¿Por qué soy Liberal?

Escrito en Herengracht 359, Ámsterdam,

16-08-2022, 

22:32

¿Qué es la Libertad? Es una de las grandes preguntas filosóficas de la Historia. Aunque para mí, definirme como Liberal requiere responder a otras preguntas anteriores, sobre las cuales se funda cualquier reflexión filosófica: ¿Cuál es tu propósito en esta vida? Y ¿Cuál es el propósito de la humanidad?

A partir de la observación de la práctica del debate en diversos círculos sociales, una de las deducciones más esclarecedoras que he podido extraer es que muchas veces los seres humanos argumentamos sobre conceptos distintos, porque las percepciones del mundo son indiscutiblemente individuales, lo cual, de saque, presupone un enorme obstáculo para que el debate pueda trascender y encontrar nuevos rincones fundamentales de aprendizaje.

¿Cuál es tu propósito en esta vida?

Así es que lo primero que intento averiguar, si es que no lo pregunto directamente, es el propósito existencial de mi interlocutor, para ver desde qué ángulo estamos conversando.

Por ejemplo, si la persona me dice: “mi propósito es ser millonario a los 50 años” o, si me dice, “quiero crear una nueva corriente artística”, o, por ejemplo, “quiero darle un futuro digno a mi familia”, o incluso “quiero ser capaz de generar un cambio trascendental en la ecología del planeta para salvar a la tierra de la destrucción que le causa el ser humano”, claramente entiendo su ángulo en la discusión y es mucho más sencillo poder argumentar y contra-argumentar. Intento, así mismo, siempre dar el mío también. 

Hace poco reflexionaba sobre mi propósito en la vida y mi conclusión fue la siguiente: “quiero contribuir con el crecimiento de las personas desde mi experiencia, utilizando mi red de contactos, que he cultivado con dedicación y cariño a lo largo del tiempo. Quiero que todas las personas tengan las mismas oportunidades que yo. Quiero que todas las personas puedan sentirse como cuando en una de mis primeras noches en Poitiers, después de haber ingresado a Sciences-Po, solo podía mirar el techo de mi enana habitación y estremecerme por la inmensidad de la vidad y sus recompensas; estremecerme por ser capaz de cumplir el camino que mi abuelo me había señalado. Saber que lo logré por que mis padres me dieron las herramientas para hacerlo, y por que mis maestros y mentores se esmeraron en fortalecerlas. Eso quiero. Ese es mi impacto.” 

Es decir, mi propósito está intrínsecamente vinculado a la gente. En el fondo, sé que soy una persona bastante optimista en lo que se refiere al futuro de la humanidad, lo cual es algo que choca constantemente con la visión fatalista que tiene una gran parte de la sociedad global. Puede parecer ingenuo, pero creo en la capacidad de las personas de ser cada vez mejores, de comportarse con valores, de construir sociedades pacíficas, viables y sostenibles.

¿Cuál es el propósito de la humanidad?

Esta pregunta resulta muy importante y absolutamente trascendental desde el punto de vista antropológico y sociológico. A veces cuesta centrarse en uno mismo para encontrar el propósito personal, y lo mismo sucede cuando reflexionamos de manera colectiva. Muchas personas que conozco han perdido la fe en la humanidad de tal manera, que esta pregunta ni se la hacen, ya que consideran al ser humano como el enemigo del planeta. Otros, son guiados por ideales religiosos, culturales o incluso aspectos científicos. 

Si consideramos, por ejemplo, que la humanidad está destruyendo el planeta y que somos el problema y no estamos dispuestos a considerar seriamente que podríamos ser parte de la solución, es muy difícil entablar una conversación sobre la noción de “desarrollo”, por ejemplo, la cual está en la base de las ideologías y posturas políticas de todos los tiempos. Al entrar en un debate sobre puntos de vista políticos con personas que piensan así y que, cada vez son más, dicho sea de paso – por algo será –, es importante establecer el marco de la discusión. 

En principio, debemos asumir que toda posición es igualmente válida, al menos para el debate. Lo importante es saber qué motiva a la otra persona a argumentar en un sentido o en el otro. 

Tomarse unos pocos minutos previos a la argumentación para esclarecer estos dos puntos, puede servir muchísimo para tener una conversación constructiva. La trampa está en no buscar defender qué posiciones son “mejores” que otras, sino simplemente entender a la otra persona y el marco del debate.

Según mi punto de vista, el propósito de la humanidad, es el de crear condiciones dignas para que todos los seres humanos podamos aprovechar el “milagro” de la vida, podamos llenarnos el alma de aprendizajes y momentos maravillosos y que podamos hacerlo cada vez en condiciones más prósperas y de manera sostenible, es decir que las futuras generaciones tengan cada vez más oportunidades y una mayor calidad de vida.

¿Qué es la Libertad?

La Libertad es una noción filosófica que ha sido estudiada por muchos de los más grandes pensadores de todos los tiempos.

Aristóteles, por ejemplo, postulaba un concepto de la Libertad vinculado a la naturaleza política del ser humano. Como ser político, el individuo no puede estar sujeto a una voluntad exógena, sino que debe tener la capacidad de decidir, de manera libre, sobre los distintos temas que se le presentan. 

Evidentemente, planteada desde la sociedad en la que vivía Aristóteles, entendemos que hay una serie de pre-requisitos para ser libre: evidentemente era necesario ser un ciudadano, no esclavo, no preso. Esto limita de manera intrínseca la libertad, puesto que, por deducción, todos los seres humanos no naceríamos libres, ni tampoco podríamos deducir que existe una Libertad Universal. 

La noción de Libertad en sociedad también presupone que haya un garante del ejercicio de la Libertad, debido a que hay muchas condiciones que inhiben al ser humano de poder ejercerla plenamente. Esto mismo llevó a John Locke a plantear en el siglo XVII que es necesario contar con un “contrato social”, donde el Estado ponga ciertos límites (mínimos), que permitan garantizar que se respete la condición natural de todo ser humano de nacer libre. Varios autores reflexionaron sobre el concepto de “contrato social” como Rousseau y Hobbes, por ejemplo, sin embargo, lo interesante de Locke es que postula una “jerarquía” en el Derecho, en la cual la Libertad sería un valor supremo, por encima de cualquier otro derecho. 

Para Locke, es imprescindible encuadrar – limitar – el poder del Estado, ya que rápidamente éste puede adquirir una condición de poder capaz de mermar las libertades individuales. Esta teoría también fue retomada por Montesquieu quien sugiere justamente una división de poderes para delimitar el alcance del Estado. Estas ideas fueron cruciales para las principales revoluciones políticas occidentales del siglo XVIII: la de Estados Unidos de América y la Francesa, las cuales buscaban acabar con regímenes políticos opresores, donde las desigualdades eran insostenibles y la concentración de poder en ciertos individuos con privilegios a todas luces socavaban la libertad de los individuos en general.

Los pensadores de las Luces justamente erigieron sus ideas filosóficas sobre la Libertad desde un punto de vista político, lo cual tiene mucho sentido si reconocemos que el Estado es el principal regulador de las decisiones de los individuos. 

Para entender mejor el postulado de Locke, él menciona que si todos los seres humanos nacemos libres e iguales y nos desarrollamos en una sociedad que garantiza la propiedad y la independencia, las sociedades pueden crecer en paz y con prosperidad. Cuando exista algún conflicto, el Estado es quien entraría a definir, en función del contrato social. Así pues, para Locke, el principal poder del Estado sería el Judicial. 

Otros pensadores como Kant le dan incluso mayor responsabilidad al ser humano, a través de lo que conocemos como la moral kantiana, la cual establece que es el propio individuo, por medio de la razón, quien gradualmente se va auto-regulando.

Algo muy interesante que plantea Kant es la noción colectiva del liberalismo, a través de la suma de individuos que componen la humanidad. Kant establece que mientras actuemos individualmente dentro de los límites de la moral auto-impuesta, estaremos construyendo positivamente el futuro de la humanidad.

Inspiración liberal

Para Kant, la verdadera Libertad radica en la mayor ausencia de límites que se puedan imponer a la misma, lo que lleva a los individuos a tomar decisiones racionales. Mientras mayor rango de posibilidades tenga el individuo para decidir, su Libertad se ejercerá de manera más plena. En un contexto pre-revolucionario, las ideas de Kant alimentan de manera importante el postulado de la República Federal como mejor forma de gobierno. Claro, para Kant, la República funciona en la medida en que los ciudadanos actúan con principios morales y participan en la vida pública, con una actitud cívica. El Federalismo responde a la misma apreciación de delimitación de poderes: mientras más diluidos estén los centros de poder, más libres seremos los individuos. 

Desde el punto de vista político, otro pensador que aporta un elemento trascendental, a mi juicio, en la definición de Libertad es Alexis de Tocqueville, quien analiza cómo ha evolucionado la Revolución de Estados Unidos y qué enseñanzas se pueden adoptar para el concepto del liberalismo. De Tocqueville se interesa por la forma política de la democracia y sobre un aspecto que hoy resulta de particular relevancia: la igualdad. 

Raymond Aron explica de manera muy clara la visión de Tocqueville: “la «tesis de Tocqueville es (…) la siguiente: la libertad no puede fundarse sobre la desigualdad, por lo tanto debe afirmarse sobre la realidad democrática de la igualdad de condiciones, y salvaguardarse mediante instituciones cuyo modelo ha creído hallar en Estados Unidos.”

También trae a colación algunos elementos que fortalecen la Libertad en un régimen democrático: el federalismo, la participación de la sociedad civil a través del asociacionismo y la libertad de prensa. Estos elementos van en el sentido de delimitar el poder del Estado y acercar las decisiones a los individuos, bajo formas que conviven de forma natural con un Estado democrático de derecho.

Esta noción ha ido evolucionando a lo largo del siglo XX y XXI, a la luz de las profundas injusticias que los grupos más vulnerables de las sociedades han venido sufriendo a lo largo del tiempo e incluso dentro de democracias muy consolidadas, como por ejemplo, el derecho a la autodeterminación de los pueblos indígenas en Canadá, los derechos de las comunidades étnicamente minoritarias, así como de la comunidad LGTB, por citar un par de ejemplos. Es desde el liberalismo que se han construido las principales salvaguardas a los derechos de estos grupos y desde donde se ha buscado instaurar reparaciones para generar condiciones más justas. La igualdad de Tocqueville evolucionó a “equidad”, basada en el concepto de generar oportunidades iguales reales, más que postulados filosóficos únicamente. 

Otro ángulo claramente prioritario a tener en cuenta en una definición más amplia de la Libertad, es el de la Libertad económica, entendido como catalizador de la prosperidad. Básicamente emana de dos constataciones históricas: la generación de riqueza en las sociedades que han practicado la libertad de comercio a lo largo de los siglos, así como la del derecho a la propiedad privada defendido en la Revolución Francesa, como método de protección individual frente a la nobleza terrateniente. No me voy a detener demasiado en el aspecto económico del liberalismo, pero básicamente su defensa la encontramos en todos los postulados filosóficos anteriormente mencionados.

Así pues mi concepto de Libertad  tiene en cuenta diversos aportes filosóficos que se han venido dando a lo largo del tiempo y que van mucho más allá del simple “libre albedrío”. Tiene en consideración el ordenamiento político y es de inspiración occidental. 

Para mí, la Libertad es el valor supremo de la humanidad, es el valor que guía el desarrollo de la humanidad y el que permite el desarrollo y prosperidad de las sociedades. La Libertad se traduce en la capacidad que tenemos los individuos de tomar decisiones racionales, informadas, en la mayor cantidad de asuntos y con la menor limitación posible, lo que redundará en un beneficio colectivo. Sin embargo existe una condición previa que debe darse para que se pueda ejercer esta Libertad de manera real: la igualdad de oportunidades.

Sin igualdad de oportunidades, no podremos construir sociedades justas de manera sostenible, y cualquier prosperidad o creación de riqueza será finalmente dilapidada por los reclamos (¡justos!) de aquellos individuos o grupos de individuos que viven bajo condiciones de vulnerabilidad ya sea por razones históricas  (grupos indígenas en el continente Americano, por ejemplo), por razones de discriminación (comunidad LGTB en países donde no hay plenos derechos, o peor aún, donde aún subsisten penas), o por ineficiencia de los Estados (por ejemplo, zonas rurales en América Latina donde los servicios públicos no llegan de manera eficiente). 

Reconocer que hay derechos básicos que son necesarios para el postulado Liberal, es darle un sentido a la labor Estatal, más allá de la simple regulador o juez de los actos de los individuos, en un contexto en el que no podemos ignorar la Historia. Corregir estos desbalances muchas veces vergonzosos, es lo que nos permitirá seguir avanzando en el propósito de la humanidad y, por ende, buscar garantías para que los individuos puedan cumplir sus propósitos personales. 

En concreto el Estado debe encargarse que todos los individuos tengan acceso a los siguientes derechos básicos, mencionados sin ningún orden en particular: Vivienda digna, seguridad y salvaguarda de la integridad física, seguridad alimentaria, respeto de la propiedad privada, acceso oportuno a la salud, educación de calidad, acceso a la Justicia, agua potable, condiciones de saneamiento básico, acceso a la libertad de expresión y de información, libertad de movimiento, respeto a la identidad.

En este sentido el Estado tiene muchos asuntos de los qué ocuparse, que son necesarios para el desarrollo de las sociedades, y debe tener un mandato fuerte para gestionarlos de manera eficiente. Estos asuntos son las garantías para que se pueda desplegar una verdadera meritocracia, la cual permitirá a los individuos cumplir sus metas y voluntades, a partir del esfuerzo de cada quien.

En ese sentido no puedo afirmar que exista ningún Estado plenamente liberal, ya que en todas las latitudes subsisten deficiencias en algunos de los aspectos mencionados, pero sí existen Estados que lo encarnan bastante bien y que, a mi juicio, son justamente aquellos que han desarrollado las sociedades más prósperas y justas que existen en el planeta.

Países Bajos: un ejemplo de sociedad liberal.

Justamente escribo estas líneas en un viaje a los Países Bajos, un país que siempre me ha atraído por su forma de pensar y de poner en práctica las diversas máximas filosóficas liberales que me han inspirado desde hace muchos años.

Para empezar, y desde el punto de vista de las libertades económicas, Países Bajos es la cuna del liberalismo económico moderno, lo que le ha permitido generar mucha prosperidad para su sociedad, desde hace ya varios siglos. En Ámsterdam se creó el primer “Banco Estatal” de Occidente: el Amsterdamsche Wisselbank, en 1609, cuyo rol principal fue el de generar confianza para la economía, asegurando el valor de las diferentes monedas que circulaban en la capital europea del comercio mundial y creando el primer sistema de pagos internacionales, totalmente confiable por los agentes económicos. 

Ámsterdam en el siglo XV y XVI era una de las ciudades más prósperas del mundo, sirviendo como centro de intercambio y comercio internacional, donde, además, se mezclaban etnias, posturas políticas, filosóficas y creencias religiosas. Las compañías holandesas de las indias orientales y occidentales servían como enormes catalizadores del intercambio internacional, facilitando la creación de riqueza a través del comercio y generando un impacto positivo en la calidad de vida de los habitantes locales.

Teniendo en cuenta que los Países Bajos están construidos sobre un territorio principalmente pantanoso y en gran parte recuperado del mar, con tierras pobres de poco valor agrícola, resulta particularmente importante entender que para esta sociedad, la creación de riqueza estuvo basada desde un inicio en el comercio. Es muy posible que habiendo entendido el comercio como uno de los principales creadores de riqueza, la visión liberal de los holandeses se haya ido plasmando de manera natural en la sociedad. 

Luego está el enfoque pragmático y de la tolerancia: teniendo tantas influencias diversas, claramente el mejor enfoque para asegurar que todos los grupos puedan confluir en los puertos holandeses, ha sido siempre el de respetar las creencias ajenas y esto ha servido para que a lo largo de los siglos se cree una sociedad abierta (Países Bajos es el país del mundo que habla la mayor cantidad de lenguas extranjeras per capita), de gran prosperidad (en 2019 fue el noveno país con el Índice de Desarrollo Humano más alto del mundo) y es uno de los que más contribuye con el desarrollo de los países emergentes. Según la OCDE (2019), Países Bajos tiene el sexto ratio más alto del mundo en Asistencia Oficial al Desarrollo / PIB y es uno de los líderes internacionales en diplomacia a favor de medidas para mitigar el cambio climático, incluyendo importantes contribuciones financieras para tal fin, así como en intervenciones multidimensionales humanitarias-desarrollo-promoción de la paz. 

Uno de los aspectos más conocidos de la identidad liberal contemporánea de los neerlandeses es la política de tolerancia frente a las drogas suaves para uso recreativo, como el cannabis, la cual se viene implementando desde hace décadas con gran éxito. Si bien hoy ya no constituye ninguna gran novedad, debido a que muchos otros países, como los Estados Unidos, Canadá, Malta o incluso países latinoamericanos como Uruguay, ya han implementado políticas similares o incluso más avanzadas, Países Bajos fue uno de los pioneros en tomar un enfoque distinto, que emana de su tradición liberal, cuando la política global era la de una represión dura contra las drogas, postura liderada por varias décadas por los Estados Unidos y que marcó internacionalmente el siglo XX. Este enfoque no solo ha permitido a los Países Bajos generar una recaudación adicional importante y evitar problemas de salud de los usuarios, derivados de un control de calidad, sino que, además, los neerlandeses están lejos de ser los principales usuarios de cannabis en Europa. Francia, por ejemplo, un país prohibicionista, es el que tiene el consumo más alto per cápita de la UE. 

Sin embargo muchos otros aspectos deben ser destacados en el liberalismo neerlandés, como por ejemplo los derechos de la comunidad LGTB, el derecho al aborto, el multiculturalismo, entre otros.

