A finales del año pasado me embarqué en uno de los viajes más importantes que haya hecho en mi vida.
Viajero incansable desde muy joven, casi siempre he viajado con alguien o con el objetivo de visitar a alguna persona en particular. Son pocas las ocasiones en las que me he permitido ir a algún lugar sin compañía, sin conocer a nadie y con la voluntad de no encontrarme con nadie.
Pues mi penúltimo viaje del año pasado fue exactamente eso: un viaje individual, personal, en el que no tenía la intención de encontrarme con nadie más que conmigo mismo… y ¡Vaya que lo necesitaba!
Tenía una misión, lo cual hacía que todo fuese un poco más divertido: encontrar las actas de nacimiento, matrimonio y defunción de mis tatarabuelos italianos para iniciar los trámites de la nacionalidad. De mi tatarabuelo tenía todo claro, gracias a las investigaciones realizadas por uno de mis tíos hacía 30 años, pero de mi tatarabuela no tenía más que el nombre en el acta de matrimonio con mi tatarabuelo.
Viviendo en Malta y a punto de viajar al Perú para visitar a la familia por Navidades (y vaya que fue un acierto esa visita, porque ahora nadie tiene idea de cuándo volveremos nuevamente a viajar con normalidad), tomé la decisión de seguir los pasos de mis ancestros, previa coordinación con nuestro abogado de nacionalidad y con los datos que mi madre había ido recuperando de la familia.
Siempre habíamos escuchado en la familia que mi tatarabuelo, Giuseppe Giuffrè había nacido en Sicilia, en Lipari para ser más precisos, la más importante de las islas eólicas. Alguna confusión hubo por ahí, ya que en uno de los documentos guardados por la familia figura una embarcación registrada por su padre, de idéntico nombre, en Messina, sin embargo, esto se debe a que administrativamente las islas eólicas se gestionan desde aquella ciudad siciliana.
Por otro lado, poco o nada, más allá de su nombre, sabíamos de mi tatarabuela, Germania Lagomarsino. Algún interesado por allí debió de haber hurgado en los archivos civiles sobre el origen del apellido y lo rastreó en Santa Margherita Ligure, en la región de Liguria y entonces algún otro osado, de quien se desconoce la identidad, empezó a notificar a los famosos sitios web de internet que te crean tu árbol genealógico, que éste había sido el lugar de nacimiento de doña Germania.
Así que, con esos datos en mano, algo vagos para ser honestos, empecé a planear mi viaje, no sin ciertas dudas, debo admitirlo, sobre el éxito de mi misión, es decir, encontrar todos esos documentos en los registros civiles y apostillarlos en sus respectivas prefecturas para que puedan ser utilizados para el trámite de la nacionalidad. Lo que sí tenía claro era que esa aventura me causaba mucha emoción y me iba a permitir adentrarme un poco más en la historia de mi familia.

