Introspección al pasado: Periplo italiano parte I

A finales del año pasado me embarqué en uno de los viajes más importantes que haya hecho en mi vida.

Viajero incansable desde muy joven, casi siempre he viajado con alguien o con el objetivo de visitar a alguna persona en particular. Son pocas las ocasiones en las que me he permitido ir a algún lugar sin compañía, sin conocer a nadie y con la voluntad de no encontrarme con nadie.

Pues mi penúltimo viaje del año pasado fue exactamente eso: un viaje individual, personal, en el que no tenía la intención de encontrarme con nadie más que conmigo mismo… y ¡Vaya que lo necesitaba!

Tenía una misión, lo cual hacía que todo fuese un poco más divertido: encontrar las actas de nacimiento, matrimonio y defunción de mis tatarabuelos italianos para iniciar los trámites de la nacionalidad. De mi tatarabuelo tenía todo claro, gracias a las investigaciones realizadas por uno de mis tíos hacía 30 años, pero de mi tatarabuela no tenía más que el nombre en el acta de matrimonio con mi tatarabuelo.

Viviendo en Malta y a punto de viajar al Perú para visitar a la familia por Navidades (y vaya que fue un acierto esa visita, porque ahora nadie tiene idea de cuándo volveremos nuevamente a viajar con normalidad), tomé la decisión de seguir los pasos de mis ancestros, previa coordinación con nuestro abogado de nacionalidad y con los datos que mi madre había ido recuperando de la familia.

Siempre habíamos escuchado en la familia que mi tatarabuelo, Giuseppe Giuffrè había nacido en Sicilia, en Lipari para ser más precisos, la más importante de las islas eólicas. Alguna confusión hubo por ahí, ya que en uno de los documentos guardados por la familia figura una embarcación registrada por su padre, de idéntico nombre, en Messina, sin embargo, esto se debe a que administrativamente las islas eólicas se gestionan desde aquella ciudad siciliana.

Por otro lado, poco o nada, más allá de su nombre, sabíamos de mi tatarabuela, Germania Lagomarsino. Algún interesado por allí debió de haber hurgado en los archivos civiles sobre el origen del apellido y lo rastreó en Santa Margherita Ligure, en la región de Liguria y entonces algún otro osado, de quien se desconoce la identidad, empezó a notificar a los famosos sitios web de internet que te crean tu árbol genealógico, que éste había sido el lugar de nacimiento de doña Germania.

Así que, con esos datos en mano, algo vagos para ser honestos, empecé a planear mi viaje, no sin ciertas dudas, debo admitirlo, sobre el éxito de mi misión, es decir, encontrar todos esos documentos en los registros civiles y apostillarlos en sus respectivas prefecturas para que puedan ser utilizados para el trámite de la nacionalidad. Lo que sí tenía claro era que esa aventura me causaba mucha emoción y me iba a permitir adentrarme un poco más en la historia de mi familia.

Planenado mi viaje: todo en orden, todo claro, sin contratiempos

Por parte de mi abuelo, la herencia francesa siempre me fue transmitida con mucho más rigor y entusiasmo que la herencia italiana, por lo cual yo no conocía demasiado de ella. Sin embargo, mi abuelo tenía tres cuartas partes de italiano y una cuarta parte de francés, ya que todos los ancestros de su madre eran italianos y por parte de su padre, la mitad eran franceses y la otra mitad, italianos.

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Un mes antes del viaje, nos cayó del cielo a mi madre a mí – ya que la nacionalidad la estoy tramitando con ella – una copia del acta de nacimiento de mi tatarabuelo, Giuseppe Giuffrè, que mi tío había recolectado a inicios de los 90. Resulta que los Giuffrè venían de Santa Marina Salina, que es otra de las islas eólicas, aunque no precisamente de Lipari. Nació en 1853.

De mi tatarabuela, lo que sabíamos era que había nacido en Santa Margherita Ligure, que es un pueblo de Liguria, cerca de Génova, en 1862, pero nada más.

Como mi misión incluía no solamente recuperar las actas de nacimiento de los registros civiles que normalmente están en propiedad de las municipalidades, sino, además, apostillarlos en las prefecturas a las que pertenecen dichos municipios, pues el viaje debía contar con paradas obligatorias en Messina y Génova.

Con toda esa información en mano, empecé a hacer algo que me encanta: planificar el viaje. Hice el programa exacto de los vuelos, trenes, buses y barcos que debía tomar para llegar a todos los destinos, calculé los tiempos, dejando algún margen de imprevistos, aunque no demasiado porque igual tenía que retornar a Malta para viajar al Perú a pasar fiestas con la familia. También reservé AirBnb’s, hoteles y guesthouses, me aseguré que ningún feriado público interrumpiera mi itinerario y verifiqué los horarios de apertura y direcciones de cada una de las instituciones públicas que debía visitar. Procuré que los alojamientos estén cerca y que el acceso desde las estaciones de trenes sea fácil.

Por último, y aunque lo dudé un poco, decidí quedarme algunos días más en Génova como base para hacer la exploración de la pista ligur, ya que no estaba para nada seguro de poder encontrar los documentos de Germania.

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Días antes de emprender el periplo individual con misión colectiva, algunos nervios empezaron a surgir, ya que no estaba del todo seguro si el tiempo que había previsto iba a ser suficiente para cumplir mi objetivo. Sabía que las posibilidades de retornar con la misión incompleta eran altas, pero aún así algo me impulsó a salir a tentar la suerte.

Llegado el día de la partida, me alisté y me fui con mi poco equipaje, a pesar de estar ya a mediados de diciembre, a tomar el vuelo a Catania. El viaje de Malta a Catania no toma ni 45 minutos. El avión casi no tiene tiempo de llegar a la altitud de crucero que ya está descendiendo. A lo lejos veía unas grandes nubes negras que cubrían Sicilia y había leído que una fuerte tormenta estaba azotando el norte de la isla, lo cual me inquietó un poco, sobre todo por el barco rápido (aerodeslizador) que debía tomar esa noche para llegar a Salina.

Estación de Catania

Al llegar a Catania, tomé un bus desde el aeropuerto y me dirigí al centro para verificar que el tren a Messina estaba en hora y luego aproveché para dar algunas vueltas. En Messina tenía que cambiar de tren para ir hacia Milazzo, el puerto de donde partiría mi embarcación. Y digo bien partiría porque cuando ya había llegado a Milazzo y ya iba en el taxi de la estación del tren al puerto de pasajeros, me llegó un mensaje de texto a mi celular anunciando que el barco estaba cancelado por mal tiempo.

En ese momento se me vino todo abajo, ya que una parte crucial del trabajo era encontrar el acta en la municipalidad de Santa Marina Salina, para lo cual había pensado llegar esa noche a la isla, en el último barco, dormir en un hostal que, evidentemente, ya había separado con mucha antelación y temprano en la mañana siguiente ir caminando a la municipalidad para pedir el acta, la cual, esperaba que me fuera entregada en ese mismo día ya que había comprado mi retorno para esa tarde, con el objetivo de llegar a Messina por la noche y al día siguiente ir temprano a la prefectura para apostillar el documento.

La bendita tormenta estaba desgarrando mis planes, aunque al ver a lo lejos en el horizonte los destellos de los rayos, me dije que quizás era mejor no haber tomado el barco esa noche, sino hacer la travesía de día, por más que el clima sea el mismo.

En el puerto me mandaron a encontrar un hotel y a regresar al día siguiente a las 06:00 am, cuando el capitán juzgaría las condiciones climáticas para zarpar. Tampoco me garantizaban que llegaríamos a Salina. El aerodeslizador primero paraba en Vulcano y luego en Lipari, las dos islas más pobladas de las eólicas, antes de seguir la travesía. Si al llegar a Lipari el clima empeoraba, el capitán decidiría retornar o quedarse allí mismo. Me fui sabiendo eso, pero pensando que, si me quedaba atrapado en algún lugar, pues por qué no sería en las islas eólicas ¿no?

Milazzo, inesperado

Encontré un hotel simpático a unas pocas cuadras del puerto y luego me puse a recorrer la ciudad, la cual me pareció mucho más bonita y viva de lo que esperaba y finalmente me refugié en un bar de espumante y quesos, donde me devoré un parmesano con un prosecco en la terraza, y me pareció estar en un mundo paralelo mientras veía el cielo caer con vehemencia sobre las calles y me pregunté cómo haría para regresar a mi habitación esa noche.

Prosecco y parmesano
La tormenta vista desde la terraza del prosecco y el parmesano

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A la mañana siguiente me desperté muy temprano, a las 4:30 am, para tomar una ducha y desayunar ya que la señora de la recepción de noche, que también atendía el desayuno del día siguiente, me había hecho el favor de tenerme algo caliente para las 5am, lo cual agradecí con el alma porque el frío afuera era considerable. Salí del hotel y me dirigí al muelle. La lluvia había cesado, pero el viento seguía rugiendo y al fondo se mostraban aún los fulgurantes destellos de la rayería que no abandonaba el horizonte eólico.