Entiendo que muchos señalarán que en buenas porciones del siglo XX han sido los social-demócratas quienes han dirigido los destinos del país, que aún se trata de una monarquía constitucional y que incluso ha habido un aumento en las preferencias electores hacia la ultra derecha neerlandesa, y claramente esa es una muestra que la democracia liberal deja espacios para coexistir de manera abierta con otras visiones, pero está claro que quien pone un pie en las principales ciudades holandesas puede sentir el espíritu liberal, abierto y desinhibido que tiene este país. 

También está claro que nada se construye de la noche a la mañana y que en los Países Bajos el liberalismo ha ido impregnando el tejido social desde hace ya varios siglos, con lo cual la herencia es profunda y es parte de la identidad colectiva. 

Claramente aún hay mucho por hacer, pero los Países Bajos es uno de los países con menores desigualdades en el mundo, con mayores oportunidades para sus ciudadanos y donde cada quien se puede expresar de la manera en que mejor le conviene, sin temor a represalias. Es un país donde hay una importante creación y acceso a la cultura, no solo local sino internacional. 

A pesar de todos los aspectos de mejora que ciertamente tiene la sociedad neerlandesa, para mí, ésta sociedad ha construido uno de los sistemas sociales más justos del mundo, basados en la Libertad individual, donde cada persona tiene el derecho de decidir quién es y qué quiere hacer con su vida, en un espíritu meritocrático, donde las personas no deben preocuparse por sus derechos básicos, sino que más bien pueden enfocarse en su propósito individual y colectivo. 

En definitivo, la sociedad liberal neerlandesa, es una sociedad que me inspira y dentro de la cual puedo proyectar mi propósito individual, sabiendo que contribuyo al propósito de la humanidad al que adhiero.

Liberal, una postura para defender

Claramente hoy es muy difícil decirse liberal y esperar que la gente no tenga ningún a priori, porque el liberalismo se ha confundido con el capitalismo, cuando el primero no tiene el mismo propósito que el segundo; porque las corrientes anti-imperialistas en varias partes del mundo y particularmente en América Latina han creado un Frankestein de las posturas políticas llamado el “neo-liberalismo”, que sinceramente no tiene ni pies ni cabeza, porque empaqueta posturas genuinamente liberales como la libertad de comercio, con aspectos capitalistas como la primacía de las multinacionales frente a la soberanía de los Estados, con nociones geopolíticas, como la capacidad bélica de Estados Unidos y sus aliados en la escena internacional. El uso de ese neologismo, que dificulta una lectura más fina de las corrientes políticas, pero que empalaga al que lucha por justicia social, porque siempre es fácil usar ese argumento de malos versus buenos, no invita a la reflexión y evidencia que aún nos falta mucho por avanzar en educación política a nivel mundial. 

Por eso, recuerdo cuando en una clase de economía internacional en Argentina, tuvimos que elegir dos campos: los que defendíamos el libre comercio versus los que lo atacaban, para la exposición de motivos del debate de la materia que estábamos estudiando. Toda la clase se peleaba por estar en el segundo campo, mientras que en el primero, solo éramos tres voluntarios: un danés, un neerlandés y yo. Llegado el día, no pudimos empezar siquiera la exposición sin que nos chiflen desde los pupitres, reflejo claro de lo que acontece hoy: las personas creen que tienen una superioridad moral con sus argumentos y no tienen voluntad de escuchar a los demás. Una buena dosis de tolerancia liberal les hace falta.

Sin embargo, cuando me tocó mi parte, la defendí a capa y espada, con toda la batería de argumentos racionales que me acompañaban, sabiendo que en frente, nadie tendría la mínima predisposición a escuchar. Era el 2005, y en mi clase y en mi entorno, había quienes defendían fervientemente a Hugo Chávez. La historia se encargó de poner todo eso en su lugar.

Con la frente en alto y sabiendo que soy una minoría y, más aún, una minoría marciana en mi país, el Perú, plagado de conservadores de todo tipo, lo digo soy LIBERAL. Pero no liberal en lo que le conviene a unos y a otros no, por ejemplo la derecha peruana que es “liberal” en lo económico (aunque realmente la gran mayoría es más bien mercantilista), pero que es absolutamente retrógrada en lo social y ensucia y mancha el nombre del liberalismo de la peor manera. No, señores, yo soy liberal a cabalidad, en todos sus aspectos, desde la libertad de expresión y de comercio, hasta la protección de las minorías.

Soy liberal porque creo en una sociedad más justa, soy liberal porque sé que la prosperidad se crea a partir del comercio. Aoy liberal porque soy empresario y sé que necesitamos empresa privada para crear empleo y para contribuir a un Estado que, a su vez, proteja los derechos fundamentales de todos los ciudadanos y en particular de las minorías y cree las condiciones necesarias para fomentar la creación de más empresa, lo que redundará en la creación de mayor riqueza. Este es el círculo virtuoso  que podemos ver en varias sociedades liberales del mundo como la de Países Bajos, Nueva Zelanda o Canadá, por citar algunos ejemplos.

Soy liberal porque creo en corregir las desigualdades históricas, porque creo que todos merecemos las mismas oportunidades, soy liberal porque entiendo la manera racional de hacer realidad este propósito de la humanidad, soy liberal porque he sido minoría muchas veces, soy liberal porque soy optimista y porque creo que el ser humano es capaz de hacer las cosas bien. Soy liberal porque creo en la consciencia creadora del individuo y porque creo que todos debemos ser responsables de las decisiones que tomamos y que la bondad y la ética deben ser la esencia de las decisiones de cada ser humano. ¿Soy idealista? Quizás. Pero ver sociedades que han alcanzado los resultados que postulo, me demuestra que es completamente posible. Por eso, sin tapujos ni vericuetos, soy Liberal. 

El Lago de la Vida

Escrito en Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022.

Llevo un tiempo preparándome para mis 40 años. Aunque aún me faltan un par, siempre he sido un tipo organizado.

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Los inicios

Recuerdo perfectamente cuando tenía 15 años y esperaba el año 2000. ¡Un gran hito! Recibiría el nuevo milenio con 16 años y me preguntaba cómo sería mi vida de adulto, cuando cumpliría 20. ¡Otro hito de aquellos! Me gustaba tener esa dosis de incertidumbre, pero, a la vez, mi mente iba trazando caminos e hipótesis y mi espíritu se preparaba con una entrega bastante voraz.

A los 15 años yo quería ser escritor y para poder vivir dignamente, planeaba convertirme en diplomático. Era la única fórmula realista para lograr la conjugación anhelada escritura-viajes-seguridad. Así es que empecé por lo que podía hacer a esa edad y publiqué un libro, que me encantó escribir.

Pasaba mis días de colegio muy metido en las clases de letras francesas, filosofía e historia-geografía, mis materias preferidas. Mis tardes eran bastante ocupadas, porque desde los 5 años tuve un mega combo extracurricular de piano, natación e inglés, que hasta el día de hoy agradezco. Los viernes, eso sí, estaban dedicados a mis amigos.

Mi exploración por las artes siempre fue intensa, particularmente en el mundo de la música. A los 15 incursioné en la percusión con unos amigos que se juntaban en mi casa en la que había cajones peruanos, djembés y un piano, de los buenos. Mis amigos traían las guitarras, la melódica y el darbuka. A los 16 ingresé al coro de la universidad de Costa Rica, en piano.

Muchos fines de semana nos íbamos a la playa o a la finca en Copey con mis padres y aún así sacaba tiempo para escribir. Entre los 14 y los 16 años habré escrito unos 50 cuentos, al menos, muy inspirado en mis lecturas del romanticismo y naturalismo francés y en el realismo mágico latinoamericano.

Copey de Dota. Fuente: https://farm9.staticflickr.com/8264/8650831791_b83712476d_o.jpg

En esas épocas también trabajaba en el restaurante de mis padres, como cajero, y en cada segundo libre que tenía, abría mis libros de García Márquez y me perdía de manera infinita en esas historias fascinantes que encontraba fáciles de leer. Cuando terminé mi repertorio pasé a Vargas Llosa y luego a Borges. La pasión por la escritura rivalizaba solo con el amor incomensurable que tenía por la novela como género literario. Pensaba que mi vida la dedicaría a escribir una gran novela, algo así como “En Busca del Tiempo Perdido” de Proust y que los cuentos eran un entrenamiento necesario para ese gran fin.

La novela que más influyó en mi vida adolescente fue “La Fiesta del Chivo” de Vargas Llosa. Me la regalaron mis padres antes de un maravilloso viaje de intercambio a Francia y en el vuelo de Houston a Amsterdam prácticamente no pude despegar mis ojos de las páginas que veía, con algo de desesperación, cómo se iban acabando más rápido de lo previsto. Desde entonces, la novela histórica se convirtió en mi género preferido y me abrió el camino a las ciencias políticas.

La Fiesta del Chivo, el libro que marcó mi adolescencia

Cuando llegó el año 2000, mi hermano había alquilado una casa de playa en Costa Rica junto con su novia de aquel momento y unos días antes del Y2K, me llevó a surfear. Ese día cayó una gran tormenta con rayos y truenos mientras estábamos en el agua y yo me asusté. A él le encantan esas vainas, pero en eso somos opuestos. Frente a mi insolente insistencia, aceptó salir del agua. Mientras caminábamos de regreso a la casa (unos cuantos minutos) la lluvia arreciaba cada vez con mayor ferocidad. Le dije: “hermano, me voy a caer, no veo nada”, para aclarar soy un miope de alta categoría y había dejado mis lentes en casa, con lo que, entre la lluvia y mi ceguera, no atinaba a dar dos pasos coherentes. Muy enojado porque se le había frustrado la clase de surf a su hermanito menor, me dijo en su marcado acento español “no seas mala leche”. Tres pasos más adelante me caí en una zanja y me torcí el pie derecho. Pasé el año nuevo y el resto del verano enyesado, embutiéndome libro tras libro, dándome cuenta de que ni se habían reseteado todas las computadoras del mundo, ni un yeso iba a joderme el primer verano del milenio.

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Los catalizadores

En el penúltimo año de colegio nos visitó un representante de la Embajada de Francia para preguntarnos qué queríamos estudiar y a convencernos que Francia sería un excelente destino para cualquier carrera que elijamos.

Lamentablemente, le cambié un poco los planes al susodicho, cuando le dije que quería estudiar relaciones internacionales. Desde hacía un tiempo ya venía investigando y había encontrado una beca en la UNAM de México. Se lo había comentado al representante del Centro Cultural de México en Costa Rica, que era un asiduo comensal del restaurante de mis padres y en cuyo establecimiento finalmente terminé presentando mi libro de cuentos. Entre un vodka y otro me había asegurado de que una beca sería fácil de obtener para mí.

El funcionario francés inmediatamente adoptó una actitud seria y arrogante y me dijo algo que nunca olvidaré: “La carrera de relaciones internacionales no existe en Francia. Para poder hacer una especialización en relaciones internacionales debes estudiar ciencias políticas y eso se hace en los Institutos de Estudios Políticos que tienen procesos de acceso demasiado difíciles. ¿No te interesaría hacer una clase preparatoria de letras o de filosofía?”.

Inmediatamente me lo tomé personal. Soy algo competitivo, digamos.

Como el programa de estudios en el colegio francés ofrecía una beca de excelencia académica, me dije que no iba a desperdiciar esa oportunidad y hablé con mi primer mentor de la vida, Michel Marchive, mi profesor de filosofía, quien me aseguró que yo sí iba a poder ingresar a la carrera de ciencias políticas en Francia y me ayudó desde ese momento a prepararme para los exámenes de ingreso. Considero que fue un gran mentor, porque realmente a él le hubiese gustado que yo haga lo que recomendó el funcionario, es decir una clase preparatoria de filosofía, pero entendía claramente que cada uno define sus propios caminos.

Los siguientes dos años me los pasé esforzándome mucho para combinar mi pasión con la música, la lectura, la escritura, la necesidad de obtener excelentes notas para poder aplicar a la beca, mi intensa vida social, viajes, actividades extracurriculares y el trabajo, porque siempre trabajé en el restaurante de mis padres, sin morir en el intento.  

Jardin de Sciences-Po, París (fuente foto: Sciences-Po)

Los exámanes del baccalauréat francés estaban repartidos entre el penúltimo y el último año del colegio y las notas que obtuve en la primera tanda fueron realmente motivadoras, con lo que me tomé muy en serio el objetivo de ganar la beca, darle la contraria al funcionario francés que hacía muy mal su trabajo y poder financiar mi vida como escritor una vez que terminase mi carrera de ciencias políticas y la subsecuente añadidura, la famosa maestría de relaciones internacionales, que finalmente sería la que me permitiría postular a la Academia Diplomática del Perú.

El día que me enteré que había ingresado a Sciences-Po, el Instituto de Estudios Políticos de París, y que me iba completamente becado, gracias al gobierno francés, no pude sino sonreirle a mi abuelo, quien en el fondo fue quien movió los hilos del destino para que los caminos sean tan evidentes que no hubiese forma de haber tomado otros. Él había fallecido poco antes. Claro, el guiño de bonus track ya saben para quién iba.

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La validación

Durante los dos primeros años de mi carrera, mi objetivo de vida seguía firme. Cumplí mis 20 años siguiendo la determinación trazada en mis 15. Me fui de intercambio a Buenos Aires a estudiar derecho internacional y otras materias relacionadas con lo que quería conseguir. También me dediqué a escribir asuntos un poco más profundos.

Por esas épocas inicié a redactar mi diario personal, el cual hasta el día de hoy mantengo, y también exploré el surrealismo, de la mano de poetas que marcaron mi juventud como Louis Aragon, Jules Supervielle y sobre todo, los relatos de viaje de Henri Michaux, mi gran referente.

Henri Michaux: Oeuvres récentes

También pensaba en el hilo narrativo de mi novela, que empecé a escribir en varias ocasiones, siempre insatisfecho de sus inicios. Tenía algunos temas claros: viajes, inter-temporalidad, momentos históricos de gran importancia para mí, Francia, Italia, Perú, quizás algún otro espacio geográfico, ciertos personajes. Sabía que me tomaría bastante tiempo. La diplomacia me traería la seguridad necesaria para hacerlo correctamente. Todo bien. Podía respirar y seguir viajando para aprender e inspirarme.

Por esas épocas, a quien me preguntaba por mi futuro, le respondía con certeza: escritura y diplomacia. Quizás alguna columna en un diario cultural y viajes, muchos viajes.

Así, cuando iba terminando mi pregrado y tenía que elegir una maestría, rápidamente apunté a por lo que había ido: relaciones internacionales.

Sin embargo, dos episodios bastante crudos cambiaron, de a pocos, ese camino trazado que venía construyendo por varios años.

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Primer episodio

Durante mi maestría tomé un curso que me abrió la mente de maneras insospechadas: antropología de la guerra, dicatada por el gran historiador francés Stéphane Audoin-Rouzeau. El objetivo del curso era mostrar un punto de vista no-histórico de cómo las personas viven las guerras, entrando en detalles como los tipos de armas utilizados, las formaciones de los soldados, la medicina disponible, las movilizaciones, la vida en la retarguardia y otros temas que no se revisan normalmente desde la perspectiva “histórica”.

El fondo y la forma del curso me cautivaron desde el primer día y tuve un despertar muy profundo de un asunto que no había nunca logrado combatir directamente: la guerra que viví cuando era niño. El momento cumbre de ese triste episodio fue el atentado terrorista de Tarata, ya que yo me encontraba en la calle con mi hermano a pocos metros de los doscientos cincuenta kilos de explosivos que estallaron esa noche de julio de 1992, cuando yo tenía 7 años. Viví la zozobra de los perros degollados, de un tiroteo frente a la casa de mis tíos en Barranco, cuando tuve que tirarme abajo del asiento del carro, de enterarme que los terroristas habían entrado a las casas de la familia en Santa Eulalia, en el campo de Lima – mi sitio seguro – , y habían amenazado a Roberto, nuestro cuidador, y a su familia, así como todas las demás situaciones propias de quienes vivimos en Lima en los años más difíciles de la historia contemporánea del Perú.

Mis años en París: musée Rodin, 2008

En la segunda clase me acerqué al profesor y le conté sobre mi experiencia y le dije que me interesaba escribir mi trabajo final al respecto. Fue la primera vez que enfrenté intelectualmente el episodio más duro de mi infancia y, claramente, uno de los más difíciles de mi vida.

Durante los tres meses que duró la clase investigué, hice un trabajo de memoria exhaustivo, recordé mis pesadillas constantes, mis apariciones de fantasmas y espíritus, mis horas de terapia, mis comportamientos retraidos en clase al llegar a Costa Rica, mis miedos irracionales y descubrí que la herida estaba aún bien abierta.

En ese momento creí haber entendido por qué terminé estudiando ciencias políticas cuando lo que yo quería era ser escritor. No fue una casualidad de la vida. Era un camino que tenía que tomar.

Poco a poco me empecé a interesar un poco más por mi país natal, el Perú, que había dejado a los 8 años y al que solo había regresado de vacaciones. Empecé a revisar y entender qué había pasado para que lleguemos como sociedad a esos niveles tan absurdos de violencia y de terror y creí entender que mi propósito se dibujaba con otras letras, no con las de la vida elegante y tranquila de un diplomático escribiendo novelas al borde de algún lago italiano, sino quizás que me tocaría caminar un poco por las entrañas de los Andes, donde nació toda esta locura, para al menos entender mejor y, ojalá, contribuir en algo a subsanar la irracionalidad prevaleciente.

De todas formas, iba a hacer falta algo más que un muy buen curso para cambiar el rumbo de años de preparación y dedicación para conseguir un objetivo.

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Segundo episodio

El segundo episodio, bastante menos profundo, pero igualmente drástico, ocurrió cuando faltaba un año para terminar mi maestría y me puse a revisar, por enésima vez, los requisitos para ingresar a la Academia Diplomática del Perú.