Por parte de mi abuelo, la herencia francesa siempre me fue transmitida con mucho más rigor y entusiasmo que la herencia italiana, por lo cual yo no conocía demasiado de ella. Sin embargo, mi abuelo tenía tres cuartas partes de italiano y una cuarta parte de francés, ya que todos los ancestros de su madre eran italianos y por parte de su padre, la mitad eran franceses y la otra mitad, italianos.
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Un mes antes del viaje, nos cayó del cielo a mi madre a mí – ya que la nacionalidad la estoy tramitando con ella – una copia del acta de nacimiento de mi tatarabuelo, Giuseppe Giuffrè, que mi tío había recolectado a inicios de los 90. Resulta que los Giuffrè venían de Santa Marina Salina, que es otra de las islas eólicas, aunque no precisamente de Lipari. Nació en 1853.
De mi tatarabuela, lo que sabíamos era que había nacido en Santa Margherita Ligure, que es un pueblo de Liguria, cerca de Génova, en 1862, pero nada más.
Como mi misión incluía no solamente recuperar las actas de nacimiento de los registros civiles que normalmente están en propiedad de las municipalidades, sino, además, apostillarlos en las prefecturas a las que pertenecen dichos municipios, pues el viaje debía contar con paradas obligatorias en Messina y Génova.
Con toda esa información en mano, empecé a hacer algo que me encanta: planificar el viaje. Hice el programa exacto de los vuelos, trenes, buses y barcos que debía tomar para llegar a todos los destinos, calculé los tiempos, dejando algún margen de imprevistos, aunque no demasiado porque igual tenía que retornar a Malta para viajar al Perú a pasar fiestas con la familia. También reservé AirBnb’s, hoteles y guesthouses, me aseguré que ningún feriado público interrumpiera mi itinerario y verifiqué los horarios de apertura y direcciones de cada una de las instituciones públicas que debía visitar. Procuré que los alojamientos estén cerca y que el acceso desde las estaciones de trenes sea fácil.
Por último, y aunque lo dudé un poco, decidí quedarme algunos días más en Génova como base para hacer la exploración de la pista ligur, ya que no estaba para nada seguro de poder encontrar los documentos de Germania.
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Días antes de emprender el periplo individual con misión colectiva, algunos nervios empezaron a surgir, ya que no estaba del todo seguro si el tiempo que había previsto iba a ser suficiente para cumplir mi objetivo. Sabía que las posibilidades de retornar con la misión incompleta eran altas, pero aún así algo me impulsó a salir a tentar la suerte.
Llegado el día de la partida, me alisté y me fui con mi poco equipaje, a pesar de estar ya a mediados de diciembre, a tomar el vuelo a Catania. El viaje de Malta a Catania no toma ni 45 minutos. El avión casi no tiene tiempo de llegar a la altitud de crucero que ya está descendiendo. A lo lejos veía unas grandes nubes negras que cubrían Sicilia y había leído que una fuerte tormenta estaba azotando el norte de la isla, lo cual me inquietó un poco, sobre todo por el barco rápido (aerodeslizador) que debía tomar esa noche para llegar a Salina.

Al llegar a Catania, tomé un bus desde el aeropuerto y me dirigí al centro para verificar que el tren a Messina estaba en hora y luego aproveché para dar algunas vueltas. En Messina tenía que cambiar de tren para ir hacia Milazzo, el puerto de donde partiría mi embarcación. Y digo bien partiría porque cuando ya había llegado a Milazzo y ya iba en el taxi de la estación del tren al puerto de pasajeros, me llegó un mensaje de texto a mi celular anunciando que el barco estaba cancelado por mal tiempo.
En ese momento se me vino todo abajo, ya que una parte crucial del trabajo era encontrar el acta en la municipalidad de Santa Marina Salina, para lo cual había pensado llegar esa noche a la isla, en el último barco, dormir en un hostal que, evidentemente, ya había separado con mucha antelación y temprano en la mañana siguiente ir caminando a la municipalidad para pedir el acta, la cual, esperaba que me fuera entregada en ese mismo día ya que había comprado mi retorno para esa tarde, con el objetivo de llegar a Messina por la noche y al día siguiente ir temprano a la prefectura para apostillar el documento.
La bendita tormenta estaba desgarrando mis planes, aunque al ver a lo lejos en el horizonte los destellos de los rayos, me dije que quizás era mejor no haber tomado el barco esa noche, sino hacer la travesía de día, por más que el clima sea el mismo.
En el puerto me mandaron a encontrar un hotel y a regresar al día siguiente a las 06:00 am, cuando el capitán juzgaría las condiciones climáticas para zarpar. Tampoco me garantizaban que llegaríamos a Salina. El aerodeslizador primero paraba en Vulcano y luego en Lipari, las dos islas más pobladas de las eólicas, antes de seguir la travesía. Si al llegar a Lipari el clima empeoraba, el capitán decidiría retornar o quedarse allí mismo. Me fui sabiendo eso, pero pensando que, si me quedaba atrapado en algún lugar, pues por qué no sería en las islas eólicas ¿no?

Encontré un hotel simpático a unas pocas cuadras del puerto y luego me puse a recorrer la ciudad, la cual me pareció mucho más bonita y viva de lo que esperaba y finalmente me refugié en un bar de espumante y quesos, donde me devoré un parmesano con un prosecco en la terraza, y me pareció estar en un mundo paralelo mientras veía el cielo caer con vehemencia sobre las calles y me pregunté cómo haría para regresar a mi habitación esa noche.