Aerodeslizador para ir de Milazzo a Santa Marina Salina

El capitán juzgó que “se la jugaba” y entonces zarpamos. El aerodeslizador es una nave que va extremadamente rápido, lo cual agradecí en varias ocasiones, pero que tiene una sensibilidad muy grande al movimiento del mar, lo cual desagradecí en muchas otras. Los únicos viajeros eran personas que iban a trabajar, visiblemente molestos por el juicio del capitán y un grupo de voluntarios de la cruz roja italiana que se notaba que no tenían mucha experiencia navegando y que la pasaron muy mal durante el trayecto. La verdad es que el barco se movió muchísimo.

Llegué a Salina a las 08:30 am, dos horas y media después de un constante movimiento inmisericordioso del aerodeslizador el cual, pensaba con algo de aprensión, tendría que volver a tomar para retornar esa misma tarde.

Santa Marina Salina 08:30 am

Salina es una isla de 800 habitantes permanentes, de los cuales la mitad deben ser familiares míos ya que hay muy pocas familias en la isla y una de las más predominantes es la familia Giuffrè. Hay estatuas, calles y placas que llevan el apellido. Imagino que hay Giuffrè para todo, para hacer de héroes y también de villanos del pueblo, tanto como de agricultores o de marineros.

Giuffrè, placas y bustos

Gracias a un libro que consiguió mi tío en los 90, que retrata las historias de las familias del pueblo, nos pudimos enterar que en la isla se sabía que un loco Giuseppe se llevó a su mujer y a sus hijos al Perú, a hacer fortuna, a pesar que tenían una buena posición en la isla: eran propietarios de una embarcación comercial registrada en Messina y mi tatarabuelo (Giuseppe figlio) nació en su casa, la cual es hoy la escuela secundaria de la isla, por ende una de las más grandes del pueblo. Quizás había crecido tanto que sus sueños ya no cabían en la pequeña isla, y esa fue mi primera pista para imaginarme por qué siempre supimos que nuestra familia siciliana venía de Lipari y no de Salina. ¡Es que Salina era demasiado pequeña! Visto desde allí, Lipari es la gran metrópoli. Claro, poco sabrían los Giuffrè que, visto desde Lima, Santa Marina Salina o Lipari es exactamente la misma vaina. Por eso – seguía con mis reflexiones – también se ha escuchado la versión que los Giuffrè venían de Messina.  

Las calles de Santa Marina Salina

A las 09:00 en punto me metí a la Municipalidad y vi un letrero del registro civil que decía que abrían a las 10:00 am, aunque ya había gente adentro. Me senté en el banco de un piano que estaba en el hall de la entrada y noté que el busto que estaba detrás del ciprés de navidad era de un Giuffrè. Me levanté y fui a tocar la puerta del registro: “hola, qué tal, vengo a buscar el acta de nacimiento de mi tatarabuelo”, dije en mi italiano masticado. El encargado me miró de reojo como diciendo “uf, ahora quién viene a complicarme el día”. En realidad, yo pensé que una tarea de esta naturaleza hubiese entusiasmado a alguien que está acostumbrado a ver pasar el aire de diciembre por la ventana del registro. Pero no. La gente a una cierta edad ya quiere jubilarse y ver pasar el aire por la ventana de sus propios recuerdos.

Giuffrè, placas y bustos

Ahí le saqué en el instante la fotocopia del acta que nos había mandado mi tío. “Mire”, le dije,” tengo el nombre, el año y todos los datos aquí”. El señor cogió el papel impreso (llevaba yo una carpeta con todos mis documentos impresos y ordenados según la cronología de lo que tenía que hacer en el periplo italiano). Me miró como preguntándome de dónde había sacado ese papel. “Esto lo consiguió mi tío que vino aquí hace 30 años y lo obtuvo de esta Municipalidad”. Le dije. “Lo sé – me respondió – yo se lo di a tu tío. Esa es mi firma en el documento”, respondió sonriente el encargado. Ahora sí la tarea era más amena.

En ese instante me puse a pensar en la fuerza del legado del Giuseppe loco que se fue al Perú y que por cuestiones del destino hizo que dos de sus descendientes (y quien sabe si algún otro más) haya pisado su isla de 800 habitantes más de 150 años después de su partida. También me puse a pensar que, si sus sueños hubiesen sido saciados en su isla, yo no existiría. Ni mi tío tampoco. Y no pude dejar de estremecerme con una extraña sensación de pertenencia. Era una isla que jamás había visto ni en foto y de cuya existencia me venía a enterar pocos días antes de mi periplo, ya que la memoria colectiva de nuestra pertenencia siciliana nos aseguraba que éramos de Lipari. Y todos le creíamos a esa leyenda. Nos faltó el rigor científico en la familia, pues.

Salina para ese entonces, exactamente 1 hora después de haber llegado, ya era parte de mi historia e ingresaba para modificar las creencias familiares de al menos dos (aunque quizás tres) generaciones.

Seguía así, exhorto en mis elucubraciones transgeneracionales, cuando, de repente regresó la asistente del encargado con un libro viejísimo, de 1853. “Tiene suerte”, me dijo. “Aquí el registro civil y religioso era el mismo y hoy lo guardamos todo aquí”, sino hubiese tenido que ir a la iglesia porque en Italia el registro civil se creó oficialmente en 1866 y todos los nacimientos anteriores a ese año son parroquiales. Esos, además de no estar tan ordenados, no se legalizan en la prefectura, sino en la curia y en el Vaticano para su uso en el exterior. ¡Perfecto! Dije, sabiendo que Roma no estaba para nada en mis cuidadosos planes hechos para la ocasión.

Libro de actas de nacimiento de 1853 – Santa Marina Salina

La asistente abrió el libro de nacimientos de 1853 y buscó la página indicada en la fotocopia del certificado que yo tenía. “Aquí está – me dijo – mire, el nacimiento de don Giuseppe Giuffre, en 1853, hijo de don Giuseppe Giuffre y Maria Grazia Paino. Aquí está la firma de su padre”, Casi 170 años después estaba viendo la firma de uno de mis antepasados, y me transporté al momento en el que un padre “firma” a su hijo. ¿Tendría pensado ya en ese momento don Giuseppe padre emprender la partida a tierras tan lejanas como el Perú?

Rápidamente me dieron los documentos que necesitaba y me preguntaron: “¿Se queda varios días para visitar la isla?” “No – les respondo con una profunda y sincera lástima en mi alma ya que ahora que estaba allí, sentía que tenía el deber de quedarme más tiempo y explorar un poco más para ver los parajes en los que jugó mi tatarabuelo de niño y conectarme con el espíritu de las generaciones –, tomo el barco de regreso a Milazzo esta tarde. Mañana tengo que estar en Messina para apostillar este documento y por la noche tengo que partir a Catania para tomar un vuelo a Génova.”

Sentí que esa travesía que les acababa de narrar en cuatro ciudades italianas, tres de las cuales están en Sicilia, ya les parecía algo casi tan extravagante como irme a Groenlandia y no pude evitar pensar que los Giuffrè tuvieron que estar realmente ansiosos de comerse el mundo para dejar su isla y llegar al otro lado de la tierra en pleno siglo XIX.

“Pues, o se va al puerto ahora mismo a ver si hay algún barco que salga hoy, o se va a quedar hasta la próxima semana en Salina”, me dijo el encargado. “Se viene una gran tormenta que va a durar varios días y ya anunciaron el cierre de los puertos desde esta tarde. Si el barco llega a venir de Stromboli y se detiene en Salina, quizás tiene una chance de regresar a Milazzo eso, claro, si el capitán juzga que se puede hacer la travesía”.

Salí de la Municipalidad y decidí dar un paseo por el malecón, paseo que me pareció demasiado corto para mis expectativas identitarias y, sin demasiada opción, me dirigí al puerto. De ser el mismo capitán de la mañana, saldríamos. Ya lo sabía algo osado y tenía fe en su juicio.

Malecón de Santa Marina Salina -últimos rayos de sol antes de la tormenta 10:00 am

En el puerto no había un alma. La oficina que en verano debe estar rebozando de turistas, estaba cerrada y había un cartelito que decía “abrimos 10 minutos antes de la salida del próximo barco” y por supuesto ninguna información acerca del horario del próximo barco…

El embarcadero, desierto 10:15 am

La brisa fresca de la primavera

Una de las maravillas de la vida es que para viajar no necesariamente requieres desplazarte físicamente a ningún lugar.

Uno de los viajes más sublimes es el de la mente, que te permite trasladarte espacialmente pero también temporalmente. De hecho, el viaje metafísico te conecta con diversos planos de tu propia persona, y te permite asombrarte con la grandeza de la existencia y con la multiplicidad de vidas que llegas a vivir a través de los años.

Estos viajes son particularmente importantes en tiempos de cuarentena, en los que los movimientos físicos se reducen y para los viajeros empedernidos como yo, eso puede llegar a ser un desafío muy difícil de superar.

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Quería compartir con ustedes una sensación que experimenté el otro día, ahora que las temperaturas maltesas empiezan a rondar los cálidos veintialgo grados durante el día, lo que, sumado a que salimos del invierno y al alto porcentaje de humedad insular, puede derivar en una sensación de falso verano.