Haciendo una revisión minuciosa, me entero que la Academia no tenía acuerdo con Sciences-Po, a pesar de ser el centro de educación francés especializado para las relaciones internacionales. Por esas épocas el Perú no tenía convenio de reconocimiento académico con Francia, por lo que cada título tenía sus propias condiciones de revalidación. En el caso de mi maestría en relaciones internacionales, obtenida en la escuela más prestigiosa de Francia en la materia, me tocaba llevar varios cursos en la Universidad Católica del Perú, que tenía convenio con Sciences-Po, lo que me tomaría mínimo un ciclo universitario para obtener nada más y nada menos que una convalidación de licenciatura, es decir un grado inferior al que había obtenido.

Torre Tagle: sede de la Cancillería del Perú, en el centro de Lima. Foto fuente: Wikipedia.

La noticia me cayó realmente como un balde de agua fría, al punto que hice lo imposible por mover mar, cielo y tierra para que la Academia Diplomática del Perú firmase un convenio de reconocimiento con Sciences-Po, lo cual al final, gracias a esa gestión, ¡terminó sucediendo! Aunque el acuerdo no iba a estar listo para la fecha de ingreso a la que había apuntado.

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La yapa

Todo terminó de recomponerse cuando hice mi pasantía de maestría. Ávido por lo que había removido en mí el curso de antropología de la guerra, apunté con todas mis ganas a un retorno al Perú, para vivir algunos meses internado en los Andes peruanos, lo cual conseguí. Me fui a Orcopampa, en la sierra arequipeña, a implementar una metodología de medición de retorno de proyectos sociales de la mano con Buenaventura, una gran empresa minera peruana.

Este primer paso por los Andes peruanos terminó de marcar mi visión. Ciertas cosas se habían removido dentro mío y los caminos trazados con tanta dedicación y anticipación ya no se veían tan certeros. Tenía que sanar internamente, tenía que entender, había mucho más allí que la vida soñada, tantas veces, del escritor diplomático.

Mis años en los pueblos mineros del Perú

Cuando terminé mi maestría cayó repentinamente la crisis financiera de 2008 y el panorama de empleabilidad en Europa se tornó realmente sombrío. Ya venía discutiendo con la empresa en Perú un posible retorno con algunos amigos de la universidad para implementar un proyecto de acceso a agua y al ver las determinaciones entusiastas de los demás, decidí lanzarme.

Recuerdo con total claridad las últimas semanas que pasé en París, pues me dolía muchísimo tener que dejar la ciudad más importante de mi vida. Algo tenía que pasar para que todos estos sacrificios tengan sentido.

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El propósito esquivo

El proyecto de agua se frustró por la crisis y durante un par de años estuve trabajando en un tema muy complejo: trata de personas y tráfico ilícito de migrantes, lo cual me mantenía constantemente estresado, sintiéndome frustrado por la putrefacción a la que pueden llegar los seres humanos, cuando de repente, en el momento menos pensado, la vida me dio un gran revolcón.

Empecé a trabajar para la empresa minera en la que había hecho mi pasantía de maestría un par de años atrás y uno de los proyectos que me asignaron fue Trapiche, en el corazón de Apurímac, una de las regiones tradicionalmente más pobres del Perú y cuna del senderismo.

El pueblo en el que viví por un par de años, Juan Espinoza Medrano, sufrió viciosos ataques tanto por parte de los senderistas como del ejército y, en la ladera del frente, en Calcauso, se erigió un centro de adoctrinamiento senderista.

Después de tantas vueltas y de haber planeado con tanta dedicación alejarme lo más posible de esta locura, la vida me dijo, “no hijito, así de fácil no es, ven para acá y enfrenta tus demonios”.

Por un momento tuve la mesiánica impresión que mi propósito estaba vinculado con remangarme, entrar de lleno en la vorágine y “cambiar las cosas” en mi país natal. Me costó un par de años más darme cuenta de que eso no era así para nada.

A pesar de haber trabajado en un sinnúmero de proyectos de gran envergadura y de estar seguro de que tuve una contribución, a mi escala, claro, en el desarrollo de mi país, poco a poco me di cuenta que la identificación que yo tengo con el Perú dista muchísimo de la que tienen todas las personas que conocí en los distintos pueblos de los Andes donde viví. Nadie tiene razón. Son solo distintas. Demasiado.

Iglesia de Calcauso, Apurímac, pueblo donde hubo un centro de adoctrinamiento senderista.

Yo, que creo firmemente en los derechos humanos, en la protección de las minorías, en las libertades individuales, en la igualdad de género, en la libertad económica y empresarial, me di cuenta de que cada uno de mis valores más profundos estaba a las antípodas de lo que creían las comunidades andinas. ¿Quién soy yo para cambiarlos? ¿Cómo me puedo atraver a tener alguna superioridad moral? Además, ¿con qué derecho?

Cuando regresé a Lima, me encontré con una ciudad totalmente violenta, en prácticamente todos sus aspectos, en la que, además, las personas adoptan posiciones políticas vehementes, sin darse cuenta de que detrás de esos kilométros cuadrados de desierto que albergan a un tercio de la población nacional, existe un inmenso país al que no entienden y viceversa. Me sentí constantemente expulsado de esa sociedad, solo refugiado en los grandes amigos que tengo, en la parte de mi maravillosa familia que aún vive en el Perú y en mi lugar-refugio, Santa Eulalia, que alguna vez fue usurpado por las huestes terroristas.

Soñaba con escapar, con vivir mejor, con poder construir una familia en un ambiente sano, como lo hicieron mis padres conmigo cuando nos fuimos a Costa Rica, como lo hicieron los padres de mi abuelo cuando lo sacaron de Europa en la segunda guerra mundial. Así es que en el momento en que mi exesposa me dijo “me quiero ir a estudiar un MBA a Malta”, inmediatamente me dije que yo la acompañaría, que mi propósito estaba en fundar una familia y que era exactamente esa la señal que estaba esperando.

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El propósito se construye

Otro fallo, pues. Me divorcié. Me ha costado mucho reponerme de esto, porque durante un tiempo estuve errando sin real propósito, sin reflexionar realmente, sin darme el espacio ni las condiciones para construirlo, sin siquiera pensar que era necesario.

En Malta me volví empresario, algo que claramente tengo en mi sangre, ya que mis padres y mi abuelo fueron empresarios, pero que en mis tres décadas y pico de vida no había considerado seriamente, a pesar de haber llegado a la isla con dos empresas encima vivitas y coleando. Pero no fue hasta fundar mi tercera empresa que las cavilaciones empezaron a asentarse y a cobrar sentido.

En febrero del 2020, me visitó un amigo, que había sido el gerente general de la empresa para la cual yo trabajaba, y que posteriormente decidió invertir en el emprendimiento que estábamos sacando adelante en Malta e incluso hasta involucrarse directamente. Estaba yo conduciendo, de camino al ferry a Gozo, cuando me preguntó: “Bueno Joaquín, y ¿qué viene luego?”. La pregunta me dejó atónito. Estaba iniciando un tercer emprendimiento y ¡¿me están preguntando qué hay más allá?! Calma, muchacho, calma. Pero se complementó con el cuestionamiento-sentencia “¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu propósito?”.

Construyendo propósito desde el emprendedurismo

Las palabras fluyeron mágicamente por mi espíritu. Parecía que se habían estado cuajando durante todo este tiempo. Me quedé pensando en eso durante las noches siguientes.

Mientras intentaba encontrar algo rimbombante, que resonara con lo que los tiempos exigen, ya que veo que las tendencias inspiran a muchos a encontrar propósitos, me di cuenta de que finalmente tenía que ver lo real, por más pequeño e individual que eso fuese. Finalmente, por algo soy liberal ¿no?

Me puse a pensar en qué es lo que me hacía feliz, que podía aportar valor a la sociedad, al menos a quienes me rodean, y lo descubrí de manera muy evidente. A mí me encanta conectar gente. Me fascina conocer nuevas personas, interesarme en ellas, mantener el contacto y, luego, cuando hay oportunidades de intercambio que generen valor, atar cabos. Si pudiese vivir de eso, me dije, estaría alineando mi pasión, con mi contribución… con mi… ¿propósito? Algunas respuestas existenciales empezaban a surgir.

¿Qué puedo aportar que sea real, que se pueda sentir? Me preguntaba. Hasta que llegué a uno de los episodios más increíbles que he tenido en mi vida: sentirme verdaderamente agradecido por lo que el universo me ha dado. Este sentimiento está ejemplificado en un momento muy particular de mi juventud, cuando tenía 18 años: en una de mis primeras noches en Poitiers, después de haber ingresado a Sciences-Po, me puse a mirar el techo de mi habitación, preguntándome qué había tenido que pasar de maravilloso para que yo pueda encontrarme en esa situación. De pronto, se me vinieron encima todos los esfuerzos, los cruces del destino, los mentores y las estrellas que tuve en mi trayectoria y me puse a temblar, con un escalofrío que recorría cada centímetro de mi cuerpo. Solo atiné a decirle gracias al universo y así pasaron varios minutos hasta que me recompuse. Es quizás el sentimiento más profundo y maravilloso que he experimentado jamás.

Al recordar este episodio, me dije con claridad: quiero que todas las personas puedan sentirse así. Por más que yo me haya esforzado y crea en la meritocracia, soy muy consciente que tuve muchísimos apoyos y guías externos. Mis padres, para empezar, siempre me dieron todas las herramientas empezando por las miles de horas extra curriculares que en algún momento me parecieron excesivas, pero sobre todo, el amor y la seguridad necesarias para desenvolverme en un ambiente de paz. También me otorgaron una real confianza para que tome mis propias decisiones y me equivoque en todo lo que tenía que equivocarme. Mi abuelo, que influyó en mi admiración por Francia y me transmitió su sabiduría con amor y paciencia. Mis maestros y mis mentores que siempre creyeron en mí y me ayudaron a encontrar los caminos adecuados y me dieron la orientación necesaria para entender la envergadura de las oportunidades que se abrían a mí.

Así es que esa es la contribución que puedo ofrecer a la sociedad, que sé que me llenará plenamente, así como tendrá, lo espero sinceramente, ciertos impactos importantes en la vida de los demás.

Este es un propósito que no está relacionado con un país, ni siquiera con un lugar, es algo que puedo realizar donde quiera que esté. A estas alturas no tengo una identidad-nacionalista, más allá de algunas preferencias primitivas como el apoyo a ciertas selecciones nacionales de deportes, a los productos que he tenido la costumbre de consumir, o los acentos que naturalmente adopto en función de mi audiencia.

Ahora me queda claro que para poder llegar a entender este propósito y vivirlo plenamente, tenía que superar ciertas etapas, como reconciliarme con mis traumas de infancia, entender dónde no me siento bien y por qué, y darme el espacio para reflexionar seriamente sobre la vida.

Estoy en esa senda exploratoria, pronto me iré a un breve retiro espiritual para ver si ese es el camino que me permitirá seguir fortaleciendo mi propósito y entender qué otros aspectos personales debo seguir trabajando.

¿Hubiese podido lograr llegar a este propósito siendo diplomático y escritor? No tengo ni la menor idea. Pero me encanta ser empresario. Me siento absolutamente satisfecho pudiendo crear empleo y aportando valor para la sociedad. Creo entender que desde esta posición tengo mucho más rango de acción para lograr impactos más amplios y profundos ya que, para empezar, Boom, la nueva empresa que fundé con mi gran amigo Juan, se dedica exactamente a eso, a contribuir con el crecimiento personal y profesional de las personas.

Vivir con un propósito real, no impuesto por las condiciones ni las circunstancias, es una luz en un mundo lleno de tinieblas, de sinsabores y de tropiezos. Es una fuente constante de energía a la que uno siempre puede volver, en soledad, para repotenciarse y encontrar cordura y paz interior.

Llegar a la mitad de mi vida, ese hito de la cuarta década, con un propósito bastante orientado, al que le falta ser pulido y engalanado, es quizás mucho más de lo que jamás hubiese soñado tener a esta edad, simplemente porque no conocía el secreto de tener este poder.

Quiero estar en paz conmigo mismo y sé que todo lo demás que tenga que suceder, sucederá, tranquila y ampliamente.

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Cierre

Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022

Durante toda la semana y hasta la noche de ayer, la previsión meteorológica para el día de hoy, indicaba “chubascos con tormentas eléctricas”. Sin embargo, al abrir los ojos y ver nada más que un glorioso y perfecto día soleado, decidí tomar el barco y venir a Nesso. Ahora estoy en las escalinatas del lago, mirando el puente, escribiendo estas líneas mientras veo a los chiquillos de 15 años lanzarse a las aguas sin mayor preocupación que vivir plenamente su verano. Les espera un fabuloso trecho por delante.

Aquí estoy, contemplando el magnífico horizonte, lleno de verde, de pájaros revoloteando y cantando, observando las embarcaciones de todo tamaño que van y vienen, deslizándose elegantes y despreocupadas por las tranquilas y maravillosas aguas del lago, con el propósito de permitir que todos sus pasajeros lleguen bien a su destino.

Me doy cuenta, así, que yo también aspiro a ser una embarcación de esas en el lago de la vida.

El místico dedo cortado

Cada vez que me va a pasar algo muy bueno en un viaje, me corto – levemente – algún dedo. No recuerdo cuándo fue la primera vez que me corté, pero sí recuerdo la primera vez que me dije: “ya van varias veces que me corto un dedo antes de un viaje”.

Desde esa vez empecé a tener consciencia del temita del dedo. Como no siempre ocurría, me tomó un tiempo pensar que realmente habría algo detrás. Envuelto en mi materialismo aterrizado y liberal, me decía “bah, ¡coincidencias!”. Sí, eso mismo me decía, porque yo hablo así, como en cómics de varias décadas atrás; y, seguía adelante con mis trascendentales quehaceres.

Los albores del tajo

En algún momento le agarré un miedo tremendo a viajar en avión. Seguramente porque, habiendo viajado tanto, tenía más chances de pasarla mal alguna vez y, claro, fueron unas cuantas veces en realidad. Por ejemplo, recuerdo cuando el ala de mi avión se prendió fuego despegando de Ámsterdam, volando hacia Houston. Viajaba solo y tenía 16 años. En esas épocas, los asientos tenían un teléfono que se podía utilizar pasando una tarjeta de crédito. Yo, evidentemente, llamé a mi mamá a decirle “mamá, ¡se quema el avión!” y, claro, ante esa súper jugada bien atinada de mi parte, por el otro lado solo me llegaba una respuesta aún más surrealista y tanto más atinada: “¡Salta, salta!”. Todo esto es verídico, queridos lectores, y claramente, ese tipo de episodios marcan. Si a eso le sumamos aviones a los que no les bajaba el tren de aterrizaje o aparatos que no pueden levantar vuelo una vez despegan y unas cuantas tormentas apocalípticas, condimentadas con vuelos en avioneta a las improvisadas pistas de aterrizaje de los Andes peruanos sobre los 4,000 msnm, pues tenemos de qué constituir el expediente.

Avioneta para subir a los Andes

Fue en esas épocas en las que soportaba con gran estremecimiento una turbulencia mediana y en las que viajaba al menos un par de veces al mes en avión, cuando no unas cuantas más, que me percaté de un dedo cortado adicional un par de días antes de un viaje. ¡No puede ser! – dije con decaimiento – ¡soy una torpeza andante!, – qué personaje… –. Pero, claramente, la cosa no iba a parar allí. Como normalmente tengo tan poco que hacer, decidí sentarme un momento a reflexionar (claro, el blog se llama “viajes y reflexiones”, entonces no puedo escribir una entrada sin ambos ingredientes).  

Estaba reflexionando sobre el elemento disruptor del dedo cortado y mi imaginación solo llegaba a la epidermis. ¡Qué joda tener que cargar maletas con un dedo cortado! Definitivamente en los viajes se usan más los dedos que en la vida sedentaria y de reuniones que llevo hace años. Ya iba a terminar una sentada más pose “Rodin”, que ni siquiera llegaría a poblar la parte “anécdotas intrascendentes archivo comprimido VF.5.3” que se reproduce – junto con varios otros archivos un pelín más definitorios – en el momento en que nos ponemos a ver la vida desfilando por delante -, cuando lo entendí.

Recordé que la última vez que me había cortado el dedo, mi viaje había sido particularmente exitoso y positivo, en varios frentes, pero principalmente en el aspecto personal. No estaba seguro de si, visto hacia atrás, constituía un patrón, pero me propuse verlo hacia adelante. Esta vez viajaba con el dedo cortado y tendría que analizar, a mi retorno, qué tanto impacto positivo tendría el viaje en mí.

«Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado»

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, me dijo una vez un espíritu, una estrella que tengo, hace unos cuantos años. Por mi madre, que así ha sido.

Empecé a considerar lo del dedo como un pago por adelantado. Algo simbólico, claro, porque finalmente no es nada serio, pero sí está la herida estratégicamente ubicada para que te acuerdes de ella cada vez que tecleas en una compu, cargas una pieza de equipaje, y haces tantas otras cosas cotidianas de un viaje, que claramente es una penitencia recurrente.

De ese viaje sí tengo memoria, fue una vez que logré escapar de una huelga de mineros ilegales en Apurímac. Los mineros protestaban contra las normas pro-formalización que, una vez más, y una vez más en vano, pretendía implementar algún gobierno de turno. Claro, para que esa sea una buena historia, es necesario anotar que justamente yo trabajaba por esas épocas en una gran empresa minera. La situación sucede cuando ya estaba de regreso al Cusco para tomar un vuelo a Lima que me llevaría a unos cuantos días de descanso bien merecidos. La camioneta llegó hasta un par de kilómetros antes del puente Sahuinto, que cruza el río Pachachaca, pase obligatorio hacia la ciudad de Abancay, donde pernoctaríamos.

