Retorno

Cuando uno lleva una vida nómada, acostumbrada a los cambios y a los tiquetes de ida, el concepto de retorno es sumamente importante. Es como un ancla que sabes que puedes dejar para luego ir nadando, hasta perder de vista el bote, sabiendo que allí se quedará.

Para alguien como yo, amante de los nuevos destinos, de los nuevos desafíos y de las transformaciones, el retorno es también un tranquilizante, una red de seguridad, algo que me dice que si las cosas no salen como las había previsto, siempre puedo retornar a alguna parte.

Pero el retorno no es una vuelta atrás, es parte del crecimiento, porque cuando vuelves, nunca eres el mismo. Ya has adquirido experiencia, te has transformado y has aprendido. Cuando retornas, sientes y entiendes las cosas de otra manera, aunque ellas, sigan siendo las mismas.

Rewind

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               Mis primeros retornos fueron al Perú, cuando yo era un niño y vivía en Costa Rica. El primero de ellos unos tres años después de haber dejado una patria hecha añicos, un país al borde del abismo y unos recuerdos duros, demasiado duros como para enfrentarlos en paz.

               En esa ocasión retorné, de vacaciones, junto con mis tíos y mi primo Pedro. Yo estaba de vacaciones, pero ellos retornaban de verdad. Volvían a un Perú que en pocos años había logrado encarcelar a Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, y su cúpula, y que había controlado la hiperinflación, dando esperanzas a millones de peruanos que se habían quedado en la patria, de un mejor futuro en la tierra que los vio nacer.

               Mi primer retorno fue a la casa de Chacarilla de mis abuelos, quienes también se habían ido a vivir a Costa Rica y ese episodio fue una toma de consciencia muy clara sobre mis raíces y mi identidad, aspecto que, teniendo ya dos mundos tan distintos como referentes de normalidad, aún no lograba del todo entender plenamente.

La casa de Chacarilla era enorme, con muebles Luis XIV maravillosos que mi abuelo importaba desde Francia, candelabros y arañas de cristal que admiraba con asombro, salones con relojes de mesa dorados, alfombras espléndidas y jardines que flanqueaban la casa por ambos lados. Hacia el frente, por el garaje, estaba la pileta donde mi abuelo y yo siempre le dábamos de comer a los peces los caracoles que encontrábamos en el jardín, haciendo un doble servicio: cuidando sus amadas plantas y alimentando con proteína de calidad a las carpas de la fuente.

               Los diversos árboles de aceitunas iban proveyendo municiones para la salmuera gigante que siempre reposaba en la cocina. Ese era otro espacio que adoraba, con Reyna, la sempiterna cocinera que me preparaba la más deliciosa papa rellena del universo y alistaba las papas amarillas con mantequilla y cáscara que se comía mi abuelo a las 11 de la mañana. En el centro de la cocina había una mesa de madera en la que me sentaba a jugar con Rocío, la hija de Reyna, mientras ella preparaba la comida y me engreía con algunos “avances privilegiados”.

Memories

               El jardín trasero era mi lugar preferido para jugar con los chanchitos que se enrollaban apenas los tocaba, y darle granitos de azúcar a las hormigas para ver cómo se los llevaban a sus hormigueros de tierra que yo imaginaba como castillos asombrosos.

Las habitaciones también tenían también vida propia. La de mi abuelo era mi preferida, con su escritorio de madera recubierto en la parte superior por una lámina de vidrio grueso debajo de la cual ponía documentos y fotografías importantes y que estaba orientado hacia la parte izquierda del jardín delantero. Al fondo se veía el árbol de las espatodeas, cuyas flores recogía para colocarlas cual barquitos en las corrientes de agua que podía hacer con las mangueras que siempre iban regando algún rincón del jardín.

               Esa casa había sido siempre un lugar feliz para mí antes de partir a Costa Rica. Allí jugué mis primeros partidos de telefunken con mi abuela y me encariñé con los pajaritos que venían a comer al patio trasero todos los días. Allí me maravillé tantas veces con la fabulosa colección de copas de cristal talladas y teñidas de varios de colores de mi abuelo, las cuales tenían sus propias estanterías que rodeaban la enorme mesa del comedor. Allí aprendí de historia universal junto con mi abuelo en su infinita biblioteca y entendí cómo buscar una definición en la enciclopedia Espasa, edición de 1929, que contaba varias decenas de volúmenes. Entendí también que el tiempo pasa y que el conocimiento es dinámico, cuando alguna vez busqué un mapa y mi abuelo me explicó que, desde su publicación en la edición de 1929, ese mapa había sufrido varios cambios y que la enciclopedia se había quedado obsoleta para ese propósito… la enciclopedia, sí señor, nada más y nada menos que la Espasa de tantísimos tomos que era la guardiana de todas las respuestas a las preguntas estrafalarias que le lanzaba a mi abuelo.

               Al retornar a esa casa absolutamente todo eso volvió a mí. Todas esas imágenes que hoy, tres décadas después aún recuerdo con tanta emoción como si estuviese corriendo por los pasillos escuchando a mis abuelos llamarse “polito”, “polito” entre ellos. El retorno fue impactante, inmenso, inconmensurable. Ese retorno me dejó en claro cuál era mi identidad primaria, de dónde venía, dónde me había criado, hacia dónde debía ir.

               Pero claramente en ese retorno ya no vi esa casa con los mismos ojos. No percibí en ese momento mis vivencias con las mismas emociones. Algo se había transformado en mí, porque sabía que yo ya no vivía allí. Que mis tiempos en ese espacio ya habían quedado atrás. Que todo se estaba transformando. E incluso al sentir los olores de las habitaciones y al pasear por los mismos jardines, sabía que yo ya era otra persona. Que me estaba transformando en el “mae quincho”, aquél semi-tico que creció en un país más igualitario, más pacífico, más verde, más “pura vida”. Y esa consciencia, a los 10 años es algo muy poderoso y difícil de aprehender. Claro, me ha tomado tiempo procesarla, pero aprendí a valorar el retorno tanto como los nuevos destinos que tanto aprecio.

Tunel del tiempo

               Esa vez, me tomé el tiempo de recorrer cada rincón de la casa y de aspirar su esencia, de sentir el amor de mis abuelos y de guardar todo eso en un rincón de mi alma desde donde hoy es capaz de aflorar cada vez que lo necesito. Y sinceramente no me importa mucho que hoy allí se levante un edificio de apartamentos, porque la verdad es que todo lo que allí viví me pertenece y lo atesoro aún más (o mejor, o de una forma más completa, si se quiere) gracias a mis retornos a ese espacio.

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               Hay otros tipos de retornos, igualmente excitantes, como aquellos a las ciudades que más aprecias y en las que alguna vez viviste. Eso, por ejemplo, me pasa con París, o me sucedió también con Buenos Aires. Más aún si retornas con alguien que no conoce, o no conoce bien los espacios y puedes mostrárselos y armar tus recorridos sin la necesidad de ver un mapa o leer una guía.

               Es muy gratificante elaborar tus propias rutas, en función a tus recuerdos y a tus anhelos, porque el retorno también es una proyección hacia el futuro en el sentido que creas vínculos más atemporales. Es fantástico reencontrarte con los espacios, reapropiártelos, aprender y así transformarlos.

               Me encanta cuando, con la certeza de una enciclopedia, vas a un rincón que recordabas con perfección y notas que se ha transformado, que el mapa cambió, que le construyeron un edifico de apartamentos al jardín de tus recuerdos, porque entonces sabes que esa ciudad te perteneció de alguna forma única, que ya nadie más podrá experimentar. Y la recordarás así. Así la habrás vivido.

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El último tipo de retorno que valoro muchísimo es aquél retorno metafísico, que te permite revivir circunstancias y momentos específicos, con toda la gama de sensaciones que eso trae.

Por ejemplo, reencontrarse con un amigo con el que no hablas hace muchísimo tiempo pero que cuando lo ves, todo es tan natural como la última vez que se dieron un abrazo de despedida.

A veces recuerdo algunos argumentos que quedaron pendientes y siento que la experiencia y la madurez me han permitido mejorarlos o incluso cambiar de parecer. Me ha pasado decirle a algún amigo que tenía razón, que yo estaba equivocado y que el tiempo y lo vivido me han permitido darme cuenta de ello.

Ese retorno también puede experimentarse a través de olores, sabores, sonidos, paisajes, incluso la música… sobre todo la música.

Mi madre querida

Por ejemplo, tengo grabada en mi memoria la imagen de la sombra de mi madre en las escaleras del Café-Restaurant1900, el que montaron mis padres cuando vivíamos en San José, cantando What’s Up? de 4 Non Blondes, hit de la época, a las 8 de la mañana un domingo antes de ir a comer gallo pinto con tostadas francesas al Burger King de la Fuente de la Hispanidad. Es un recuerdo muy específico y estoy seguro que a todos les pasa, que todos somos capaces de transportarnos a esos momentos fundamentales, que tienen un significado muy trascendente y que guardaremos con nosotros por siempre.

Para mi ese recuerdo, por ejemplo, significa protección, felicidad, despreocupación, gozo, energía, juventud…. Y cada vez que suena esa canción, por el motivo que sea, veo la sombra de mi madre con su pelo largo agitando su cabeza para cantar

Twenty-five years and my life is still
Trying to get up that great big hill of hope
For a destination

Y ahora, cuando retorno a ese momento tan exquisito de mi niñez, lo puedo ver cada vez con más claridad y con mayor aprecio. Sé por qué es tan importante. Y me nutro de él cada vez que lo necesito.

Porque vivir fuera es también vivir lejos de las personas que más amas, de las que más te protegieron, de las que te ayudaron a ser la persona que eres. Y eso es lo más difícil. La distancia no se vence con un WhatsApp, ni con un video, sino con un retorno, a un momento específico, significativo, rebosante de todos los sentimientos que necesitas y recordar que sí, que todo fue real, que todo tiene un sentido y que siempre, siempre, puedes retornar a los brazos de los que más importan.

Abrazo con mis padres al que siempre podré retornar, gracias a la magia fotográfica de Jamil Valle.
What’s Up – 4 Non Blondes
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El otro fin del mundo

Costa Rica es el país de mi infancia, donde crecí, donde vencí a mis demonios – por lo menos a algunos de ellos –, donde metí la pata – y cuánto la metí –, donde me alejé de la violencia que arrasaba a mi Perú natal hacia fines de los 80 e inicios de los 90.

Costa Rica es una tierra que emana vida por donde la mires, desde los volcanes activos de su cordillera, hasta las variadas selvas que recubren sus montañas y costas.

Playa Punta Uva, Caribe Costarricense – Foto extraída de WikiCommons

Y, claramente, al haber pasado allí parte de mi infancia y de mi adolescencia. la convirtieron en una parte profunda de mi identidad y donde viví varias de las historias que marcaron mi vida.

Una de ellas, la más mágica de todas, fue cuando tenía 15-16 años y tuve la oportunidad de ir como voluntario a una reserva biológica para la protección de tortugas marinas en el Caribe costarricense.

El lugar en cuestión se llama Pacuare y es una reserva privada creada hace 30 años por un fondo de conservación inglés, se extiende a lo largo de 800 hectáreas de naturaleza tropical en su estado más puro en la costa Norte del Caribe costarricense y protege a unas 300 especies de animales, siendo la más icónica la tortuga baula también conocida como laúd en otras latitudes. 