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Estaba yo “haciendo pereza”, como dicen mis amigos colombianos, un domingo de estos pasadas las dos de la tarde en mi cama, mientras leía el coloso libro de Taylor Caldwell, La Columna de Hierro, sobre la vida de Marco Tulio Cicerón durante la gloria del Imperio Romano, cuando de repente de la ventana que da a mi balcón, que para efectos realistas es una puerta, entró una fantástica ráfaga de aire fresco que me vino a acariciar desde la cabeza hasta los pies, arrullándome suavemente como si fuera una hipnosis somnífera, provocándome inmediatamente una serie de escalofríos.

No tuve demasiado tiempo de reflexionar y, casi obligado por el implacable destino, cerré mi libro sin haber terminado el capítulo – lo cual ya dice mucho de la emoción que me provocó el acontecimiento, dada mi inflexibilidad con ese tipo de reglas que constituyen la armonía misma del universo – y cerré los ojos como para sentir hasta la última onda de la piel de gallina que esa ventisca me provocó.

El aire venía cargado de la esencia pura de la primavera, ya que envolvía la timidez de las últimas frescas ráfagas de invierno con la autoritaria presencia del sol de abril del pleno día Mediterráneo, como recordándonos a todos que el mar aún está fresco, que las playas aún están vacías pero que los corazones ya tienen puestos la ropa de baño.

Por acá entra la brisa fresca de la primavera del Mediterráneo, foto propia

Para mi sorpresa, el impulso siguiente no fue el de una frustración dictada por la imposibilidad de cruzar la puerta e ir corriendo al malecón que está a tres cuadras de mi casa, ni tampoco el de una saudade portuguesa añorando el adiós de un barco en un puerto que jamás vi, ni menos aún el de la angustia por no saber cuándo acabará esta bendita maldición que nos ha caído a todos encima por portarnos mal con la Pachamama como dicen varios por ahí, sino que se me dibujó una sincera y tierna sonrisa, que, perdida en una habitación de Gzira, en un edificio más de los que hemos construido a toda prisa los humanos, alzó vuelo para sumarse con la brisa que ya partía rauda y sin mucha tolerancia a las tardanzas, para asomarse por la ventana de algún otro incauto.

Se fue la brisa y nos quedamos mi piel de gallina y yo – y el pobre Cicerón a mi izquierda, bastante incómodo por haber faltado yo a las fórmulas de cortesía tradicionales – e inmediatamente me trasladé a una fabulosa imagen que me ha acompañado siempre, así en 4D, y que es suficiente para recobrar el gusto por la vida, sin tapujos, ni elucubraciones:

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Yacía yo, a mis ocho años, en la cama de mis padres de Santa Eulalia, en el inicio de la sierra limeña, algún día de los tantos en los que el astro rey no tiene rival alguno en el estrecho horizonte punteado por los cerros pelados en casi todos sus flancos, esperando que suceda algo.

Los cerros pelados de Santa Eulalia, foto propia

En mi recuerdo estoy solo, lo cual es bastante posible ya que los adultos a esa hora estarían por la piscina o alistando alguna parrilla, o incluso leyendo en las terrazas bajo sus sombreros de paja con alguna música cubana adornando los recovecos del espacio.

Las ventanas que están sobre la cabecera de la cama están abiertas completamente, no hay marco, así que cuando se abren es como si la habitación y el exterior se unieran en una misma esencia, como le gustaba afirmar a los abejorros del lugar.

Las ventanas de Santa Eulalia, foto propia

Atrás de las ventanas, es decir afuera de la casa cuando están cerradas, hay un contorno de piedra que bordea la casa y luego un par de niveles de andenes que separan el camino que va al cerro. Los andenes están bien plantados, con frutas y flores, y tras los árboles gigantes de atrás que se mecen con las notas del viento, van cayendo rayos intermitentes de sol que le dan un aura particular a cada planta que tocan. El día aún no ha llegado a su clímax.

De repente, me dispongo a salir corriendo a jugar con mi hermano y con mis primos, cuando una decidida brisa que, para efectos de este escrito, llamaremos “primaveral”, me inmovilizó por completo.

Recuerdo instantáneamente haber olvidado la idea de salir a jugar y haberme quedado inmóvil disfrutando cómo me envolvía aquella brisa que, ahora lo entiendo, traía consigo una piel erizada de una habitación Mediterránea.

Impresiones del retorno a Lima 2019-2020

Lima es una ciudad a la que siempre me ha gustado volver. He vivido en ella en dos oportunidades de mi vida y por largos períodos (la primera de niño y la segunda casi un par de décadas después, ya adulto). El problema es que nunca he logrado sentirme realmente limeño. Quizás porque en mis años de corta infancia aún no había desarrollado la consciencia de la pertenencia y porque en mi segunda larga estadía ya la había desarrollado demasiado fuera de allí.

Lo que sí es cierto es que siempre he soñado con volver. Desde que hilábamos estrategias con mi tía Yvonne, para que mis padres me mandaran desde Costa Rica a pasar los veranos primero a la casa de Chacarilla de mis abuelos y luego a la entrañable casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro, hasta la vez que planeamos con mi tío Pedro en una triangulación Montreal-París-Barranco, una visita a escondidas cuando mis padres ya vivían en Lima y yo estaba estudiando en Poitiers, Francia.

Casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro donde pasé entrañables veranos. Foto de mis tíos.

Mis retornos a Lima han sido tan memorables que he construido recuerdos más vívidos aún que si yo hubiese vivido allí de corrido.

El mejor sentimiento es el de ver cómo las cosas evolucionaron en esa ciudad llena de energías, de historias y de misterios, desde inicios de los 90’ cuando me fui dejando una masa de concreto caótica, desordenada, sucia, a la merced de las enfermedades, de la violencia y de la pobreza, para ir reencontrándome siempre con una nueva cara, siempre cambiante, siempre “mejorada”, de mi ciudad natal.

Recuerdo perfectamente aquél día en que mi madre volvió de visita del Perú y nos contaba en la mesa del Café-Restaurante 1900, que mis padres llevaban con orgullo y mucho esfuerzo en Los Yoses, San José, Costa Rica, que en Lima los parques tenían flores y estaban bien cuidados. Mi padre y yo nos reíamos, incrédulos, de aquellas quimeras de mi madre. Daba la impresión que no hubiese salido de los jardines de la casa de mi abuelo donde se estaba quedando en aquella oportunidad. Pero mi madre insistía en su punto con una seriedad que dejaba entreverse entre sus mágicas carcajadas que siempre la han acompañado cuando cuenta una buena historia.

Cuando regresé a Lima, a los pocos meses, lo comprobé por mí mismo. Los parques estaban bien cuidados, efectivamente, y más que eso, los montículos de basura que se apilaban en cada esquina habían desaparecido. Algunas nuevas construcciones empezaban a erigirse dejando dibujarse un horizonte bastante poblado de grúas y camiones que llevaban los escombros a la costa verde, donde más adelante el material desechado permitió su expansión, seguramente con algún costo ambiental bastante elevado.

Foto tomada por mi amigo Ezequiel Galotti (IG @egalotti), a quien no le pedi permiso, pero sacó fabulosas fotos de Lima. Aquí se ve lo bien cuidados que están los parques en la ciudad de los Reyes.

Aún persistían los lanchones que iban desde Barranco hasta el Centro de Lima por la vía expresa, las combis y el comercio ambulatorio, pero los cambios se sentían, la gente empezaba a cambiar su forma de vestir, su forma de apropiarse de la ciudad.

Recuerdo también otro retorno en el que había novelería en el aire ya que Juan Sebastián y Patricia, muy amigos de la familia, acababan de comprarse un auto nuevo, un Peugeot del año si recuerdo bien, lo cual parecía algo completamente inaudito en una ciudad con un parque automotor de más de 20 años en promedio y en la que los robos y la inseguridad aún estaban a la orden del día. En ese viaje comencé a notar que Juan Sebastián y Patricia no eran los únicos “locos” y que ya algunos ciudadanos estaban permitiéndose ese lujo que en Costa Rica era más bien algo así como un imperativo social.

Todos esos cambios, incluyendo la destrucción de la casa de mis abuelos para construir un edificio de apartamentos, iban causando impactos fuertes en mi, que me ponían en vilo cada vez que volvía a Lima, expectante de cuáles serían las próximas mutaciones.

Esta vez no fue la excepción. Fui a pasar las fiestas navideñas con mis padres y a recibir el 2020. Apenas un año después de haber dejado Lima, regresé para encontrar varios cambios: sobre el tema vial, aunque no me lo vayan a creer mis amigos limeños, vi más orden. Quizás la introducción del pico y placa o la inauguración de algunas obras como el viaducto de la bajada Armendáriz a la playa hayan contribuido con mi percepción, pero no fui el único, ya que le hice notar a mi madre, por ejemplo, que la avenida Javier Prado, la más transitada del país, ya estaba libre de combis y rutas particulares y que éstas habían sido sustituidas por buses del corredor rojo (creo) de la Municipalidad de Lima. Esto era algo impensable algunos años atrás. Me da esperanzas también la creación de la Autoridad del Transporte Urbano que espero pueda seguir corrigiendo años de mala planificación aunque lo más importante será la educación cívica de los conductores y de los peatones.

