urbano que espero pueda seguir corrigiendo años de mala planificación aunque lo más importante será la educación cívica de los conductores y de los peatones.

Viaducto en la bajada de Armendáriz, recientemente inaugurado. Foto extraída de:
https://peru21.pe/lima/jorge-munoz-entrego-viaducto-armendariz-conecta-miraflores-barranco-nndc-486797-noticia/

También noté una disminución en la construcción y la consolidación de las edificaciones de viviendas y oficinas. La calle Las Begonias en San Isidro ha sabido transformarse bien en un centro empresarial moderno y la peatonalización de la callecita de atrás del centro comercial Las Ramblas en San Borja, le hace mucho bien a esa zona. De igual manera la masificación de los servicios de alquiler de bicicletas y scooters, al menos en Miraflores, permite una mejor movilización de los ciudadanos con alternativas reales al vehículo motorizado.

Centro empresarial de Las Begonias. Foto propia, Ene 2020.


Otro de los aspectos que me llamó la atención es que la escena gastronómica sigue vibrante y reinventándose y estoy convencido que Lima hoy se ha convertido en una de las mejores ciudades del mundo para salir a comer. Falta mejorar el servicio al comensal que a pesar de ser amable, muchas veces no es todo lo profesional que debería en lugares que cobran como para no tener faltas, pero el corazón todo lo perdona al sentir los sabores mágicos de la historia del Perú fusionados por la diversidad limeña.

Delicias gastronómicas en Jerónimo (Miraflores). Muchas gracias a mi amigo del alma André Morin por la invitación. Foto propia, Dic, 2019.

Otro gran cambio que yo vi venir, pero que ahora ya se ha asentado, es el de la presencia de la migración, algo que estuvo siempre ausente de Lima durante todos los años de mi vida, ya que las clásicas diásporas italiana, china y japonesa son más bien de años anteriores. La migración venezolana que ya está cerca al millón de personas en el Perú, muchos de los cuales han escogido Lima como punto de anclaje, refleja una salud económica del país que nadie puede negar ya que de lo contrario los migrantes no se quedarían allí y seguirían su rumbo hacia otros destinos. Como todas las migraciones anteriores, la venezolana influencia nuestra sociedad, nos enriquece y nos hace crecer.

Por otro lado, me molesta un poco que muchos limeños sean mezquinos con su tierra, que se quejen más de lo que aprecian sus bondades y lo puedo entender, porque uno siempre es susceptible a los problemas cotidianos, pero no podemos ser derrotistas y fatalistas y quedarnos en lo negativo, de lo contrario no podremos nunca disfrutar de todo lo que tiene la ciudad para ofrecernos. Entiendo perfectamente los problemas de Lima y del Perú y creo que son serios y que merecen atención, pero no me voy a detener aquí a mencionarlos ni a intentar proponer soluciones, porque ese es no es el propósito de un blog de viajes.

Mi propósito es comentar sobre la sensación de retorno, sobre la importancia de reconocer los cambios y las evoluciones y sus enseñanzas. La más importante de todas es que todo se transforma, nada es inmóvil, así que aprovechemos lo que tenemos ahora porque no sabemos si mañana va a estar allí.

Croquetas y tequeños con mi amiga de toda la vida Carolina Dawson en Popular (Larcomar). Foto propia, Dic, 2019.

Claramente yo soy un migrante en el alma, me gusta moverme, no puedo quedarme quieto en un solo lugar – y eso que lo he intentado – y sé que es más fácil ver lo bueno cuando uno está de paso, pero justamente esa mirada externa ayuda a relativizar la inmersión en la “realidad” de cada quien.

Ya sé que muchos me van a criticar por una visión miraflorina de Lima y van a querer señalarme que Lima es mucho más, que Lima es también los conos, el centro, Chorrillos y hasta el Callao. Yo lo sé, pero es inevitable comentar sobre lo que uno conoce, sobre la realidad que nos toca vivir y esta es la mía y es tan real como cualquier otra. Nadie puede negar que Miraflores está allí y que es un distrito lleno de vida, movimiento cultural y gastronómico y que tiene maravillosos espacios públicos que disfrutan muchísimos limeños sin importar de donde vengan.

Escribo estas líneas desde París, a escasos metros del Sena y del Pont Neuf y no puedo dejar de pensar en cuánto daría por dar cuatro pasos y comerme un buen lomo saltado o un apanado con tallarines a la huancaína.

Atardeceres de verano de Lima… simplemente maravillosos… Foto propia, Dic 2019.

Lima… ya volveré… y sé que la Lima que vi hasta antes de ayer, y la Lima que vi todas las veces que volví nunca más la volveré a ver y que muchas sorpresas me esperan al voltear la página. Keep them coming!

La Mamacha del Carmen o la reivindicación personal de lo místico

Fiesta de Paucartambo –
Foto extraída de : https://mochilalista.wordpress.com/2016/08/29/un-paseo-por-las-magicas-danzas-de-paucartambo/

Una de las mejores experiencias de viaje de mi vida fue la de asistir a las festividades dedicadas a la Mamacha del Carmen en Paucartambo, Cuzco. Fui en dos ocasiones, a mis dieciséis y a mis diecisiete años, en ambas ocasiones con amigos. La experiencia, sin embargo, es una sola y ha trascendido en mi de formas inexplicables y mágicas. Hoy, con el doble de años de existencia, puedo afirmar que se trató de una peregrinación interna, de un momento trascendental que me permitió – y me permite aún hoy – abrir las puertas del misticismo y aceptar que la racionalidad sola no es suficiente para comprender el mundo.

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La festividad de la Mamacha del Carmen tiene su origen en la introducción dentro del universo andino de la Virgen del Carmen por los españoles durante la colonia. Como la mayoría de las ceremonias católicas andinas y latinoamericanas, con el tiempo esta celebración se ha ido impregnando de un auténtico sincretismo, con lo que esta festividad representa un gran número de creencias y valores y hoy constituye parte del patrimonio cultural del Perú.[1]

La fiesta se desarrolla del 15 al 18 de julio en el pueblo de Paucartambo, localidad de unos 5,000 habitantes situada a 3,000 msnm en la parte oriental de la Región del Cuzco y en los años que asistí era una fiesta prácticamente reservada para los locales. Los pocos foráneos que se veían eran en su mayoría limeños interesados por el patrimonio cultural del país, fotógrafos, personas del mundo de las ciencias sociales y éstos se distinguían claramente en la multitud. Parece que hoy la fiesta ha llamado mucho la atención de turistas y llegan de varias partes del mundo, pero yo no la conocí así.

Pueblo de Paucartambo, en la región del Cuzco
Foto extraída de : ttps://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ee/4_-PaucartamboAo%C3%BBt_2008.jpg/1280px-4Paucartambo-_Ao%C3%BBt_2008.jpg

Paucartambo es un típico pueblo andino, con sus casas de adobe pintadas de blanco, sus balcones azules, sus techos cubiertos con tejas y donde el tiempo tiene otro ritmo, pausado y conceptual, muy distinto a nuestros minutos y segundos urbanos y donde la puntualidad inglesa no tiene ningún sentido. Me da la impresión que vivir fuera de la ausencia de la angustiante tiranía del reloj industrial puede alargar la vida, o por lo menos el sentido de la misma. Ciertamente es así para los que nacen allí. Yo tendría que esforzarme muchísimo, demasiado, para conseguirlo. Creo que ya no es para mí.

Durante todo el año Paucartambo tiene una vida típica de cualquier pueblo andino, dominada por las actividades agrícolas y pecuarias y donde cada quien conoce la historia del otro. Pero hay algo distinto aquí; los paucartambinos y, en una medida más extensa, los cuzqueños de varias partes del mundo, se preparan durante todo el año para esa explosión de devoción capaz de conmover a los Apus más alejados del Collasuyu.

La dedicación que le ponen todos aquellos que participan en esta fantástica celebración es evidente en cada detalle, particularmente en los coloridos trajes y en las coreografías que impregnan la ciudad sin descanso durante los cuatro días que dura la fiesta.

Un par de decenas de danzas folclóricas recorren el pueblo, cada una con su banda y sus seguidores, cada una auspiciada por su mayordomo o Carguyoc y cada una dando todo de sí para la Mamacha, para el pueblo, para la fe.