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La aventura comienza desde el momento en que uno se enrumba desde San José, la capital costarricense enclavada en el valle central de este pequeño país centroamericano, en medio de hermosas montañas verdes.

Lo primero es tomar la autopista que va hacia Limón, principal puerto del Caribe costarricense y capital de la provincia del mismo nombre, hogar de la diáspora afro-costarricense y que le aporta muchísima cultura y diversidad a Costa Rica. Esta ruta montañosa a veces accidentada, sobre todo en época de lluvias, atraviesa el esplendoroso Parque Nacional Braulio Carrillo, ofreciendo unos paisajes de jungla que se quedan grabados en el inconsciente de cualquiera.

Parque Nacional Braulio Carrillo – Foto extraída de WikiCommons

Después de un par de horas de ruta, se llega a Bataan, pequeño pueblo limonense que sirve de punto de logístico para embarcarse por uno de los ríos/canales locales en una pequeña embarcación a motor. La espesura de la selva tropical caribeña empieza a tomar forma mientras la lancha se adentra poco a poco por los canales poblados de todo tipo de flora y fauna. Tortugas acuáticas y caimanes reposan en los troncos, mientras que las garzas, loros y aves pescadoras de todo tipo nos divisan con desconfianza desde las copas de los árboles en la primera fila del canal.

Canales de Barra del Colorado, un poco más al norte de la Reserva Pacuare. – Foto extraída de WikiCommons

Esta transición toma otro par de horas adicionales y tiene un efecto impresionante en la mente. Va limpiando las angustias mundanas, va inyectando la dosis necesaria del sentido de la ubicación-universal, vamos, te va desnudando de artilugios y subterfugios y te prepara para el desenlace necesario y grandioso: la confrontación contigo mismo.

En palabras nuestras – peruanas quiero decir – te desahueva. Me pasó las dos veces que fui.

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Al llegar el calor infernal parece tan pesado que no queda muy claro cómo se puede sobrevivir allí sin poder ingresar al mar ni al río, porque el primero está infestado de tiburones cuyas aletas se pueden divisar eventualmente desde la costa en el primer rompiente de las olas y el segundo es hogar de caimanes que no parecen estar muy dispuestos a compartir su territorio con nadie, menos aún con visitantes esporádicos de una especie que ha aniquilado la biodiversidad de la tierra al ritmo de “métele la pata nomás que ahí vemos”.

Inmediatamente aparece el segundo obstáculo a la supervivencia: los hambrientos mosquitos que se han preparado muy bien con su babero, tenedor y cuchillo, a la espera de esas sangres llenas de almidones industriales de la ciudad y que en ataques organizados cual Royal Air Force presumen a todos los flancos de su buena puntería y de su osadía guerrera. ¡Gracias al cielo por los mosquiteros en las habitaciones porque con estos amigos no hay repelente que dure más de un round!

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El lodge es un conjunto de casitas de madera repartidas en la jungla, cerca a la playa, que contornan los espacios “públicos” centrales: el centro de información de investigación biológica, donde están las oficinas de los investigadores que allí trabajan, el comedor y algunos espacios de esparcimiento con hamacas bajo los cocoteros y otros árboles caribeños. Ya entrando en la arena, negra en esta zona, hay un corral grande donde se han enterrado algunos huevos de tortuga que, por varios motivos, no pudieron ser puestos a buen recaudo y eso les da una chance adicional para eclosionar.

La reserva en la inmesidad de la selva. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/2163901306991807/?type=3&theater (y de paso pueden darle like al fanpage de la reserva en Facebook)

En el lodge no hay electricidad y se utiliza el agua de lluvia. Todo está bien organizado para sobrevivir con lo mínimo necesario, en medio de la naturaleza agresiva pero fantástica al mismo tiempo.

La única forma de salir es esperar a la embarcación que te lleve de vuelta a Bataan. En el sentido inverso no hay progresión mental. La degradación de la mente llegará unos días después de haber vuelto a la urbe, pero lo aprendido quedará por siempre allí. Al menos para mí hasta el día de hoy, veinte años después, sigue siendo totalmente cierto.

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El propósito de lo que nos llevó a Pacuare fue el voluntariado para cuidar el desove de tortugas marinas. Animados por nuestra profesora de francés y letras, un grupo entusiasta se aventuró el primer año. El impacto en mi fue tal que volví al año siguiente en un grupo mucho más reducido, junto con uno de mis mejores amigos de la vida, Adrián Cordero.

Playa Pacuare donde se cuidan las tortugas. Foto extraída de: https://www.adventure-life.com/costa-rica/tortuguero/hotels/pacuare-nature-reserve

A estas playas del Caribe costarricense vienen a desovar varios tipos de tortugas marinas, pero la principal es la tortuga Baula (Dermochelys Coriacea), la cual retorna a las playas donde nació, con una precisión que le envidiarían Cristóbal Colón & cía, después de darse un largo paseo por las costas de varios continentes.

La tortuga baula es la más grande de todas las especies de tortugas marinas del mundo, con un peso promedio de media tonelada y una longitud de la cabeza hasta la cola que puede superar los dos metros, es decir que, si jugaran básquet, le meterían un tapón a Michael Jordan sin demasiado esfuerzo. Tienen un caparazón blando, a diferencia de las demás especies de tortugas, por eso en inglés se les conoce como leatherback turtles y su presencia se registra a lo largo del mundo desde Sudáfrica hasta la India y desde China a Australia, pasando por las costas del Pacífico y del Atlántico latinoamericanas.

Dado que las tortugas Baula vienen a desovar a la misma zona de playa donde nacieron, es imprescindible cuidar su hábitat ya que cualquier disrupción del mismo se traduce en una desorientación total que podría impedir el desove y empeorar aún más su ya frágil situación de peligro de extinción.

El desove se produce de noche, particularmente en noches nubladas o de luna nueva, ya que la luz las confunde. Por eso no hay iluminación en la playa. Estas gigantes apacibles salen determinadas del mar y empiezan a avanzar, empujadas por sus enormes aletas, playa arriba, hasta un punto alejado de la marea, en el que se sienten cómodas.

Tortuga Baula (o Laúd), saliendo a desovar. – Foto extraída de WikiCommons

Llegado a este punto las enormes tortugas empiezan a cavar con ambas aletas un amplio hueco en la arena, proceso que, al terminar, las lleva a un estado de trance del cual ya no saldrán hasta haber terminado el desove. La tortuga cubre el agujero con una de sus aletas y empieza una serie de contracciones para desovar cada uno de los más de cien huevos que puede llegar a poner en la hora que dura este proceso.  Cuando la Baula termina de colocar sus huevos cubre el hueco con arena y retorna presta al mar, dejando un rastro que podría ser el de un tractor u otro vehículo de neumáticos grandes.

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Se preguntarán quizás por qué si la naturaleza está tan bien hecha y las tortugas pueden, por ellas mismas, retornar a la zona de playas donde nacieron y poner más de un centenar de huevos y luego volver al mar sin demasiada complicación, es necesaria la participación humana.

Lo que sucede es que los huevos de tortuga son bienes codiciados por los famosos “hueveros”. Personajes inescrupulosos que abren los huecos de las tortugas para retirar todo su contenido. En la época en la que estuve por allá cada huevo de tortuga era vendido por un dólar aproximadamente, así que un nido equivalía a unos 100 dólares. Nada mal para una horita de trabajo. Los agujeros son fáciles de encontrar puesto que las sosegadas criaturas dejan un rastro evidente. Sin embargo, debido a la ilegalidad de su acción, algunos hueveros al divisar una tortuga que aún no ha desovado, proceden a partirla por la mitad para quitarle los huevos directamente de adentro y así no perder tiempo. De esta forma acaban con la madre y la futura camada de un solo cuchillazo.

The real deal. Tortuga en proceso de desove en Pacuare. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/2165867283461876/?type=3&theater (y de paso pueden darle like al fanpage de la reserva)

Por esta razón en la reserva se organizan patrullas de 4 a 5 personas que recorren los varios kilómetros de la playa de noche con el objetivo de proteger a las tortugas y a los huevos. Los grupos salen por turnos para garantizar que siempre alguien está patrullando la playa y están compuestos por un biólogo, un asistente y dos o tres voluntarios, como era mi caso. Todos debemos ir vestidos con ropa oscura y lo más cubiertos posible para evitar causar distracción a las tortugas, y los grupos se comunican con luces infrarrojas en códigos preestablecidos.

La adrenalina y la expectativa son muy altas en las horas previas a la salida, esperando hacer un avistamiento sin tener que caminar demasiado. El grupo está preparado para tomar una acción específica en cada una de las fases del desove. Si se divisa una tortuga saliendo del mar, el grupo debe esconderse en el bosque y esperar a que la tortuga empiece a cavar y entre en trance. Sólo entonces se puede acercar uno a la tortuga ya que, si ella divisa algún movimiento extraño antes, se dará media vuelta y retornará al mar. Si se avista en el momento en el que está haciendo el agujero, rápidamente el grupo debe ponerse manos a la obra para medirla, revisar su condición de salud, su placa de seguimiento o si no la tiene, colocarle una y anotar todos los datos en la bitácora del biólogo. De esta manera podemos saber la evolución de cada una de las tortugas, me imagino que con el avance de la tecnología ahora seguramente se utilizan otros métodos, pero en esa época esa era la única forma de tener datos fehacientes de las tortugas y conocer su evolución.

Tortuga desovando y voluntarios atrás esperando para tomar las medidas y leer la placa antes de anotar todo en la bitácora. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.750935728288379/2049471505101455/?type=3&theater (¿Ya le dieron like al fanpage de la reserva en Facebook? ¡Van 3!)

La parte más importante del proceso es cuando la tortuga ha terminado de cavar y empiezan las contracciones. Allí se debe colocar una bolsa plástica que recubra todo el agujero y uno de los miembros del grupo, el de mayor fuerza, debe jalar la aleta que cubre el agujero hacia afuera para que no cubra la bolsa con arena. Hay que contar los huevos y cuando la tortuga ha finalizado el proceso retirar rápida y cuidadosamente la bolsa y esperar a que la tortuga retorne al mar.

Luego la bolsa será enterrada en otro punto de la playa, cerca a la vegetación, trayendo arena de otras partes de la playa y eliminando luego cualquier trazo que indique que allí hay un nido, de tal forma que no pueda ser ubicado por los hueveros. La playa cuenta con hitos a lo largo que permiten identificar fácilmente el punto donde se enterró el nuevo nido. Éste se anota en la bitácora y ahí el equipo puede estar atento a la fecha prevista de desove, un par de meses después, cuando las tortuguitas bebé que hayan logrado salir del nido deberán sortear una gran cantidad de obstáculos adicionales para sobrevivir sus primeros días, desde las aves costeras antes de entrar al mar, hasta los hambrientos tiburones una vez ingresadas a éste.

Tortuguitas ingresando al mar por primera vez en su vida. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.750935728288379/1867762106605730/?type=3&theater

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Toda esta tarea, ardua como se lee, es absolutamente gratificante y enriquecedora. En primer lugar, porque se aprende muchísimo de todo el proceso y es la mejor forma de concientización que alguien puede tener frente a la problemática de la extinción de las especies. Pero también porque el estar frente a una especie de reptil que lleva alrededor de 200 millones de años surcando las aguas del planeta es bastante impresionante. Su tamaño y su majestuosidad son verdaderamente imponentes.