Viaducto en la bajada de Armendáriz, recientemente inaugurado. Foto extraída de:
https://peru21.pe/lima/jorge-munoz-entrego-viaducto-armendariz-conecta-miraflores-barranco-nndc-486797-noticia/

También noté una disminución en la construcción y la consolidación de las edificaciones de viviendas y oficinas. La calle Las Begonias en San Isidro ha sabido transformarse bien en un centro empresarial moderno y la peatonalización de la callecita de atrás del centro comercial Las Ramblas en San Borja, le hace mucho bien a esa zona. De igual manera la masificación de los servicios de alquiler de bicicletas y scooters, al menos en Miraflores, permite una mejor movilización de los ciudadanos con alternativas reales al vehículo motorizado.

Centro empresarial de Las Begonias. Foto propia, Ene 2020.


Otro de los aspectos que me llamó la atención es que la escena gastronómica sigue vibrante y reinventándose y estoy convencido que Lima hoy se ha convertido en una de las mejores ciudades del mundo para salir a comer. Falta mejorar el servicio al comensal que a pesar de ser amable, muchas veces no es todo lo profesional que debería en lugares que cobran como para no tener faltas, pero el corazón todo lo perdona al sentir los sabores mágicos de la historia del Perú fusionados por la diversidad limeña.

Delicias gastronómicas en Jerónimo (Miraflores). Muchas gracias a mi amigo del alma André Morin por la invitación. Foto propia, Dic, 2019.

Otro gran cambio que yo vi venir, pero que ahora ya se ha asentado, es el de la presencia de la migración, algo que estuvo siempre ausente de Lima durante todos los años de mi vida, ya que las clásicas diásporas italiana, china y japonesa son más bien de años anteriores. La migración venezolana que ya está cerca al millón de personas en el Perú, muchos de los cuales han escogido Lima como punto de anclaje, refleja una salud económica del país que nadie puede negar ya que de lo contrario los migrantes no se quedarían allí y seguirían su rumbo hacia otros destinos. Como todas las migraciones anteriores, la venezolana influencia nuestra sociedad, nos enriquece y nos hace crecer.

Por otro lado, me molesta un poco que muchos limeños sean mezquinos con su tierra, que se quejen más de lo que aprecian sus bondades y lo puedo entender, porque uno siempre es susceptible a los problemas cotidianos, pero no podemos ser derrotistas y fatalistas y quedarnos en lo negativo, de lo contrario no podremos nunca disfrutar de todo lo que tiene la ciudad para ofrecernos. Entiendo perfectamente los problemas de Lima y del Perú y creo que son serios y que merecen atención, pero no me voy a detener aquí a mencionarlos ni a intentar proponer soluciones, porque ese es no es el propósito de un blog de viajes.

Mi propósito es comentar sobre la sensación de retorno, sobre la importancia de reconocer los cambios y las evoluciones y sus enseñanzas. La más importante de todas es que todo se transforma, nada es inmóvil, así que aprovechemos lo que tenemos ahora porque no sabemos si mañana va a estar allí.

Croquetas y tequeños con mi amiga de toda la vida Carolina Dawson en Popular (Larcomar). Foto propia, Dic, 2019.

Claramente yo soy un migrante en el alma, me gusta moverme, no puedo quedarme quieto en un solo lugar – y eso que lo he intentado – y sé que es más fácil ver lo bueno cuando uno está de paso, pero justamente esa mirada externa ayuda a relativizar la inmersión en la “realidad” de cada quien.

Ya sé que muchos me van a criticar por una visión miraflorina de Lima y van a querer señalarme que Lima es mucho más, que Lima es también los conos, el centro, Chorrillos y hasta el Callao. Yo lo sé, pero es inevitable comentar sobre lo que uno conoce, sobre la realidad que nos toca vivir y esta es la mía y es tan real como cualquier otra. Nadie puede negar que Miraflores está allí y que es un distrito lleno de vida, movimiento cultural y gastronómico y que tiene maravillosos espacios públicos que disfrutan muchísimos limeños sin importar de donde vengan.

Escribo estas líneas desde París, a escasos metros del Sena y del Pont Neuf y no puedo dejar de pensar en cuánto daría por dar cuatro pasos y comerme un buen lomo saltado o un apanado con tallarines a la huancaína.

Atardeceres de verano de Lima… simplemente maravillosos… Foto propia, Dic 2019.

Lima… ya volveré… y sé que la Lima que vi hasta antes de ayer, y la Lima que vi todas las veces que volví nunca más la volveré a ver y que muchas sorpresas me esperan al voltear la página. Keep them coming!

Viajes gastronómicos

Hace poco tuve una de mis mejores experiencias gastronómicas y recordé que esta era de una mis formas favoritas de viajar. Para este tipo de viajes, no es necesario ir a ningún lugar en particular, ni siquiera subirse a un avión. Muchas veces tienes templos de peregrinación culinaria a tres pasos de tu casa y mientras estás bajo las cobijas viendo Netflix, decenas de personas están deleitando su alma y cuerpo a través de los olores, texturas y recuerdos…

Siempre he sido de buen diente y me muevo bien desde los mercados populares hasta los restaurantes con dress code exigente y mis platos favoritos se encuentran dentro de una amplia y generosa gama que va desde el gallo pinto con huevo costarricense hasta el foie gras del Périgord, pasando por un sándwich de lomo limeño o un pollo al curry verde tailandés.

Más allá que cada uno de esos platos me transmita sentimientos y emociones muy particulares y me permita viajar cada vez que siento sus olores, hay algunas experiencias gastronómicas que realmente han sido sublimes y que son parte constitutiva de mi existencia

Voy a hacer un recuento de las cinco experiencias más espectaculares, teniendo en cuenta los siguientes criterios:

  1. Calidad y sabor de la comida
  2. Presentación
  3. Propuesta innovadora
  4. Ambientación
  5. Atención/Servicio (este es un aspecto fundamental ya que la atención puede ser un vehículo para apreciar la gastronomía tanto como un distractor o un incluso un impedimento para hacerlo)

Es realmente muy difícil para mí elegir a los cinco mejores, ya que hay muchísimas experiencias que se me vienen a la mente, pero he intentado ser lo más objetivo posible, así que aquí va mi ranking:

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5) De Mondion – Mdina, Malta

El De Mondion es un maravilloso restaurante albergado por el Hotel Xara Palace, el único hotel 5 estrellas de la fantástica ciudad amurallada de Mdina.

La experiencia del De Mondion inicia mucho antes de ingresar al Xara Palace, ya que en realidad para ir a este magnífico restaurante, la idea es ir a pasear por las mágicas callecitas de Mdina, una de las joyas arquitectónicas de Malta, que alberga varios siglos de historia con sus respectivas – y variadas – influencias culturales.

Para ingresar al restaurante uno debe pasar por la puerta principal del hotel y atravesar el sobrio y elegante lobby para llegar al ascensor que sube directamente al De Mondion. Al cruzar la puerta principal, la recepción ya es totalmente personalizada , pues el personal sabe perfectamente quién eres, por qué ocasión especial vienes y te llaman por tu nombre y, cuando pueden, en tu idioma.

Debido a que yo ya me había hospedado previamente en el hotel – pero nunca había ido a cenar al restaurante – ellos ya tenían mis datos almacenados, por lo que la atención y el servicio fueron aún más personalizados. En este caso, la ocasión principal era festejar el cumpleaños de mi madre querida que me visitaba en Malta junto con mi papá por unos días y su cumpleaños coincidía justamente con su primer día en la isla. ¡Un acierto total haber venido aquí!

El restaurante tiene dos ambientes: un salón interior muy elegante, sobre todo apto para el invierno y días lluviosos, el cual consta de unas 10 mesas máximo; y una terraza larga con una maravillosa vista sobre el sudeste de la isla, principalmente campos cultivados, siluetas urbanas y el Mediterráneo al fondo.

De Mondion, Mdina, Malta
https://demondion.com/

Lo bueno de Malta es que a finales de setiembre o incluso en los primeros días de octubre el clima es totalmente benevolente y permite que tengas una cena muy placentera en exteriores.

La terraza no tiene más de 8 mesas y eso permite que la atención sea totalmente personalizada y muy sofisticada. La carta de vinos es una de las mejores que he visto nunca y las recomendaciones fueron bastante adecuadas.

Los platos son auténticas creaciones del chef basadas en recetas internacionales y de la cocina local maltesa, muy bien logrados y con una presentación impecable. Recuerdo particularmente los agnolotti con ricotta y el enrollado de conejo maltés, aunque toda la cena estuvo fantástica.

Para coronar la atención, al finalizar salió incluso a despedirse el chef, un joven con una actitud nonchalante, muy jovial, como si no acabara crear medio centenar de obras maestras distribuidas entre las pocas y felices mesas del lugar.