Mamacha del Carmen en procesión con Saqras sobre los techos y balcones paucartambinos
Foto extraída de: https://elmontonero.pe/columnas/la-mamacha-del-carmen

Los momentos cúspide de la celebración son: la salida de la virgen de la iglesia y el canto de los Qapaqs Negro quienes entonan notas solemnes, menos festivas que el resto y que permiten entender la enorme dimensión espiritual de lo que está ocurriendo; luego, la procesión de la virgen por la ciudad, en la que la presencia de la Mamacha aleja a los saqras, demonios que cuelgan de los techos y que portan unas máscaras particularmente espectaculares, bendiciendo a la población que espera su paso, muchos entre lágrimas y gran fervor; finalmente la guerrilla entre los qollas y los chunchus quienes se enfrentan por tener la distinción de ser los verdaderos guardianes de la Mamacha.

Claro está que durante todos los días que dura la festividad, los asistentes aprovechan la ocasión para sacudirse todas las energías negativas que han podido acumular e impregnarse de positivismo y misticismo que tanto nos hace falta en nuestras sociedades occidentales. Entender esa carencia fue lo más valioso que aprendí en mi conexión con la Mamacha.

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Debo agradecerle mi primera experiencia en Paucartambo a mi tío Pedro, gran amante de los Andes y gran conocedor del mundo rural del Perú porque lo recorrió durante 40 años de su vida – si no más – involucrándose con su gente y sus tradiciones. Yo llegaba, como casi todos los años, de vacaciones a mi querido Perú desde Costa Rica, donde vivía desde los ocho años, gracias a las jugadas en pared y gran complicidad con mi tía Yvonne, mi segunda madre. Cuando mi tío Pedro estimó que yo tenía la edad suficiente para hacer mi primer viaje en solitario en el país que me vio nacer, me regaló un pasaje de avión al Cuzco y me dio instrucciones para llegar a esta fiesta que cambió mi vida para siempre.

Llegar al Cuzco con dieciséis años y unos cuantos soles en el bolsillo es una experiencia magnífica, de libertad absoluta y de descubrimiento y asombro piedra tras piedra, cuadro tras cuadro y plaza tras plaza. El día que llegué me encontré con mi amiga de la infancia Inés Gallegos y un par de amigas suyas, con quienes hice el viaje a Paucartambo. El camino fue tedioso porque se reventaron las gastadas llantas del bus en un par de ocasiones hasta el punto que ya no tenía las de repuesto y tuvimos que esperar unas cuantas horas antes que se solucione el problema.

Con esto resuelto, al llegar ya teníamos “reservada” una habitación en una de las casitas del pueblo y allí nos instalamos.

Siendo yo profundamente agnóstico en esa época, nunca imaginé que mi experiencia paucartambina cambiaría drásticamente mi forma de apreciar el universo espiritual. Mi universo espiritual.

Recuerdo con claridad estar sentado en una de las bancas de la iglesia del pueblo el día anterior a la procesión y ver cómo todas las personas entraban con gran devoción al templo y se encomendaban a la protección de la Mamacha, exhortos en sus pensamientos, promesas, anhelos de mejora.

Qapaq Negro
Foto extraída de: https://www.facebook.com/QhapaqNegroDePaucartamboResidentesEnLima/photos/a.401782769878441/1518171921572848/?type=3

Mi punto de inflexión metafísica fue cuando estuve frente a los Qapaq Negro a la salida de la Iglesia y salió la virgen. Todos empezaron a cantar en quechua y en castellano, con una solemnidad tal que de pronto me encontré sobrecogido por la fuerza de todas esas energías y sólo atiné a llorar, sintiendo un gran vacío en mi estómago, en mi alma, como una llamada de atención clara y concisa que no debía olvidarme de alimentar mi espíritu, de reencontrarme con el misticismo y abrirme a las otras dimensiones de la vida ya que de otra forma no estaría completo mi viaje por este mundo. Nunca había sentido algo así de contundente en el plano espiritual.

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Esa madrugada, alrededor de las 02:30 am fuimos al mirador de Tres Cruces de Oro. Para hacer tiempo y como en la estación de buses no había mucha luz, nos pusimos a jugar a las cartas con los policías de turno. Cuando ya era la hora de embarcar, notamos que el chofer estaba profundamente dormido después de haberla pasado muy bien en el pueblo durante el día – nos lo cruzamos varias veces –. La policía tuvo que ayudarnos a ingresar al vehículo para zamaquearlo con firmeza antes de poder partir. Claramente no fue el viaje más tranquilizante de mi vida, pero por lo menos en la madrugada no se distinguen los precipicios de los sinuosos caminos afirmados de la sierra. Ya saben, ojos que no ven, alma que se aferra a la vida.

El espectáculo natural en el mirador de Tres Cruces de Oro a casi 4,000 msnm es uno de los más impresionantes que he visto jamás. Sentados y recubiertos en sleeping bags por las temperaturas bajo cero de las claras y estrelladas madrugadas andinas, nos pusimos a ver el horizonte hacia el oriente. Desde este punto las alturas descienden estrepitosamente hasta que los cerros se cubren de una fantástica vegetación tropical que, de golpe, engulle la tierra y la pobla de una biodiversidad aún no descubierta en su totalidad por el ser humano. Para allá está el río Madre de Dios y las casi dos millones de hectáreas del Parque Nacional del Manu, Patrimonio Natural de la Humanidad[2], elegantemente recubiertas por la nubosidad propia de la selva tropical húmeda.

La vista desde el mirador, que es básicamente una meseta con ichu y poco más de la escasa vegetación andina, es paralizante. Hacia el oeste se ve la cordillera cubierta de la negrura de la noche, salpicada de los brillos intermitentes de las estrellas, sin una sola nube a la vista, lo que es propio del mes de julio. Mientras se va girando la vista hacia el zénit y luego hacia el este, se puede percibir una muy generosa variación de tonalidades azulinas que hasta para un daltónico como yo constituyen una maravilla para cortar el aliento, imposible de transmitir en imágenes o palabras.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

Refugiado en el interior del sleeping, expuesto a la intemperie y a las brisas gélidas y vivificantes del lugar, espero el amanecer del que tanto me han hablado. Y de pronto se percibe claramente cómo el sol empieza su danza planetaria tan cotidiana y a la vez tan excepcional. Elevados a 4,000 metros de altura podemos ver sin una sola interrupción cómo las nubes que están muy por debajo nuestro se van iluminando al horizonte y los tonos rojizos y amarillentos empiezan a pincelar el panorama. Me quedo estático. No hay forma de procesar lo que estoy viviendo. No quiero que se detenga nunca y a la vez me inquieta saber qué pasará en el próximo segundo. Se van divisando las formas de las nubes abajo, algunas de las cuales parecen haber entendido las órdenes del Inti y así pues, se van esfumando, generando pequeños espacios a través de los cuales se puede a penas percibir la espesura de la selva y su infinita fantasía.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

De pronto percibo al astro rey, imponiéndose con fuerza en el horizonte, danzando a través de las ilusiones ópticas de la humedad, de la latitud, de mi miopía, de la magia de los Apus…

Recuerdo entonces, de forma espontánea, aquel poema que me enseñaron en el colegio cuando tenía cinco años. Reconstruyo en mi mente un episodio de esas épocas, fines de los 80, en el que presencié, ya no sé muy bien dónde, un amanecer compartido con Juan Sebastián Montesinos, un gran amigo de la familia y juntos recitamos estos versos que no tengo idea de quién sean, pero que hasta el día de hoy me acompañan en mis conexiones solares:

Ô soleil ! Ô mon frère

J’ai besoin de ton feu

J’ai besoin de ta flamme

J´ai besoin de ta lumière

Apparais ! Réapparais ! ô soleil !

¡Oh Sol! ¡Oh hermano mío!

Necesito tu fuego

Necesito fu flama

Necesito tu luz

Aparece, vuelve a aparecer, ¡Oh Sol![3]

Me recuesto un poco. Ya amaneció. Toda la seguidilla de matices de los azules y de los rojos tiñó el cielo de forma muy dinámica durante una larga hora. Toda aquella gama que justamente me cuesta tanto diferenciar. Y sin embargo siento que pude ver la pureza de esos colores sin ninguna duda. Al menos pude conectarme con su energía y entendí lo que quería decirme el universo.