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A la mañana siguiente me desperté muy temprano, a las 4:30 am, para tomar una ducha y desayunar ya que la señora de la recepción de noche, que también atendía el desayuno del día siguiente, me había hecho el favor de tenerme algo caliente para las 5am, lo cual agradecí con el alma porque el frío afuera era considerable. Salí del hotel y me dirigí al muelle. La lluvia había cesado, pero el viento seguía rugiendo y al fondo se mostraban aún los fulgurantes destellos de la rayería que no abandonaba el horizonte eólico.

El capitán juzgó que “se la jugaba” y entonces zarpamos. El aerodeslizador es una nave que va extremadamente rápido, lo cual agradecí en varias ocasiones, pero que tiene una sensibilidad muy grande al movimiento del mar, lo cual desagradecí en muchas otras. Los únicos viajeros eran personas que iban a trabajar, visiblemente molestos por el juicio del capitán y un grupo de voluntarios de la cruz roja italiana que se notaba que no tenían mucha experiencia navegando y que la pasaron muy mal durante el trayecto. La verdad es que el barco se movió muchísimo.
Llegué a Salina a las 08:30 am, dos horas y media después de un constante movimiento inmisericordioso del aerodeslizador el cual, pensaba con algo de aprensión, tendría que volver a tomar para retornar esa misma tarde.

Salina es una isla de 800 habitantes permanentes, de los cuales la mitad deben ser familiares míos ya que hay muy pocas familias en la isla y una de las más predominantes es la familia Giuffrè. Hay estatuas, calles y placas que llevan el apellido. Imagino que hay Giuffrè para todo, para hacer de héroes y también de villanos del pueblo, tanto como de agricultores o de marineros.

Gracias a un libro que consiguió mi tío en los 90, que retrata las historias de las familias del pueblo, nos pudimos enterar que en la isla se sabía que un loco Giuseppe se llevó a su mujer y a sus hijos al Perú, a hacer fortuna, a pesar que tenían una buena posición en la isla: eran propietarios de una embarcación comercial registrada en Messina y mi tatarabuelo (Giuseppe figlio) nació en su casa, la cual es hoy la escuela secundaria de la isla, por ende una de las más grandes del pueblo. Quizás había crecido tanto que sus sueños ya no cabían en la pequeña isla, y esa fue mi primera pista para imaginarme por qué siempre supimos que nuestra familia siciliana venía de Lipari y no de Salina. ¡Es que Salina era demasiado pequeña! Visto desde allí, Lipari es la gran metrópoli. Claro, poco sabrían los Giuffrè que, visto desde Lima, Santa Marina Salina o Lipari es exactamente la misma vaina. Por eso – seguía con mis reflexiones – también se ha escuchado la versión que los Giuffrè venían de Messina.

A las 09:00 en punto me metí a la Municipalidad y vi un letrero del registro civil que decía que abrían a las 10:00 am, aunque ya había gente adentro. Me senté en el banco de un piano que estaba en el hall de la entrada y noté que el busto que estaba detrás del ciprés de navidad era de un Giuffrè. Me levanté y fui a tocar la puerta del registro: “hola, qué tal, vengo a buscar el acta de nacimiento de mi tatarabuelo”, dije en mi italiano masticado. El encargado me miró de reojo como diciendo “uf, ahora quién viene a complicarme el día”. En realidad, yo pensé que una tarea de esta naturaleza hubiese entusiasmado a alguien que está acostumbrado a ver pasar el aire de diciembre por la ventana del registro. Pero no. La gente a una cierta edad ya quiere jubilarse y ver pasar el aire por la ventana de sus propios recuerdos.