 Al salir, los doscientos metros que separan la puerta principal del Xara Palace, con la entrada principal de la muralla de Mdina se sienten casi casi como caminar en un sueño.

Experiencia redonda.

  1. Calidad y sabor de la comida: 4.5/5
  2. Presentación: 4/5
  3. Propuesta innovadora: 4/5
  4. Ambientación: 5/5
  5. Atención/Servicio: 4.5/5

Nota final: 4.4

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4) Les Climats – París, Francia

Este es mi descubrimiento más reciente. Se trata de un maravilloso restaurante bourgignon situado en Rue de Lille, en el 7ème arrondissement.

Es un fabuloso edificio de principios del siglo XX, totalmente Art Nouveau como la tendencia de la época mandaba y que estuvo destinado para las «Demoiselles de la Poste».

El restaurante tiene 4 ambientes: el bar, abierto sobre una de las cavas; el jardín de invierno, con grandes ventanales; el jardín-terraza que permite almuerzos en un ambiente de “exteriores” cuando el clima lo permite y la sala principal del restaurante con una magnífica decoración que hace honor al edificio.

Les Climats, Paris
http://lesclimats.fr/

Les Climats tiene una estrella Michelin desde el 2015 y tiene la mejor carta de vinos que he visto en mi vida. Está especializado en la región de Bourgogne, ciertamente, y eso es lo que uno tiene que ir a buscar ya que, como nos lo dijo nuestro anfitrión de esa noche, este lugar es como una embajada de la Bourgogne en París.

Más allá de la increíble selección de vinos y un maridaje perfecto, la innovación y presentación de los platos no tuvo falla alguna, en ningún momento. Eso, combinado con una atención superlativa y dedicada del sommelier y de todo el equipo, incluida la dueña, hizo de una cena de negocios, un momento realmente inolvidable.

No está demás decir que nuestro anfitrión se ganó el reconocimiento de todos los presentes y pobre de aquél que le toque organizar la próxima cena de este selecto grupo de comensales.

  1. Calidad y sabor de la comida: 4.5/5
  2. Presentación: 4.5/5
  3. Propuesta innovadora: 4/5
  4. Ambientación: 5/5
  5. Atención/Servicio: 4.5/5

Nota final: 4.5

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3) Tegui – Buenos Aires, Argentina

Guardo un maravilloso recuerdo del Tegui, y particularmente cálido, ya que pude reservar una mesa con muy poco tiempo de anticipación, gracias a mi gran amigo Álvaro, quien fue el sommelier de este fabuloso restaurante.

Situado en la calle Costa Rica, en el “recopado” barrio de Palermo, el restaurante por fuera pasa totalmente desapercibido entre paredes con grafitis y casitas de doble planta que son típicas de la zona. Es decir, tienes que ir con la dirección en la mano.

Seguro porque nos habían recomendado, aunque en realidad espero e intuyo que debe ser así con todo el mundo, nos recibieron muy bien, muy amablemente, con una sonrisa cercana y una copa de espumante local de gran calidad, como la Argentina sabe bien producir.

Tegui, Buenos Aires
https://tegui.meitre.com/

El restaurante es moderno y tiene un display alargado, con la cocina al fondo, muy abierta, entre las mesas, como que todo hace parte de un solo ambiente.

El menú es lo más atractivo del restaurant: es una propuesta enfocada en la comida y eso está muy bien la verdad, porque a fin de cuentas es lo que uno va a hacer a un restaurante ¿no? A comer. Se trata pues de un festín en varios tiempos que consiste en un repaso geográfico de la Argentina diversa, donde desfilan desde algas y erizos hasta cachete de cerdo, todo realmente muy bien logrado, muy bien acompasado y muy bien acompañado de diversos vinos que produce este gran país que, a mi juicio, es el que tiene la mejor propuesta vinícola del continente Americano.

La franqueza de la propuesta y la innovación de lo que sirven en la mesa redondea una serie de aspectos que realmente permiten que te sientas en un viaje de sur a norte y de este a oeste de la vasta Argentina.

La ocasión de esta cena fue celebrar el primer cumpleaños de Aimeé como mi esposa, ya que nos acabábamos de casar hacía pocos meses y recuerdo que, al salir del restaurante, después de un fabuloso maridaje y unas cuantas copas cortesía de la casa por ser amigo “recomendado”, me sentía flotando. Las cinco cuadras que separaban el restaurante del apartamento donde nos estábamos quedando se sintieron inmediatas y tanto la lluvia como el frío no impidieron que el trayecto de retorno termine de cuajar una experiencia completa.

  1. Calidad y sabor de la comida: 4.5/5
  2. Presentación: 4.5/5
  3. Propuesta innovadora: 5/5
  4. Ambientación: 4/5
  5. Atención/Servicio: 4.5/5

Nota final: 4.5

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2) Central – Lima, Perú

Calificar a Central es muy complicado para mí, ya que he estado cinco veces en este restaurante que durante varios años ocupó el primer lugar de los mejores restaurantes de América Latina, y con razón, aunque ya que estoy hablando de experiencias, me gustaría referirme a una en particular y no al conjunto, por más que sea difícil de cernir mis memorias en uno sólo de esos momentos, pero lo voy a intentar.

Para empezar, Central ya cambió de casa, ahora está en Barranco, donde no los he visitado aún, pero todas las veces que fui estaban en su local tradicional de Miraflores. En realidad, yo viví mis primeros ocho años de vida en una casa que estaba muy cerca de allí, a unas pocas cuadras, por lo que este siempre ha sido “mi barrio”, así que para mí, se sentía bien.

La experiencia a la que me voy a referir fue cuando fuimos por el cumpleaños de mi madre querida a quien, cuando leo estas líneas, veo que he tenido la ocasión de invitar a lugares que son muy especiales para mi y eso me alegra muchísimo.

El Central de esa época era un restaurante de pequeñas mesas, muy cerquita unas de otras, con una separación visible de la cocina donde siempre vi al chef y estrella, Virgilio Martínez, metiendo mano y dirigiendo todo.

Central es una experiencia completa, sesuda, bien trabajada y bien lograda, que nace de la investigación de los productos más impensados del Perú, un país de una diversidad impresionante de climas y ecosistemas. Virgilio Martínez supo poner en valor productos que nunca se habían consumido y otros que quizás se consumían en lugares muy recónditos del país pero que nadie conocía realmente en las zonas urbanas del Perú.

El servicio es muy esmerado y con muy buen timing. Los platos salen en el momento perfecto y son, en sí, una obra de arte, que presenta muchos elementos para todos los sentidos.

Cuando fuimos para esa ocasión aún era posible pedir a la carta, aunque ahora ya se trata solamente de menús degustación. Preguntamos y pedimos todas las recomendaciones de la casa y en cada caso el resultado fue simplemente sublime.

Es imposible calificar a Central sólo por uno o dos de sus aspectos, es realmente un restaurante que lo abarca todo, es un festival sensorial y es un viaje en sí por el Perú del siglo XXI, un país redescubierto que aún tiene vastas tierras desconocidas, que se cristaliza en propuestas gastronómicas osadas y en descubrimientos que hacen reflexionar. En definitiva, un gran viaje.

  1. Calidad y sabor de la comida 5/5
  2. Presentación: 5/5
  3. Propuesta innovadora: 5/5
  4. Ambientación: 4.5/5
  5. Atención/Servicio: 4.5/5

Nota final: 4.8

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  1. Le Jules Verne – París, Francia

Le Jules Verne más que un restaurante, es un sueño, y eso mismo es lo que proponía Alain Ducasse, quien manejaba el restaurante cuando tuvimos la ocasión de ir, aunque ahora ya está en manos de Frédéric Anton.

Todos los que han administrado este restaurante desde hace ya casi cuarenta años han ganado una estrella Michelin y es entendible que todos le quieran dar el nivel que se merece la experiencia de cenar a 125 metros de altura, en uno de los íconos urbanos más reconocidos del mundo entero: la Tour Eiffel.

La experiencia empieza muchísimo antes: desde que haces la reserva del paquete especial que incluye una mesa “côté fenêtre” que viene en una cajita maravillosa con fotos y con la tarjeta de reserva que debe ser guardada preciosamente (porque la cena ya está prepagada en ese momento) y sueñas con el momento que entrarás ahí.

Le Jules Verne, Paris
https://www.restaurants-toureiffel.com/en/jules-verne-restaurant.html

Y, efectivamente, desde que pones un pie dentro de la salita de espera del ascensor exclusivo, ubicada en el pilar sur de la Torre, ya el sueño inicia. El anfitrión que te recibe te va introduciendo en el mundo de Gustave Eiffel y del Jules Verne, dándote datos interesantes que te permiten entender qué tan especial es el momento que vas a vivir.

Una vez arriba, te recibe un séquito de personal de servicio que te lleva a tu mesa y desde ese momento hasta que sales no dejas de soñar y de viajar. Cada nuevo manjar que traen es más exquisito y mejor presentado que el anterior. El servicio se esmera en ser personalizado a pesar de ser un restaurante con mucho movimiento y, lo mejor de todo, no hay prisas. Sin importar que hayamos ido a las 8pm, fuimos los últimos en salir del restaurante, ya pasada la media noche y nadie nunca nos dio siquiera una mirada de reojo para apurarnos en lo absoluto.