Poco a poco la gente se levanta del piso y estira las piernas. Yo aún permanezco sentado, recostado hacia atrás sobre mis codos y mis antebrazos, observando cómo a través de las nubes se abren espacios donde brilla el verde más puro, aquél que tampoco puedo ver. El momento es infinito.

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De retorno a Costa Rica no pude dejar de pensar cada día en cómo esa experiencia me había transformado profundamente. El misticismo de las energías de la gente y de las vibraciones del universo me habían dejado extasiado y como sucede con todo buen éxtasis, deseaba más.

Así que al año siguiente regresé junto con dos grandes amigos ticos, Chiqui y Fernanda, quienes fueron los mejores compañeros de viaje posibles durante el mes que exploramos varios rincones del Perú. Uno de mis objetivos era regresar a Paucartambo, atraído por ese océano de sensaciones y poder compartir con ellos la esencia de la magia andina. Misión cumplida. Lo disfrutaron muchísimo, aunque no sé si tuvo el mismo efecto en ellos que en mí. Estimo que no, pero eso no importa, porque las revelaciones son personales y en suceden en los tiempos de cada quién.

En esta segunda oportunidad fui un poco más preparado, con algunos contactos, aunque el alojamiento fue más precario: un piso de madera en una habitación del pueblo, sobre la cual tendimos nuestros sleeping bags. Igual, la idea era no dormir demasiado.

Nuestro principal contacto, un fotógrafo veterano de la fiesta, que había asistido a más de una decena de celebraciones de la Mamacha, consiguió que nos invitaran a un cargo, al de los Qapaq Negro, nada más y nada menos, uno de los más selectos de la festividad.

Llegada la hora indicada, entramos a una de las casas del pueblo, a la del Carguyoc estimo, y nos sentaron en una mesa dispuesta en U. Éramos unos 30-40 invitados. Al lado mío se sentaba un abogado cuzqueño, que vivía en Nueva York y venía todos los años para cantarle a la Mamacha. Este honor no se tranza por nada del mundo. Ni aunque cobres por hora.

Lo primero que nos trajeron fue una caja de cerveza. “Para ustedes”, nos dijeron, y la dejaron en nuestro sitio. Teníamos que tomar. Ni modo. Aunque a los diecisiete años tu cuerpo resiste mejor ciertos embates. Ni modo, repito, ni modo.

Lo siguiente fue una merienda paucartambina, un interminable festival de sabores preparado con dedicación, estoy seguro, que contiene locro de zapallo, rocoto relleno, cuy chactado, arroz, huevo frito, algunas carnes, verduras y su infaltable dosis de ají. Por si se lo están preguntando, este es un plato personal. La única que se lo terminó fue Fernanda. Realmente impresionante. Chiqui y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo, pero tuvimos que compensarlo con varios tragos largos y copiosos de chela para no desanimar a quienes nos recibían con tanta abundancia a pesar de ser tres extraños. Después de bailar un rato, nos despedimos para continuar con la fiesta en las calles.

Yo a mis 17 años en el Cusco. Foto de mi amiga Alessandra Plaza (no tengo conmigo las fotos de Paucartambo, pero cuando las recupere de mis antiguos álbumes de fotos actualizaré las imágenes del blog, prometido).

Después de haber caminado no lo suficiente para recomponernos de tanta afectividad culinaria, nos topamos con una pequeña banda en la calle que, en solitario, estaba tocando ritmos más tropicales y caribeños. Nos pusimos a bailar como poseídos por fuerzas desconocidas olvidando los más de 3,000 metros, la comida y todo lo demás. Cierro los ojos y vuelvo a saltar, subiendo y bajando, disfrutando de mi minoría de edad y de mis 58 kilos. Haberlo vivido entonces es haberlo vivirlo para siempre. Thank god.

Lo que sigue es uno de los peores episodios corporales de mi vida: algún intestino se habrá retorcido dentro mío de tan mala manera que inmediatamente después de estos bailes eufóricos tuve que ir al silo de la casa donde nos alojábamos, que consistía en un hueco en medio del patio, sin asiento alguno, sólo amparado de la intemperie por unas alicaídas planchas de triplay y un techito de calamina mal colocado que en época de lluvia debe servir sin duda alguna de incentivo para que nadie acapare el baño por demasiado tiempo y así reine el respeto y la buena convivencia entre los inquilinos de la casa, que no deben ser pocos porque tiene unas 10 habitaciones distribuidas en sus dos pisos. Esa primera incursión fue el preludio de la más severa indigestión de mi vida.

Pasé todo el resto de la noche acostado en el piso de madera agarrotado por el dolor y cada vez que me movía un centímetro porque ya me cansaba la misma posición, tenía que salir corriendo al silo que estaba, como ya saben, pero no hay forma de recalcarlo menos, en el centro del patio de la casa. Fue una de las más horribles noches que he pasado jamás. Me quedé sin bilis para el resto de mi vida.

Temiendo que este contratiempo nos fuese a malograr el resto del viaje, a la mañana siguiente fui a la farmacia del pueblo a buscar algún alivio. No tenía mucha fe de encontrarlo a decir verdad. Evidentemente la farmacia estaba cerrada. Todo estaba cerrado. Sólo había fiesta. Sin demasiadas esperanzas contacté a nuestro sponsor el fotógrafo que nos había conseguido los pases VIP al cargo del día anterior (que incluía bufet, barra libre y pase a los camerinos de los artistas) y le pregunté por algún médico, farmacéutico o alguien que me pase el cuy, aunque sea, cualquier cosa era mejor que estar moribundo en plena fiesta. Me contestó que sí. Que conocía a alguien que me ayudaría. No le quise preguntar sus credenciales por obvias razones, pero me encomendé a la Mamacha.

De pronto se apareció un pata del cual no recuerdo ni su nombre ni su cara, pero que sí me transmitió muchísima confianza. No me preguntó absolutamente nada. Me imaginé – aún me imagino – que nuestro amigo el fotógrafo le debía de haber comentado en qué estado me encontraba. Sólo me dio una botella con un líquido verduzco y me dijo que me la tome de un solo trago y se fue. Incrédulo, procedí a seguir sus instrucciones, ya saben, diecisiete años y todo lo demás…  

El Waca Waca Paucartambino

¡Magia! A la hora ya estaba otra vez bailando en las calles, comiendo choclo con queso de desayuno y unas horas después brindando con mis amigos y con los pasantes, bailando al ritmo del Waca Waca y olvidando, al menos momentáneamente, la noche terrorífica que pasé. ¡Qué inconsciente! ¿O no?

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Gracias a la Mamacha, a Paucartambo y a su gente aprendí que la vida tiene diversos planos y que lo mágico, lo místico, la fe, es uno de ellos y descuidarlo significa simplemente desaprovechar uno de los tantos aprendizajes que tiene el viaje de la existencia para mí, para ti, para cada uno de nosotros.

He vivido la otra mitad de mi vida desde entonces y a pesar que no creo en las religiones, he sabido cultivar, de varias formas, el lado espiritual de mi vida, aunque siento que lo que he aprendido no es para nada suficiente y que Occidente me lo pone difícil. No obstante, sí creo que hay un mayor balance en mi ratio materialismo / espiritualidad. 80%, 20% digamos. Pero siempre mejor que 100% – 0% ¿no? Al menos así lo creo.

Cultivando mi lado espiritual – Parque María Reiche, Miraflores
Foto propia

Dicen que uno se convierte en devoto de la Mamacha del Carmen cuando la visitas en tres oportunidades. Físicamente he estado allí sólo dos veces, pero espiritualmente la visito regularmente, así que, contraviniendo a las convenciones sociales, desde el escritorio de mi casita de pueblo en Zabbar, Malta, me declaro su fan y agradezco a su poderoso espíritu, compuesto de las energías de la fe sincera de tantas almas, por tantas enseñanzas que me ha dado y que me seguirá dando.


[1] La festividad de la Virgen del Carmen es reconocida en el Perú desde el 2006 como patrimonio cultural de la Nación.

[2] Declarado por la UNESCO en 1987

[3] Traducción propia, obviamente, porque no tengo ni idea de quién es el autor de estos versos.