Ahí le saqué en el instante la fotocopia del acta que nos había mandado mi tío. “Mire”, le dije,” tengo el nombre, el año y todos los datos aquí”. El señor cogió el papel impreso (llevaba yo una carpeta con todos mis documentos impresos y ordenados según la cronología de lo que tenía que hacer en el periplo italiano). Me miró como preguntándome de dónde había sacado ese papel. “Esto lo consiguió mi tío que vino aquí hace 30 años y lo obtuvo de esta Municipalidad”. Le dije. “Lo sé – me respondió – yo se lo di a tu tío. Esa es mi firma en el documento”, respondió sonriente el encargado. Ahora sí la tarea era más amena.
En ese instante me puse a pensar en la fuerza del legado del Giuseppe loco que se fue al Perú y que por cuestiones del destino hizo que dos de sus descendientes (y quien sabe si algún otro más) haya pisado su isla de 800 habitantes más de 150 años después de su partida. También me puse a pensar que, si sus sueños hubiesen sido saciados en su isla, yo no existiría. Ni mi tío tampoco. Y no pude dejar de estremecerme con una extraña sensación de pertenencia. Era una isla que jamás había visto ni en foto y de cuya existencia me venía a enterar pocos días antes de mi periplo, ya que la memoria colectiva de nuestra pertenencia siciliana nos aseguraba que éramos de Lipari. Y todos le creíamos a esa leyenda. Nos faltó el rigor científico en la familia, pues.
Salina para ese entonces, exactamente 1 hora después de haber llegado, ya era parte de mi historia e ingresaba para modificar las creencias familiares de al menos dos (aunque quizás tres) generaciones.
Seguía así, exhorto en mis elucubraciones transgeneracionales, cuando, de repente regresó la asistente del encargado con un libro viejísimo, de 1853. “Tiene suerte”, me dijo. “Aquí el registro civil y religioso era el mismo y hoy lo guardamos todo aquí”, sino hubiese tenido que ir a la iglesia porque en Italia el registro civil se creó oficialmente en 1866 y todos los nacimientos anteriores a ese año son parroquiales. Esos, además de no estar tan ordenados, no se legalizan en la prefectura, sino en la curia y en el Vaticano para su uso en el exterior. ¡Perfecto! Dije, sabiendo que Roma no estaba para nada en mis cuidadosos planes hechos para la ocasión.

La asistente abrió el libro de nacimientos de 1853 y buscó la página indicada en la fotocopia del certificado que yo tenía. “Aquí está – me dijo – mire, el nacimiento de don Giuseppe Giuffre, en 1853, hijo de don Giuseppe Giuffre y Maria Grazia Paino. Aquí está la firma de su padre”, Casi 170 años después estaba viendo la firma de uno de mis antepasados, y me transporté al momento en el que un padre “firma” a su hijo. ¿Tendría pensado ya en ese momento don Giuseppe padre emprender la partida a tierras tan lejanas como el Perú?
Rápidamente me dieron los documentos que necesitaba y me preguntaron: “¿Se queda varios días para visitar la isla?” “No – les respondo con una profunda y sincera lástima en mi alma ya que ahora que estaba allí, sentía que tenía el deber de quedarme más tiempo y explorar un poco más para ver los parajes en los que jugó mi tatarabuelo de niño y conectarme con el espíritu de las generaciones –, tomo el barco de regreso a Milazzo esta tarde. Mañana tengo que estar en Messina para apostillar este documento y por la noche tengo que partir a Catania para tomar un vuelo a Génova.”
Sentí que esa travesía que les acababa de narrar en cuatro ciudades italianas, tres de las cuales están en Sicilia, ya les parecía algo casi tan extravagante como irme a Groenlandia y no pude evitar pensar que los Giuffrè tuvieron que estar realmente ansiosos de comerse el mundo para dejar su isla y llegar al otro lado de la tierra en pleno siglo XIX.
“Pues, o se va al puerto ahora mismo a ver si hay algún barco que salga hoy, o se va a quedar hasta la próxima semana en Salina”, me dijo el encargado. “Se viene una gran tormenta que va a durar varios días y ya anunciaron el cierre de los puertos desde esta tarde. Si el barco llega a venir de Stromboli y se detiene en Salina, quizás tiene una chance de regresar a Milazzo eso, claro, si el capitán juzga que se puede hacer la travesía”.
Salí de la Municipalidad y decidí dar un paseo por el malecón, paseo que me pareció demasiado corto para mis expectativas identitarias y, sin demasiada opción, me dirigí al puerto. De ser el mismo capitán de la mañana, saldríamos. Ya lo sabía algo osado y tenía fe en su juicio.

En el puerto no había un alma. La oficina que en verano debe estar rebozando de turistas, estaba cerrada y había un cartelito que decía “abrimos 10 minutos antes de la salida del próximo barco” y por supuesto ninguna información acerca del horario del próximo barco…







































