La vista sobre París iluminado es suficiente para soñar despierto, pero esa vista, conjugada con una gastronomía de muy alto nivel, te garantiza el nirvana. No hay nada mejor. Es una experiencia completa.

En este escenario le pedí la mano a Aimeé y puedo decir que no hay mejor lugar que ese para soñar de esa manera, viendo el Sena desde lo alto transcurrir apacible flanqueado de algunos de los monumentos más hermosos del mundo, adornado con las tenues luces interminables de las avenidas y bulevares. El destino luego hace de las suyas, pero las experiencias quedan ahí, para siempre.

  1. Calidad y sabor de la comida 4.5/5
  2. Presentación: 5/5
  3. Propuesta innovadora: 5/5
  4. Ambientación: 5/5
  5. Atención/Servicio: 5/5

Nota final: 4.9

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Mención honrosa para el restaurant de la Bodega Bouza en Uruguay que tiene el mejor centro de asado del universo, acompañado con su vino estrella, el Montevideu, una composición de Tannat, Merlot y Tempranillo que les ha quedado a la altura de los grandes vinos del mundo, en un escenario campestre, muy bucólico y muy uruguayo. Algunos dirán que es demasiado simple para incluirlo en esta lista, pero si cierro los ojos en este instante puedo saborear cada bocado de la carne e imaginarme el vino a temperatura perfecta alegrarme las papilas y nadie me saca lo oriental de la cabeza hasta volver a abrirlos.

Restaurante de la Bodega Bouza
http://www.bodegabouza.com/restaurante/

Así que ahí cierro queridos lectores, el ranking de mis cinco mejores experiencias gastronómicas de todos los tiempos y su yapa. Prometo actualizar este post cuando haya un nuevo contendor. También prometo esforzarme por encontrarlo pronto.

Los maestros de mi Libertad

Uno de los relatos de vida que más me marcó en mi adolescencia fue el del jamaiquino Marcus Mosiah Garvey (1887-1940), admirado por muchos como un auténtico profeta por pregonar el anhelado retorno de un pueblo oprimido a la utopía de su libertad. Para Garvey, los negros del Caribe debían retornar al África, para reencontrarse con su historia y con su Libertad y romper con siglos de explotación, esclavitud e injusticia.

Solo puedo imaginar vagamente lo que un trabajador de los bananales del Caribe centroamericano pudo haber sentido cuando, en medio de la malaria, de la miseria y de la exclusión, le llegaron algunas notas armoniosas, avivándole la esperanza que del otro lado del Atlántico, ese Océano que ha debido soportar algunas de las travesías más déspotas de la Historia, sobrevivía el León de Juda, que la tierra prometida era para ellos y que la Historia les daría paz y venganza, por más incoherente que esto pueda parecer.

No deja de sorprenderme como en algunos lugares tan recónditos como las bahías caribeñas nicaragüenses y hondureñas se erigieran templos en los que Garvey era venerado como el Mesías, mientras se forjaban las líneas férreas en nombre de los nuevos inversionistas capitalistas venidos del Imperio de su Majestad. Eran los tiempos en que los anhelos de Justicia y de una ruptura real con la esclavitud de la Colonia se hacían añicos frente a las Repúblicas ya centenarias que habían replicado el modelo de la madre patria. Nuestros padres de la República son reconocidos y vanagloriados hoy por haber firmado papeles que teóricamente nos convertían en tierra libre de esclavos, otorgándonos una consciencia más limpia, mientras coolíes, indígenas y afro-descendientes reemplazaban las galeras por bananales, latifundios y minas.

Vías férreas y banales, la neo-esclavitud del Caribe.
Foto extraída de: https://images.app.goo.gl/TrYatdVu3JSfzgJ88

Esa es la Historia de América Latina, una paradoja que pretendió basarse sobre los principios Liberales de las Revoluciones Francesa y Americana y que se inspiró de los códigos civiles, sólo para servir los intereses de la élite criolla que necesitaba una fuerza inspiradora y mística para librarse de Fernando VII mientras permanecía “aprisionado” en Bayona.

Así pues, mientras entendía que las loas y alabanzas que recaían sobre nuestros héroes independentistas, padres de la patria, garantes de la soberanía y no sé qué tanto más, no eran más que símbolos recubiertos de misticismo y relatos magnificados, no dejaba de llamarme supremamente la atención la historia de este otro pueblo, el africano, que ha convivido tanto tiempo con el hispano y que en el Caribe sus herencias se entremezclan y se trenzan hasta producir elíxires como el son cubano o el calipso centroamericano.

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La historia africana de América resonó en mí por primera vez cuando empecé a entender las líricas del reggae, ritmo del cual soy amante desde mi más corta edad. De hecho, uno de mis primeros discos fue Tierra Sur, de Pochi Marambio, una versión sudamericana de esos ritmos caribeños que me abrió la puerta a toda la discografía del gran Bob Marley y poco a poco al Rock Steady y al Ska jamaiquino, hasta quedar maravillado con la panoplia de ritmos del Caribe africano y su mirada tan diferente del mundo.

Pochi Marambio – Tierra Sur / Reggae Peruano

Al mencionar que entendía las líricas, no me refiero a diferenciar e identificar las palabras en inglés-patois de muchas canciones, sino a poder analizar lo que me querían decir y por qué le cantaban tanto al África, a Haile Selassie y a un pueblo hambriento de Libertad.

Estos procesos de aprendizaje se cruzaron con mi descubrimiento del concepto filosófico de Libertad, el cual desde entonces no dejo de (re)construir y de otorgarle nuevos y profundos significados. Esta definición y su experimentación en todos sus sentidos, se ha vuelto mi principal motivación y un propósito de vida: no sólo lograr vivir en plena Libertad, lo que significa renunciar explícitamente a muchísimas cosas, sino garantizar que todos los demás puedan experimentarla, lo que implica comprometerse de manera decidida con varios principios y acciones.

En ese sentido es paradójico entender cómo la Libertad requiere de un cierto compromiso que no deja de ser demandante y limitante, ciertamente, pero como me dijo James Gracie, uno de los más grandes profesores que nunca tuve, “la estructura es liberadora”.

Así que evidentemente en el momento en que mi mentor de esa época, Michel Marchive, mi profesor de filosofía del colegio – a quien le debo tantísimo de mi crecimiento personal y que fue un facilitador para que me sucedan cosas maravillosas en la vida -, me confrontaba con los cuestionamientos sobre la Libertad, las lecturas sobre Marcus Garvey, acompañadas de un buen reggae-roots rompedor de cadenas, recobraban un sentido muy claro en mi vida.

¿La Libertad es entonces Universal?

La Libertad guiando al pueblo, Eugène Delacroix, 1830

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Estoy seguro que para los afro-descendientes del Caribe el concepto de Libertad dista muchísimo de los cuestionamientos filosóficos que puede tener un latinoamericano occidentalizado, pero no por eso lo pueden definir más fácilmente: ¿El peso de la Historia es tan fuerte que puede ser capaz de desviar la atención de lo que realmente importa? ¿Puedo definir yo, externamente, lo que realmente importa para otra persona, otra sociedad y otra cultura? ¿Hay categorías de liberación que sólo pueden ser adquiridas en función al inconsciente colectivo de una sociedad? ¿Los sucesos históricos son determinantes de la Libertad de un pueblo? ¿Los impactos de estos sucesos son irreversibles? ¿Deben serlo?

Adam Smith, uno de los referentes de la Libertad ¿La Libertad es un concepto Universal?
Foto extraída de: https://www.infobae.com/america/opinion/2019/05/06/liberalismo-garante-universal-de-la-libertad/

No tengo la respuesta para estas preguntas, pero sí tengo claro cómo la lectura de la vida de Marcus Garvey y su Black Star Line Company, compañía naviera que fundó con la participación accionarial de afro descendientes de varias partes de América y que tenía como propósito el retorno de los afro-descendientes al África, arroja nuevos prismas de entendimiento sobre esta cuestión.

Seguramente por eso me interesó tanto la historia del pueblo africano del Caribe – y me sigue interesando -, porque siempre me permite poner en perspectiva mi visión personal de la Libertad. Porque me permite seguir cuestionándome y, por ende, construyendo.

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Escribo estas líneas sobre el Océano Atlántico, en un vuelo de París a Bogotá y sentí la necesidad compulsiva de hacerlo después de haber visto una fantástica película, la Vie en Grand, de Mathieu Vadepied, que me recordó acerca de la importancia del colegio y el impacto que tienen ciertos profesores en la vida de las personas y en nuestras decisiones. Siempre recuerdo a mi profesor, Monsieur Marchive, y a todo lo que me permitió entender. Lo recuerdo como una de las personas que más profundamente marcó mi vida porque él me dio las herramientas para poder cuestionar todo lo que veo y para entender que el proceso de aprendizaje es eterno.