Las quebradas apruimeñas. Buen terreno para una estrategia de guerra

El plan era llegar a Abancay antes que cierren los accesos. ¡Buen plan!, ¿no? Pues… cuando llegamos al punto antes descrito, los mineros se habían colocado con hondas y piedras en las laderas de los cerros y por la carretera venía marchando, en dirección nuestra, un par de cohortes de policías antimotines. Estos son los típicos enfrentamientos en Perú entre la policía y grupos (mal) armados, que no es extraño que terminen con algunos fallecidos, en ambos bandos. Sabíamos que la situación era particularmente peligrosa y la decisión que tomamos fue cruzar el puente antes que llegue la policía y que inicie el enfrentamiento. La apuesta era que los mineros no nos ataquen, puesto que ellos dominaban las laderas, y en cualquier momento hubiesen podido lanzar piedras si sentían que los movimientos de quienes estábamos atrapados en la zona de batalla hubiesen jugado en contra de sus posibilidades de mantener la posición. Sinceramente, viendo el escenario, la decisión dependía de que a alguien no se le escapase un hondazo de puro estresado, pero en ese momento mi estrella me dijo “anda”.

Fueron dos de los kilómetros mas extenuantes que he hecho en mi vida. A paso rápido, en altura, con equipaje y con dos toneladas de angustia, veíamos cómo la policía se acercaba cada vez más rápidamente al puente y cómo las laderas se iban poblando de gente en posición de ataque, con hondas y piedras en las manos. En un momento se me cayó el maletín y pensé en dejarlo, pero el conductor, – que venía con nosotros abandonando la camioneta en plena carretera, como hicieron prácticamente todas las personas que se encontraban en nuestra situación, y que no eran pocas –, me dijo “yo se lo llevo, ingeniero”. No había tiempo para decirle que yo no era ingeniero, por cuarta vez. Más bien hasta el día de hoy me pregunto si le agradecí lo suficiente por su apoyo en ese momento tan crítico, pues recuperar el maletín no era lo más importante, sino más bien, el impulso que me dio para seguir adelante fue certero.

Pasamos. Al poco tiempo inició el enfrentamiento. Logramos abordar un colectivo que nos llevó hacia Abancay. El enfrentamiento dejó 15 policías gravemente heridos.

Nos registramos en el Hotel de Turistas, que a los pocos minutos se llenó, y nos propusimos quedarnos allí por tiempo indefinido, pues no sabíamos en qué momento levantarían las protestas.

La entrada a Abancay

Recuerdo que al llegar al hotel, mi dedo estaba sangrando nuevamente. Me había vuelto a abrir la herida, seguramente con el roce del equipaje, y sentía los latidos de mi corazón a través del corte. ¡Es la estrellita de Mario!, recuerdo haber pensado. Puse “Safe and Sound” de Capital Cities, me tomé una ducha y me sentí vivo como cuando tenía 18 años y le agradecía al universo haberme llevado a instalarme en un pueblito del centro-oeste de Francia.

Por la noche nos enteramos que se había negociado un pase entre los mineros y la policía para que la gente pudiese salir hacia el Cusco, ya que la ciudad de Abancay estaba totalmente incomunicada por los piquetes, y muy temprano al alba nos pusimos en ruta, sin más contratiempos.

El corte de la existencia

En ese momento lo empecé a entender todo: el corte en el dedo es el elemento que me lleva a elevarme y observar mi existencia desde otro plano. Eso te permite relativizar muchísimas cosas. Particularmente, te permite entender lo positivo que tiene la vida, dentro de todo lo negativo que uno a veces cree que es simplemente abrumador.

Los cortes en el dedo han seguido allí, a la orden del día: como cuando me mudé con mi familia a vivir a Malta, uno de los pasos más importantes de mi vida, o como cuando fui a San Francisco a una de las reuniones emblemáticas de mi recorrido profesional. Siempre con el dedo cortado un par de días antes de viajar.

Últimamente vengo luchando contra uno de mis demonios internos más poderosos y, en esas andaba, cuando la otra noche desperté con tres cortes profundos en el dedo medio de la mano derecha. Ese mismo corte que se ha hecho sentir en varias de las letras tecleadas durante esta redacción.

La misión

La misión: ¡Allá voy!

Me desperté como a las cuatro de la mañana y sentí una molestia en el dedo. Me fijé y tenía sangre. También había manchado ligeramente las sábanas con un rojo oscuro ya bien impregnado en el tejido. Fui a lavarme las manos y a ponerme agua oxigenada. Vi los tres cortes.

Como este importante viaje laboral a Canadá se enmarca en la aún más importante misión de vencer a este demonio, inmediatamente me quedó claro que se vienen grandes cosas. Estoy feliz, porque, como siempre, no estoy solo. Estoy rodeado de las energías que necesito. Siempre retomando la dosis de misticismo que me reclama mi tío Carlos, a quien con mucha alegría voy a ir a visitar a Montreal dentro de pocos días.

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, y aquí estoy, listo para recibir lo que venga, viendo cómo poco a poco mi dedo cicatriza, pero aún incomoda. Como debe ser.

Soledad: la bestia negra del Gran Viaje

Vivo hechizado por un trágico sortilegio que me lanzó alguien muy querido en un triste episodio de nuestras vidas. Aquella vez, un desencuentro de profundas raíces, pero de superficie efímera, terminó con un escupitajo de fuego: “morirás solo”, sentenció.

Desde entonces, la reflexión ha sido profunda.

Veo a mi alrededor y no puedo sino encontrar motivos para ser feliz: unos padres fantásticos, que siempre me apoyaron, me dieron libertad y sembraron en mí la semilla de la curiosidad, la virtud que más aprecio en la humanidad… padres que aún siguen juntos, son productivos y están en buen estado de salud; una familia maravillosa, creativa, exitosa, internacional, que pese a las distancias, se reencuentra y se reinventa en varias latitudes; amigos en cada puerto – y de los buenos –, que me han dado tanto y con quienes no dejo de aprender; empresas efervescentes que crecen pese a la adversidad y se consolidan gracias al trabajo arduo y a la contribución permanente de seres humanos increíbles que me asombran cada día por su compromiso y voluntad.

Veo adentro mío y encuentro un sinnúmero de razones para tenerle un amplio agradecimiento al universo: he vivido una vida donde los viajes, uno de los aspectos que más disfruto de la existencia, han sido – y son – una constante; he podido seguir una vía académica y profesional plena, en la cual me sigo reinventando, siempre estudiando y aprendiendo de quienes, junto a mí, trabajan sin descanso para sacar adelante los diversos proyectos que vamos construyendo; he tenido una relativa buena salud todo este tiempo; me doy los lujos que quiero.

Jeunesse

¿El amor? No es que esté en el mejor momento de mi vida, pero disfruto de mi soltería para concentrarme en mis proyectos y tengo grandes recuerdos de mi vida amorosa. Quizás el hecho de haberme casado y divorciado al poco tiempo ha sido una experiencia bastante difícil de sobrellevar, pero creo que el tiempo ya hizo de las suyas. Si bien hoy no tengo una pareja, esto probablemente se deba a una mezcla de mala suerte, poco tiempo disponible y un alto nivel de exigencia, lo cual es más bien algo que agradezco.

Sin embargo, muy a menudo me encuentro frente a un vacío muy grande, un revoltijo de emociones inexplicable, que me recuerda el hechizo que cayó sobre mí: estoy solo. Nací solo. Moriré solo. Quizás sea el precio a pagar por mi liberalismo individualista, el cual creo firmemente que es el mejor vehículo para la prosperidad de la humanidad.

La soledad es muy fácil de ejemplificar: es el recuerdo de una calle mollebambina a las 10 de la mañana.

Cuando todos se han ido al campo y estoy solo en la oficina, de pronto, por la puerta entreabierta que da hacia la calle de la posta médica, entran unos rayos de sol que calientan tímidamente el gélido espacio. Son las 10 de la mañana. Me levanto y salgo despacio a contemplar las sombras de las construcciones de adobe y cal de uno y dos pisos que se erigen a lo largo de los doscientos metros de la calle. No hay nadie. No hay un solo ruido. Los rayos de sol se extinguen de repente. Una nube con carácter prominente atraviesa los cielos andinos de un azul penetrante.

Calle Mollebambina

¿Qué hago aquí? – Me pregunto con cierta gravedad –. Mi novia, mis padres, mis amigos, todos están lejos. Aquí solo hay un frío de mierda y un silencio tenebroso. De pronto me pongo a llorar, con unas lágrimas que salían de mis vísceras, no entendía entonces por qué… por qué tanto… pero hoy lo entiendo todo. Estaba llorando toda la soledad que tenía por delante…

Termino de llorar. Me recompongo. Pasa una señora con la piel tan arrugada que podría haber sido la mujer más longeva del mundo, pero es el sol andino el que le suma 30 años epidérmicos. Eso sí, pasa lento, lento… lento. Claro, no tiene ningún sentido tener alguna prisa. No me mira, aunque sabe perfectamente que estoy allí. Soy un extranjero en su pueblo de toda la vida. Soy un extranjero como siempre lo he sido.

Me recompongo por segunda vez, esta vez con la esperanza puesta en los tímidos rayos de sol que vuelven a aparecer por los flancos de la intrépida nube estoica que surca los cielos apurimeños. Miro mi reloj: son las 10 de la mañana.

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La soledad es la que me acompaña en este cuarto de hotel panameño, con vista al Océano Pacífico.
La soledad es la que reserva junto conmigo esas interminables mesas de uno, en cada nueva latitud que la vida me da la gracia de descubrir.
La soledad es la que me permite trabajar largas jornadas cada día, sin importar dónde o con quiénes me encuentre.
La soledad es la que nubla mi futuro, perturba la siguiente esquina, me aleja de quien alguna vez fui.
La soledad es la que recubre mi nuevo manto protector.

Hacia allá voy, hechizo inquebrantable.

Hechizo que cayó sobre mí alguna vez a las 10 de la mañana, nublando el cielo de julio, con un blanco algodón de infinita tristeza.

La soledad, en una calle de Montreal

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El tiempo pasa y no pasa. Se detiene y avanza. Qué importa. Da igual. Yo, que quería descubrir contigo, oh alma gemela, cada paso. Yo, que me asombraba de verte asombrada, que me entregué a tal punto de ya no reconocer mi propio camino.

Al menos eso me has traído. La clave del futuro. La certeza del camino. La tranquilidad del sino.

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¿Por qué te mudaste de París a Mollebamba? Me preguntaron una vez en la cocina de don Nico. Sonaba un huayno. La respuesta estaba servida.

París es mi Norte desde niño. Hoy, Mollebamba, y tantos otros lugares entrañables del Ande peruano, son parte de mi sistema circulatorio.

Tenía que reencontrarme con mis terrores más profundos. Allí donde nacieron. Solo. Esa soledad venía cargada de un significado tan trascendente que hoy se convierte en una evidencia elemental, cuando en su momento era una interrogante tan pesada como el acertijo de la Esfinge.

El paréntesis de la vida que hace poco cerré, me ha hecho reencontrarme con una metamorfosis de aquella soledad, hoy recubierta por la irrefutable seriedad del paso de los años, la cual encaro de forma más madura y sabia. A fin de cuentas, de eso se trata ¿no?

La soledad en un amanecer montevideano

Los escalofríos recorren mi piel y me llevan a mi callejón mollebambino. Son las 11 de la mañana. ¡Por fin! Había entonces esperanza en aquél resplandor solar dibujado en los contornos del arrogante nubarrón. Aseguro que hasta hoy, antes de esta catarsis, el reloj nunca avanzó.

Son las 11 de la mañana y me cago de frío. El día es largo. Pronto volverán los demás del campo. Pronto las sombras se disiparán bajo el zenit. Pero algo debo aprender para que avancen esas manecillas del reloj, sino ¿para qué?


Sí, allí está mi hechizo: moriré solo. Gracias al cielo.

Reencuentros

París, 29 de agosto de 2021

 

Yo estaba de viaje. Y tú también estabas de viaje. Cada uno metido en su propia historia porque, finalmente, aquellos que guardan el espíritu del viento van recubiertos de su propia historia.

El tiempo del reencuentro es indiferente, porque finalmente lo que se reconecta es la esencia.

Let’s Go!

Hace algún tiempo pensaba que la esencia era atemporal, pero en realidad ahora entiendo que evoluciona. Tantos reencuentros la envuelven y la revuelcan. Claro, se saborea el revolcón.

Yo estaba de viaje, solo. No sé cuánto tiempo durará esta soledad, pero la mezcla de nostalgia con libertad tiene un efecto poderoso. Viajar solo es también redescubrirse y tomar decisiones constitutivas.

Hoy cumplo treinta y siete años y sigo viajando solo. Para este viaje, la cúspide de mi universo es el París del Pont Neuf y de l’Ile de la Cité. Es un universo que me cuesta dejar, que no quiero que le pertenezca a un viaje.

Hoy llego a este viaje transformado, pero qué importa, porque tú recién me redescubriste así. Es quien soy ahora. Y, la verdad, es que no tengo la menor idea de cómo llegas tú al tuyo. No importa. Pues ya son bastantes variables las que nos llevaron a reencontrarnos. No hay más preguntas que sean necesarias.

También entiendo que finalmente somos las decisiones que tomamos y que a estas alturas de la vida ya sabemos perfectamente lo que ganamos y lo que perdemos, al menos con las decisiones más importantes.

Así es que las energías que recubren el azar, que se apoderan de las circunstancias, son finalmente las que quedarán grabadas en una imagen, en una canción, en una palabra…

Allí estamos. Listos para lanzarnos, porque la vida es así, al menos así lo es en este viaje. Un viaje a través de la vida misma.

Mi alma solitaria entra mañana en otro túnel desconocido, que es el reencuentro con mi casa. Vuelvo completamente transformado, por tantos reencuentros, por tantas energías, por tantos revolcones del alma..

Sé que mañana seré alguien más y allí empieza otro viaje y tantos otros reencuentros más.

France été 2021 : Voyage intemporel

París, 22 de agosto de 2021

Recobrando mi profundo sentido de la identidad, entré en una dimensión paralela cuya existencia me hacía falta recuperar.

Hoy me encuentro en medio del camino, que he decidido alargar porque así es la vida, generosa cuando necesita serlo, y uno siempre debe saber escucharla, ya que en este preciso momento yo debería estar ya de vuelta en Malta, en mi casa con mis gatas, habiendo cerrado el capítulo. Sin embargo, me encuentro en París, desde donde escribo estas líneas, con el espíritu cada vez más restablecido.

En París

Para un viajero errante como yo, es importante poder identificar puntos de anclaje a partir de los cuales te puedes encontrar a ti mismo. Desde el punto de vista de la identidad, es innegable que la mía está intrínsecamente ligada a este país, no solo por mi abuelo, sino por mi educación, por el tiempo que he vivido aquí y, sobre todo, por mis amigos, que no son pocos.

Además hay momentos en la vida en los que uno realmente necesita reconfortarse y reconstruirse. Este es uno de ellos para mí.

Si bien es cierto que ya ha pasado un tiempo desde mi divorcio, este viaje me ha permitido reafirmarme en una etapa mucho más madura del proceso y me permite mirar hacia adelante con más certezas.

Por otro lado, entro a este viaje en medio de un torbellino emocional que me ha removido las entrañas de manera bastante profunda. Me doy cuenta que me gusta entregarme plenamente a cualquier historia, dar todo de mí, y eso obviamente abre las probabilidades de una caída más dolorosa. Pero no importa, al final, ahí es donde le encuentro el mayor sentido a la vida.

Dada la naturaleza de este blog, no me detendré en contar anécdotas personales detalladamente, sino simplemente dejaré fotografías y grandes temas de reflexión que el viaje me está aportando. Dejo fluir entonces el aspecto existencial, más que el literario en esta ocasión.

 

DÉBUT: PARIS

 

Los primeros días de mi viaje iniciaron en París, ciudad que cada día encuentro en mejor estado: más limpia, más inclusiva, menos dada al automóvil y siempre auténticamente universal.

Paris 6ème arrondissement

En París siempre asoma una versión personal que me encanta. Uno de mis grandes aprendizajes es que el entorno sí influye en quienes somos y, en el caso de París, lo hace en mí de una manera bastante transformadora.

Esta vez decidí caminar París de manera intensa. Siempre es una buena idea caminar en esta ciudad, pero mi objetivo esta vez fue hacer absolutamente toda mi agenda a pie, sin tomar un solo transporte público, para lo cual el tiempo entre dos citas tenía que ser lo suficientemente espaciado para llegar a buena hora. El tiempo debe contarse, evidentemente, incluyendo algunas paradas obligatorias para las fotos de rigor, ya que mi pasión fotográfica cada día se fortalece más y esta ciudad es particularmente apetecible para practicarla con ganas.

Cedí también a los placeres gastronómicos locales, particularmente a las viennoiseries que son mi total perdición, pero bueno, vengo de varios meses de estricta rutina alimenticia y de ejercicios, así es que estos placeres terrenales fueron (y siguen siendo) premios de motivación. Claro, si sumamos los varios kilómetros de caminatas diarias, todo quedó compensado.

Local madness

Logré construir una agenda increíblemente balanceada, llena de encuentros personales, positivos e inesperados: cenas, tragos en terrazas, picnic frente al canal, juegos de mesa, caminatas, pubs, fiestas inesperadas, conversaciones profundas. Realmente fui feliz viendo a varios de mis amigos parisinos (los que estaban acá).

¡Qué importante es rememorar y celebrar, frente a frente, las amistades duraderas!

Este inicio de viaje me hizo recuperar la confianza en mí que necesitaba. Mucha gente te dice siempre cómo debes actuar, qué debes hacer frente a ciertas situaciones, qué debes evitar hacer, y lo hacen quizás porque se preocupan por ti, porque quieren lo mejor para ti, pero en el fondo, creo que lo más sano es siempre hacer lo que uno siente que debe hacer. Claro, la edad, y la experiencia te van dando algunas luces de cuál es el camino a seguir, pero en el fondo, cuando ya sabes por dónde ir y hay algo que se mueve allí dentro, ese es tu lugar.

 

CORRESPONDANCE NANTES

 

Nantes fue un punto de inflexión, aunque solamente se trató de una escala. Sin embargo ha sido el único momento del viaje en el que estuve completamente solo. Ni siquiera quise aventurarme a buscar alguna otra alma dispuesta en la ciudad, sino que quería vivir mi soledad a plenitud. Algo que aprendí hace ya muchos viajes (solitarios), es que uno debe saber poder estar bien consigo mismo.