El viaje del amor

¡Nuestro futuro nos espera por allá! Joaquín y Aimeé 24/09/2016
Foto de Jamil Valle

Pocas experiencias en la vida son tan profundas y estremecedoras como el amor. El amor te impulsa a tomar decisiones que de otra forma son impensables, te abre puertas del destino que estaban ocultas a simple vista y te permite emocionarte con una amplia gama de sentimientos que, in fine, te recuerdan que estás vivo.

El amor es un motor incuestionable de la humanidad que, en su extrema pureza, está desposeído de posiciones políticas, es contrario a las convenciones sociales y es más efectivo en conversiones religiosas que la propia inquisición. El amor ciega, nubla, obnubila, engloba, acapara, y a la vez es un sublime elíxir de una fineza exquisita que emana de la esencia de la felicidad, aquella que te emborracha con un sorbo, que te deja extasiado por instantes infinitos en los que le encuentras sentido a la existencia.

Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su poema El enamorado se permite anular toda existencia ajena al amor y sugiere que no hay siquiera pasado que cuente:

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, 
lámparas y la línea de Durero, 
las nueve cifras y el cambiante cero, 
debo fingir que existen esas cosas. 


Debo fingir que en el pasado fueron 
Persépolis y Roma y que una arena 
sutil midió la suerte de la almena 
que los siglos de hierro deshicieron. 

Debo fingir las armas y la pira 
de la epopeya y los pesados mares 
que roen de la tierra los pilares. 


Debo fingir que hay otros. Es mentira. 
Sólo tú eres. Tú, mi desventura 
y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges

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Como a todos, el amor también ha moldeado la historia de mi vida. Esto, sin lugar a dudas lo puedo escribir desde mi casita de pueblo maltesa, a donde llegué inspirado por los anhelos y proyectos de mi esposa Aimeé. Así pues, después de una historia de amor madura, de más de 7 años de entendernos y enredarnos, se concretó lo que le prometí desde el principio de nuestra relación: que ella podría elegir nuestro próximo destino en función a sus aspiraciones y a sus motivaciones personales.

Crystal Dreams Joaquín & Aimeé – Primera foto juntos, diciembre 2011
Foto cortesía de mi madre, Jeannine Ferrand.

El amor es pues, sin duda, desinteresado y… ¡Qué bueno que así lo sea! Hay un sentido de la aventura mucho mayor en el gran riesgo de no tener la menor idea de cuáles van a ser tus próximos pasos, de cuándo los vas dar, así como una enorme satisfacción en contemplar cómo las individualidades también pueden florecer en una relación de pareja. Bueno, la verdad es que yo no creo en actos completamente desinteresados, puesto que éstos nacen de la consciencia inexorablemente individual del ser humano, sin embargo, aquí la recompensa personal radica en la felicidad del otro y si bien existen efímeros rastros de interés personal, el amor es quizás una de las fuerzas del universo humano más desposeídas de individualismo.

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Cuando Aimeé y yo tenemos la oportunidad de contar nuestra historia y relatamos cómo llegamos aquí, muchos resaltan el enorme riesgo que tomamos y la muy difícil decisión de haber dejado nuestros trabajos, en los que ambos nos sentíamos completamente realizados y a los que nos entregábamos con dedicación y pasión; de habernos alejado de nuestras familias, de nuestros fantásticos amigos y de las considerables comodidades de las que gozábamos en nuestro país, el Perú. Después de todo ya no somos veinteañeros buscando un mejor futuro.

No obstante, para mí la decisión se dio muy naturalmente y sin demasiada dificultad, ya que tuve una gran escuela: la de mis padres.

Siempre recuerdo con gran exaltación el relato de mi padre contándome cómo se había enamorado perdidamente de mi madre quien había tenido que irse a vivir a Ibiza, España, para estar cerca a su hijo, mi hermano Sacha. Frente a esta situación mi padre, un joven músico y sonidista de cine, que no tenía grandes posesiones materiales, decidió vender su colchón y sus pocas pertenencias y partir a esa maravillosa isla mediterránea sin siquiera saber dónde vivía el amor de su vida. Hoy, varias décadas después de ese acontecimiento, aún siguen construyendo el viaje de su vida juntos.

Ese momento trascendental en la vida de mis padres fue mi inspiración para no dudar ni un segundo cuando estuve enfrentado a esta decisión. En realidad, ya la había tomado varios años antes, siete para ser exactos.

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Yo que siempre he creído profundamente en la fuerza de la conciencia individual creadora, me asombro frente a la naturalidad con la que estoy tan dispuesto a darlo todo por el otro. Pero esa es la fuerza del amor, transformadora y genial, que te saca de tu mundo y te fuerza a ver más allá. Ya en otras ocasiones tuve que tomar decisiones similares: cuando opté por descartar importantes ofertas laborales en Haití o en Francia, por ejemplo, para así apostar por nuestra vida juntos, para realizar nuestros sueños como pareja y proyectarnos, el uno junto al otro, en este viaje maravilloso que es el amor.

Aimeé contemplando el Sena, París, Octubre 2015. Juntos, potenciamos nuestros sueños.
Foto propia

Todas estas decisiones me han permitido conocer nuevas realidades que, de otra forma, no hubiese nunca siquiera imaginado.

Una de las más transformadoras experiencias se dio en octubre del 2015 cuando, por insistencia de mi esposa (¡me encanta su testarudez y su perseverancia!), reservamos con muchos meses de anticipación una mesa côté fenêtre en el Jules Verne, restaurante con estrella Michelin en el segundo piso de la Tour Eiffel a 125 metros de altura con una de las mejores vistas urbanas posibles en el mundo.

La cena coronaría el viaje más increíble que hemos hecho en nuestros siete años y medio de relación, en el que recorrimos por poco menos de un mes varias ciudades de Francia, Bélgica y Holanda.

Reflejo difuminado. Mesa y París en el Jules Verne
Foto propia, 19-10-15

Desde el momento mismo que reservamos esa mesa, estuve seguro que sería allí donde le pediría a la mujer de mi vida que se case conmigo, que compartamos eternamente este viaje inconmensurable de sensaciones y desprendimientos y que, flotando sobre París, sellemos nuestra historia de amor por todo lo alto.

Me preparé muchos meses para ese día, pensando muy bien en las palabras que diría y cómo la sorprendería. Fue la única vez que le conté nuestra historia, una que ella siempre había querido escuchar de mí y yo, esquivo, le mencionaba que ya llegaría ese momento.

Sentados viendo el Sena y el Arco del Triunfo iluminados, durante 4 horas me elevé hacia aquel elíxir en su estado más puro sonriendo por cada una de las etapas que nos había llevado allí. Minutos antes de la media noche, porque el anillo lleva grabada la fecha del compromiso, le pedí nervioso e ilusionado, que compartamos el resto de nuestra vida lado a lado. Que juntos combatiríamos las mareas de la existencia, nos sumergiríamos en los trances de la realidad y de la mano recobraríamos el aliento cuando todo pareciese perdido. Que entre los dos nos potenciaríamos el alma y nos daríamos alas para recorrer el universo y volveríamos siempre a nuestro hogar a enseñarnos el uno al otro cuánto habíamos aprendido, agradeciendo eternamente sentir nuestras respiraciones acompasadas acompañando el inicio de los sueños.

Juntos para siempre. La emoción trasciende la temporalidad.
Foto propia, París 19-10-15

De la torre, nuestra torre, bajamos embriagados por los vinos que acompañaron la cena, pero también embriagados de felicidad, de la vida, del futuro, de los sueños, del abrazo eterno de ese instante mágico.

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Para disfrutar del viaje del amor tienes que estar dispuesto a entregarlo todo, a desgarrarte de cuando en cuando, a reescribir la historia, tú historia. Lo más fuerte de todo es que no depende sólo de ti. Depende de cómo se combinen los ritmos de la vida y de que ambos estén dispuestos a seguirlos, de que los dos se entreguen a esa danza.

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Poco menos de un año después de ese fantástico episodio del libro de nuestras vida, sobrevino nuestra boda religiosa, en Santa Eulalia, mágico lugar de las montañas limeñas en el que se concentran las maravillosas vibras atemporales de nuestros seres más queridos.

Sellando nuestro amor. 24-09-16, Iglesia de Santa Eulalia, Lima – Perú.
Foto de Jamil Valle

Ese día quedé afónico por toda la felicidad que quería sacar de mis entrañas, esperando que el sonido de mi alegría resonara en el eco de esas áridas montañas por toda la eternidad.