Escribo estas líneas porque tengo la necesidad imperiosa de decirle a todos ustedes, queridos lectores, que encuentren su Marcus Garvey, que encuentren su historia fantástica-inspiradora que los rete a cuestionar lo que creen que ya saben y que contenga la dosis de magia necesaria para que los tenga allí, al borde de la silla, imaginándose siempre qué más vendrá a la vuelta de la esquina. Cuando siento eso, recuerdo que el vientre vacío y el apetito por lo desconocido pueden más que la reconfortante y aburrida certeza de lo finito y lo absoluto.

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De vez en cuando retomo mis sesiones de reggae-roots, rock steady, ska y demás placeres jamaiquinos y cuando lo hago ya me es imposible escaparme de la perspectiva de quién soy en el mundo en el que vivimos y me alegra saber que, en el fondo, los seres humanos buscamos la liberación, buscamos romper las cadenas de lo que nos consume y nos empequeñece y que la felicidad, anhelo supremo de la humanidad, radica en conseguir ciertas victorias en ese proceso.

Rock Steady jamaiquino – Desmond Dekker Beautiful & Dangerous

En ese sentido para mí la felicidad es entender que la Libertad es esquiva, que hay que trabajarla y que es el momento liberador el que hay que vivir y de cuya esencia debemos impregnarnos, porque es efímero, porque pasa tan rápido que, si no lo disfrutaste porque estabas preocupado por otra cosa, entonces ganaron las cadenas de la Historia y el peso de la sociedad. Y es en ese combate, a veces solitario e individual y a veces en pareja, en clan o en grupo, en el que nos reconocemos como seres humanos.

Gracias Monsieur Marchive por habérmelo enseñado a mis quince años. Es una enseñanza para toda la vida.

Reflexiones Tailandesas

El último viaje que hice, hace un par de semanas, fue a Tailandia. Fue meramente un pincelazo, pues es un gran país lleno de maravillas por descubrir, sin embargo, hacía demasiado tiempo que me estaba llamando.

Lo primero que pensé al llegar es ¿cómo no vine aquí antes? ¿por qué tardé casi 35 años en tomar la decisión de descubrir algo que me resultaba tan evidente? La respuesta es sencilla, aunque muy profunda: porque ese era el tiempo en el que tenía que llegar.

Aquí tenía que llegar. Islas Phi Phi, Tailandia. Foto propia, agosto 2019.

Aunque parezca anti narrativo de mi parte, y muy suicida dicho de sea de paso, viniendo de un bloguero al que, como a cualquiera, le interesaría que sus lectores lleguen al final del relato, voy a empezar por el final: este viaje me abrió el apetito por el otro lado del mundo, por Asia y sus sabores, sus emociones y sus encrucijadas y me dejó tan expectante como si fuese el primer país al que viajaba en mi vida. Me devolvió una gran dosis de humildad viajera y me puso otro tipo de retos, me recordó que salir de la zona de confort es lo mejor que te puede pasar.

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La decisión de viajar a Tailandia vino por una necesidad ontológica, de recuperarme a mi mismo, de buscar respuestas a preguntas que Occidente ya no me estaba dando y que mi sola existencia era incapaz de procesar. Son ciertos momentos de la vida los que te impulsan a buscar horizontes distintos. No me equivoqué, encontré mis respuestas.

Al momento de planear el viaje, me enteré que agosto quizás era una mala época para viajar a Asia del Sudeste, pues es el auge del monzón, los mares están agitados y las lluvias pueden causar estragos.

Mientras se acercaba la fecha del despegue, revisaba las diferentes aplicaciones meteorológicas y absolutamente todas aseguraban con vehemencia pesimista que las lluvias esporádicas serían la mejor versión del clima que podría esperar y que, sin lugar a dudas, tendría derecho a unas cuantas tormentas sazonadas con nubosidad copiosa. El sol, bien gracias, guardado en otras latitudes.

Poco me importó puesto que si bien las impresionantes playas tailandesas representan un atractivo de peso sin lugar a dudas, en realidad lo que yo buscaba estaba más allá de lo evidente.

Al llegar, y durante toda mi estadía, recordé una enseñanza que ya había desafiado mi racionalidad con algunas jugarretas en tiempos pasados: las previsiones meteorológicas, por más alineadas que estén entre ellas, pueden equivocarse totalmente y, de hecho, lo hicieron: no llovió más que un día de la semana que pasé allí y, más aún, el sol brilló con fuerza permitiéndome disfrutar de preciados momentos de playa y algunas navegaciones placenteras por el mar de Andamán.

Fantásticos atardeceres con los que me sorprendió Tailandia. Foto propia, agosto 2019.

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Ni bien haber llegado, me impactó profundamente la brillantez del verde tropical que tanto caló en mí durante mis años ticos. Me sentía en un lugar conocido, a pesar de ser un hombre del desierto y de haber vivido siempre en zonas urbanas. El retorno a la esencia de la vegetación tropical, con todo lo que eso conlleva, fue bastante positivo para mí, puesto que me permitió rememorar la importancia del relacionamiento con los ecosistemas, tanto naturales como culturales.

En Phuket las carreteras se entreveran en la espesura de la flora a través de terrenos montañosos y sinuosos y luego se abren hacia alguna vista espectacular de alguna playa o de más montañas recubiertas de lujuriosa vegetación.

Vistas desde la carretera, Phuket, Tailandia. Foto propia, agosto 2019.

Las motos lineales pululan como abejas en su hábitat, y aquí no valen cascos ni demasiadas normas viales. Habiendo manejado muchos años de mi vida en Lima, una de las capitales mundiales del caos vial, no debería impactarme tanto, pero parece que unos meses detrás del volante en las vías maltesas – que tampoco son las más ordenadas del mundo que digamos – me pasaron factura. Durante toda la estadía vi varios accidentes y siempre estuve preocupado por el tráfico en general, sin embargo, pude librarme sin demasiado problema.

Lo más impactante que viví en el tráfico tailandés fue una entrada muy lenta a Patong, donde estaba mi hotel, volviendo de visitar unas islas, debido a que venían por la ruta muy campantes un grupo de elefantes. Voilà du dépaysement!

Tráfico lento, elefante, abran paso, Phuket, Tailandia. Foto propia, agosto 2019

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Ya que estoy en la temática paquidérmica, otra de las experiencias maravillosas que pude hacer fue visitar a una familia de elefantes en un refugio donde las actividades de interacción con ellos consisten en bañarlos, alimentarlos y acariciarlos, pero no montarlos ni hacerlos realizar ninguna actividad que los ponga en peligro.

Elefantes <3, Phuket, Tailandia. Agosto 2019

Habiendo leído varias reseñas de los diferentes lugares para experimentar la cercanía con los elefantes, éste me pareció el más adecuado por las buenas prácticas que son respaldadas por los comentarios de los visitantes. J’en temoigne!  

Si bien es cierto que los elefantes están mal acostumbrados a que el público que los visita les dé alimentos, en realidad el trato es bueno, los elefantes pueden pasear libremente por un ambiente natural relativamente grande y se ven bastante felices.

Elefante feliz, Phuket, Tailandia, agosto 2019

Me impresionó poder abrazarlos y sentirme realmente insignificante al lado de un elefante adulto.

Esta visita definitivamente reforzó mi tan maltrecho lazo con la naturaleza y me recordó que hay miles de formas de alcanzar la felicidad más allá de la típica visión urbano-occidental a la cual le he prestado tanta atención en mi vida. Demasiada, diría yo. Y no es que me vaya a volver vegano, ni me mudaré a una granja a cultivar hortalizas, pero sí hay ciertas prioridades que están cambiando en mi concepción del mundo y que necesito recuperar para ahuyentar el estrés y la carga pesada de la vida que alguien como yo, demasiado racional, puede acumular en esta sociedad.

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Uno de los episodios más intensos del viaje fue el de las tres horas de tormenta que nos tocó en medio del mar abierto, volviendo de una visita a las islas del parque nacional Ao Phang Na. Fue el penúltimo día del viaje y realmente la tormenta me recordó que el viento y la lluvia no podían estar ausentes de una incursión tailandesa en pleno mes del Monzón.

Al salir a la excursión ya algunas nubes amenazaban el panorama y las vistas de las islas recubiertas de niebla daban la impresión de un escenario fabuloso de un buen thriller. Exciting!

Escenario thriller en Ao Phang Na. Foto propia, agosto 2019.

Alrededor del mediodía salió un sol tímido entre las nubes que rehusaban a partir y finalmente ahuyentaron al astro rey para instalarse definitivamente en la tarde del mar de Andamán.

La última parada del barco estaba destinada a nadar cerca a una playa de arena blanca que se veía bastante idílica. Sin embargo, al llegar a este punto la tormenta ya había arrancado y los vientos fuertes empezaron a generar algunas olas de consideración y corrientes que impedían a aquellos visitantes que ya se encontraban en la playa a retornar a sus embarcaciones a bordo de unas pequeñas canoas con las que se realizan los desplazamientos típicos en la zona.

En este punto la tripulación del barco decidió retornar al puerto del que habíamos zarpado en Phuket, el cual se encontraba a unas tres horas de navegación a través del mar abierto.