Así es que desde que llegué inicié mi recorrido a pie por esta ciudad llena de vida, en un día soleado y con una perfecta temperatura de 20 grados. Centro histórico, castillo, parques, una verdadera delicia, al ritmo de un soundtrack especialmente concebido para la ocasión, que mezcla canciones que me invitan a la inmensa reflexión personal con algunas notas del futuro. De hecho acabo de cambiar mi ambiente musical de la sinfonía en C Mayor de Bizet, para retornar a esas vibraciones.

Château des Ducs de Bretagne – Nantes

Comparto:

Monster – Jaime

“When I lose my sense of motion
An ocean there in front of me
And I question my beliefs
Well I make a list of everything I know
And see I’ve hardly even started down the road
And you’ll find me, yeah you’ll find me

Singin’ all I gotta do is write a monster
Suddenly a flash of inspiration
And I feel like I’m a saviour
And it feels, and it feels
Like the world is with me
All the chips are falling where they ought to be
And it feels so sweet, so sweet
So sweet, so sweet
So sweet, so sweet, so sweet
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
Sing it back to me

When I’m digging in the dirt
For what it’s worth, for what it’s worth
And I just can’t find the treasure
Well I always thought there would be something more
Then it takes me back to where I was before
And you’ll find me, yeah you’ll find me

Singin’ all I gotta do is write a monster
Suddenly a flash of inspiration
And I feel like I’m a saviour
And it feels, and it feels
Like the world is with me
All the chips are falling where they ought to be
And it feels so sweet, so sweet, so sweet
And it feels so sweet, so sweet, so sweet
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
Sing it back to me

Make a lot of noise, sing a lot of words
Tell myself that I’ll amount to nothing then it works
And you’re still you and I’m still me

So I just wrote a monster
Suddenly a flash of inspiration
That it really doesn’t matter
‘Cuz I know, ‘cuz I know
I got you with me
All the chips have fallen where they ought to be
And it feels so sweet, so sweet
And it feels so sweet, so sweet, so sweet
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
I just wanna hear, I just wanna hear you sing it back to me
Sing it back to me
Baby come on one more time, yeah”

Por la noche fui a cenar como Dios manda, terminando por un cognac aux amandes, y luego a recorrer un poco más la ciudad en modo nocturno, muy animada como corresponde a una buena ciudad francesa en el verano.

Mi hotel quedaba en una parte muy céntrica de la ciudad y no me alejé demasiado, sin embargo sí pude apreciar una gran efervescencia que me invita a volver pronto.

Por la noche intenté dormir, pero a las 3 de la mañana me levanté con un sensación innegable de sacarme de encima aquellas reflexiones del corazón que me perturbaban y escribí una carta, como no lo hacía en mucho tiempo.

Recordé que yo era alguien de escribir cartas. Que en el pasado se las escribí siempre a las chicas de mi vida, tanto cartas alegres como tristes, y que la parte terapéutica de la escritura es trascendental en mi vida.

Así es que para las cinco y pico de la mañana ya tenía la carta lista para ser enviada. Siempre son decisiones importantes ya que al escribirla uno cumple con su parte terapéutica. Al menos, la parte del orden de las ideas. Luego, si uno la envía, ya compromete a la otra persona… al menos a leerla. Puede que no cause ningún efecto, como puede que cause uno totalmente contrario al que uno espera (o desea). Pero eso nadie puede saberlo.

Evidentemente la envié.

Estaba en Nantes. Solo. Era la conexión que necesitaba.

 

ETAPE DÉCISIVE: BRETAGNE

 

La razón principal de este viaje fue el de asistir a la boda de una gran amiga que conozco desde que tengo 8 años. Hicimos toda la educación primaria y secundaria juntos en Costa Rica y luego la misma carrera en Francia, por lo que la verdad es que no quería perderme esta ocasión para nada.

También era un espacio para volver a ver a personas muy importantes en mi vida y ver cómo el tiempo nos ha permitido evolucionar.

A vísperas de mis 37 años, me pregunto ciertas cosas. El divorcio evidentemente me afectó profundamente con respecto a mis planes de familia y eso no es un tema menor.

Lo primero que me permitió este viaje fue el de reanudar con personas muy importantes en mi vida que habían estado ausentes por largos períodos. Me encantó poder afrontar estos reencuentros con madurez y con nuevas energías. Me voy dando cuenta que ahora soy capaz de dominar ciertos estados de ánimo y eso solo lo trae la experiencia.

La verdad es que mi paso por Bretaña fue mágico. Visité pueblos maravillosos como Guérande, Pont-Aven y lugares naturales de una belleza impresionante.

Guérande

Fue un período también de exteriorizar muchas cosas y de reencontrarme conmigo mismo.

Quizás la parte que más me hizo reflexionar fue la de observar la vida de todos mis amigos, tanto de la etapa de Costa Rica, como de Sciences-Po (tanto en París como en Bretaña): prácticamente todos están casados, con hijos.

Pont-Aven

El primer abordaje de esta información me produjo un efecto bastante obvio: una suerte de reflexión sobre el fracaso de mi proyecto familiar y de reconstrucción necesaria del sentido de mi vida. Sin embargo esto es demasiado fácil, demasiado epidérmico. Mientras he ido procesando la información, y ha decantado de manera lenta pero firme en el torrente sanguíneo, comprendo que en realidad se trata de otros mensajes del universo.

Con la novia

Debo confesar que aún me siento algo perdido, esta reflexión está lejos de haber terminado, pero al menos ya no me recubre superficialmente, sino que siento que mi alma está dando una feroz batalla interna con mis pasiones y mi racionalidad. Por suerte la racionalidad en este caso está solamente al servicio de todo lo demás, que es lo verdaderamente importante, y por eso estoy bastante satisfecho, ya que he conseguido un nivel adicional de “experiencia” en el juego de la vida. Creo que puedo ganar en “hard mode”, como siempre quise. Sino, qué aburrido…

Aquí otra para el soundtrack del lector: Touch de Daft Punk

La boda fue una gran expresión de amor. Es inevitable que me afecte. Pero creo que salí bien librado de esta. Rodeado de amigos y buenas vibras, me divertí bastante. Tenía la sensación de estar en el fin del mundo. Y era exactamente eso lo que necesitaba.

El mensaje más claro del universo se dio la última noche. Con mi amiga de toda la vida con quien compartí el viaje, fuimos a un restaurante en un pueblo cercano: L’Aber Wrac’H, que más temprano nos había recomendado una prima de la novia, que es de la zona. Realmente es un pueblo de unas cuantas casas y poco más. Hubiese podido ser en cualquier otro lugar, a cualquier otra hora. Sin embargo allí nos envió el universo.

Estacionamos el auto y caminamos hacia el restaurante. En los pocos metros que teníamos que avanzar, de repente, de la nada, aparece un gran amigo y antiguo compañero de piso mío en Perú. Salía de un bar con una cerveza en la mano y con él estaba su mujer y su hijo, a quienes no conocía. Hacía unos años ya que no lo veía y le había perdido el rastro. Fue realmente increíble porque nos encontramos frente a frente en una sincronización cósmica absolutamente perfecta, sin que nada pudiese atentar contra eso.

Reencuentro por las fuerzas del universo

Evidentemente mi amiga y yo nos fuimos a cenar como teníamos planeado, pero después de eso nos reunimos nuevamente con mi ex compañero de piso y fuimos al único bar del pueblo a tomar algo y a regocijarnos de cómo el destino hace de las suyas. Ya que nos quedamos con las ganas, ayer en París lo llamé para salir a tomar algo y terminamos de conversar sobre muchas cosas que empezamos a explorar en l’Aber Wrac’H.

L’Aber Wrac’H

La vida me dio otro mensaje claro: que tengo (muy) buenos amigos hasta en el fin del mundo…. Y eso no es algo menor…. De hecho, esa verdad es trascendental y me define como persona. Yo soy también ellos y me he construido también gracias a ellos. Y allí están. En donde no se puede creer. Hay algo más, no tengo duda de ello.

TRANSICIÓN: SAINT-GILLES-CROIX-DE-VIE (VENDÉE)

 

Después de esta importante etapa de reflexión y de reestructuración interna, inició otro momento sustancial en mi etapa francesa “verano 2021”: el reencuentro con un amigo de muchos años. Antiguo compañero de piso en París, músico de profesión, que ha conocido varias etapas de mi vida y que es directo y de sabio consejo. Hemos compartido mucho a lo largo de los ya más de 15 años que nos conocemos, pero por la pandemia no nos habíamos podido ver desde el verano pasado.

Alquilamos un barco en Saint-Gilles-Croix-De-Vie, puerto desconocido de la Vendée (para mí), para tener una experiencia diferente y nos quedamos allí un par de días. Al final las condiciones no se dieron para ir a navegar, sin embargo estuvimos viviendo en el barco y visitando un poco la zona.

Barco en Saint-Gilles-Croix-De-Vie

Dos amigos suyos llegaron también a visitar y paseamos juntos.

Hicimos una visita sencilla, pero llena de conversaciones profundas. Además reafirmé (como siempre hago) una certeza que me encanta reafirmar: los panaderos de Francia hacen magia, no panadería.

Nuestro día de paseo turístico fue realmente espectacular por lo sencillo y lo cargado de significado: visita al museo de la sardina, compramos unos sandwichs y postres y nos fuimos a la playa a comer en el malecón, y después a tomar un café en el paseo marítimo. Por la tarde llegaron los amigos al barco y habían comprado unos quesos. Nosotros teníamos pan y vino y armamos un apéro de lo más divertido en nuestra “terraza” marítima.

El barco

También en medio de este trance recibí una llamada en la que me cambiaron los planes para mi cumpleaños: iba a ir a Sicilia, pero finalmente no. Me sorprendió lo rápido que tomé las cosas en mano: en vez de complicarme, rápidamente cambié mi itinerario, llamé a todas las instancias y amigos a los que tenía que llamar y en un par de horas ya tenía un nuevo plan armado, súper inspirador y sumamente divertido.

Por eso hoy no estoy en Malta, sino en París, donde mi viaje continúa.

St-Gilles-Croix-De-Vie me costó mi Ipad ya que se me cayó en el puerto y se rompió la parte de abajo. Ahora tengo que vivir con eso hasta que me compre uno nuevo. Hace mucho que tengo la convicción que yo pago por adelantado las cosas buenas que pasan, así es que cada “desgracia” la veo más bien como una gran oportunidad que se viene a la vuelta de la esquina.  

También me permitió darme cuenta de las muchísimas oportunidades que tengo frente a mí. Que yo soy totalmente capaz de sacarles provecho y que los problemas de la vida hay que resolverlos con acciones.

Saint-Gilles-Croix-De-Vie

En realidad me di cuenta que estaba experimentando lo que ya había hablado con mis padres alguna vez en Malta: mi filosofía de vida es la Libertad. Es así. Soy Libre.

 

ETAPA DE RECONSTRUCCIÓN: PAYS-DE-LA-LOIRE

 

Pasados los días en el barco, con mi gran amigo continuamos el viaje con el que había estado soñando por tanto tiempo: Loire. Castillos, gastronomía y vino. Eso era lo que quería. Pero en realidad obtuve muchísimo más.

Saumur

Alquilamos un AirBnb muy agradable en Saumur, pequeño pueblo del corazón del Loire, desde cuya ventana de la cocina se veía el río en todo su esplendor y el patio daba a la parte baja del Castillo de Saumur. Un verdadero deleite.

Amanecer desde la ventana de la cocina – Saumur

Son pueblos burgueses, que dejan entrever la gran riqueza y poder que tenía la nobleza francesa, particularmente en los siglos XVI, XVII y XVIII.

Château de Saumur

Desde Saumur visitamos otros dominios, como Chinon, por ejemplo, cuyo corazón medieval es realmente maravilloso.

Fueron días de buen vivir, comiendo de manera espectacular en los diferentes rincones que encontrábamos, tomando buenos vinos y empapándonos de cultura. Como debe ser.

Degustación de vinos en Chinon

Mi amigo está también en una etapa solitaria de su vida, en la que pudimos identificarnos y hacernos las mismas preguntas. Claro, quizás las respuestas son distintas para cada uno de nosotros. Pero qué importa. La vida es esta y en ese escenario estaba claro (clarísimo) que la estábamos (estamos) disfrutando.

En Chambord

También aprovechamos para visitar el castillo de Chambord, una de las expresiones más inequívocas del legado de la monarquía francesa y un espacio para entender más acerca de este país tan diverso y culturalmente inmenso. Algo que me motivó a elegir este castillo es que recuerdo a mi abuelo enseñándome estampillas ilustradas con el castillo de Chambord y contándome un poco acerca de la historia de los castillos del Loira. Sinceramente fue un día espectacular.

Jardines del Castillo de Chambord

El periplo del Loira terminó ayer en Blois, pequeña ciudad del centro-norte del Loire, con un importante acervo realista. Cargada de historia, es una delicia recorrerla y visitar sus parques y monumentos, muy bien mantenidos.

Lo mejor fue el apéro-classique en el parque. Una fórmula muy francesa del “buen vivir”: Parque con flores, castillo de fondo, música clásica y vino con quesos y charcutería, en un atardecer soleado de verano. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Solo un amigo músico que te vaya contando los pormenores de lo que estás escuchando.

Apéro Classique en Blois

Por la noche, aprovechamos la cena en un restaurante local con unos tragos en un bar de la plaza, donde la vida sigue, siempre sigue, así como la mía tiene que seguir.

Esta etapa de conversaciones y empatía fue sumamente importante para mí. Me reconforté en lo que estaba necesitando. Me di la dosis de Francia que pedía esta etapa de mi vida.

Al final, lo que había estado esperando por tanto tiempo se dio como tenía que darse. Con una calma que todo lo engloba.

Esta fue la etapa Carpe Diem, más epicureísta que hedonista, y creo que esa es la ventaja de la experiencia. Ya puedo enfrentar mejor el placer.

 

ESCALA: PARIS

Ahora me encuentro nuevamente en París. Mi viaje continuará pero yo no quiero adelantarme demasiado a lo que puede venir. Prefiero dejar un relato a medias, como la vida misma, porque por delante quedan demasiadas cosas por experimentar. Prefiero deleitarme con las sorpresas a anticipar los meandros. Solo sé que tengo algunos pasajes de tren comprados y el alma abierta.

Hoy, luna llena sobre el Sena en París

Nuevamente sé que me esperan muy buenas energías por delante y eso me da muchísimo gusto.

Espero poder ir definiendo el sentido de mi vida, pero lo que me doy cuenta es que no me urge. Mientras el proceso sea tranquilo, positivo y lleno de esperanza, el sentido me lo voy construyendo junto con las oportunidades.

Por ahora, lo que me queda muy claro es que mi ancla está aquí. En esta ciudad eterna, mágica, fantástica, que tanta gente detesta, lo que finalmente está bien, porque para qué estar entre quienes no quieren estar.

MERCI.

 

Amanecer en Manoel Island

Sin duda alguna, desde hace algún tiempo, las 05:30 de la mañana se ha convertido en mi momento preferido del día.

A esa hora enfundo mi sweater, camiseta térmica y zapatillas de exterior y salgo a caminar con una playlist sutilmente motivadora que me permite mantener un buen ritmo, sin impedirme reflexionar.

Cuando salgo aún es de noche, sin embargo, la silueta de las nubes ya se dibuja y, al fondo, se divisa un resplandor que me gustaría que no se venga tan apresurado.

Éste se ha vuelto en un momento que espero con ansias cada día, puesto que mis ideas están claras, desprovistas de pasión (o al menos la dosis es mucho más diluida) y mientras hago mi recorrido voy ordenando mi día en mi cabeza. Al retornar, tengo ya un panorama bastante nítido, lo cual me garantiza (o casi) cerrar el día sin ahogarme en la infinidad de tareas.

Desde hace dos días llegó a Malta una “ola de frío siberiana”. Claro, en un contexto Mediterráneo, eso significan unos 4 grados a las 05:30 am, lo cual no está mal para el invierno europeo, pero para esta isla es casi una falta de respeto.  

Esta ola vino acompañada de unos vientos intensos y de un mar agitado el cual pude notar con claridad en mi caminata de ayer.

Vivo a cuatro cuadras del mar, justamente donde un pequeño puente une a mi muy urbano distrito, Gzira, con la isla Manoel, un oasis de verdor que alberga un muelle de yates y un fuerte renacentista cuyas murallas exteriores están bastante bien conservadas.

Lo primero que hago al llegar a la isla es un ida y vuelta del muelle de yates, lo que me brinda una primera impresión de La Valeta, al frente, con su cúpula carmelita y su torre inglesa que dibujan la famosa silueta de la capital maltesa. Con las luces de madrugada es un gran espectáculo visual.

En la punta del muelle

En esta etapa aún es de noche, y por lo general mi mente está terminando de procesar la información del día anterior: aprender de los errores, buscar soluciones a los impases, alegrarme por los logros y replantearme los conflictos.

Luego, mientras va amaneciendo, me toca subir una ligera cuesta de unos trescientos metros para llegar a la caseta de seguridad que resguarda el acceso al fuerte y a la parte posterior de la isla. Normalmente la entrada está cerrada de noche y la tranquera se levanta con las primeras luces del día. Es a la antigua, no hay un horario como le gusta a los ingleses. Acá estamos en Malta pues. Slightly different.

Cuando llego aquí, inevitablemente recuerdo mis días en la mina, en los Andes peruanos a 4,000 metros sobre el nivel del mar. Principalmente los recuerdo ya que la caseta de seguridad es un container como el de los campamentos mineros. Todo lo demás es absolutamente diferente. Seguramente por eso también lo recuerdo.

Normalmente el guardián o la guardiana ni siquiera levantan la mirada al sentir que me aproximo. Intento saludarlos. No puedo. No hay contacto visual. Nunca he podido. Alguna vez levanté la mano sin mucho éxito, y me sentí un poco solitario y desubicado. Quizás debería gritar “Bongu” que es “buenos días” en maltés. Voy a hacerlo a ver qué pasa.