Afónico. Too much hapiness. Santa Eulalia, fundo La Parca, 24-09-16
Foto de Jamil Valle.

Nuestras familias y amigos venidos de todas las partes del mundo confluyeron en ese otro capítulo cumbre de nuestra vida y hasta hoy siento sus sazonados abrazos y puedo cerrar los ojos y reir con todos ellos y volver a bailar con ella, con Aimeé, nuestra canción, Spend a Lifetime de Jamiroquai.

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Inmensidad y majestuosidad de los Ta Cenc Cliffs, mar de Gozo, Octubre 2016, Foto Propia

El viaje del amor es uno lleno de sorpresas, de acontecimientos inesperados y para sacarle el máximo provecho hay que estar dispuesto a zambullirse de lleno en él. Como cuando en nuestra luna de miel navegamos a los Ta Cenc Cliffs, en la fantástica isla maltesa de Gozo y en un soleado día de octubre nadamos alucinados en las aguas turquesas y cristalinas del mediterráneo frente a la inmensidad de la naturaleza, sólo ella, el mar, los acantilados, el horizonte y yo. Fue el día más feliz de mi vida.

Spend a Lifetime. Nuestra canción.

Conexión cósmica o la increíble historia de una lámina de cobre maltesa que se fue de viaje por varios siglos y volvió

Sala del Trono adornada con las pinturas sobre el Gran Sitio de Malta (1572-1581) realizadas por Mateo Perez D’Aleccio – Palacio de los Gran Maestres de la Orden de San Juan, La Valeta – Malta
Foto extraída de: https://www.maltachamber.org.mt/en/300-000-needed-to-restore-d-aleccio-s-great-siege-wall-paintings

Hay muchas historias que son difíciles de creer, justamente por la cantidad de elementos sorprendentes que las adornan a lo largo de su curso. Éstas son particularmente estremecedoras cuando te das cuenta que, por alguna obra del destino, eres uno de los protagonistas de sus enrevesados meandros y es exactamente en esos momentos cuando hasta el ser más agnóstico de la tierra se pregunta qué Ser Supremo tuvo que moldear el rumbo de la historia para que una insignificante alma pueda asumir un rol en su recorrido.

Esta es una de esas historias.

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Matteo Perez d’Aleccio fue un importante pintor que nació en 1547 en la ciudad de Lecce, en Apulia, Italia. A sus 16 años fue discípulo del gran Miguel Ángel, lo que catapultó su carrera artística. Se pueden encontrar pinturas suyas, por ejemplo, en la Capilla Sixtina en el Vaticano.

En 1577 el Gran Maestre de la Orden Hospitalaria de San Juan, Fra Jean De la Cassière, invita a Perez D’Aleccio a Malta para realizar una serie de obras para relatar el heroísmo de la Orden Hospitalaria en el Gran Sitio de Malta cuando, en 1565, resistieron por 4 meses a la feroz invasión del Imperio Otomano. Este episodio significa una de las más famosas y exitosas estrategias de defensa en la historia militar universal y siendo De la Cassi ère un veterano de dicha victoria, no quería escatimar esfuerzos en su transmisión a las generaciones posteriores.

Gran Sitio de Malta por Mateo Perez D’Aleccio.
Foto extraída de Wikicommons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:L%27assedio_e_batteria_dell%27isola,_e_di_S._Michele._27.06.1565.png

Perez D’Aleccio realizó entonces una sucesión de murales en la Cámara del Gran Concejo (o “Sala del Trono”) del Palacio de los Gran Maestres en la Valeta narrando la secuencia de la invasión y la épica resistencia. Sin embargo, también aprovecha su estancia en Malta para realizar, en 1582, una serie de 15 láminas de cobre grabadas sobre el Gran Sitio que son particularmente interesantes porque presentan todos los acontecimientos del asedio en una sola placa. Además, en sus placas se pueden apreciar gran cantidad de detalles lo que las convierte en objetos de gran valor histórico.  

Virgen de la leche – Mateo Perez D’Aleccio
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro

En 1588, Perez d’Aleccio, motivado por los fantásticos relatos de riquezas interminables de las recién descubiertas tierras americanas, decide embarcarse hacia el Virreinato del Perú, tierra donde vivió por 40 años y en la cual también falleció, después de un significativo aporte a las artes de esas latitudes, desposeído de las riquezas que había ido a buscar.

Uno de sus principales aportes al arte colonial peruano fue la introducción de la técnica del óleo sobre cobre, la cual fue continuada y divulgada por su principal discípulo Pedro Pablo Morón, quien se embarcara con él en su travesía hacia el Perú.

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Hubert Ferrand nació en 1813 en la tierra de la lavanda, Grasse, en Provence, Francia. Conocido alfarero de la región, decidió trasladarse a Vallauris, en la Costa Azul, pueblo famoso por su tradición ceramista, donde los negocios irían mejor. Allí nació el menor de sus hijos, Jean-Baptiste, en 1852, en el seno de una familia franco-italiana, acostumbrada a los viajes y las travesías.

Grasse, Francia. Foto extraída de: https://www.smartertravel.com/daily-daydream-grasse-france/

En 1856, Hubert junto con su esposa y sus hijos Pierre y François parten desde Génova a bordo del San Giacomo hacia Chile, donde había sido contratado por una fábrica de cerámica. Jean-Baptiste se queda en Niza bajo el cuidado de sus tías.

Luego de una larga travesía, cuando el San Giacomo se encontraba en el estrecho de Magallanes, una fuerte tormenta hace naufragar el navío y la familia Ferrand se salva de milagro. Llegan meses después a Valparaíso sólo para enterarse que la fábrica había quebrado.

Tormentosos mares del estrecho de Magallanes.
Foto extraída de: https://www.guioteca.com/patagonia/la-desconocida-y-apasionante-guerra-fria-por-el-estrecho-de-magallanes-historicos-detalles/

Dispuestos a recuperarse del infortunio, los Ferrand se embarcan hacia El Callao, Perú, donde unos amigos franceses radicados en Lima les tenderían la mano. Allí deciden iniciar su propio negocio como comerciantes.

Poco a poco el negocio de los Ferrand fue floreciendo y en 1871, poco después de la batalla de Sedán, en la que Napoleón III pierde frente a las tropas prusianas de Otto Von Bismarck y se da el colapso del Segundo Imperio Francés, la familia llama a Jean-Baptiste para que los acompañe en sus prósperos negocios como comerciantes de arte, cerámicas, objetos decorativos venidos de Francia entre otras actividades similares

El negocio aún sigue en manos de la familia Ferrand después de 6 generaciones. Se puede visitar la página web en: https://ferrand.com.pe/nosotros

Alrededor de esos años Jean-Baptiste, como parte de su trabajo de buscar en los mercadillos del centro de Lima objetos variados de importante valor histórico (ergo, comercial), consigue el hallazgo de una rara pieza: una lámina de cobre grabada del Gran Sitio de Malta, con la figura de una virgen pintada al óleo al reverso, inacabada, signo inequívoco que se trataba de una pieza de Perez d’Aleccio.

La lámina debió de haber causado un gran impacto en la familia, puesto que fue retirada del circuito comercial y legada cuidadosamente por Jean-Baptiste a su hijo Edouard Ferrand Salomone, quien a su vez se la heredaría a su nieto Eduardo Burbank Ferrand como regalo de graduación del colegio en 1955.

Es una suerte que la lámina haya llegado a sus manos, puesto que muchas de ellas eran simplemente fundidas para vender el cobre al peso, perdiéndose para siempre las enseñanzas que éstas traían.

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Joseph Schiro es un maltés de nuestra época, de ascendencia italiana, que tiene una larga e importante carrera en la conservación de documentos históricos, particularmente mapas y libros y que ocupó hace pocos años la jefatura de la División de Conservación de Heritage Malta[1], la agencia nacional de conservación del (vasto) patrimonio cultural de este pequeño-gran país. Hoy es un miembro activo y secretario honorífico de la Sociedad Maltesa de Cartografía.[2]

En sus años en Heritage Malta, Schiro se enteró que Eduardo Burbank Ferrand se contactó con la institución para comentarles que tenía en su poder una lámina de cobre de gran valor histórico que podría ser de interés para la institución y que él sentía que su retorno a Malta tendría un gran significado simbólico. Lamentablemente las conversaciones no prosperaron y Eduardo decidió quedarse con el regalo de su abuelo materno.