Así de pequeños somos. Así de grande es el universo. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.386542158061073/1936415669740373/?type=3&theater (por si se lo preguntan no trabajo para la reserva, es simplemente una de las mejores experiencias de mi vida, por eso me siento feliz compartiendo información oficial de su cuenta con ustedes).

Y estar allí, en medio de la nada (espero que ahora tampoco llegue ninguna señal de celular), perdido en ese otro fin del mundo que es la jungla caribeña, desconectado de todo lo demás, obligándote a vivir sin preocupaciones y en conexión con la naturaleza y sus enormes retos y enseñanzas gratificantes es en sí una experiencia tan enriquecedora y formadora de carácter que hasta el día de hoy me remito en muchas ocasiones a ella y a sus enseñanzas: no hay angustia alguna que te solucione un problema; el universo es infinito y todo puede ser visto de manera distinta a la que tú lo ves; y, lo más importante de todo: siempre te tienes a ti mismo.

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Ser sincero con uno mismo no es tarea fácil, requiere conocerse bien y eso asusta a muchos. Las estructuras sociales y todo el ambiente externo moldean nuestra forma de ser hasta el punto que uno muchas veces termina traicionándose a sí mismo. Así no se puede ser feliz. Realmente feliz quiero decir.

Así que mi mejor espejo en el tiempo es recordar el primer momento que, caminando por una playa totalmente oscura, con arena en mis zapatos y sudando en mis pantalones negros y mi camiseta de manga larga, divisé a una tortuga avanzando por la playa, con sus enormes aletas y el esfuerzo y determinación evidentes en su cara.

Siempre toma tiempo para conocerte a ti mismo. Eso me enseñó Pacuare. Nunca lo he olvidado. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/1742576789124263/?type=3&theater

Una preciosa criatura, más grande que yo, que se acababa de pasar dos años recorriendo las costas de tres continentes, retornaba a las playas que la vieron nacer para continuar con el ciclo de la vida. Así ha sido por los últimos 200 millones de años y yo estaba allí, siendo testigo de ese momento eterno, sobrecogido por mis reflexiones y mis emociones. Estaba en un grupo, pero era solo yo. Allí empecé a conocerme.

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En estos veinte años muchas cosas han pasado. Muchas personas, muchos lugares y muchos momentos han construido mi identidad y han moldeado mi exterior, pero dentro, muy adentro, lo que tengo es un alma de tortuga. Cierro los ojos y me conecto con mi identidad.

La Justicia del fin del mundo

Infinita belleza del fin del mundo. Foto propia, Bariloche, Mayo 2017.

La Patagonia argentina es uno de esos mágicos lugares en los que lo imponente de la naturaleza parece haber sabido convivir siempre en perfecta simbiosis con los seres humanos que la pueblan. Nada más falso.

Estas magníficas tierras de extensos valles gélidos y gloriosas montañas boscosas fueron el hogar de diversas tribus autóctonas, como los Tehuelche, los Puelche o los Mapuche quienes habitaron el espacio de acuerdo a sus usos y costumbres hasta fines del siglo XIX. En 1878 el general Julio Argentino Roca emprendió la Campaña del Desierto, operación militar que tuvo como objetivo desaparecer a los pueblos indígenas de la Patagonia argentina para facilitar su desarrollo por parte de los colonos europeos.

Ocaso en el fin del mundo. Isla Victoria, mayo 2017. Foto propia.

Esta importante parte de la historia argentina muchas veces se pasa por alto cuando se menciona que sus habitantes son básicamente europeos establecidos en América, lo cual es cierto en gran medida, pero no del todo. Hay aún muchos argentinos descendientes de los pueblos originarios de estas tierras, cuyas culturas ya se han destilado junto con las migraciones que llegaron al país austral de forma importante desde el siglo XIX.

Uno de los orígenes de los migrantes de las tierras patagónicas fue Alemania. Los primeros colonos alemanes de estas tierras arribaron a principios del siglo XIX, sin embargo después de la campaña del desierto empezaron a asentarse más y más colonos germánicos, motivados por las oportunidades comerciales con el vecino Chile, donde también proliferaban las colonias de inmigrantes alemanes, así como por las generosas políticas del gobierno argentino para la repoblación europea de estas tierras.

Influencia alemana en Bariloche, Argentina. Foto propia, Mayo 2017.

De hecho recuerdo cuando llegamos con Aimeé por primera vez a Bariloche, en un particularmente frío mes de mayo en el que nevó, y bien. Eran pasadas las tres de la tarde y queríamos aprovechar las últimas tres horas de luz que la estación nos ofrecía y nos anotamos a un tour por la ciudad que promovía la oficina de turismo local. Era el tour de la presencia alemana en Bariloche.

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Erich Priebke nació el 29 de Julio de 1913 en Hennigsdorf, una pequeña ciudad de Brandenburgo al norte de Berlín en una familia modesta. Huérfano de padre y madre a una temprana edad, se mudó a Berlín donde vivía con su tío y empezó a trabajar en la industria hotelera, lo que lo llevó a Italia y al Reino Unido, donde se instruyó en lenguas extranjeras. En 1936 lo contrata la Gestapo, la tristemente célebre policía secreta alemana, para trabajar como intérprete y traductor.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, Priebke fue destacado a Roma por sus habilidades con el idioma. Permaneció allí hasta el final de la guerra cuando fue aprisionado por los soldados británicos y recluido en una cárcel cerca a Rimini.

Erich Priebke en su juventud en la Gestapo. Foto extraída de
https://real-life-villains.fandom.com/wiki/Erich_Priebke

La asignación de Priebke a una posición en la Italia de Mussolini podría haberse entendido como una cierta recompensa, ya que lo alejaba de los frentes de combate más arduos y riesgosos. En Roma sus obligaciones se centraban en controlar a la comunidad judía, así como en minimizar las acciones de los enemigos del eje, entre los que se encontraban los partisanos italianos.

El 23 de Marzo de 1944 miembros de los Grupos de Acción Patriótica (GAP), partisanos italianos, realizaron una emboscada en Roma a los miembros de la SS, la temida policía del Estado alemán de camisas negras compuesta por las élites y que tuvieron a su cargo la gestión de los campos de concentración nazis. 33 miembros de la SS fueron asesinados ese día a punta de bombas, granadas y disparos realizados por la GAP.

Al día siguiente las órdenes de la SS y de la Gestapo eran claras: debía sancionarse este acto terrorista – como lo llamaban los nazis –, para lo cual la pena estaba ya dictada. Era la regla del 10 x 1, es decir había que fusilar a 10 italianos por cada alemán asesinado.

Así, con toda prontitud Erich Priebke preparó la lista de los 330 prisioneros que serían ejecutados luego en las fosas Ardeatinas en los alrededores de la capital italiana. Pero como Priebke era diligente y, vamos, que estábamos en guerra y a él, un mando medio de la Gestapo que no había conocido demasiadas glorias, no le iban a venir con vainas, le sumó cinco nombres a su lista. Total, la eficiencia era uno de los principios más valorados de la maquinaria nazi.

En grupos de 5 los prisioneros fueron ejecutados en las fosas hasta completar la labor. Incluso Priebke ejecutó con sus propias manos a dos de los prisioneros, como se comprobaría años más tarde. Pero los días del control del Eje en la capital italiana estaban ya contados: poco tiempo después, el 04 de Junio de ese mismo año las tropas aliadas, a cargo del general Clark, tomaron posesión de Roma. En la huída Priebke fue hecho prisionero.

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Por esos años el emblemático líder argentino Juan Domingo Perón ya estaba totalmente enrumbado hacia su larga permanencia en el poder. Admirador de Mussolini y de Franco, Perón sentía una afinidad natural hacia las derrotadas fuerzas del Eje. Impulsor, además de la industrialización argentina, desde que llegó al poder tuvo una política abierta para recibir a los ex líderes nazis, muchos de los cuales tenían sólidas formaciones académicas y profesionales y creía que podrían aportar al desarrollo de la Argentina.

La Patagonia argentina, refugio nazi después de la Segunda Guerra Mundial. Foto propia, Bariloche, mayo 2017.

Los nazis, por su parte, acorralados por la derrota y con juicios por genocidio y crímenes contra la humanidad encima, buscaban huir allí donde nadie los encontrara, donde podrían refugiarse de la Justicia y de sus actos, donde la gente los saludaría por las calles y ellos podrían volver a ser notables, profesores, personas admiradas.

La confluencia de factores resultó en un nuevo hogar para los nazis: la Patagonia argentina. Un país con un líder que no los deportaría para retornar a Europa a enfrentar a la Justicia, en un lugar que ya contaba con una importante presencia alemana desde hacía casi un siglo, en un espacio natural generoso y bellísimo y lo mejor de todo: en el fin del mundo. ¿Qué otro lugar mejor para volver a hacer sus vidas?

Muchos nazis, de todos los rangos, llegaron a Argentina en los años posteriores a la derrota nazi, como los temibles Adolf Eichmann, uno de los artífices de la solución final, o el deplorable Josef Mengele, el ángel de la muerte, doctor que experimentó con los recluidos en los campos de concentración, toda suerte de horrendos actos. Entre ellos estaba Erich Priebke.

En efecto, en reclusión en Rimini, Priebke logró escapar de sus guardias británicos en 1946 y se escabulló en Austria, en un monasterio franciscano en las montañas tirolesas, donde fue rebautizado como Otto Pape, por un cura con el que hizo amistad. Enterado de la asunción de Perón al poder e impulsado por los anhelos de una vida próspera y tranquila, evadiendo la Justicia, emprendió el viaje hacia Bariloche, ciudad que lo acogería bajo su nueva identidad por casi medio siglo.

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El tour de la historia de la presencia e influencia alemana en Bariloche permite descubrir diversos puntos de interés durante unas casi tres horas de caminata pausada y reflexiva por la ciudad y culmina en un parque bordeado de casas apacibles. “Este era el barrio nazi”, nos cuenta el guía, urgiéndonos que nos movamos unos centímetros hacia un lado para aprovechar los últimos rayos de sol del día que se escurrían entre las copas de los árboles cercanos. A cero grados parece una recomendación razonable.

Atardecer en el ex barrio nazi. Bariloche, mayo 2017. Foto propia.

“Piensen ustedes que en este barrio vivían varios nazis que se exiliaron aquí, algunos de los cuales quizás se conocían ya antes de venir. Aquí caminaban, se saludaban olvidando el pasado” – ¿Olvidarían de verdad? ¿Hablarían de eso en sus reuniones íntimas? ¿Les pesaría la consciencia en la noche antes de dormir? –. “En este parque salían a pasear y a tomar el sol”, prosigue el guía.

Esas últimas palabras vendrían junto con el cierre de la tarde y la despedida rauda del grupo. Yo me fui apresurado a una tienda de aparejos de pesca – lo más cercano que encontré- para comprar un gorrito y un par de guantes para soportar el frío que más tarde pasaría a terreno negativo y Aimeé se compró una pañoletas para el viento que hasta el día de hoy usa en variedad de estaciones.