Esta es la recompensa que busco diariamente

A partir de aquí la mente pasa a otra revolución. Penetro en un camino rodeado de vegetación, en el cual aprovecho para quitarme la mascarilla. Es un tramo totalmente desierto. Siempre. La única excepción es la pareja que sale a pasear a sus dos perritos que vienen lunes, miércoles y viernes, bien enmascarados ellos, así que cuando los diviso me coloco la mascarilla nuevamente. Los saludo con la mirada y esbozo una sonrisa. Sé que ellos también me sonríen. Las mascarillas no pueden con nosotros.

Pasada la pareja, llego a una casa abandonada sobre la izquierda. Pienso en lo divertido de haber pasado alguna noche clandestina contando historias de terror con amigos en la adolescencia. Y luego sigo mi camino hasta divisar a lo lejos nuevamente el contorno de la Valeta, al frente de la bahía.

Aquí ya estoy en modo solución y planeamiento. También las ideas son nítidas y tienen sentido. Me reconforta este momento en el que ya está amaneciendo y la brisa vivificante viene cargada de chispas de vitamina D.

Llego al fuerte y normalmente bajo las escaleras que llevan al mar, para hacer una parte del camino en las rocas.

Aquí se puede elegir entre seguir el camino cerca a la muralla o bajar a las rocas

Este tramo es corto. Son algunos pocos minutos. Sin embargo, el paisaje es tan impresionante que las primeras veces sucumbía ante la tentación de simplemente quedarme exhorto viendo el horizonte, interrumpiendo mi ejercicio físico y mental. La belleza es necesaria, sobre todo en esta época de encierro y soledad.

La bahía se abre grande y las primeras embarcaciones empiezan a navegar: ferries, barcos mercantes ingresando al puerto, barcos pesqueros, veleros, embarcaciones de recreación. Todos tienen un motivo y una dirección. Este tránsito me ayuda con mis ideas.

Amanecer en la bahía

Pasadas las rocas, vuelvo a penetrar en un sendero de tierra que me lleva entre arbustos. Esta parte es mágica. Respiro la naturaleza y el olor a tierra y hay una pequeña curva en la que no se divisa nada más. A veces le pongo pausa a la música y escucho los pájaros, el mar, a lo lejos, y el sonido de las hojas con el viento. Aquí ya recargué mis baterías.

Caminos con vegetación y colores matutinos

Luego viene el retorno a casa: una cuesta aún rodeada de vegetación. De lunes a viernes me cruzo a una chica, debe tener veintitantos. Parece que trabaja en la isla. Viene todos los días muy abrigada a paso tranquilo. Me gusta cruzarme con ella. Siempre saluda.

Más adelante, al final de la cuesta, hay una curva que lleva nuevamente a la entrada y ya para entonces amaneció completamente. Hay movimiento. Llegan los autos de la gente que trabaja en el muelle. Aquí me cruzo a un señor que también camina, otro compañero madrugador.  

El trayecto final para salir de la isla y de retorno a Gzira me sirve para terminar de definir prioridades y pensar un poco en mis dos gatitas que sé que me esperan con ansias. Me lo hacen saber siempre que regreso.

Las cuatro cuadras que separan la isla de mi casa también tienen un propósito. A veces me detengo en mi bodega preferida, donde la familia que la maneja ya me conoce. Aprovecho para comprar frutas, algo para tomar, queso, lo que haga falta y hablar un poco con los dependientes. ¡Qué maquinas que son en Israel, cómo avanzan en la vacunación! ¡Acá son todos unos corruptos!, – claro, no le voy a decir que Malta es el país de la Unión Europea que más rápido ha avanzado en la vacunación, porque no le puedo quitar el privilegio de quejarse de sus políticos locales. Asiento. Le digo, “en mi país está peor. Mejor ni le cuento”. Me despido con un simple “ciao” ya que hace un tiempo, cuando me despedí con mi tradicional “I wish you a wonderful day”, la señora me dijo “Do you think it’s wonderful to sit here as a cashier 12 hours a day?”. En Europa son más directos, no hay nada que hacer.

 Luego regreso a casa, a la ducha y a empezar el día. Y a esperar con ansias mi próxima madrugada.

Hoy, sin embargo, pasó algo diferente.

Ayer noté que las aguas estaban muy agitadas. Pude percibir pequeñas olas en el muelle que está en una sección más bien ultra-protegida y me di cuenta que los patos marinos que aquí viven habían desaparecido. Apagué la música y escuché el silbido del viento siberiano agitando los mástiles. La verdad es que el soundtrack era el de una escena de caballeros mongoles atravesando la estepa.

Cuando llegué a las rocas me di cuenta que no podría hacer mi recorrido normal, ya que las olas estaban reventando con fuerza en la orilla. Normalmente no hay olas y se puede atravesar normal. Tuve que bordear este tramo, por arriba, cerca al fuerte, y luego volver a bajar para atravesar el último segmento de rocas, este sí, ineludible. Aquí me detuve a estudiar el comportamiento del mar, ya que tenía que pasar por una parte en la que no había cómo zafarse de las olas. Luego de unos minutos, lo logré. Pasé sin mojarme y con una gran inyección de adrenalina que me duró toda la mañana. Fantástico.

Hoy, cuando llegué al muelle ya no sentí el silbido del viento siberiano, sin embargo, sí pude observar con claridad que las aguas estaban aún más agitadas.

Al llegar al fuerte, esta vez ni siquiera bajé para analizar la parte de las rocas. Era evidente que el mar estaba aún más bravo que el día anterior. Así que crucé tranquilamente por arriba y nuevamente llegué al punto clave.

El camino por arriba, es más seguro y tranquilo

Hoy el panorama era un poco más complejo: las olas reventaban hasta el muro y se formaban tubos que nunca había visto en esta parte del mar maltés. Me dije que de ninguna manera daría media vuelta; tendría que pasar por esta parte con éxito, envalentonado por la adrenalina del día anterior.

Esto es un día normal, sin olas

Escudriñé el mar con atención, detenido en una zona “segura”, donde igual estaba la roca mojada por lo que alguna ola tendría que llegar hasta allí, eventualmente. Calculé la distancia: la parte más crítica la atravesaría en unos 30 segundos.

Me di cuenta que las olas venían en tandas de a dos, de a tres y de a cuatro. Luego venía una ola solitaria. Luego otra vez: dos, tres, cuatro. Me dije: “Bueno, ya lo tengo. Espero la tanda de cuatro y paso. A lo peor me mojará los pies la ola solitaria. Mis zapatillas son impermeables, no hay problema.”

Así que al pasar la cuarta ola empecé a avanzar hasta llegar al punto crítico. En ese momento vi que se venía la quinta ola. Mucho más grande que todas las demás, formando un tubo que no pertenece al Mediterráneo. Sabía que estaba perdido. Subí rápidamente hasta la parte más alta de la roca, sin embargo, la ola se me vino encima.

Quedé completamente empapado de las pantorrillas para abajo. Mis zapatillas completamente inundadas de fría agua invernal. Por suerte mantuve el equilibrio y no se le ocurrió al mar la bromita de venir con una sexta ola.

Salí hacia la zona de los arbustos, aceptando mi derrota, con bastante buen humor, aunque preocupado por no enfermarme. Desde ese punto hasta mi casa me vine con los pies en una sopa. Intenté sacarme las zapatillas para secarlas, pero las medias estaban totalmente empapadas y el frío no ayudaba mucho.

El mar, impredecible

Vaya que sí me traje una buena lección a casa esta mañana: la vida, por más que la planifiques, siempre tiene una quinta ola más grande que todas las demás, escondida donde no la puedes anticipar. Quedarse de pie mientras pasa, depende de una mezcla de suerte con buenas decisiones. Aprender de ella es, sin duda, lo más importante.

Mañana, si veo en el muelle que los vientos siguen silbando, llegaré al fuerte y daré media vuelta, no sin antes sonreírle al mar, agradeciendo haberme enseñado, “por las buenas”, en esta ocasión.

Cuando el tiempo se queda quieto

Una de las experiencias más enriquecedoras que he hecho en mi vida ha sido la de trabajar en los Andes peruanos. Tuve una primera incursión durante algunos meses en el 2006 y, luego, un tiempo después, me metí de lleno por algunos años. 

Esta etapa andina de mi vida me permitió conocer lugares del Perú que jamás hubiese conocido, por un lado, porque muchos de ellos se encuentran totalmente aislados y el acceso es complicadísimo y, por el otro, porque simplemente algunos de los pueblos andinos no aparecen en un mapa del Perú convencional. Para ubicarlos, debes mirar con atención en los mapas regionales y luego provinciales y de ahí caer en cuenta que existen espacios, culturas y personas en tu propio país de los cuales tienes un conocimiento abstracto, casi imperceptible.

Andenería inca de Caraybamba

Por suerte todo eso cambió para mí desde que tuve la oportunidad de viajar, conocer y convivir con mucha gente del Perú. Hoy llevo todo ese aprendizaje conmigo, a donde quiera que vaya, como parte de mi consciencia, lo que me permite plantear conceptualmente una idea distinta del Perú, por supuesto, así como de mi propia vida e identidad.

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Uno de los pueblos en los que viví por un año y medio fue Mollebamba, capital de Juan Espinoza Medrano, distrito perteneciente a la provincia de Antabamba, en Apurímac. Es el corazón del Perú. Esa experiencia quizás ha sido una de las que más me ha marcado en lo absoluto. Vivía en Mollebamba 20 días al mes y luego regresaba a Lima los otros 10 días restantes.

Plaza de Armas de Mollebamba

A mucha gente le molestaba lo largo del trayecto, aunque en realidad yo, en el fondo, lo disfrutaba. Tenía que tomar un vuelo de Lima a Cusco, que por lo general era el primero, alrededor de las 5am, por lo que debía salir de mi casa a las 02:30 am. El vuelo llegaba cerca a las 06:00 am a Cusco y allí me recogía una camioneta, con alguno de los conductores, expertos conocedores de las peligrosas y serpenteantes carreteras andinas. Se tomaban la seguridad muy en serio. Eran sin duda grandes personas y llegué a entablar una amistad con varios de ellos. Como se podrán imaginar, durante las varias horas de trayecto, siempre había tiempo para una excelente historia o dos.

Luego, alrededor de las 7 am partíamos rumbo a Abancay, donde hacíamos una parada para almorzar. La ruta tomaba de 4 a 5 horas, en función del tráfico, condiciones climáticas, entre otros aspectos. Tengo esta ruta grabada en la memoria, ya que la debo de haber hecho (y disfrutado) más de 50 veces.

Vista de la entrada a Abancay

Salíamos de Cusco e ingresábamos a Anta, luego a Limatambo, después empezábamos a bordear el río Apurímac, con unas vistas impresionantes sobre los rápidos. En algún punto aún serpenteante, llegábamos a Curahuasi, y más adelante pasábamos por Saywite que alberga la famosa piedra que lleva su nombre. Si no la conocen, se trata de una maqueta inca tallada en roca y que marca el inicio de la ruta hacia Choquequirao. La última parte de este segmento del trayecto consistía en abordar la zigzagueante y empinada subida que anuncia el ingreso hacia Abancay y su posterior bajada.

En Abancay hacíamos una parada para retomar fuerzas en el Hotel de Turistas, donde mi plato preferido era la sopa a la minuta. Los conductores preferían el caldo de gallina. En varias de mis misiones tuve que trabajar directamente en Abancay, por lo que me afincaba en el Hotel de Turistas durante varios días y así logré hacerme amigo de gran parte de su personal. Por ello esperaba siempre con ansias esa sopa a la minuta con huevo, como un gran premio por haber superado la primera parte del trayecto. Me la tomaba con gran satisfacción.

Al terminar el almuerzo retomábamos la ruta con dirección a Chalhuanca. Este segundo tramo era bastante menos sinuoso y el paisaje mucho más verde, discurriendo al lado del río Pachachaca, fuente de vida del estrecho valle.

Pasando Chalhuanca, en cuyos hospedajes también pasábamos la noche en caso que ya fuese tarde – debido a que estaba prohibido circular sin luz de día por los peligrosos caminos de los Andes -, está el pueblo de Caraybamba. Desde Abancay hasta este punto son un par de horas más, así que pueden calcular que aquí ya podíamos llevar unas 7 a 8 horas de ruta, incluyendo la parada del almuerzo.

En Caraybamba dejábamos el asfalto e ingresábamos al último tramo del camino para llegar a Mollebamba. Una fina trocha de tierra bordeaba acantilados y llegaba a abras cercanas a los 5,000 msnm. Cuando un vehículo venía en sentido contrario era realmente una proeza conseguir el pase sin que el corazón se detenga un poco observando los cientos de metros de caída que esperaban al que hiciera una mala maniobra. Respiraba tranquilo cuando nos tocaba estar del lado del cerro.

Las rutas de los Andes

Esta parte de la ruta era la más complicada y también la más hermosa. Era la que te invitaba a entrar a un universo paralelo, lejos de la realidad, aunque esta mirada es justamente una evidencia de por qué el Perú es un país que no ha conseguido construirse del todo…

Las rutas de los Andes

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Después de un par de horas de subir y bajar, voltear y volver a voltear, llegábamos a Mollebamba. Un pequeño pueblo de 1,000 habitantes, capital distrital en el corazón del Perú. Aquí era mi casa.

La primera vez que fui a Mollebamba tuvimos que pernoctar en Chalhuanca porque estaba lloviendo muy fuerte, lo cual era extraño porque estábamos en el mes de julio, que normalmente es temporada seca.

Pasé la noche en un hospedaje del pueblo arropado por colchas de tigre pesadísimas, oyendo la lluvia arreciar contra la endeble calamina. Me dolía la cabeza, pero agradecí que el destino me obligase a hacer esta pausa.

Al día siguiente cuando tomamos la ruta, el espectáculo fue mágico: al desviarnos de la pista asfaltada y entrar en la trocha, apenas cinco minutos después de pasar el poblado de Caraybamba, divisé la andenería inca más increíble que he visto en mi vida. La ladera del frente estaba cubierta de andenes que iban desde el río hasta casi la parte más alta de la montaña. ¡No lo podía creer! El paisaje era imponente.

Andenería Inca de Caraybamba

Continuamos avanzando y de pronto me di cuenta que durante la noche había nevado y mientras subíamos el cerro, la carretera y el paisaje se iban poniendo más y más blancos, hasta que en un momento la nieve casi recubría toda la trocha y nos encontrábamos en medio de un manto blanco interminable.

La ruta hacia Mollebamba

Agradezco hasta el día de hoy haber pasado por allí ese día, porque nunca más volví a ver esa ruta así. Nunca más en las 50 veces que volví a pasar. Siempre soñaba con ese paisaje blanco, pero la nieve caprichosamente caía en otros picos.

La ruta hacia Mollebamba

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Lo bueno de haber vivido este momento, es que al haberlo experimentado ya es parte de mí. No hace falta que lo vuelva a vivir para quedarme con esa impresión por el resto de mi vida. Ese paisaje blanco en la cima de las montañas apurimeñas me abrazó y me mantiene extasiado hasta el día de hoy, cuando cierro los ojos y me siento exactamente en el mismo lugar.

La ruta hacia Mollebamba

La impresión de mi llegada me anunciaba grandes cosas; era el preludio de algo que cambiaría mi vida por completo y la verdad es que hasta ese momento no podía sospechar hasta qué punto.

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En Mollebamba bailé Huaylías cantadas por las mamachas en sus chacras, mientras hacía una vacatinka. En el vecino pueblo de Calcauso presencié una misa en una capilla del siglo XVII que se estaba cayendo a pedazos y sin embargo los rayos de luz que penetraban por la ventana me aseguraban que la estructura resistiría hasta el temblor más poderoso. En la casa del pueblo adopté a mi gato negro “panterito” que desaparecía los 10 días que me iba de descanso y regresaba a pararse en la puerta de mi cuarto a los pocos instantes de mi retorno. También me caí del susto cuando nos encontramos con un toro salvaje en el patio abierto, algo atraído por nuestra ropa tendida.

Capilla de Calcauso

Aquí me despertaba a la media noche con el concierto de burros que concurría a la plaza de armas a corretear en círculos y rebuznar, hechizados quién sabe por qué magia telúrica. Y me volvía a despertar a las 5 de la mañana con los parlantes a todo volumen de la casa comunal que ponía huaylías para llamar al pueblo a la faena.

Aquí aprendí a no dar nada por sentado. Convivía con personas que pertenecieron a Sendero Luminoso, que tenía un centro de adoctrinamiento en Calcauso, y escuché historias de muerte y de sangre mucho más allá de lo que mi alma hubiese deseado saber.

Aquí logré reconciliarme con el niño de 8 años que se fue a vivir a Costa Rica traumado permanentemente por la bomba de Tarata que estallara en pleno Miraflores, en Lima, a tantos kilómetros de distancia de estas realidades. ¿En un mismo país? Me costaba creerlo. Pero logré hacer las paces conmigo mismo. Tuve que irme al corazón mismo del asunto, a la base de todo, a una de las regiones con mayor pobreza del Perú y a uno de los pueblos más alejados para poder entender. Así tal cual, allí me llevó el destino.

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Escribo estas líneas desde Malta, donde todo esto parece algo tan abstracto e irreal. Donde el mundo paralelo efectivamente cobra sentido y, a la vez, me doy cuenta que esta experiencia de Mollebamba realmente me cambió. Me permitió poner las cosas en perspectiva. Y esa perspectiva perdura.

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El momento más duro de todos fue cuando recién llegué por primera vez. La camioneta me llevó a la que iba a ser mi casa por el siguiente año y medio: una vivienda rural en medio del pueblo, en la que compartiría el espacio con mis colegas del trabajo. Con un solo baño en medio del patio central y con las oficinas para trabajar en la parte de abajo, la casa albergaba también a su propietario y a su esposa, en la parte de atrás, cruzando el jardín.