Unos años después y ya habiendo salido de la institución, Schiro decide no dar el asunto por concluido. Amante del arte, de la historia y de los mapas, sabe de la importancia de esa lámina y contacta a Eduardo Burbank, radicado en Miami, para retomar las tratativas. Éstas fueron largas, pero el esfuerzo pagó sus frutos: Eduardo decide vender la lámina y, en una muestra de confianza ciega, pero motivado por la seriedad del vendedor y con muchos indicios a la mano de la autenticidad de la misma, Joseph cierra el trato a distancia.

La placa llega así a Malta y hoy hace parte de la colección privada de Schiro, que la resguarda junto con muchísimos otros objetos, mapas y libros de gran valor histórico para esta fantástica isla desbordante de aventuras a lo largo del tiempo.

La lámina de cobre en cuestión.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Uno de los seis tirajes realizados por Eduardo Burbank de la lámina.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Fresco original del que Perez D’Aleccio se inspira para realizar la lámina de cobre.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.

Joseph decide entonces escribir un artículo sobre cómo esta importante placa aporta al conocimiento histórico de ese evento central en la historia de Occidente y sigue con lo suyo (que no es poco).

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Hace unos días, motivado como siempre por mi insaciable gusto por la Historia y por las ganas de seguir aprendiendo sobre este gran país que ahora nos alberga, me puse, en mi tiempo libre, a buscar en internet algunas lecturas suplementarias sobre el Gran Sitio de Malta.

El destino siendo lo que es, un gran jugador de ajedrez, me tira una serie de resultados que me parecen muy mainstream. Quiero algo más underground, hasta en eso soy medio raro. Y me voy a la pestaña 10, 15, 20, 25… haciendo scroll down de los artículos mientras los veo pasar.

De pronto algo me llama la atención. Perez D’Aleccio. Es un nombre que he visto antes. En el MALI[3], creo, no estoy seguro. En el Perú, definitivamente. Clickeo en el artículo y empiezo a leer. Joseph Schiro es el autor. No lo conozco. El título es “El descubrimiento de una rara lámina de Matteo Perez D’Aleccio sobre el Gran Sitio de Malta”, en inglés, evidentemente.

Un par de imágenes siguen y luego inicia el artículo con el siguiente párrafo:

“One of the copperplates of the prints which Matteo Perez d’Aleccio did of the Great Siege of Malta of 1565 has recently come to light, and is now in the author’s collection. It is Foglio Undecimo of the fifteen prints of the 1582 edition. Although the plate came from Miami, it actually originated from Peru. The plate belonged to the estate of Eduardo Burbank, who had received it in 1955 as his high school graduation present from his maternal grandfather Eduardo Ferrand Salomone, who was an art and antiques connoisseur and collector. His love for art and objects of art came from his father Jean (Juan) Ferrand Quartino from whom he inherited the copperplate, bought around 1870 from an antiques shop in the old part of the city of Lima.”[4]

En ese momento sentí que mi vida se inundaba con un nuevo sentido, muy profundo, muy extraño. Me estremecí de pies a cabeza. Fue realmente algo indescriptible. El artículo, escrito por un conservacionista maltés que jamás ha puesto los pies en el Perú, hablaba de mi tío Eduardo Burbank, el primo-hermano de mi madre, y de la historia de mi familia materna que recuperó la lámina hace un siglo y medio por aquellas andadas del universo que hizo que un barco naufragara en el estrecho de Magallanes y que dejó sin trabajo a un padre de familia migrante junto a sus dos hijos en medio de una tierra desconocida con lo que terminaron en Lima, de pura “casualidad”.

Continué leyendo el artículo inmerso en la total incredulidad. ¿Cómo así el autor había decidido escribir la forma en la que la placa llegó a sus manos? Es algo bastante inusual que se describa con ese lujo de detalles las historias conexas al elemento de interés en sí y sin embargo ahí estaba; Era el resultado que aparecía en la página cuarenta y pico del buscador de Google al que había llegado por tener tiempo libre y por haber reconocido, de alguna parte, el nombre Perez D’Aleccio.

Terminé de leer y me dije que algo así no sucede en vano e inmediatamente me puse a buscar el contacto de Joseph Schiro. Quería escribirle para contarle que la historia de la placa aún no había terminado. Que el tataranieto de aquél mercante de arte que llegó de la Provence francesa para recuperar su placa se encontraba viviendo en Malta y que quería ver la lámina con sus propios ojos y, como no, rendir homenaje a esos aventureros del siglo XIX cuyo legado está aún muy lejos de ser olvidado.

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El viernes de la semana pasada mi esposa Aimeé y yo fuimos a la preciosa casa de Joseph Schiro y su maravillosa mujer quienes tuvieron la enorme amabilidad de invitarnos para charlar y, como no, poder apreciar la placa con nuestros propios ojos.

Junto con Joseph Schiro y la lámina del Gran Sitio de Malta. Casi cinco siglos después, de regreso en Malta. Foto propia

Abusamos de su hospitalidad durante más de cuatro horas, conversando sobre Historia, política maltesa, arte y los vaivenes familiares de nuestros antepasados, tomando vino, comiendo deliciosos entremeses locales y la tarta de vegetales más espectacular que he probado en mi vida hecha por Miss Schiro: espinacas, tomate, queso ricotta, gbneja (queso maltés muy particular y sabroso), huevo y una masa ligera en su punto perfecto.

Vimos parte de la colección de antigüedades, mapas y arte que adorna su hogar y reafirmé algo que siempre he creído: que las coincidencias no son más que señales del destino, ese ámbito infinito y atemporal de conocimiento universal que nutre los propósitos de la vida.

Ese día nos juntamos en ese salón maltés de San Gwann, Joseph Schiro, nuestras esposas y yo y en nuestra presencia vivían también Perez d’Aleccio y Jean-Baptiste Ferrand, entre tantos otros que hicieron posible esta conexión cósmica entre Malta y Perú, congregando cinco siglos de historia sazonados con las buenas vibras y un excelente pastel.

Gracias Joseph Schiro por tu hospitalidad, pero sobre todo por tu curiosidad que hizo todo esto posible.


[1] Página web de Heritage Malta: http://heritagemalta.org/

[2] Página web de la Sociedad Maltesa de Cartografía: https://maltamapsociety.mt/

[3] Museo de Arte de Lima

[4] Pueden ver el artículo completo aquí: https://www.academia.edu/12540992/The_discovery_of_a_rare_Matteo_Perez_d_Aleccio_copperplate_of_the_Great_Siege_of_Malta

Reencuentro en las alturas (parte II)

Ruta Chalhuanca – Mollebamba, Apurímac 4,800 msnm. Foto propia.

Recuerdo perfectamente el día que llegué a vivir a la comunidad de Mollebamba, capital del distrito de Juan Espinoza Medrano, provincia de Antabamba, Apurímac, 3,300 msnm. Lo que más me impactó fue aquella forma en la que tomé consciencia del tiempo.

En primer lugar, tuve la impresión que las horas eran mucho más largas, que el universo había realizado sus conjuros físico-cuánticos y que allí le daba a cada minuto una profunda dimensión, lo suficientemente extensa como para que los rayos del sol puedan “orear” cada objeto y cada espacio luego de las gélidas madrugadas andinas.

Alpacas mollebambinas aprovechando el sol de la mañana. Foto propia.

Por otro lado, estaba la noción más amplia del tiempo, la de los días, que se contaban en función de cuántos faltaban para completar los veinte en que se trabajaba de corrido antes de poder retornar a Lima para descansar de jornadas laborales que iniciaban a las siete de la mañana y culminaban, muchas veces, cerca de la medianoche. Está de más decir que la consciencia acerca de mi posición en la escala 1-20 tenía una omnipresencia aplastante.

El trabajo en la mina.

Sin embargo, la más abrumadora de todas, era la noción del tiempo de la sierra. Es un tiempo que gira en función al calendario agrícola y cuya significancia real sólo puede ser entendida por aquellos que la viven. Está el tiempo de la siembra y el de la cosecha, el de las lluvias y el de la helada, el de la Huaylía y el Takanakuy.  