Imagino esos 50 años que le regaló el universo a Priebke, ahora Otto Pape, para reflexionar y arrepentirse, para recomponerse como ser humano y me pregunto si alguna vez volvió a pensar con algún remordimiento en esas 335 personas que perecieron en las Ardeatinas.

Parece que no.

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Medio siglo después, un equipo de televisión estadounidense de la cadena ABC, que estaba siguiendo los rastros de los nazis exiliados que nunca enfrentaron a la Justicia, encontró la pista de Priebke en Bariloche gracias al libro El Pintor de la Suiza Argentina, de Esteban Buch, en el que se daba cuenta de su evasión patagónica.

Después de una revisión documentaria bien realizada, el equipo de investigación halló una confesión de parte en la que Priebke reconocía haber participado en la masacre de las Ardeatinas. También descubrieron otros documentos en los que Priebke firmaba y autorizaba el traslado de judíos italianos a diversos campos de concentración nazis. Con estos documentos en mano, el equipo de la ABC inició un trabajo de seguimiento a Otto Pape en Bariloche hasta que un buen día el reportero Sam Donaldson, lo encaró.

Suelto de huesos, Pape admitió frente a cámaras ser Erich Priebke y haber cometido los crímenes de los que se le acusaba. Su consciencia parecía tranquila. Los ejecutados eran terroristas y, además, en tiempos de guerra los civiles mueren, qué se le va a hacer… el fin del mundo había sido compasivo con él. Por algo sería.

La conversación acaba abruptamente cuando Priebke, descubierto, se sube a su automóvil y se va ofuscado, increpándole a Donaldson You´re not a gentlemen. Voilà.

Momento en el que Erich Priebke es encarado por Sam Donaldson, de la cadena estadounidense de noticias ABC.

Inmediatamente después de haberse conocido la noticia, el gobierno italiano solicitó la extradición de Priebke para someterse a la Justicia italiana y responder por sus actos. Luego de un largo ida y vuelta burocrático y de algunos vaivenes políticos, Priebke fue finalmente extraditado a Italia en 1995. Tenía 82 años.

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Un par de años después Priebke fue condenado por la Justicia italiana a cadena perpetua. El mayor argumento de defensa, que él solamente seguía órdenes de sus superiores, fue destruido por aquella ambición de juventud que lo llevó a inscribir 5 nombres adicionales en aquella fatídica lista. Esa muestra de voluntad propia de servir al régimen y de dar el extra por su país y por su régimen era una prueba inequívoca de criterio propio.

Al mismo tiempo, la Justicia Italiana le negó la extradición al gobierno alemán que también había solicitado que Priebke sea juzgado en sus cortes. El argumento de la Justicia italiana para negar la extradición fue que la misma persona no podía ser juzgada dos veces por el mismo crimen.

Debido a su edad, Priebke fue recluido en prisión domiciliaria, la cual no fue muy estricta, como lo evidencian algunos actos como sus celebraciones de cumpleaños o sus paseos por el centro de Roma que fueron captados por la prensa y que generaron aireadas protestas de la comunidad judía italiana.

Priebke murió en Roma en Octubre de 2013, habiendo ya cumplido su centenario. Su petición de ser enterrado en Bariloche junto a su esposa fue denegada y así, fue sepultado en un lugar sólo conocido por sus familiares.

Extraña Justicia la que enfrentan algunos.

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Al día siguiente visitamos los cerros nevados de Bariloche y su centro de esquí del cerro Catedral. Contemplamos la inmensidad de los verdes paisajes desde el Cerro Campanario. En esa estadía también navegamos por el magnífico lago Nahuel Huapi y sus espléndidas islas cubiertas de verdor y de vida.

La vida del fin del mundo. Los arrayanes no te juzgan. Foto propia, Mayo 2017.

Entendí por qué si alguien se quisiera refugiar de algo, por cualquier razón que sea, tendría razón de ir allí. Sin duda sería feliz. Después de todo, el fin del mundo no tiene la culpa que la barbarie y la crueldad de los hombres no haya conocido límite alguno. Los arrayanes crecen igual, no te juzgan. No es su razón de ser.

La Mamacha del Carmen o la reivindicación personal de lo místico

Fiesta de Paucartambo –
Foto extraída de : https://mochilalista.wordpress.com/2016/08/29/un-paseo-por-las-magicas-danzas-de-paucartambo/

Una de las mejores experiencias de viaje de mi vida fue la de asistir a las festividades dedicadas a la Mamacha del Carmen en Paucartambo, Cuzco. Fui en dos ocasiones, a mis dieciséis y a mis diecisiete años, en ambas ocasiones con amigos. La experiencia, sin embargo, es una sola y ha trascendido en mi de formas inexplicables y mágicas. Hoy, con el doble de años de existencia, puedo afirmar que se trató de una peregrinación interna, de un momento trascendental que me permitió – y me permite aún hoy – abrir las puertas del misticismo y aceptar que la racionalidad sola no es suficiente para comprender el mundo.

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La festividad de la Mamacha del Carmen tiene su origen en la introducción dentro del universo andino de la Virgen del Carmen por los españoles durante la colonia. Como la mayoría de las ceremonias católicas andinas y latinoamericanas, con el tiempo esta celebración se ha ido impregnando de un auténtico sincretismo, con lo que esta festividad representa un gran número de creencias y valores y hoy constituye parte del patrimonio cultural del Perú.[1]

La fiesta se desarrolla del 15 al 18 de julio en el pueblo de Paucartambo, localidad de unos 5,000 habitantes situada a 3,000 msnm en la parte oriental de la Región del Cuzco y en los años que asistí era una fiesta prácticamente reservada para los locales. Los pocos foráneos que se veían eran en su mayoría limeños interesados por el patrimonio cultural del país, fotógrafos, personas del mundo de las ciencias sociales y éstos se distinguían claramente en la multitud. Parece que hoy la fiesta ha llamado mucho la atención de turistas y llegan de varias partes del mundo, pero yo no la conocí así.

Pueblo de Paucartambo, en la región del Cuzco
Foto extraída de : ttps://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ee/4_-PaucartamboAo%C3%BBt_2008.jpg/1280px-4Paucartambo-_Ao%C3%BBt_2008.jpg

Paucartambo es un típico pueblo andino, con sus casas de adobe pintadas de blanco, sus balcones azules, sus techos cubiertos con tejas y donde el tiempo tiene otro ritmo, pausado y conceptual, muy distinto a nuestros minutos y segundos urbanos y donde la puntualidad inglesa no tiene ningún sentido. Me da la impresión que vivir fuera de la ausencia de la angustiante tiranía del reloj industrial puede alargar la vida, o por lo menos el sentido de la misma. Ciertamente es así para los que nacen allí. Yo tendría que esforzarme muchísimo, demasiado, para conseguirlo. Creo que ya no es para mí.

Durante todo el año Paucartambo tiene una vida típica de cualquier pueblo andino, dominada por las actividades agrícolas y pecuarias y donde cada quien conoce la historia del otro. Pero hay algo distinto aquí; los paucartambinos y, en una medida más extensa, los cuzqueños de varias partes del mundo, se preparan durante todo el año para esa explosión de devoción capaz de conmover a los Apus más alejados del Collasuyu.

La dedicación que le ponen todos aquellos que participan en esta fantástica celebración es evidente en cada detalle, particularmente en los coloridos trajes y en las coreografías que impregnan la ciudad sin descanso durante los cuatro días que dura la fiesta.

Un par de decenas de danzas folclóricas recorren el pueblo, cada una con su banda y sus seguidores, cada una auspiciada por su mayordomo o Carguyoc y cada una dando todo de sí para la Mamacha, para el pueblo, para la fe.

Mamacha del Carmen en procesión con Saqras sobre los techos y balcones paucartambinos
Foto extraída de: https://elmontonero.pe/columnas/la-mamacha-del-carmen

Los momentos cúspide de la celebración son: la salida de la virgen de la iglesia y el canto de los Qapaqs Negro quienes entonan notas solemnes, menos festivas que el resto y que permiten entender la enorme dimensión espiritual de lo que está ocurriendo; luego, la procesión de la virgen por la ciudad, en la que la presencia de la Mamacha aleja a los saqras, demonios que cuelgan de los techos y que portan unas máscaras particularmente espectaculares, bendiciendo a la población que espera su paso, muchos entre lágrimas y gran fervor; finalmente la guerrilla entre los qollas y los chunchus quienes se enfrentan por tener la distinción de ser los verdaderos guardianes de la Mamacha.

Claro está que durante todos los días que dura la festividad, los asistentes aprovechan la ocasión para sacudirse todas las energías negativas que han podido acumular e impregnarse de positivismo y misticismo que tanto nos hace falta en nuestras sociedades occidentales. Entender esa carencia fue lo más valioso que aprendí en mi conexión con la Mamacha.

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Debo agradecerle mi primera experiencia en Paucartambo a mi tío Pedro, gran amante de los Andes y gran conocedor del mundo rural del Perú porque lo recorrió durante 40 años de su vida – si no más – involucrándose con su gente y sus tradiciones. Yo llegaba, como casi todos los años, de vacaciones a mi querido Perú desde Costa Rica, donde vivía desde los ocho años, gracias a las jugadas en pared y gran complicidad con mi tía Yvonne, mi segunda madre. Cuando mi tío Pedro estimó que yo tenía la edad suficiente para hacer mi primer viaje en solitario en el país que me vio nacer, me regaló un pasaje de avión al Cuzco y me dio instrucciones para llegar a esta fiesta que cambió mi vida para siempre.

Llegar al Cuzco con dieciséis años y unos cuantos soles en el bolsillo es una experiencia magnífica, de libertad absoluta y de descubrimiento y asombro piedra tras piedra, cuadro tras cuadro y plaza tras plaza. El día que llegué me encontré con mi amiga de la infancia Inés Gallegos y un par de amigas suyas, con quienes hice el viaje a Paucartambo. El camino fue tedioso porque se reventaron las gastadas llantas del bus en un par de ocasiones hasta el punto que ya no tenía las de repuesto y tuvimos que esperar unas cuantas horas antes que se solucione el problema.

Con esto resuelto, al llegar ya teníamos “reservada” una habitación en una de las casitas del pueblo y allí nos instalamos.

Siendo yo profundamente agnóstico en esa época, nunca imaginé que mi experiencia paucartambina cambiaría drásticamente mi forma de apreciar el universo espiritual. Mi universo espiritual.

Recuerdo con claridad estar sentado en una de las bancas de la iglesia del pueblo el día anterior a la procesión y ver cómo todas las personas entraban con gran devoción al templo y se encomendaban a la protección de la Mamacha, exhortos en sus pensamientos, promesas, anhelos de mejora.

Qapaq Negro
Foto extraída de: https://www.facebook.com/QhapaqNegroDePaucartamboResidentesEnLima/photos/a.401782769878441/1518171921572848/?type=3

Mi punto de inflexión metafísica fue cuando estuve frente a los Qapaq Negro a la salida de la Iglesia y salió la virgen. Todos empezaron a cantar en quechua y en castellano, con una solemnidad tal que de pronto me encontré sobrecogido por la fuerza de todas esas energías y sólo atiné a llorar, sintiendo un gran vacío en mi estómago, en mi alma, como una llamada de atención clara y concisa que no debía olvidarme de alimentar mi espíritu, de reencontrarme con el misticismo y abrirme a las otras dimensiones de la vida ya que de otra forma no estaría completo mi viaje por este mundo. Nunca había sentido algo así de contundente en el plano espiritual.