Mi casa en Mollebamba

Llevé mi maletín azul que me hacía pensar mucho en mis padres cuando me llevaban a Santa Eulalia, de niño, y puse mis cosas sobre el tablado de madera del segundo piso, sin entender cuál sería mi habitación. Bajé y no había nadie. Estaban todos fuera, haciendo su jornada.

Había sol, pero la casa era un témpano. A la sombra, rápidamente bajaban las temperaturas. Así que decidí dejar mi maletín allí, pensar en mi novia, a quien había dejado en Lima sabiendo que esta decisión podría marcar nuestra relación – y, de hecho, así fue – y bajar a la puerta principal que daba a la calle.

La calle, empolvada, estaba desierta y silenciosa. La gente había partido a la faena del campo. Eran las 10 de la mañana y el tiempo se había detenido por completo.

La calle donde se detuvo el tiempo

Me senté en una banca afuera de la casa a tomar el sol y sentí cómo los rayos me reconstituían. Miré mi reloj y me pareció que las manecillas no avanzaban.

En ese momento me puse a llorar. Fue un llanto liberador, largo y sentido. No tenía ni la menor idea de lo que hacía allí, pero entendí que la vida me había llevado con un propósito.

Pausa. Larga pausa. Silencio.

Me recompuse poco a poco y empecé a observar a mi alrededor. Veía la misma casa, el mismo camino, los rayos de sol ingresando por cuanta rendija, puerta y ventana encontrase. El aire seco y frío se escondía donde podía para luego salir raudamente y ocupar agresivamente el primer espacio del cual se retirase la luz. Volví a mirar mi reloj: las 10 de la mañana.

¿Cómo pudo quedarse el tiempo inmóvil? ¿Qué era tan trascendental? Hoy lo sé. Porque a veces, cuando estoy mirando el azul del Mediterráneo desde mi islita rocosa, o incluso cuando estoy en ciudades aleatorias como San Francisco o Doha, tengo la sensación que mi alma parte y reaparece allí, en medio de esa calle polvorienta, buscando el sol de las 10 de la mañana, en medio del silencio y, otra vez, todo vuelve a tener sentido.

Introspección al pasado: Periplo italiano parte III

¿A qué no sabes qué? – Me dijo mi madre al otro lado del teléfono –.

Conociendo bien los diferentes tonos de voz de mi madre, supe inmediatamente que se trataría de muy buenas noticias.

Acabo de hablar con mi prima Tanny – me dijo – y le conté que tú estabas por Génova intentando buscar los papeles para tramitar la nacionalidad y que quizás le interesaba. Inmediatamente me respondió que ella se había pasado años buscando las diferentes pistas y que al final dio con todo y tramitó su nacionalidad sin problemas.

En ese momento me senté en la mesita de mi AirBnb genovés y todo pareció tener sentido, el viaje, la conexión familiar, la historia de mi vida misma…

Y eso no es todo – me dijo mi madre –, cuando le conté eso, me dijo que tenía todos los documentos guardados en una carpeta y que, a pesar que se sentía un poco mal, los iba a buscar y me los pasaba escaneados.

Mientras conversaba con mi madre, recibí en mi WhatsApp el acta de nacimiento de mi tatarabuela Germania y su acta de matrimonio con mi tatarabuelo Giuseppe, el siciliano.

Pues resulta que mi tatarabuela no fue bautizada en Santa Margherita Ligure como habíamos pensado durante todo este tiempo, sino en San Francesco d’Albaro, una comuna genovesa y tampoco en 1862, sino en 1854. ¡Con los datos que teníamos jamás íbamos a dar con los documentos!

También me enteré que mis tatarabuelos se habían casado en Génova el 6 de noviembre de 1879 y esta acta sí estaba en el Anagrafe Centrale, que ya conocía por haber solicitado el acta de defunción anteriormente.

Siendo este día un viernes, y todavía quedándome el fin de semana y un par de días adicionales en la semana en Génova para terminar de hacer los trámites, recuperé los ánimos. Me fijé en la web de la parroquia de San Franceso d’Albaro y me di con la grata sorpresa que la secretaría atendía los sábados por la mañana. ¡Al día siguiente iría a recuperar el acta!

Además, la prima Tanny, con la que mi madre la verdad es que no hablaba muy seguido, pero justamente estaban en contacto por un tema puntual en esos días (“cosas del destino”), se emocionó bastante y le contó a mi madre que mi tatarabuelo estaba enterrado nada más y nada menos que en el Staglieno, que es el cementerio monumental más importante de Génova y que si tenía tiempo, que lo fuera a visitar.

Evidentemente esas increíbles noticias terminaron de cerrar un viernes redondo así que salí a celebrar con un par de vinos y unas pastas por las maravillosas calles genovesas que, a pesar de la lluvia y el frío, me parecían llenas de vida y cada vez más familiares. Mi tatarabuela había nacido allí y allí se había casado con mi tatarabuelo que finalmente terminó falleciendo también en esta ciudad y se encontraba enterrado en el cementerio monumental de la ciudad junto a ilustres italianos como Giuseppe Mazzini, su tocayo.

Maravillosas calles genovesas de noche, en pleno espíritu navideño

¡El viaje estaba destinado a hacerse!

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Al día siguiente muy temprano tomé una rauda ducha, desayuné a la volada y salí a tomar el autobús que me llevaría a San Francesco d’Albaro, comuna genovesa del sur de la ciudad que en aquella época estaba separada de la ciudad de Génova.    

Cuenta mi tía Tanny que cuando ella estuvo buscando la ruta de nuestros antepasados sin demasiadas luces, un día fueron a almorzar a San Francesco d’Albaro a un restaurante cerca al mar y que de pronto se sintió mal y salió a tomar el aire fresco. Se sentó a ver el horizonte y sintió algo peculiar. Sin tener la menor idea, se encontraba exactamente en el lugar donde había nacido su bisabuela. Lo descubriría un tiempo después.

Caminando desde el bus hasta la Iglesia de San Francesco d’Albaro

El autobús me dejó a unos cien metros de la Iglesia y me acerqué a paso veloz, no sin antes admirarla. Al entrar me invadió una sensación indescriptible al saber que 165 años antes en ese mismo lugar habían bautizado a Germania Lagomarsino cuya existencia permitió, después de todos los albures del destino, que yo existiese y buscase esa misma ruta tanto tiempo después.

Entré a la iglesia y me tomó un tiempo recomponerme de la emoción. Luego, ya más en mis cabales, me dirigí hacia la puerta lateral que suponía que llevaría a la secretaría. De pronto me encontré en un pasillo y una primera sala absolutamente repleta de regalos que seguramente los feligreses habían donado a la iglesia para que los repartiera entre los necesitados de la comunidad. Dentro había tres mujeres mayores, una de ellas, la signora Marta, la secretaria de la parroquia.

Iglesia de San Francesco d’Albaro, donde fue bautizada mi tatarabuela Germania, hace más de un siglo y medio

Me anuncié y me indicaron que esperase en el pasillo mientras terminaban de organizar los regalos. Todo estaba adornado de Navidad y se sentía que estaban bastante ocupados los voluntarios de la iglesia.

Al poco tiempo salió la signora Marta y empezó a atender a los que esperábamos afuera. Tenía unos 80 años y se veía realmente dedicada a su labor de voluntaria en la parroquia. Se podía percibir su aura apacible y devota.

Cuando fue mi turno le comenté mi caso y me dijo que claro que sí, que esos documentos se encontraban en el archivo del vicariato y que ella iría la semana siguiente al archivo, que haría el acta y que en algún momento de esa o la siguiente semana iría a ver al vicario para que autentique el documento.

Claro, a mí me hacía falta eso y aún más. Ese documento tenía que irse luego al Vaticano para que lo valide la secretaría de Relaciones Exteriores del Vaticano y finalmente a la Embajada del Perú frente al Vaticano para una última ratificación. Por suerte la hermana de nuestro abogado vivía en Roma y se encargaba de estas cosas.

Le dije a la signora Marta que si por favor podía enviar todo por correo a nuestra persona de contacto en Roma, que evidentemente yo correría con los gastos y me dijo que sí, que no me preocupe y me dejó su número de WhatsApp para cualquier coordinación.

Grande sería mi sorpresa y admiración cuando el lunes siguiente mismo, es decir a los dos días, la signora Marta ya había ido al archivo, había hecho el acta, había ido a buscar al vicario y luego a correos y había enviado el acta a Roma. ¡Casi me caigo de espaldas! Incluso me envió un WhatsApp con el número de envío para que pueda hacerle el seguimiento.

Definitivamente había algo/alguien en el universo que quería que concretemos ese trámite.

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Salí de la Iglesia con una sensación de triunfo indescriptible. De repente, todo cuadraba perfecto.

Con el trámite más complicado muy avanzado y con la sensación de casi haber cumplido con mi objetivo (me faltaba aún sacar el acta de matrimonio de Germania y Giuseppe y apostillar todo en la prefectura de Génova, además del trámite eclesiástico que ya estaba en manos de terceros), me dirigí al cementerio Staglieno a buscar a mi tatarabuelo que, según contaba mi tía Tanny, estaba enterrado allí.

Las indicaciones que le dio mi tía a mi mamá no fueron del todo precisas, por así decirlo. Le dijo que la lápida se encontraba “a la izquierda de la entrada” y que busque por allí. Claro, ella en su momento parece que también pasó varias horas escudriñando el cementerio para dar con el lugar donde descansa nuestro antepasado hasta que por Fortuna (la Diosa, claro está), llegó a él.

Así que llegué al cementerio lleno de entusiasmo en un día bellísimo, de cielo azul, como no había habido ninguno desde que llegué a Italia varios días atrás.

Entré por la que tomé como la puerta principal del cementerio y al poner un pie dentro caí en cuenta que esta tarea era quizás mucho más complicada que todas las anteriores… ¡El cementerio es gigantesco!

“En la entrada a la izquierda”, como me dijeron, había un primer corredor con lápidas en el piso, rodeadas de nichos en vertical y escaleras enormes para visitar a los difuntos que estaban varios pisos arriba. Luego, un segundo corredor, con más lápidas en el piso y mausoleos a los lados, adornados de bellísimas estatuas y ornamentos de todo tipo. Más allá, el patio central, repleto de lápidas bajo tierra, con cruces por doquier y aún más mausoleos monumentales… ¡y esto era solo la primera de las áreas del cementerio!

«A la entrada, a la izquierda,» en el cementerio Staglieno. Encuentre usted a su antepasado.

Me puse a recorrer “de la entrada a la izquierda”, hasta que luego me di cuenta que había varias otras entradas. Entonces ya nada tenía sentido. Me guiaba por la fecha de fallecimiento, aunque luego de revisar varias decenas de lápidas, noté rápidamente que la segunda mitad del siglo XIX era la época “más popular” del cementerio. De ninguna manera me daría por vencido.

Luego de un par de horas de buscar, y ver que muchas de las lápidas tenían hasta los nombres borrados, empecé a dudar de mi suerte, sin embargo rápidamente me recompuse y decidí seguir buscando, un poco más.

Fantásticos pasillos de las arcadas «exteriores» con lápidas y mausoleos. Todos del siglo XIX.

De pronto, cuando estaba por cambiar de sección, se me acercó un señor que ofrecía tours privados por el cementerio y me preguntó si estaba visitando o si buscaba a algún familiar. Cuando le comenté que buscaba a mi tatarabuelo, me dijo que lo mejor era que fuese a la caseta de información en la entrada del cementerio a preguntar si no lo tenían en repertorio. ¡Muy buena recomendación!

Parte moderna del cementerio, los espacios abiertos.

Me fui a la caseta de información y me atendió el encargado que me dijo que no todos los sepultados estaban identificados, pero que sí habían hecho un esfuerzo al menos de identificar a los difuntos de las lápidas de los corredores principales y luego me dijo, “espero que lo tengamos porque de lo contrario, con 2 millones de muertos enterrados aquí, te va a tomar unos cuantos días dar con él. Hay más personas enterradas en este cementerio que habitantes en la ciudad de Génova”.

Así sea, pues. Le di al encargado los datos de mi tatarabuelo, que había muerto en Génova el 14 de junio de 1892, lo buscó y me dijo: ¡tienes suerte! Tu tatarabuelo está en la sección X (no recuerdo cuál, la verdad), en las arcadas, sección piso, número 1492. Me indicó el lugar en un mapa y luego le dijo a sus colegas, con bastante entusiasmo: “¡Esta persona acaba de encontrar un muerto de hace 120 años!”.

Con el mapa en la mano me fui a la zona indicada. Igual me tomó unos buenos 15 minutos encontrar la lápida. Mientras los números en las lápidas del suelo se iban acercando al 1492, me iba invadiendo una emoción aún más fuerte que la que sentí en la iglesia de San Franceso d’Albaro, porque finalmente allí iban a estar los restos de mi tatarabuelo… Después de tantos años alguien de la familia retornaría a verlo, como lo hizo mi tía Tanny unos 30 años antes que yo.

Sección donde está enterrado mi tatarabuelo Giuseppe, foto tomada unos pasos antes de encontrar su lápida.

Cuando llegué al número 1492 y vi su nombre en la lápida, claramente escrito, simplemente me arrodillé y me puse a llorar. No pude contenerme. Los sentimientos eran demasiado poderosos y me quedé arrodillado sobre la lápida, llorando, como quien lamenta el fallecimiento de un familiar que acaba de pasar a mejor vida. Transcurrieron varios minutos hasta que me reincorporé y salí del cementerio para buscar flores.

Regresé y limpié su lápida con mis manos y le dejé en respetuosa ofrenda unas flores blancas y rojas en honor a los colores del país donde florecería su descendencia.

Lápida de mi tatarabuelo Giuseppe, enterrado junto con su suegro. Le dejé unas flores rojiblancas en honor a su descendencia que floreció en el Perú.

Me quedé luego meditando un rato largo junto a su tumba y luego pasé el resto del día visitando el cementerio. Antes de irme, volví a darle una mirada a su lápida y me despedí de él, respetuosamente, asegurándole que volvería.

Paseando por el cementerio Staglieno

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Si a estas alturas se preguntan ustedes cómo es posible que alguien nacido en Salina (Sicilia), que se casó en Génova con una genovesa y que luego fue enterrado en esa misma ciudad haya dejado su descendencia en el Perú, la respuesta es la siguiente.

Por lo que sabemos de las investigaciones realizadas, su padre era marinero comerciante – tenía una embarcación registrada en Messina – y fue él quien tomó la decisión de irse al Perú con su familia.

Aparentemente su hijo, mi tatarabuelo, se ocupaba también del negocio y hacía la ruta entre Lima y Génova. En Génova debió de haber conocido a su esposa, mi tatarabuela, a quien se llevó al Perú, después de haber contraído nupcias con ella.

Giuseppe Giuffrè volvía a Génova por negocios de vez en cuando y se quedaba en casa de su suegro, Gio Battista Lagomarsino. En uno de sus viajes y a la corta edad de 38 años, mientras se encontraba paseando por las calles genovesas, sufrió un desafortunado accidente: un material que se desprendió de una construcción le cayó sobre la cabeza, acabando con su vida in situ.

Majestuosas calles de Génova

Su esposa, Germania, se encontraba entonces ya en Perú con sus cuñados y sus hijos, entre los cuales estaba Delia, mi bisabuela.

Dos años después del fallecimiento de Giuseppe, murió su suegro Gio Battista Lagomarsino a la edad de 88 años. Fue enterrado junto con su yerno, en señal que llevaban una muy buena relación. El lugar privilegiado que tenían en el cementerio les debió de haber costado una pequeña fortuna, ya que las lápidas de piso en este sector están lejos de ser las menos costosas y se trataba, además, del cementerio “de moda” de la época.

La tradición italiana perduraría en el Perú ya que Delia se casó con Eduardo Ferrand Salomone, hijo de padre francés y madre italiana, también de la región de Liguria. En la familia Ferrand, de hecho, incluso la generación anterior había nacido del producto de la unión franco-italiana, lo cual no es algo extraordinario, puesto que los Ferrand provienen de la región Provence-Alpes-Cotes-d’Azur, fronteriza con Italia.

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El resto del fin de semana lo pasé disfrutando al máximo de Génova, una de las ciudades más espectaculares que he visitado.

El sábado por la noche tuve la suerte de conseguir entradas para el derby de la ciudad: Génova – Sampdoria por un partido del Calcio italiano. Aunque no se disputaba nada en particular, ya que la liga parecía definida, el partido se vivió como una final y realmente me sentí afortunado de poder asistir. Mis padres lo vieron también por televisión desde Lima, así que estuvimos conectados en ese momento.

Derby Génova – Sampdoria

El domingo fui a visitar el Acuario de Génova que es realmente impresionante y me fui a pasear un poco más por sus calles, terminando el día con una cena espectacular en la osteria Antica Ravecca, en el centro de la ciudad. Realmente maravilloso.

Cena en la osteria Antica Ravecca

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Al día siguiente, lunes, desde muy temprano me fui al Anagrafe Centrale a buscar la partida de matrimonio de mis tatarabuelos sin esperar demasiados contratiempos, ya que la de defunción me la dieron bastante rápido. Sin embargo, una última sorpresa me esperaba, obviamente: habían estado llevando algunos carruseles de diapositivas (todo está almacenado en negativos) para mantenimiento y no estaban todos presentes en ese momento.

La persona que me atendió buscó durante 20 minutos y luego volvió y me dijo “lo siento, va a tener que volver otro día, porque aparentemente el carrusel en cuestión no está disponible”. No obstante, no tuve tiempo de desanimarme, ya que justamente pasó por ahí una persona que le preguntó a la funcionaria que me atendía qué era lo que estaba buscando y le recomendó: “¿ya buscaste acá atrás?, tenemos varios carruseles de la época allí almacenados”. Nuevamente nos acompañaron las luces del destino, ya que justamente allí se encontraba el famoso carrusel con el acta de matrimonio de mis tatarabuelos.