Para alguien urbano hasta el tuétano como yo, todas estas perturbaciones de mi espacio temporal fueron grandes cachetadas de aprendizaje como pocas veces las he tenido en mi vida.

Huaylía antabambina. Foto propia.

Acostumbrado a no tener que medir los minutos de una ducha caliente y a comer en función de mis ansias, puedo decir que las condiciones de vida mollebambinas eran duras: vivíamos en una casita tradicional del pueblo en la que unas 8 a 10 personas compartíamos las habitaciones del segundo piso. La casa del buen don Nico.

La vista desde mi habitación en la casa de Don Nico, Mollebamba. Foto propia.

Para mí, lo más difícil era la experiencia del baño, que consistía en un WC y una pequeña ducha, instaladas entre planchas de triplay en medio del patio central. La pequeña terma daba apenas suficiente agua caliente para una ducha y media. Tenía que tener una gran determinación para conseguir el santo grial del agua caliente, batallando contra las bajas temperaturas de las madrugadas, muchas veces bajo cero ya que, de no ser el primero en la cola, daba por descontado que a lo mucho tendría derecho a un tímido hilo de agua tibia, lo cual a cero grados no es muy apetecible. A las 04:45 de la mañana saltaba de la cama y bajaba a paso apurado las escaleras de madera que llegaban al jardín interior, para así ganarle el turno a los conductores que iniciaban su jornada muy temprano y con quienes también compartíamos el baño. Digamos que fue mi entrenamiento, en el sentido inverso, para la fantástica secuencia sauna – lago congelado – sauna que tiempo después hiciera en las afueras de Tampere en Finlandia.

Claro, las duras condiciones en las que mi mente se concentraba en realidad camuflaban algo mucho más profundo: que estaba batallando contra mis propios demonios, que la vida me había llevado exactamente al lugar donde tenía que llegar. Que era en las entrañas del Perú donde tenía que reconciliarme conmigo mismo.

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Anta, Cusco. Camino a Mollebamba. Foto propia.

Llegar a Mollebamba requería de una travesía que iniciaba a las 2:30 a.m. en mi departamento en Miraflores, donde por lo general estaba con mi enamorada que pasaba más tiempo con mis roommates que yo. Un taxi me llevaba al aeropuerto para tomar el primer vuelo a Cusco, que partía alrededor de las 05 a.m. Alrededor de las 07:30 am arrancaba la camioneta con destino a Abancay en una ruta de carretera asfaltada con varias curvas y unos impresionantes paisajes. El viaje tomaba alrededor de 4 horas. Si nos alcanzaba la hora de almuerzo en Abancay íbamos al hotel de turistas (tienen una sopa a la minuta espectacular) donde algunos otros pasajeros podían unírsenos en la travesía. Luego teníamos un par de horas más de viaje hasta Chalhuanca, donde también se almorzaba o se pasaba la noche si ya estaba oscureciendo. De Chalhuanca a Mollebamba quedaba un trecho de dos a tres horas adicionales de viaje atravesando una trocha de paisajes tan espectaculares como profundos los abismos que la acompañaban. Llegábamos alrededor de las 4 – 5pm, luego de casi 14 horas de viaje de puerta a puerta.

Espectacular andenería inca en la ruta Chalhuanca – Mollebamba. Foto propia.

Esta travesía la tenía que hacer ida y vuelta cada veinte días, si es que las condiciones lo permitían. Las nevadas, deslizamientos (huaycos) o lluvias extremas eran frecuentes y podían cortar la ruta, obligando a los pasajeros a modificar sus planes de viaje.

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Pero no puedo quejarme. El acceso a Mollebamba ha mejorado sustancialmente, y ahora hay una coaster (bus pequeño) que hace la ruta Mollebamba – Abancay (la capital de la Región Apurímac) un par de veces por semana. No hace demasiado tiempo, unas tres décadas atrás quizás, muchos de los viajes de comercio los hacían los arrieros que partían por semanas y meses para intercambiar lana de alpaca por algunos bienes de consumo para la población local.

Iglesia de Calcauso del año 1600 aproximadamente. Foto propia.

Por eso mismo no es de extrañar que justamente al frente de Mollebamba se encuentre el caserío de Calcauso, donde vive una aguerrida comunidad. En las crudas épocas del terrorismo, Calcauso fungió de centro de formación ideológica para Sendero Luminoso. La personificación de las reivindicaciones comunistas se erigía así frente a mis ojos: campesinos olvidados por el Estado centralista y urbano en un territorio sin infraestructura, sin acceso a servicios públicos, sin posibilidad de salir de su miseria y con un profundo odio frente a los culpables de estas injusticias: el hombre blanco, el de la ciudad, que sólo traía explotación y desdén por su forma de vida y sus creencias. Era el caldo de cultivo perfecto para la locura que nos azotó. Era la conexión directa entre las fauces del monstruo y Tarata, el atentado miraflorino que puso a Lima a temblar.

Inauguración de la remodelación de la plaza de Mollebamba. Foto propia.

Evidentemente un acontecimiento tan visceral no pudo haber sucedido sin dejar marcas profundas en sus habitantes. Rememoro aún con un cierto estremecimiento el día en el que se inauguraron las obras de remodelación de la plaza central de Mollebamba y la hija del alcalde recitó frente a toda la comitiva de la empresa minera para la cual yo trabajaba, un poema que evocaba las injusticias sociales y la lucha de sus progenitores, confundiendo muchos conceptos quizás, pero teniendo en claro que ellos han sufrido la opresión del Perú del racismo, la discriminación y el olvido. Por varios siglos.

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Y en ese espacio conviví por un año y medio con personas que sufrieron en carne propia la violencia más extrema, la que venía de todas partes (de los senderistas y del Ejército) y donde todos, sin excepción, tenían alguna historia de sangre y miedo que contar. Todos perdieron un tío, un primo, un padre, una madre, una hermana, una hija.

Muchos creen, falsamente, que una experiencia como esa te permite poner en perspectiva lo que un niño urbano miraflorino como yo pudo haber experimentado en esa época y así minimizarlo frente a la tragedia sufrida por la gente de las entrañas del Perú. Nada más falso. Justamente una experiencia como esta lo que permite es identificarte de alguna manera con tus compatriotas y entender la enorme dimensión de lo acontecido, comprender que con el casi nulo trabajo de memoria que se ha hecho en el Perú aún existen probabilidades latentes que una tragedia de este tipo pueda volver a ocurrir, interiorizar que ellos son tú y que tú eres ellos, que no hay malos versus buenos, esa visión maniqueísta que siempre tuve desde que dejé el Perú a los ocho años.

Mollebamba, Juan Espinoza Medrano, Apurímac, donde pasé un año y medio de mi vida. Foto propia.

Gracias a ese internamiento apurimeño cultivé mi tolerancia y entendí que había enfrentado mis miedos. Pude pasar la página. Hice las paces conmigo mismo y aprendí a ver y a aceptar mis cicatrices, las que me acompañarán hasta la tumba.

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Esta foto representa lo maravilloso de vivir en la sierra, atravezando parajes surreales y tomando consciencia de muchos aspectos valiosos de la vida. Foto propia.

Mollebamba no fue el único pueblo del Perú en el que viví, también tuve la suerte de pasar otro año y medio en las alturas moqueguanas en el distrito de Ichuña, provincia de General Sánchez Cerro, experiencia que terminó de enriquecer mi entendimiento de ese país tan diverso y vasto que es mi patria natal y que me permitió seguir en paz con mi búsqueda por el premio mayor: el maravilloso hogar que hoy comparto en Zabbar, Malta, con el amor de mi vida, mi esposa Aimeé y nuestras dos hermosas gatitas. Esa es mi verdadera patria y la llevo conmigo adonde sea que vaya.

Reencuentro en las alturas (parte I)

Grandeza peruana
Foto extraída de El Comercio en línea: https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/grandeza-peruana-carmen-mcevoy-220576

La primera vez que pensé seriamente en volver a pasar una temporada larga en el Perú tenía 23 años y vivía en París. Había pasado 15 años viviendo fuera de mi país natal, por lo que no tenía una idea muy clara de lo que implicaba vivir en el Perú.