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Esa madrugada, alrededor de las 02:30 am fuimos al mirador de Tres Cruces de Oro. Para hacer tiempo y como en la estación de buses no había mucha luz, nos pusimos a jugar a las cartas con los policías de turno. Cuando ya era la hora de embarcar, notamos que el chofer estaba profundamente dormido después de haberla pasado muy bien en el pueblo durante el día – nos lo cruzamos varias veces –. La policía tuvo que ayudarnos a ingresar al vehículo para zamaquearlo con firmeza antes de poder partir. Claramente no fue el viaje más tranquilizante de mi vida, pero por lo menos en la madrugada no se distinguen los precipicios de los sinuosos caminos afirmados de la sierra. Ya saben, ojos que no ven, alma que se aferra a la vida.

El espectáculo natural en el mirador de Tres Cruces de Oro a casi 4,000 msnm es uno de los más impresionantes que he visto jamás. Sentados y recubiertos en sleeping bags por las temperaturas bajo cero de las claras y estrelladas madrugadas andinas, nos pusimos a ver el horizonte hacia el oriente. Desde este punto las alturas descienden estrepitosamente hasta que los cerros se cubren de una fantástica vegetación tropical que, de golpe, engulle la tierra y la pobla de una biodiversidad aún no descubierta en su totalidad por el ser humano. Para allá está el río Madre de Dios y las casi dos millones de hectáreas del Parque Nacional del Manu, Patrimonio Natural de la Humanidad[2], elegantemente recubiertas por la nubosidad propia de la selva tropical húmeda.

La vista desde el mirador, que es básicamente una meseta con ichu y poco más de la escasa vegetación andina, es paralizante. Hacia el oeste se ve la cordillera cubierta de la negrura de la noche, salpicada de los brillos intermitentes de las estrellas, sin una sola nube a la vista, lo que es propio del mes de julio. Mientras se va girando la vista hacia el zénit y luego hacia el este, se puede percibir una muy generosa variación de tonalidades azulinas que hasta para un daltónico como yo constituyen una maravilla para cortar el aliento, imposible de transmitir en imágenes o palabras.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

Refugiado en el interior del sleeping, expuesto a la intemperie y a las brisas gélidas y vivificantes del lugar, espero el amanecer del que tanto me han hablado. Y de pronto se percibe claramente cómo el sol empieza su danza planetaria tan cotidiana y a la vez tan excepcional. Elevados a 4,000 metros de altura podemos ver sin una sola interrupción cómo las nubes que están muy por debajo nuestro se van iluminando al horizonte y los tonos rojizos y amarillentos empiezan a pincelar el panorama. Me quedo estático. No hay forma de procesar lo que estoy viviendo. No quiero que se detenga nunca y a la vez me inquieta saber qué pasará en el próximo segundo. Se van divisando las formas de las nubes abajo, algunas de las cuales parecen haber entendido las órdenes del Inti y así pues, se van esfumando, generando pequeños espacios a través de los cuales se puede a penas percibir la espesura de la selva y su infinita fantasía.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

De pronto percibo al astro rey, imponiéndose con fuerza en el horizonte, danzando a través de las ilusiones ópticas de la humedad, de la latitud, de mi miopía, de la magia de los Apus…

Recuerdo entonces, de forma espontánea, aquel poema que me enseñaron en el colegio cuando tenía cinco años. Reconstruyo en mi mente un episodio de esas épocas, fines de los 80, en el que presencié, ya no sé muy bien dónde, un amanecer compartido con Juan Sebastián Montesinos, un gran amigo de la familia y juntos recitamos estos versos que no tengo idea de quién sean, pero que hasta el día de hoy me acompañan en mis conexiones solares:

Ô soleil ! Ô mon frère

J’ai besoin de ton feu

J’ai besoin de ta flamme

J´ai besoin de ta lumière

Apparais ! Réapparais ! ô soleil !

¡Oh Sol! ¡Oh hermano mío!

Necesito tu fuego

Necesito fu flama

Necesito tu luz

Aparece, vuelve a aparecer, ¡Oh Sol![3]

Me recuesto un poco. Ya amaneció. Toda la seguidilla de matices de los azules y de los rojos tiñó el cielo de forma muy dinámica durante una larga hora. Toda aquella gama que justamente me cuesta tanto diferenciar. Y sin embargo siento que pude ver la pureza de esos colores sin ninguna duda. Al menos pude conectarme con su energía y entendí lo que quería decirme el universo.

Poco a poco la gente se levanta del piso y estira las piernas. Yo aún permanezco sentado, recostado hacia atrás sobre mis codos y mis antebrazos, observando cómo a través de las nubes se abren espacios donde brilla el verde más puro, aquél que tampoco puedo ver. El momento es infinito.

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De retorno a Costa Rica no pude dejar de pensar cada día en cómo esa experiencia me había transformado profundamente. El misticismo de las energías de la gente y de las vibraciones del universo me habían dejado extasiado y como sucede con todo buen éxtasis, deseaba más.

Así que al año siguiente regresé junto con dos grandes amigos ticos, Chiqui y Fernanda, quienes fueron los mejores compañeros de viaje posibles durante el mes que exploramos varios rincones del Perú. Uno de mis objetivos era regresar a Paucartambo, atraído por ese océano de sensaciones y poder compartir con ellos la esencia de la magia andina. Misión cumplida. Lo disfrutaron muchísimo, aunque no sé si tuvo el mismo efecto en ellos que en mí. Estimo que no, pero eso no importa, porque las revelaciones son personales y en suceden en los tiempos de cada quién.

En esta segunda oportunidad fui un poco más preparado, con algunos contactos, aunque el alojamiento fue más precario: un piso de madera en una habitación del pueblo, sobre la cual tendimos nuestros sleeping bags. Igual, la idea era no dormir demasiado.

Nuestro principal contacto, un fotógrafo veterano de la fiesta, que había asistido a más de una decena de celebraciones de la Mamacha, consiguió que nos invitaran a un cargo, al de los Qapaq Negro, nada más y nada menos, uno de los más selectos de la festividad.

Llegada la hora indicada, entramos a una de las casas del pueblo, a la del Carguyoc estimo, y nos sentaron en una mesa dispuesta en U. Éramos unos 30-40 invitados. Al lado mío se sentaba un abogado cuzqueño, que vivía en Nueva York y venía todos los años para cantarle a la Mamacha. Este honor no se tranza por nada del mundo. Ni aunque cobres por hora.

Lo primero que nos trajeron fue una caja de cerveza. “Para ustedes”, nos dijeron, y la dejaron en nuestro sitio. Teníamos que tomar. Ni modo. Aunque a los diecisiete años tu cuerpo resiste mejor ciertos embates. Ni modo, repito, ni modo.

Lo siguiente fue una merienda paucartambina, un interminable festival de sabores preparado con dedicación, estoy seguro, que contiene locro de zapallo, rocoto relleno, cuy chactado, arroz, huevo frito, algunas carnes, verduras y su infaltable dosis de ají. Por si se lo están preguntando, este es un plato personal. La única que se lo terminó fue Fernanda. Realmente impresionante. Chiqui y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo, pero tuvimos que compensarlo con varios tragos largos y copiosos de chela para no desanimar a quienes nos recibían con tanta abundancia a pesar de ser tres extraños. Después de bailar un rato, nos despedimos para continuar con la fiesta en las calles.

Yo a mis 17 años en el Cusco. Foto de mi amiga Alessandra Plaza (no tengo conmigo las fotos de Paucartambo, pero cuando las recupere de mis antiguos álbumes de fotos actualizaré las imágenes del blog, prometido).

Después de haber caminado no lo suficiente para recomponernos de tanta afectividad culinaria, nos topamos con una pequeña banda en la calle que, en solitario, estaba tocando ritmos más tropicales y caribeños. Nos pusimos a bailar como poseídos por fuerzas desconocidas olvidando los más de 3,000 metros, la comida y todo lo demás. Cierro los ojos y vuelvo a saltar, subiendo y bajando, disfrutando de mi minoría de edad y de mis 58 kilos. Haberlo vivido entonces es haberlo vivirlo para siempre. Thank god.

Lo que sigue es uno de los peores episodios corporales de mi vida: algún intestino se habrá retorcido dentro mío de tan mala manera que inmediatamente después de estos bailes eufóricos tuve que ir al silo de la casa donde nos alojábamos, que consistía en un hueco en medio del patio, sin asiento alguno, sólo amparado de la intemperie por unas alicaídas planchas de triplay y un techito de calamina mal colocado que en época de lluvia debe servir sin duda alguna de incentivo para que nadie acapare el baño por demasiado tiempo y así reine el respeto y la buena convivencia entre los inquilinos de la casa, que no deben ser pocos porque tiene unas 10 habitaciones distribuidas en sus dos pisos. Esa primera incursión fue el preludio de la más severa indigestión de mi vida.

Pasé todo el resto de la noche acostado en el piso de madera agarrotado por el dolor y cada vez que me movía un centímetro porque ya me cansaba la misma posición, tenía que salir corriendo al silo que estaba, como ya saben, pero no hay forma de recalcarlo menos, en el centro del patio de la casa. Fue una de las más horribles noches que he pasado jamás. Me quedé sin bilis para el resto de mi vida.

Temiendo que este contratiempo nos fuese a malograr el resto del viaje, a la mañana siguiente fui a la farmacia del pueblo a buscar algún alivio. No tenía mucha fe de encontrarlo a decir verdad. Evidentemente la farmacia estaba cerrada. Todo estaba cerrado. Sólo había fiesta. Sin demasiadas esperanzas contacté a nuestro sponsor el fotógrafo que nos había conseguido los pases VIP al cargo del día anterior (que incluía bufet, barra libre y pase a los camerinos de los artistas) y le pregunté por algún médico, farmacéutico o alguien que me pase el cuy, aunque sea, cualquier cosa era mejor que estar moribundo en plena fiesta. Me contestó que sí. Que conocía a alguien que me ayudaría. No le quise preguntar sus credenciales por obvias razones, pero me encomendé a la Mamacha.

De pronto se apareció un pata del cual no recuerdo ni su nombre ni su cara, pero que sí me transmitió muchísima confianza. No me preguntó absolutamente nada. Me imaginé – aún me imagino – que nuestro amigo el fotógrafo le debía de haber comentado en qué estado me encontraba. Sólo me dio una botella con un líquido verduzco y me dijo que me la tome de un solo trago y se fue. Incrédulo, procedí a seguir sus instrucciones, ya saben, diecisiete años y todo lo demás…  

El Waca Waca Paucartambino

¡Magia! A la hora ya estaba otra vez bailando en las calles, comiendo choclo con queso de desayuno y unas horas después brindando con mis amigos y con los pasantes, bailando al ritmo del Waca Waca y olvidando, al menos momentáneamente, la noche terrorífica que pasé. ¡Qué inconsciente! ¿O no?

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Gracias a la Mamacha, a Paucartambo y a su gente aprendí que la vida tiene diversos planos y que lo mágico, lo místico, la fe, es uno de ellos y descuidarlo significa simplemente desaprovechar uno de los tantos aprendizajes que tiene el viaje de la existencia para mí, para ti, para cada uno de nosotros.