Me entregaron mi certificado y me fui directamente a la prefectura. Me alegré mucho de haber previsto esos días adicionales “por si acaso”, ya que la otra opción era volver a Malta terminada la semana. Cuando llegué a la prefectura, me dijeron que volviera al día siguiente (era mi último día en Génova) para recoger los documentos apostillados; era la defunción de Giuseppe y su matrimonio con Germania.

Prefectura de Génova en un lluvioso lunes de gloria.

Terminé mi lunes con una buena pizza genovesa y paseando por las calles del centro medieval, haciendo un poco de turismo adicional y enamorándome aún más de la increíble ciudad de mi tatarabuela.

Pizza genovesa

Ese mismo lunes me informó también la signora Marta de la secretaría de la Iglesia de San Francesco d’Albaro que mis documentos firmados y visados ya estaban camino a Roma.

Al día siguiente pasé por la prefectura y recogí los dos últimos documentos debidamente apostillados y cerré así el trámite un par de horas antes de dejar el AirBnb y dirigirme al tren que me llevaría a Bérgamo donde pasaría la noche para tomar mi vuelo de regreso a Malta el miércoles por la mañana.

Génova, estación central de tren, Principe

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Al tomar el vuelo, en un día totalmente nublado y lluvioso, me aseguré una y mil veces que mi carpeta estuviese conmigo y todos los documentos adentro. Había intercambiado una carpeta llena de vuelos, pasajes de tren, ferries, fotocopias y direcciones, por documentos oficiales, certificados y apostillados, de mis dos tatarabuelos quienes nacieron en dos regiones de Italia totalmente distintas, una pequeña isla de las eólicas sicilianas que hoy tiene 700 habitantes y una de las ciudades históricas más importantes de Italia. El destino se encargaría de unirlos.

El vuelo de la reflexión

El hambre por descubrir el mundo de los Giuffrè sicilianos llevó a mi tatarabuelo a dejar su descendencia en el Perú, pero a descansar junto a uno de los héroes de la unificación italiana, su tocayo Giuseppe Mazzini, en el cementerio monumental más impresionante que jamás vi en mi vida.

Más de un siglo y medio después de su nacimiento, Giuseppe sigue vigente, pues sus descendientes de generaciones distintas lo han ido a visitar y a revivir su legado.

Antes de aterrizar en Malta me di cuenta que en mi viaje me había reencontrado con una parte de mí que no había explorado jamás: con mi ascendencia italiana, pero más allá de eso me hizo reflexionar sobre estos encadenamientos temporales, las miles de circunstancias y otros azares del destino que nos traen a la existencia.

Al final el objetivo concreto de obtener un documento, fue una excusa perfecta que cayó sobre mí para reencontrarme con estos elementos de reflexión personal que me llevan a querer seguir sacándole el jugo a la vida. Demasiadas cosas han ocurrido para que esto no sea así.

Somos parte de un viaje eterno y tenemos la suerte de poder aportar nuestra dosis personal a este gran elemento superior y atemporal que es la esencia humana.  

Grazie mille trisnonni! 

Introspección al pasado: Periplo italiano parte II

Eran las 10:30 de la mañana en Salina, cuando llegaron dos trabajadores de la línea de ferries, bastante tranquilos y pusieron una cajita de metal sobre una silla y un cordón para hacer una fila. Miré a mi alrededor y no había absolutamente nadie más. Hay que ser fieles a los procedimientos, me dije. Me hicieron una señal y me acerqué. Les pregunté si ya estaba confirmado el barco y me dijeron que sí, que zarpábamos en 15 minutos.

Hice el cambio de horario de mi ticket, y luego se acercó una pareja de octogenarios, muy a su ritmo. Los tres éramos los únicos en tomar el último barco que saldría de Salina a Milazzo en los siguientes tres días ya que la tormenta se empecinaría con el norte siciliano.

El retorno fue incluso un poco más violento que la ida, pero quizás por ya saber a qué me esperaba, me puse a escuchar un poco de Chopin, cerré los ojos y me imaginé estar en la Iglesia de Saint Ephrem en París, donde fuimos con mi padre en 2018 por su cumpleaños 70, a escuchar a una fabulosa pianista de cuyo nombre no me acuerdo, interpretar unas fantásticas nocturnas.

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Llegué a Milazzo y tomé el tren para Messina sin mayor complicación. Me hospedé en un precioso guesthouse, el 41, en el que no había ningún otro huésped y me dieron la mejor habitación, la cual tenía una sauna con un sistema de sonido de auto, de esos con careta pequeña con apertura de CD y dos parlantes ovalados. La habitación estaba iluminada con luces azules de neón. Todo esto sucede en un edificio de standing de inicios del siglo XX.

Llegada a Messina, con rastros de tormenta

En la noche, en la sauna, hice un memorable karaoke-yaourt en solitario (así se dice en francés cuando no te sabes la letra, pero intentas cantar igualmente y te sale cualquier cosa; claro, eso no merma en nada la diversión). Disfruté muchísimo cantando Nuntereggae Più de Rino Gaetano y la infaltable, Ti Amo, en su versión original de Umberto Tozzi. En realidad, el lugar lo había elegido por su cercanía con la prefectura, la cual estaba a unas pocas cuadras a pie, pero terminó siendo todo un capítulo aparte. Eso sí, a las 09 pm ya estaba en los brazos de Morfeo.

Habitación en Messina. Nótese la sauna en madera a la derecha
Nuntereggae Più de Rino Gaetano – canten conmigo

Por la mañana me tomé un desayuno casero, preparado por las chicas del guesthouse, unas veinteañeras totalmente inmersas en sus smartphones que prácticamente no levantaron la mirada de la pantalla en ningún momento y servían los platos como con un geo-localizador interno que les garantizaba no tener que ubicarse espacialmente con los ojos para saber que no iban a tirar las cosas al piso. Muy amables, eso sí, porque detesto que me molesten desconocidos mientras tomo desayuno.

Pagué, cogí mi maleta y mi mochila que visitaron todas las dependencias públicas italianas imaginables, y me fui a la prefectura, que estaba a unos 10 minutos a pie.

El barrio era muy agradable y me detenía en cada esquina a tomar fotos, ya que también sabía que después del trámite tendría que irme a la estación a tomar el tren a Catania, ya que mi vuelo salía de allá por la noche, hacia Génova. Era miércoles y la prefectura atendía solo unas pocas horas por la mañana.

Llegado este punto debo confesar que me estaba mordiendo los labios, porque no había podido encontrar una información fidedigna que me dijera cuánto tiempo tomaba el trámite de la apostilla en la prefectura. En el peor de los casos, me dije, les dejaré un sobre con estampillas para que me envíen el acta a Malta, pero no me mataba la idea, porque yo, después de Génova, volvía a Malta solo a recoger maletas y enrumbarme a París, desde donde viajaría a Lima para las fiestas navideñas. Había llamado varias veces a la prefectura y nunca me contestaron y en Salina me habían dicho que mejor sacara una cita y me habían dado un número de teléfono al que llamé y que, por supuesto, tampoco nunca me contestaron.

En fin, soy peruano y desde que tengo uso de razón vengo enfrentándome a burocracias extranjeras en los países en los que he vivido para todo tipo de trámites, mucho más complejos que éste, así que una prefectura italiana no iba a intimidarme.

El hall de espera de la prefectura de Messina es bastante grande, aunque solo tiene dos banquitas para sentarse. Luego, hay un primer despacho donde atiende un funcionario, que me preguntó qué trámite quería hacer.

Recepción de la prefectura de Messina

“Vengo por una apostilla”, le digo. “Ah perfecto”, me dice, “déjeme sus datos aquí y regrese el martes que viene”. “Lamentablemente – le respondo – yo vivo en Malta y ayer estuve en Salina para sacar esta acta de nacimiento que debo apostillar aquí, pero esta tarde tengo un vuelo a Génova desde Catania”.

El tipo me miró, me dijo “es para la cittadinanza ¿no?”. En ese momento me dije que mis chances eran 50%-50%, pero además estaba todo recontra claro, si no ¿qué más haría allí un peruano que vive en Malta que viene a apostillar un acta de 1853 sacada de una islita en medio de la nada?… “Sí, para la cittadinanza” le respondí. Y ¿de dónde es usted? “De Perú”. “Ahh – me dijo – Perú, pensé que de Argentina. Aquí vienen todo el tiempo de Argentina. A ver déjeme un momento que voy a ver si está el encargado y ya vengo”. Me sonrió y entró al edificio.

Me quedé esperando, con una buena sensación y a los diez minutos salió un tipo con casaca de cuero negra, lentes oscuros sobre la frente y unos jeans con agujeros, evidentemente era casual Wednesday la cosa, me miró y me hizo una seña. Me acerqué, me preguntó la finalidad de los documentos, puso el sello, firmó, me los entregó y me dijo “buona fortuna” y se metió nuevamente en su edificio de funcionarios cool.

Calles de Messina

Objetivo 1: acta de nacimiento del tatarabuelo, copia certificada en la comuna y apostillada en la prefectura. Check.

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Estuve paseando un rato por las calles de Messina, que me pareció una ciudad maravillosa, llena de vida y estéticamente muy bella, mucho más de lo que me la había imaginado y luego me fui a la estación de tren para retornar a Catania.

Llegué a Catania con bastante tiempo y también me fui a recorrer sus calles, con maleta y mochila en mano, almorzar en el centro y por la tarde a tomar mi vuelo a Génova.

Calles de Catania

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Claro, mi destino no era Génova, sino más bien Santa Margherita Ligure, que está a una hora en tren de Génova, así que al aterrizar tomé el bus del aeropuerto a Piazza Principe, que es de donde salía mi tren y llegué a tiempo para tomar uno de los últimos trenes que partían a mi destino.

Llegada a la estación fantasmagórica de Santa Margherita Ligure – Portofino

Había elegido el guesthouse para pasar esa noche en función a su cercanía con la estación de tren y con la comuna, ya que iría allí a la mañana siguiente a buscar el documento más escurridizo de todos: el de la tatarabuela, de quien solo sabíamos los detalles de su nacimiento por dimes y diretes reforzados por algunas anotaciones en algunos sitios web de genealogía de pago.

Como llegaba bastante tarde, poco antes de la medianoche, había hecho una coordinación previa con la dueña que se encontraba muy enferma y no podía encontrarse conmigo personalmente.

Nuevamente el guesthouse se encontraba vacío y me dieron un upgrade a la mejor habitación. Todo muy limpio, muy bien llevado.

Guesthouse Blue en Santa Margherita Ligure

Llevaba pocos días en Italia, pero ya me parecía una eternidad.

Me fui a dormir soñando con el acta de mi tatarabuela que, según me habían dicho, había nacido en 1862 y por ende era 9 años menor que mi tatarabuelo. Tenía sentido.

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Me desperté muy temprano para ir a algún lugar del centro a desayunar, ya que el guesthouse no tenía desayuno, y a esperar que sean las 08:00 am para que abran la comuna. Llovía a cántaros y me alegré de haber llevado mi paraguas portátil favorito para la ocasión.

A las 08:00 de la mañana en punto, ya desayunado y enterado de las novedades italianas, me formé delante de la comuna. Un policía me dio la bienvenida y fui directamente al registro civil, donde me atendió una persona muy amable.

Comune di Santa Margherita Ligure

Llegué con todas mis ilusiones a tope y le digo, “señor, busco el acta de nacimiento de mi tatarabuela, de quien conozco su nombre y el año de nacimiento, pero ignoro dónde nació, ni tampoco sé el día.”

Muy bien, me dijo, vamos a ver si la encontramos. ¿Cuál es el año de nacimiento? 1862, le digo. Ah señor, bueno, está usted 4 años adelantado, porque el registro civil aquí se creó en 1866 por lo que el acta de nacimiento de su tatarabuela debe estar en una de las parroquias de la jurisdicción. Aquí están las direcciones de todas las de la zona para que pueda usted hacer la búsqueda. Hasta luego.

En ese momento, se me cayó un poco la esperanza al suelo ya que, si bien había pensado quedarme el fin de semana en Génova, e incluso tener el lunes y una parte del martes de la semana siguiente para hacer algunos trámites adicionales, como la apostilla, ya veía que este objetivo iba a ser un poco más complicado de cumplir.

Sin embargo, aún era temprano y decidí empezar por la iglesia más importante del pueblo ya que, por estadística, tendría más chances ahí. La Basílica di Santa Margherita Ligure.

Basílica de Santa Margherita Ligure

Seguía lloviendo sin mucha pinta de escampar, por lo que el paseo por la ciudad fue dificultoso. Caminé directamente a la basílica y al entrar vi que había una señora que salía de una de las puertas interiores. Fui directamente donde ella y le pregunté si conocía al secretario ya que ellos son quienes llevan los registros y los ubican. Me dijo que sí, que el secretario atendía los lunes por la tarde, que era voluntario y que no había número de teléfono alguno donde ubicarlo, porque siempre lo llamaban y que sólo había autorizado a dar el de la oficina de la basílica, donde… solo estaría el lunes.

Le agradecí a la señora, decidido a intentar en una segunda iglesia, cuando de pronto entró un feligrés a la basílica y la señora que me había dado referencias me dijo “él nació en Venezuela, puede conversar con él”.

Era un señor de unos 70 años que me contó que su familia se había mudado a Venezuela en la segunda guerra mundial y que él había nacido allí pero que a los 18 años volvió a Italia para estudiar en la universidad y se quedó para siempre y que al jubilarse había vuelto al pueblo donde habían nacido sus padres.

Le conté mi historia y me preguntó por el apellido de mi tatarabuela: “Lagomarsino”, le dije. “¡Ah!”, me puso las manos sobre los hombros “Es uno de los nuestros”, le dijo a la señora.

No te preocupes que voy a intentar averiguarte el número del secretario. Déjame tus datos y te lo envío apenas sepa algo. Si tienes algo más que hacer, puedes ir adelantando tus trámites.

Como yo tenía que sacar la partida de defunción de mi tatarabuelo que había muerto en Génova, y ya había alquilado un AirBnB para pasar los siguientes días allí como base, decidí volver ya que quizás lograba llegar a la comuna de Génova para hacer ese trámite y no perder el día.

Le agradecí inmensamente al señor y me fui rápidamente bajo la lluvia incesante, caminando hasta la estación a tomar el tren para volver a Génova.

Tren de regreso a Génova

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Al llegar a Génova, tomé un bus desde la estación de tren para ir a la Comuna, ya que intuía que era allí donde debía sacar el acta de defunción.

Evidentemente, como siempre tiene que pasar cuando uno está apurado, me bajé en la parada que no era y tuve que caminar con todas mis cosas bajo la lluvia unos buenos 20 minutos para llegar a la comuna.

La Comuna de Génova es inmensa, claro está, y se ubica en una calle histórica del centro, maravillosa, que me daban muchas ganas de fotografiarla por todas partes, sin embargo, ya casi eran las 12 del mediodía y quería lograr algo ese jueves.

Preguntando por mi objetivo y con respuestas de funcionarios que no creían que iba a encontrar lo que buscaba allí, llegué a una oficina de archivos donde dos funcionarios a punto de marcar tarjeta para salir me dijeron que definitivamente no era allí, que tenía que ir a los archivos centrales, corso Torino, y que si me tomaba un taxi podía ser que llegue a tiempo porque cerraban a las 12:30.

Así que raudamente, salí, tomé el taxi y llegué a tiempo al Anagrafe Centrale di Genova. Todo mojado, eso sí.

Anagrafe Centrale di Genova – Oficina 221, donde obtuve el acta de defunción de mi tatarabuelo

Gracias a las investigaciones que había hecho mi tío, también tenía una copia del acta de defunción en mis manos, con lo que se la entregué al funcionario quien encontró el microfilm después de unos cuantos minutos de búsqueda y me dio una copia certificada.

Por lo menos había obtenido algo.

Me fui al AirBnb de Gianluca, que está en el corazón mismo de Génova y luego a almorzar en Pandemonio, un lugar espectacular que me recomendó muy cerca del apartamento.

Pandemonio, comida casera, espectacular, en el corazón de Génova

Por la tarde, con un segundo documento en mano me puse a pensar que la misión de Santa Margherita Ligure estaba algo complicada.

Sin estar demasiado convencido de la veracidad de esta información llamé a mi madre y le pregunté que cómo sabía que Germania había nacido en Santa Margherita Ligure y, además, en 1862.

Los datos de ella figuraban en el acta de defunción de mi tatarabuelo, pero solo su nombre, no el año, ni el lugar de nacimiento.

Mi madre me dijo que eso lo había visto en el sitio de genealogía en internet y que mi tío también le había comentado que él creía que eso era así.

Le dije que no estaba demasiado convencido y me quedé un poco preocupado. Al día siguiente, viernes, regresaría a Santa Margherita para seguir buscando en las iglesias, ya que el venezolano me confirmó que recién el lunes atendería el secretario de la basílica. Me quedaban 7 iglesias por visitar.

Sin embargo, aproveché esa tarde para ir al Arzobispado de Génova, ya que quizás tendrían ellos alguna información adicional. Camino al arzobispado y en un tono más nonchalant, porque ya a esa hora toda dependencia pública estaba cerrada, decidí tomarme el tiempo de pasear y visitar los mercadillos navideños. Me quedé realmente asombrado con la belleza de la ciudad. Sinceramente no me esperaba tanto.

Mercadillos navideños de Genova. Una maravilla

En el Arzobispado no me pudieron ayudar, algo que ya me temía, y regresé totalmente asombrado con la belleza de una ciudad viva, con un magnífico espíritu navideño y que emanaba historia, cultura y vivacidad por cada uno de sus rincones.

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Antes de irme a dormir, y aún extasiado por mi visita vespertina, llamé a mi madre para contarle acerca de mi día y, sobre todo, de la maravilla de ciudad que es Génova.

Sin embargo, al levantar mi madre el teléfono supe que la conversación iba a ser totalmente diferente de lo que había planeado…

Genova, «More than this» ¿Un mensaje?