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Portada de la revista Caretas luego del atentado de Tarata.
https://caretas.pe/

En el Perú había sufrido una de las peores experiencias de mi vida; pasó el 16 de julio de 1992, cuando yo tenía 7 años y caminaba junto con mi hermano, de 16, a devolver un juego de nintendo alquilado a una tienda en la avenida Larco que estaba a pocas cuadras de nuestra casa. Ya era casi la hora del cierre cuando llegamos. El dueño de la tienda estaba bajando la cortina metálica. Entramos, pusimos los cassettes sobre el mostrador y nos pusimos a ver qué otros juegos tenían en la vitrina cuando de pronto toda la tienda empezó a temblar y el dueño gritó “bombaaa” y salimos todos a la calle.

Recuerdo perfectamente la escena apocalíptica que se vivía en la avenida Larco: el marco era un cielo rojo-anaranjado, producto de los 500kg de explosivos que Sendero Luminoso había dejado en dos coches bomba en la calle Tarata. La acción era una lluvia de escombros que caía a nuestro alrededor mientras la gente gritaba y corría en varias direcciones. Me quedé absolutamente petrificado. Mi hermano me agarró de la mano y me gritó: ¡corre!

La calle Tarata al día siguiente del atentado. Foto extraída de Perú21: https://peru21.pe/politica/caso-tarata-avanza-juicio-atentado-terrorista-miraflores-407692

Cuando llegamos a la casa después de una corta carrera que pareció eterna, encontramos a mi madre en la puerta, totalmente desencajada, avistando el horizonte, implorando divisar en él a sus dos únicos hijos entre las alarmas, sirenas y desesperación de la gente.

El atentado de Tarata marcó el punto de inflexión en la lucha contra el terrorismo en el Perú, pero también fue el preciso instante en el que casi toda mi familia decidió dejarlo todo atrás y migrar a otro país, uno que fuese viable, en el que los niños pudieran salir a jugar a la calle, a crecer sin miedo, a disfrutar de su niñez y de su adolescencia. A los pocos meses nos mudamos a Costa Rica , junto con mis abuelos, mis tíos y mis primos. Nos mudamos a un país sin ejército y con mucha paz. Pura vida.

¡Pura Vida! Costa Rica puso la cuota necesaria de paz en nuestras vidas.
Playa Blanca, Punta Leona – Costa Rica, la que más frecuentábamos con mis padres. Foto Propia

Me tomó varios años de terapia psicológica y de readaptación social conseguir salir del trauma. Revivía constantemente la imagen de la noche de Tarata y sufría largas y tediosas pesadillas sin fin, pues lo que soñaba una noche lo retomaba a la siguiente exactamente en el punto donde lo había dejado en mi sueño anterior.  De día veía fantasmas. El terror había calado en mi. Hasta el tuétano.

La salida del túnel fue larga y progresiva y contó con varios elementos más allá de la terapia, como los maravillosos amigos que hice y con quienes hasta el día de hoy conservo una amistad pura y profunda, la invaluable seguridad de un país pacífico y próspero y por supuesto, el amor incondicional y reconfortante de mis padres. La decisión riesgosa y osada de mi familia había pagado sus frutos con creces, al menos para mí. Y así un día aprendí a controlar mis miedos y enterré la memoria de ese Perú violento, salvaje, inexpugnable.

Hoy me parece relativamente fácil relatar este duro episodio, pero durante mucho tiempo la sola idea de revivir esta etapa me convertía en el mismo niño inmóvil que contemplaba la cruda escena de un atentado terrorista de gran envergadura, sin tener del todo claro las razones y las consecuencias de toda esa absurda insania.

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En mi etapa parisina, el recuerdo más claro que tenía de lo que significaba vivir en el Perú derivaba de las constantes discusiones con mi padre en Costa Rica, cuando él no perdía la menor oportunidad para criticar a su país natal en cualquier circunstancia, por más banal que ésta fuera: el tráfico, la seguridad, la paz, la honestidad de la gente. Hoy creo que, más allá de tener razón en algunos aspectos, en realidad lo que quería era justificar la difícil decisión que tomaron de dejar el país que nos vio nacer. Realmente se los agradezco en el alma.

Idílico jardín de la casa de mis tíos Yvonne y Pedro en Barranco, donde pasé muchos de los veranos de mi niñez.
Foto propia

Claro, pero en aquella época nuestras discusiones y nuestra constante oposición me llevaron poco a poco a idealizar al Perú, como se hubiese esperado de cualquier adolescente, creo. Esta visión se alimentaba de los maravillosos veranos que pasaba en la casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro, un espacio para mí salido del realismo mágico de la más pura tradición latinoamericana: una casa enorme, construida un siglo atrás por un tío abuelo, fina representación de la arquitectura republicana barranquina. Era un deleite disfrutar el verano en su hermoso jardín y me estremezco al recordar sus tardes llenas de vida con las numerosas visitas del barrio, con los juegos con mi primo Pedro y sus buenos amigos del colegio y con la presencia alternada y constante de una variedad de tíos de cariño que ponían una dosis de vida que llevo impregnada hasta el día de hoy.

Arquitectura republicana baranquina. Casa de Yvonne y Pedro. Foto propia.

Así, deslumbrado por este espejismo, olvidé mis miedos más profundos, los que me habían mantenido en vilo durante tantos años y súbitamente me convertí en un gran defensor del Perú: admiraba el tesón de su gente para salir de ese precipicio abyecto al que nos había llevado el terrorismo, me asombraba frente a su gran territorio poblado de maravillas geográficas y culturales que, con el fin de la violencia, ahora podría y me tocaría descubrir, me replegaba en la riqueza de su historia. Y así se lo hacía saber a quien tuviese más de cinco minutos y la curiosidad de preguntarme sobre mis orígenes.

Pero luego, cuando salía de mi escuela en Rue Saint Guillaume a caminar por el Boulevard Saint Germain y recorría sus famosos cafés y sus perfectas librerías, sentía que me mentía a mí mismo, que en el fondo no me atrevería de verdad regresar a vivir al Perú. Mi inconsciente me impedía enfrentar mis mayores temores.

Hasta que un día todo eso cambió.

Famoso Café de Flore en mi ruta cotidiana a la universidad, Paris, VIème arrondissement .
Foto extraída de Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Caf%C3%A9_de_Flore_-_Boulevard_Saint-Germain.JPG

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No recuerdo muy bien cómo se dio, pero una mañana al despertar supe que volvería al menos unos meses a (re)descubrir mi patria. Apunté a una pasantía de seis meses en una empresa minera ya que así podría no solamente volver al Perú, sino más precisamente vivir en los Andes y conocer así varias de aquellas facetas que me eran totalmente desconocidas y que me intrigaban y atraían de una manera visceral. Sabía que el cambio sería duro, pero algo en mí me indicaba que tenía que hacerlo, que no podía seguir construyendo mi visión del mundo sin incorporar aquella.

Volcán Coropuna . Foto propia.

Fue la mejor decisión que pude haber tomado. Me interné varios meses en Orcopampa, un pueblo de las alturas arequipeñas a más de 3,800 msnm. Cada mañana veía desde la ventana de mi cuarto el imponente volcán Coropuna con sus 6,425 msnm y su bellísimo traje nevado mientras me alistaba para recorrer las comunidades de la zona.

Recorrido cotidiano de las comunidades. Foto propia.

Fue de una de las experiencias más enriquecedoras que había vivido jamás. Sin embargo, sabía que era sólo la punta del iceberg. Sabía que detrás de esa primera faceta, algo edulcorada, debo admitir, por las condiciones privilegiadas de trabajar en la empresa minera y por la certeza de tener una fecha de término y un pasaje de retorno a París, había muchísimo más. Un mundo nuevo, completo, entero, para engullírmelo y crecer, siempre crecer.

En el fondo, hoy lo sé, mi alma necesitaba hacer las paces con mi pasado. Necesitaba ver las cicatrices y vivir con ellas, saber que estarán ahí para toda la vida, pero que así son las cosas, qué se puede hacer. Es parte de lo que me tocó vivir. Es otra forma de aprender.

La puna arequipeña, donde me tocó iniciar mi reconciliación conmigo mismo. Foto propia.

Y así, después de 6 intensos meses de profundos cuestionamientos y aprendizajes fundadores, regresé a París muerto de miedo y de nostalgia, ya que esta vez volvía sabiendo que pronto iba a retornar a vivir al Perú.