He vivido la otra mitad de mi vida desde entonces y a pesar que no creo en las religiones, he sabido cultivar, de varias formas, el lado espiritual de mi vida, aunque siento que lo que he aprendido no es para nada suficiente y que Occidente me lo pone difícil. No obstante, sí creo que hay un mayor balance en mi ratio materialismo / espiritualidad. 80%, 20% digamos. Pero siempre mejor que 100% – 0% ¿no? Al menos así lo creo.

Cultivando mi lado espiritual – Parque María Reiche, Miraflores
Foto propia

Dicen que uno se convierte en devoto de la Mamacha del Carmen cuando la visitas en tres oportunidades. Físicamente he estado allí sólo dos veces, pero espiritualmente la visito regularmente, así que, contraviniendo a las convenciones sociales, desde el escritorio de mi casita de pueblo en Zabbar, Malta, me declaro su fan y agradezco a su poderoso espíritu, compuesto de las energías de la fe sincera de tantas almas, por tantas enseñanzas que me ha dado y que me seguirá dando.


[1] La festividad de la Virgen del Carmen es reconocida en el Perú desde el 2006 como patrimonio cultural de la Nación.

[2] Declarado por la UNESCO en 1987

[3] Traducción propia, obviamente, porque no tengo ni idea de quién es el autor de estos versos.

El viaje del amor

¡Nuestro futuro nos espera por allá! Joaquín y Aimeé 24/09/2016
Foto de Jamil Valle

Pocas experiencias en la vida son tan profundas y estremecedoras como el amor. El amor te impulsa a tomar decisiones que de otra forma son impensables, te abre puertas del destino que estaban ocultas a simple vista y te permite emocionarte con una amplia gama de sentimientos que, in fine, te recuerdan que estás vivo.

El amor es un motor incuestionable de la humanidad que, en su extrema pureza, está desposeído de posiciones políticas, es contrario a las convenciones sociales y es más efectivo en conversiones religiosas que la propia inquisición. El amor ciega, nubla, obnubila, engloba, acapara, y a la vez es un sublime elíxir de una fineza exquisita que emana de la esencia de la felicidad, aquella que te emborracha con un sorbo, que te deja extasiado por instantes infinitos en los que le encuentras sentido a la existencia.

Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su poema El enamorado se permite anular toda existencia ajena al amor y sugiere que no hay siquiera pasado que cuente:

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, 
lámparas y la línea de Durero, 
las nueve cifras y el cambiante cero, 
debo fingir que existen esas cosas. 


Debo fingir que en el pasado fueron 
Persépolis y Roma y que una arena 
sutil midió la suerte de la almena 
que los siglos de hierro deshicieron. 

Debo fingir las armas y la pira 
de la epopeya y los pesados mares 
que roen de la tierra los pilares. 


Debo fingir que hay otros. Es mentira. 
Sólo tú eres. Tú, mi desventura 
y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges

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Como a todos, el amor también ha moldeado la historia de mi vida. Esto, sin lugar a dudas lo puedo escribir desde mi casita de pueblo maltesa, a donde llegué inspirado por los anhelos y proyectos de mi esposa Aimeé. Así pues, después de una historia de amor madura, de más de 7 años de entendernos y enredarnos, se concretó lo que le prometí desde el principio de nuestra relación: que ella podría elegir nuestro próximo destino en función a sus aspiraciones y a sus motivaciones personales.

Crystal Dreams Joaquín & Aimeé – Primera foto juntos, diciembre 2011
Foto cortesía de mi madre, Jeannine Ferrand.

El amor es pues, sin duda, desinteresado y… ¡Qué bueno que así lo sea! Hay un sentido de la aventura mucho mayor en el gran riesgo de no tener la menor idea de cuáles van a ser tus próximos pasos, de cuándo los vas dar, así como una enorme satisfacción en contemplar cómo las individualidades también pueden florecer en una relación de pareja. Bueno, la verdad es que yo no creo en actos completamente desinteresados, puesto que éstos nacen de la consciencia inexorablemente individual del ser humano, sin embargo, aquí la recompensa personal radica en la felicidad del otro y si bien existen efímeros rastros de interés personal, el amor es quizás una de las fuerzas del universo humano más desposeídas de individualismo.

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Cuando Aimeé y yo tenemos la oportunidad de contar nuestra historia y relatamos cómo llegamos aquí, muchos resaltan el enorme riesgo que tomamos y la muy difícil decisión de haber dejado nuestros trabajos, en los que ambos nos sentíamos completamente realizados y a los que nos entregábamos con dedicación y pasión; de habernos alejado de nuestras familias, de nuestros fantásticos amigos y de las considerables comodidades de las que gozábamos en nuestro país, el Perú. Después de todo ya no somos veinteañeros buscando un mejor futuro.

No obstante, para mí la decisión se dio muy naturalmente y sin demasiada dificultad, ya que tuve una gran escuela: la de mis padres.

Siempre recuerdo con gran exaltación el relato de mi padre contándome cómo se había enamorado perdidamente de mi madre quien había tenido que irse a vivir a Ibiza, España, para estar cerca a su hijo, mi hermano Sacha. Frente a esta situación mi padre, un joven músico y sonidista de cine, que no tenía grandes posesiones materiales, decidió vender su colchón y sus pocas pertenencias y partir a esa maravillosa isla mediterránea sin siquiera saber dónde vivía el amor de su vida. Hoy, varias décadas después de ese acontecimiento, aún siguen construyendo el viaje de su vida juntos.

Ese momento trascendental en la vida de mis padres fue mi inspiración para no dudar ni un segundo cuando estuve enfrentado a esta decisión. En realidad, ya la había tomado varios años antes, siete para ser exactos.

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Yo que siempre he creído profundamente en la fuerza de la conciencia individual creadora, me asombro frente a la naturalidad con la que estoy tan dispuesto a darlo todo por el otro. Pero esa es la fuerza del amor, transformadora y genial, que te saca de tu mundo y te fuerza a ver más allá. Ya en otras ocasiones tuve que tomar decisiones similares: cuando opté por descartar importantes ofertas laborales en Haití o en Francia, por ejemplo, para así apostar por nuestra vida juntos, para realizar nuestros sueños como pareja y proyectarnos, el uno junto al otro, en este viaje maravilloso que es el amor.

Aimeé contemplando el Sena, París, Octubre 2015. Juntos, potenciamos nuestros sueños.
Foto propia

Todas estas decisiones me han permitido conocer nuevas realidades que, de otra forma, no hubiese nunca siquiera imaginado.

Una de las más transformadoras experiencias se dio en octubre del 2015 cuando, por insistencia de mi esposa (¡me encanta su testarudez y su perseverancia!), reservamos con muchos meses de anticipación una mesa côté fenêtre en el Jules Verne, restaurante con estrella Michelin en el segundo piso de la Tour Eiffel a 125 metros de altura con una de las mejores vistas urbanas posibles en el mundo.

La cena coronaría el viaje más increíble que hemos hecho en nuestros siete años y medio de relación, en el que recorrimos por poco menos de un mes varias ciudades de Francia, Bélgica y Holanda.

Reflejo difuminado. Mesa y París en el Jules Verne
Foto propia, 19-10-15

Desde el momento mismo que reservamos esa mesa, estuve seguro que sería allí donde le pediría a la mujer de mi vida que se case conmigo, que compartamos eternamente este viaje inconmensurable de sensaciones y desprendimientos y que, flotando sobre París, sellemos nuestra historia de amor por todo lo alto.

Me preparé muchos meses para ese día, pensando muy bien en las palabras que diría y cómo la sorprendería. Fue la única vez que le conté nuestra historia, una que ella siempre había querido escuchar de mí y yo, esquivo, le mencionaba que ya llegaría ese momento.

Sentados viendo el Sena y el Arco del Triunfo iluminados, durante 4 horas me elevé hacia aquel elíxir en su estado más puro sonriendo por cada una de las etapas que nos había llevado allí. Minutos antes de la media noche, porque el anillo lleva grabada la fecha del compromiso, le pedí nervioso e ilusionado, que compartamos el resto de nuestra vida lado a lado. Que juntos combatiríamos las mareas de la existencia, nos sumergiríamos en los trances de la realidad y de la mano recobraríamos el aliento cuando todo pareciese perdido. Que entre los dos nos potenciaríamos el alma y nos daríamos alas para recorrer el universo y volveríamos siempre a nuestro hogar a enseñarnos el uno al otro cuánto habíamos aprendido, agradeciendo eternamente sentir nuestras respiraciones acompasadas acompañando el inicio de los sueños.

Juntos para siempre. La emoción trasciende la temporalidad.
Foto propia, París 19-10-15

De la torre, nuestra torre, bajamos embriagados por los vinos que acompañaron la cena, pero también embriagados de felicidad, de la vida, del futuro, de los sueños, del abrazo eterno de ese instante mágico.

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Para disfrutar del viaje del amor tienes que estar dispuesto a entregarlo todo, a desgarrarte de cuando en cuando, a reescribir la historia, tú historia. Lo más fuerte de todo es que no depende sólo de ti. Depende de cómo se combinen los ritmos de la vida y de que ambos estén dispuestos a seguirlos, de que los dos se entreguen a esa danza.

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Poco menos de un año después de ese fantástico episodio del libro de nuestras vida, sobrevino nuestra boda religiosa, en Santa Eulalia, mágico lugar de las montañas limeñas en el que se concentran las maravillosas vibras atemporales de nuestros seres más queridos.

Sellando nuestro amor. 24-09-16, Iglesia de Santa Eulalia, Lima – Perú.
Foto de Jamil Valle

Ese día quedé afónico por toda la felicidad que quería sacar de mis entrañas, esperando que el sonido de mi alegría resonara en el eco de esas áridas montañas por toda la eternidad.

Afónico. Too much hapiness. Santa Eulalia, fundo La Parca, 24-09-16
Foto de Jamil Valle.

Nuestras familias y amigos venidos de todas las partes del mundo confluyeron en ese otro capítulo cumbre de nuestra vida y hasta hoy siento sus sazonados abrazos y puedo cerrar los ojos y reir con todos ellos y volver a bailar con ella, con Aimeé, nuestra canción, Spend a Lifetime de Jamiroquai.

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Inmensidad y majestuosidad de los Ta Cenc Cliffs, mar de Gozo, Octubre 2016, Foto Propia

El viaje del amor es uno lleno de sorpresas, de acontecimientos inesperados y para sacarle el máximo provecho hay que estar dispuesto a zambullirse de lleno en él. Como cuando en nuestra luna de miel navegamos a los Ta Cenc Cliffs, en la fantástica isla maltesa de Gozo y en un soleado día de octubre nadamos alucinados en las aguas turquesas y cristalinas del mediterráneo frente a la inmensidad de la naturaleza, sólo ella, el mar, los acantilados, el horizonte y yo. Fue el día más feliz de mi vida.

Spend a Lifetime. Nuestra canción.

Conexión cósmica o la increíble historia de una lámina de cobre maltesa que se fue de viaje por varios siglos y volvió

Sala del Trono adornada con las pinturas sobre el Gran Sitio de Malta (1572-1581) realizadas por Mateo Perez D’Aleccio – Palacio de los Gran Maestres de la Orden de San Juan, La Valeta – Malta
Foto extraída de: https://www.maltachamber.org.mt/en/300-000-needed-to-restore-d-aleccio-s-great-siege-wall-paintings

Hay muchas historias que son difíciles de creer, justamente por la cantidad de elementos sorprendentes que las adornan a lo largo de su curso. Éstas son particularmente estremecedoras cuando te das cuenta que, por alguna obra del destino, eres uno de los protagonistas de sus enrevesados meandros y es exactamente en esos momentos cuando hasta el ser más agnóstico de la tierra se pregunta qué Ser Supremo tuvo que moldear el rumbo de la historia para que una insignificante alma pueda asumir un rol en su recorrido.

Esta es una de esas historias.

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Matteo Perez d’Aleccio fue un importante pintor que nació en 1547 en la ciudad de Lecce, en Apulia, Italia. A sus 16 años fue discípulo del gran Miguel Ángel, lo que catapultó su carrera artística. Se pueden encontrar pinturas suyas, por ejemplo, en la Capilla Sixtina en el Vaticano.

En 1577 el Gran Maestre de la Orden Hospitalaria de San Juan, Fra Jean De la Cassière, invita a Perez D’Aleccio a Malta para realizar una serie de obras para relatar el heroísmo de la Orden Hospitalaria en el Gran Sitio de Malta cuando, en 1565, resistieron por 4 meses a la feroz invasión del Imperio Otomano. Este episodio significa una de las más famosas y exitosas estrategias de defensa en la historia militar universal y siendo De la Cassi ère un veterano de dicha victoria, no quería escatimar esfuerzos en su transmisión a las generaciones posteriores.

Gran Sitio de Malta por Mateo Perez D’Aleccio.
Foto extraída de Wikicommons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:L%27assedio_e_batteria_dell%27isola,_e_di_S._Michele._27.06.1565.png

Perez D’Aleccio realizó entonces una sucesión de murales en la Cámara del Gran Concejo (o “Sala del Trono”) del Palacio de los Gran Maestres en la Valeta narrando la secuencia de la invasión y la épica resistencia. Sin embargo, también aprovecha su estancia en Malta para realizar, en 1582, una serie de 15 láminas de cobre grabadas sobre el Gran Sitio que son particularmente interesantes porque presentan todos los acontecimientos del asedio en una sola placa. Además, en sus placas se pueden apreciar gran cantidad de detalles lo que las convierte en objetos de gran valor histórico.  

Virgen de la leche – Mateo Perez D’Aleccio
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro

En 1588, Perez d’Aleccio, motivado por los fantásticos relatos de riquezas interminables de las recién descubiertas tierras americanas, decide embarcarse hacia el Virreinato del Perú, tierra donde vivió por 40 años y en la cual también falleció, después de un significativo aporte a las artes de esas latitudes, desposeído de las riquezas que había ido a buscar.

Uno de sus principales aportes al arte colonial peruano fue la introducción de la técnica del óleo sobre cobre, la cual fue continuada y divulgada por su principal discípulo Pedro Pablo Morón, quien se embarcara con él en su travesía hacia el Perú.

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Hubert Ferrand nació en 1813 en la tierra de la lavanda, Grasse, en Provence, Francia. Conocido alfarero de la región, decidió trasladarse a Vallauris, en la Costa Azul, pueblo famoso por su tradición ceramista, donde los negocios irían mejor. Allí nació el menor de sus hijos, Jean-Baptiste, en 1852, en el seno de una familia franco-italiana, acostumbrada a los viajes y las travesías.

Grasse, Francia. Foto extraída de: https://www.smartertravel.com/daily-daydream-grasse-france/

En 1856, Hubert junto con su esposa y sus hijos Pierre y François parten desde Génova a bordo del San Giacomo hacia Chile, donde había sido contratado por una fábrica de cerámica. Jean-Baptiste se queda en Niza bajo el cuidado de sus tías.

Luego de una larga travesía, cuando el San Giacomo se encontraba en el estrecho de Magallanes, una fuerte tormenta hace naufragar el navío y la familia Ferrand se salva de milagro. Llegan meses después a Valparaíso sólo para enterarse que la fábrica había quebrado.

Tormentosos mares del estrecho de Magallanes.
Foto extraída de: https://www.guioteca.com/patagonia/la-desconocida-y-apasionante-guerra-fria-por-el-estrecho-de-magallanes-historicos-detalles/

Dispuestos a recuperarse del infortunio, los Ferrand se embarcan hacia El Callao, Perú, donde unos amigos franceses radicados en Lima les tenderían la mano. Allí deciden iniciar su propio negocio como comerciantes.

Poco a poco el negocio de los Ferrand fue floreciendo y en 1871, poco después de la batalla de Sedán, en la que Napoleón III pierde frente a las tropas prusianas de Otto Von Bismarck y se da el colapso del Segundo Imperio Francés, la familia llama a Jean-Baptiste para que los acompañe en sus prósperos negocios como comerciantes de arte, cerámicas, objetos decorativos venidos de Francia entre otras actividades similares

El negocio aún sigue en manos de la familia Ferrand después de 6 generaciones. Se puede visitar la página web en: https://ferrand.com.pe/nosotros

Alrededor de esos años Jean-Baptiste, como parte de su trabajo de buscar en los mercadillos del centro de Lima objetos variados de importante valor histórico (ergo, comercial), consigue el hallazgo de una rara pieza: una lámina de cobre grabada del Gran Sitio de Malta, con la figura de una virgen pintada al óleo al reverso, inacabada, signo inequívoco que se trataba de una pieza de Perez d’Aleccio.

La lámina debió de haber causado un gran impacto en la familia, puesto que fue retirada del circuito comercial y legada cuidadosamente por Jean-Baptiste a su hijo Edouard Ferrand Salomone, quien a su vez se la heredaría a su nieto Eduardo Burbank Ferrand como regalo de graduación del colegio en 1955.

Es una suerte que la lámina haya llegado a sus manos, puesto que muchas de ellas eran simplemente fundidas para vender el cobre al peso, perdiéndose para siempre las enseñanzas que éstas traían.

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Joseph Schiro es un maltés de nuestra época, de ascendencia italiana, que tiene una larga e importante carrera en la conservación de documentos históricos, particularmente mapas y libros y que ocupó hace pocos años la jefatura de la División de Conservación de Heritage Malta[1], la agencia nacional de conservación del (vasto) patrimonio cultural de este pequeño-gran país. Hoy es un miembro activo y secretario honorífico de la Sociedad Maltesa de Cartografía.[2]

En sus años en Heritage Malta, Schiro se enteró que Eduardo Burbank Ferrand se contactó con la institución para comentarles que tenía en su poder una lámina de cobre de gran valor histórico que podría ser de interés para la institución y que él sentía que su retorno a Malta tendría un gran significado simbólico. Lamentablemente las conversaciones no prosperaron y Eduardo decidió quedarse con el regalo de su abuelo materno.

Unos años después y ya habiendo salido de la institución, Schiro decide no dar el asunto por concluido. Amante del arte, de la historia y de los mapas, sabe de la importancia de esa lámina y contacta a Eduardo Burbank, radicado en Miami, para retomar las tratativas. Éstas fueron largas, pero el esfuerzo pagó sus frutos: Eduardo decide vender la lámina y, en una muestra de confianza ciega, pero motivado por la seriedad del vendedor y con muchos indicios a la mano de la autenticidad de la misma, Joseph cierra el trato a distancia.

La placa llega así a Malta y hoy hace parte de la colección privada de Schiro, que la resguarda junto con muchísimos otros objetos, mapas y libros de gran valor histórico para esta fantástica isla desbordante de aventuras a lo largo del tiempo.

La lámina de cobre en cuestión.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Uno de los seis tirajes realizados por Eduardo Burbank de la lámina.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Fresco original del que Perez D’Aleccio se inspira para realizar la lámina de cobre.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.

Joseph decide entonces escribir un artículo sobre cómo esta importante placa aporta al conocimiento histórico de ese evento central en la historia de Occidente y sigue con lo suyo (que no es poco).

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Hace unos días, motivado como siempre por mi insaciable gusto por la Historia y por las ganas de seguir aprendiendo sobre este gran país que ahora nos alberga, me puse, en mi tiempo libre, a buscar en internet algunas lecturas suplementarias sobre el Gran Sitio de Malta.

El destino siendo lo que es, un gran jugador de ajedrez, me tira una serie de resultados que me parecen muy mainstream. Quiero algo más underground, hasta en eso soy medio raro. Y me voy a la pestaña 10, 15, 20, 25… haciendo scroll down de los artículos mientras los veo pasar.

De pronto algo me llama la atención. Perez D’Aleccio. Es un nombre que he visto antes. En el MALI[3], creo, no estoy seguro. En el Perú, definitivamente. Clickeo en el artículo y empiezo a leer. Joseph Schiro es el autor. No lo conozco. El título es “El descubrimiento de una rara lámina de Matteo Perez D’Aleccio sobre el Gran Sitio de Malta”, en inglés, evidentemente.

Un par de imágenes siguen y luego inicia el artículo con el siguiente párrafo:

“One of the copperplates of the prints which Matteo Perez d’Aleccio did of the Great Siege of Malta of 1565 has recently come to light, and is now in the author’s collection. It is Foglio Undecimo of the fifteen prints of the 1582 edition. Although the plate came from Miami, it actually originated from Peru. The plate belonged to the estate of Eduardo Burbank, who had received it in 1955 as his high school graduation present from his maternal grandfather Eduardo Ferrand Salomone, who was an art and antiques connoisseur and collector. His love for art and objects of art came from his father Jean (Juan) Ferrand Quartino from whom he inherited the copperplate, bought around 1870 from an antiques shop in the old part of the city of Lima.”[4]

En ese momento sentí que mi vida se inundaba con un nuevo sentido, muy profundo, muy extraño. Me estremecí de pies a cabeza. Fue realmente algo indescriptible. El artículo, escrito por un conservacionista maltés que jamás ha puesto los pies en el Perú, hablaba de mi tío Eduardo Burbank, el primo-hermano de mi madre, y de la historia de mi familia materna que recuperó la lámina hace un siglo y medio por aquellas andadas del universo que hizo que un barco naufragara en el estrecho de Magallanes y que dejó sin trabajo a un padre de familia migrante junto a sus dos hijos en medio de una tierra desconocida con lo que terminaron en Lima, de pura “casualidad”.

Continué leyendo el artículo inmerso en la total incredulidad. ¿Cómo así el autor había decidido escribir la forma en la que la placa llegó a sus manos? Es algo bastante inusual que se describa con ese lujo de detalles las historias conexas al elemento de interés en sí y sin embargo ahí estaba; Era el resultado que aparecía en la página cuarenta y pico del buscador de Google al que había llegado por tener tiempo libre y por haber reconocido, de alguna parte, el nombre Perez D’Aleccio.

Terminé de leer y me dije que algo así no sucede en vano e inmediatamente me puse a buscar el contacto de Joseph Schiro. Quería escribirle para contarle que la historia de la placa aún no había terminado. Que el tataranieto de aquél mercante de arte que llegó de la Provence francesa para recuperar su placa se encontraba viviendo en Malta y que quería ver la lámina con sus propios ojos y, como no, rendir homenaje a esos aventureros del siglo XIX cuyo legado está aún muy lejos de ser olvidado.

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El viernes de la semana pasada mi esposa Aimeé y yo fuimos a la preciosa casa de Joseph Schiro y su maravillosa mujer quienes tuvieron la enorme amabilidad de invitarnos para charlar y, como no, poder apreciar la placa con nuestros propios ojos.

Junto con Joseph Schiro y la lámina del Gran Sitio de Malta. Casi cinco siglos después, de regreso en Malta. Foto propia

Abusamos de su hospitalidad durante más de cuatro horas, conversando sobre Historia, política maltesa, arte y los vaivenes familiares de nuestros antepasados, tomando vino, comiendo deliciosos entremeses locales y la tarta de vegetales más espectacular que he probado en mi vida hecha por Miss Schiro: espinacas, tomate, queso ricotta, gbneja (queso maltés muy particular y sabroso), huevo y una masa ligera en su punto perfecto.

Vimos parte de la colección de antigüedades, mapas y arte que adorna su hogar y reafirmé algo que siempre he creído: que las coincidencias no son más que señales del destino, ese ámbito infinito y atemporal de conocimiento universal que nutre los propósitos de la vida.

Ese día nos juntamos en ese salón maltés de San Gwann, Joseph Schiro, nuestras esposas y yo y en nuestra presencia vivían también Perez d’Aleccio y Jean-Baptiste Ferrand, entre tantos otros que hicieron posible esta conexión cósmica entre Malta y Perú, congregando cinco siglos de historia sazonados con las buenas vibras y un excelente pastel.

Gracias Joseph Schiro por tu hospitalidad, pero sobre todo por tu curiosidad que hizo todo esto posible.


[1] Página web de Heritage Malta: http://heritagemalta.org/

[2] Página web de la Sociedad Maltesa de Cartografía: https://maltamapsociety.mt/

[3] Museo de Arte de Lima

[4] Pueden ver el artículo completo aquí: https://www.academia.edu/12540992/The_discovery_of_a_rare_Matteo_Perez_d_Aleccio_copperplate_of_the_Great_Siege_of_Malta

Reencuentro en las alturas (parte II)

Ruta Chalhuanca – Mollebamba, Apurímac 4,800 msnm. Foto propia.

Recuerdo perfectamente el día que llegué a vivir a la comunidad de Mollebamba, capital del distrito de Juan Espinoza Medrano, provincia de Antabamba, Apurímac, 3,300 msnm. Lo que más me impactó fue aquella forma en la que tomé consciencia del tiempo.

En primer lugar, tuve la impresión que las horas eran mucho más largas, que el universo había realizado sus conjuros físico-cuánticos y que allí le daba a cada minuto una profunda dimensión, lo suficientemente extensa como para que los rayos del sol puedan “orear” cada objeto y cada espacio luego de las gélidas madrugadas andinas.

Alpacas mollebambinas aprovechando el sol de la mañana. Foto propia.

Por otro lado, estaba la noción más amplia del tiempo, la de los días, que se contaban en función de cuántos faltaban para completar los veinte en que se trabajaba de corrido antes de poder retornar a Lima para descansar de jornadas laborales que iniciaban a las siete de la mañana y culminaban, muchas veces, cerca de la medianoche. Está de más decir que la consciencia acerca de mi posición en la escala 1-20 tenía una omnipresencia aplastante.

El trabajo en la mina.

Sin embargo, la más abrumadora de todas, era la noción del tiempo de la sierra. Es un tiempo que gira en función al calendario agrícola y cuya significancia real sólo puede ser entendida por aquellos que la viven. Está el tiempo de la siembra y el de la cosecha, el de las lluvias y el de la helada, el de la Huaylía y el Takanakuy.  

Para alguien urbano hasta el tuétano como yo, todas estas perturbaciones de mi espacio temporal fueron grandes cachetadas de aprendizaje como pocas veces las he tenido en mi vida.

Huaylía antabambina. Foto propia.

Acostumbrado a no tener que medir los minutos de una ducha caliente y a comer en función de mis ansias, puedo decir que las condiciones de vida mollebambinas eran duras: vivíamos en una casita tradicional del pueblo en la que unas 8 a 10 personas compartíamos las habitaciones del segundo piso. La casa del buen don Nico.

La vista desde mi habitación en la casa de Don Nico, Mollebamba. Foto propia.

Para mí, lo más difícil era la experiencia del baño, que consistía en un WC y una pequeña ducha, instaladas entre planchas de triplay en medio del patio central. La pequeña terma daba apenas suficiente agua caliente para una ducha y media. Tenía que tener una gran determinación para conseguir el santo grial del agua caliente, batallando contra las bajas temperaturas de las madrugadas, muchas veces bajo cero ya que, de no ser el primero en la cola, daba por descontado que a lo mucho tendría derecho a un tímido hilo de agua tibia, lo cual a cero grados no es muy apetecible. A las 04:45 de la mañana saltaba de la cama y bajaba a paso apurado las escaleras de madera que llegaban al jardín interior, para así ganarle el turno a los conductores que iniciaban su jornada muy temprano y con quienes también compartíamos el baño. Digamos que fue mi entrenamiento, en el sentido inverso, para la fantástica secuencia sauna – lago congelado – sauna que tiempo después hiciera en las afueras de Tampere en Finlandia.

Claro, las duras condiciones en las que mi mente se concentraba en realidad camuflaban algo mucho más profundo: que estaba batallando contra mis propios demonios, que la vida me había llevado exactamente al lugar donde tenía que llegar. Que era en las entrañas del Perú donde tenía que reconciliarme conmigo mismo.

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Anta, Cusco. Camino a Mollebamba. Foto propia.

Llegar a Mollebamba requería de una travesía que iniciaba a las 2:30 a.m. en mi departamento en Miraflores, donde por lo general estaba con mi enamorada que pasaba más tiempo con mis roommates que yo. Un taxi me llevaba al aeropuerto para tomar el primer vuelo a Cusco, que partía alrededor de las 05 a.m. Alrededor de las 07:30 am arrancaba la camioneta con destino a Abancay en una ruta de carretera asfaltada con varias curvas y unos impresionantes paisajes. El viaje tomaba alrededor de 4 horas. Si nos alcanzaba la hora de almuerzo en Abancay íbamos al hotel de turistas (tienen una sopa a la minuta espectacular) donde algunos otros pasajeros podían unírsenos en la travesía. Luego teníamos un par de horas más de viaje hasta Chalhuanca, donde también se almorzaba o se pasaba la noche si ya estaba oscureciendo. De Chalhuanca a Mollebamba quedaba un trecho de dos a tres horas adicionales de viaje atravesando una trocha de paisajes tan espectaculares como profundos los abismos que la acompañaban. Llegábamos alrededor de las 4 – 5pm, luego de casi 14 horas de viaje de puerta a puerta.

Espectacular andenería inca en la ruta Chalhuanca – Mollebamba. Foto propia.

Esta travesía la tenía que hacer ida y vuelta cada veinte días, si es que las condiciones lo permitían. Las nevadas, deslizamientos (huaycos) o lluvias extremas eran frecuentes y podían cortar la ruta, obligando a los pasajeros a modificar sus planes de viaje.

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Pero no puedo quejarme. El acceso a Mollebamba ha mejorado sustancialmente, y ahora hay una coaster (bus pequeño) que hace la ruta Mollebamba – Abancay (la capital de la Región Apurímac) un par de veces por semana. No hace demasiado tiempo, unas tres décadas atrás quizás, muchos de los viajes de comercio los hacían los arrieros que partían por semanas y meses para intercambiar lana de alpaca por algunos bienes de consumo para la población local.

Iglesia de Calcauso del año 1600 aproximadamente. Foto propia.

Por eso mismo no es de extrañar que justamente al frente de Mollebamba se encuentre el caserío de Calcauso, donde vive una aguerrida comunidad. En las crudas épocas del terrorismo, Calcauso fungió de centro de formación ideológica para Sendero Luminoso. La personificación de las reivindicaciones comunistas se erigía así frente a mis ojos: campesinos olvidados por el Estado centralista y urbano en un territorio sin infraestructura, sin acceso a servicios públicos, sin posibilidad de salir de su miseria y con un profundo odio frente a los culpables de estas injusticias: el hombre blanco, el de la ciudad, que sólo traía explotación y desdén por su forma de vida y sus creencias. Era el caldo de cultivo perfecto para la locura que nos azotó. Era la conexión directa entre las fauces del monstruo y Tarata, el atentado miraflorino que puso a Lima a temblar.

Inauguración de la remodelación de la plaza de Mollebamba. Foto propia.

Evidentemente un acontecimiento tan visceral no pudo haber sucedido sin dejar marcas profundas en sus habitantes. Rememoro aún con un cierto estremecimiento el día en el que se inauguraron las obras de remodelación de la plaza central de Mollebamba y la hija del alcalde recitó frente a toda la comitiva de la empresa minera para la cual yo trabajaba, un poema que evocaba las injusticias sociales y la lucha de sus progenitores, confundiendo muchos conceptos quizás, pero teniendo en claro que ellos han sufrido la opresión del Perú del racismo, la discriminación y el olvido. Por varios siglos.

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Y en ese espacio conviví por un año y medio con personas que sufrieron en carne propia la violencia más extrema, la que venía de todas partes (de los senderistas y del Ejército) y donde todos, sin excepción, tenían alguna historia de sangre y miedo que contar. Todos perdieron un tío, un primo, un padre, una madre, una hermana, una hija.

Muchos creen, falsamente, que una experiencia como esa te permite poner en perspectiva lo que un niño urbano miraflorino como yo pudo haber experimentado en esa época y así minimizarlo frente a la tragedia sufrida por la gente de las entrañas del Perú. Nada más falso. Justamente una experiencia como esta lo que permite es identificarte de alguna manera con tus compatriotas y entender la enorme dimensión de lo acontecido, comprender que con el casi nulo trabajo de memoria que se ha hecho en el Perú aún existen probabilidades latentes que una tragedia de este tipo pueda volver a ocurrir, interiorizar que ellos son tú y que tú eres ellos, que no hay malos versus buenos, esa visión maniqueísta que siempre tuve desde que dejé el Perú a los ocho años.

Mollebamba, Juan Espinoza Medrano, Apurímac, donde pasé un año y medio de mi vida. Foto propia.

Gracias a ese internamiento apurimeño cultivé mi tolerancia y entendí que había enfrentado mis miedos. Pude pasar la página. Hice las paces conmigo mismo y aprendí a ver y a aceptar mis cicatrices, las que me acompañarán hasta la tumba.

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Esta foto representa lo maravilloso de vivir en la sierra, atravezando parajes surreales y tomando consciencia de muchos aspectos valiosos de la vida. Foto propia.

Mollebamba no fue el único pueblo del Perú en el que viví, también tuve la suerte de pasar otro año y medio en las alturas moqueguanas en el distrito de Ichuña, provincia de General Sánchez Cerro, experiencia que terminó de enriquecer mi entendimiento de ese país tan diverso y vasto que es mi patria natal y que me permitió seguir en paz con mi búsqueda por el premio mayor: el maravilloso hogar que hoy comparto en Zabbar, Malta, con el amor de mi vida, mi esposa Aimeé y nuestras dos hermosas gatitas. Esa es mi verdadera patria y la llevo conmigo adonde sea que vaya.