A los pocos minutos empezaron a arreciar las ráfagas y las olas se hacían cada vez más poderosas. La tripulación nos pedía que vayamos cambiando de lugar para balancear el peso, ya que la embarcación a pesar de llamarse “Big Boat”, era un bote mediano de madera con motores sin demasiada potencia, destinado a transportar unas 60 personas. Al menos no era un longtail boat, aquellos que se parecen a una canoa grande y que sólo llevan a unas 20 personas máximo y que constituyen uno de los medios de transporte favoritos para visitar estas islas.

La travesía fue bastante inquietante, ya que en alguna ocasión incluso alguna ola ingresó a la embarcación, haciéndola tambalear de un lado para el otro. Todos los pasajeros teníamos puestos los chalecos salvavidas, sobre todo después de que la guía del tour recordara, con insistencia, que en caso de evacuación teníamos que dejar las pertenencias a bordo.

Inicio de la travesía inquietante. Ya cuando se puso más inquietante decidí dejar de tomar fotos. Foto propia, Ao Phnag Na, Tailandia, agosto 2019.

La peor parte, por suerte, vino al final, cuando ya estábamos bastante cerca de la bahía. En este punto las olas ya eran tan considerables que, para poder atravesarlas, la embarcación debía apagar los motores, pasar la ola, y luego volver a encenderlos, sólo para apagarlos una vez más unos cuantos metros más adelante para pasar la siguiente ola.

Visto desde adentro, es bastante impactante. Pero es mucho peor cuando te das cuenta cómo te ves desde afuera. Esto nos pasó cuando de pronto divisamos otra embarcación, igual a la nuestra, meciéndose de un lado para el otro en medio de la tormenta y allí fue cuando tomé consciencia de lo que estábamos viviendo y no me dio demasiada confianza.

Claramente estos momentos de adrenalina sirven para dar gracias a la vida y para entender que hay que disfrutar de cada paso, aprender de cada momento y que no hay tiempo que perder. No me quejo para nada de lo que me ha llevado hasta aquí, pero esta experiencia me permitió – y me permite – agradecer toda esta travesía un poco más.

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Contrariamente a esas aguas turbulentas del final, la parte más idílica del viaje fue la visita a las islas Phi Phi, que si bien es cierto es una de las mecas del turismo tailandés, en realidad esto tiene una muy buena razón.

Las islas son realmente extraordinarias. Tanto las playas de la isla principal, como las islas que las rodean son idílicas. Están llenas de vida y de colores maravillosos. No puedes dejar de comerte todo con los ojos.

Maravillosa jornada de navegación en las islas Phi Phi, Tailandia. Foto propia, agosto 2019

Una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida fue la de hacer esnórquel en una de las playas repletas de peces de todos los colores, azules, rosados, rojos, atigrados y, además, tener la oportunidad de nadar cerca a tiburones (chicos, pero tiburones, al fin y al cabo) y luego sacar la cabeza del agua y darme cuenta del paraíso maravilloso en el que me encontraba, tanto dentro como fuera del agua.

Longtail boat navegando en Phi Phi, Tailandia. Foto propia, agosto 2019.

Si bien esta visita a las islas de los alrededores de Phi Phi la hicimos en un longtail boat, este día tuvimos un clima espectacular y no hubo mayores complicaciones para la navegación, más allá del hecho que en esta época del año en general los mares están agitados.

Las imágenes de las playas paradisiacas, con los sutiles tonos rojizos de los atardeceres y la plenitud de la flora tropical realmente se quedarán grabadas en mi memoria para siempre.

Atardeceres rojizos, islas Phi Phi, Tailandia. Foto propia, agosto 2019.

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Finalmente, y si bien hay tantísimas enseñanzas adicionales, quisiera quedarme con una de las que más impacto generó en mi y es la forma en la que los tailandeses viven lo místico.

Más allá del hecho que visité el templo de Wat Chalong, que realmente es impresionante y que, más allá de ser una de las atracciones más visitadas de Phuket, es también un templo vivo, donde las personas efectivamente van a expresar su fe, la verdad es que la relación de las personas con la religión va mucho más allá de los templos en sí.

Templo de Wat Chalong, Phuket, Tailandia. agosto 2019

Uno encuentra altares erigidos y siempre llenos de flores o velas o incienso en muchísimos lugares que tienen afluencia de público, como restaurantes, estacionamientos, centros comerciales o incluso en la calle.

Altar en el lobby de un hotel, Phi Phi, Tailandia, foto propia, agosto 2019

Las personas son muy respetuosas y profesan su fe en silencio, sin demasiados aspavientos, pero con una convicción muy real y un acercamiento sano a lo místico.

Altar al aire libre, Patong, Tailandia, foto propia, agosto 2019.

El resultado de esta forma de practicar la religión es una sociedad muy respetuosa en la que la gente se esfuerza por ser amable y por ayudar al otro. Al menos así lo sentí yo y eso que estaba en una de las zonas más turísticas de uno de los países más turísticos del mundo.

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Muchos me dirán que por qué no escribo en primer lugar sobre la famosa diversión tailandesa tan presente en Phuket y es porque sinceramente no la experimenté. No fui a eso, no la busqué y cuando la tuve en frente la verdad es que me dio una sensación de distancia que hasta hoy agradezco.

Night life en Phuket. Not my cup of tea. Phuket, Tailandia, foto propia, agosto 2019.

Mención aparte es la comida, la cual es realmente impresionante y está presente en todas las esferas sociales. Creo que haré un post específico más adelante dedicado solamente a la comida de Tailandia, porque lo merece.

Street food. Patong, Tailandia, foto propia, agosto 2019.

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En líneas generales este fue un viaje tremendamente enriquecedor, lleno de aprendizajes y de más cuestionamientos. La verdad es que muchos de éstos los sigo procesando ahora, a un par de semanas del retorno, porque ciertos aprendizajes deben ser rumiados con pasión y con razón, debes darles vuelta, admirarlos, entenderlos y volverlos a procesar antes que se conviertan en un legado del espíritu.

Tigres para el legado del espíritu. Foto propia, Phuket, Tailandia, agosto 2019.
Naturaleza para el legado del espíritu. Foto propia, Phuket, Tailandia, agosto 2019.

Lo que sí tengo claro es que hay un antes y un después de mi primera experiencia tailandesa. Ya no puedo esperar más para seguir descubriendo esa parte del mundo que, no entiendo cómo – aunque la verdad es que sí – pudo haber estado tan ausente de mi vida durante tanto tiempo. Pues eso ya cambió. Yo ya cambié. Y de eso se trata todo, de eso se trata el viaje de la vida.

Retorno

Cuando uno lleva una vida nómada, acostumbrada a los cambios y a los tiquetes de ida, el concepto de retorno es sumamente importante. Es como un ancla que sabes que puedes dejar para luego ir nadando, hasta perder de vista el bote, sabiendo que allí se quedará.

Para alguien como yo, amante de los nuevos destinos, de los nuevos desafíos y de las transformaciones, el retorno es también un tranquilizante, una red de seguridad, algo que me dice que si las cosas no salen como las había previsto, siempre puedo retornar a alguna parte.

Pero el retorno no es una vuelta atrás, es parte del crecimiento, porque cuando vuelves, nunca eres el mismo. Ya has adquirido experiencia, te has transformado y has aprendido. Cuando retornas, sientes y entiendes las cosas de otra manera, aunque ellas, sigan siendo las mismas.

Rewind

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               Mis primeros retornos fueron al Perú, cuando yo era un niño y vivía en Costa Rica. El primero de ellos unos tres años después de haber dejado una patria hecha añicos, un país al borde del abismo y unos recuerdos duros, demasiado duros como para enfrentarlos en paz.

               En esa ocasión retorné, de vacaciones, junto con mis tíos y mi primo Pedro. Yo estaba de vacaciones, pero ellos retornaban de verdad. Volvían a un Perú que en pocos años había logrado encarcelar a Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, y su cúpula, y que había controlado la hiperinflación, dando esperanzas a millones de peruanos que se habían quedado en la patria, de un mejor futuro en la tierra que los vio nacer.

               Mi primer retorno fue a la casa de Chacarilla de mis abuelos, quienes también se habían ido a vivir a Costa Rica y ese episodio fue una toma de consciencia muy clara sobre mis raíces y mi identidad, aspecto que, teniendo ya dos mundos tan distintos como referentes de normalidad, aún no lograba del todo entender plenamente.

La casa de Chacarilla era enorme, con muebles Luis XIV maravillosos que mi abuelo importaba desde Francia, candelabros y arañas de cristal que admiraba con asombro, salones con relojes de mesa dorados, alfombras espléndidas y jardines que flanqueaban la casa por ambos lados. Hacia el frente, por el garaje, estaba la pileta donde mi abuelo y yo siempre le dábamos de comer a los peces los caracoles que encontrábamos en el jardín, haciendo un doble servicio: cuidando sus amadas plantas y alimentando con proteína de calidad a las carpas de la fuente.

               Los diversos árboles de aceitunas iban proveyendo municiones para la salmuera gigante que siempre reposaba en la cocina. Ese era otro espacio que adoraba, con Reyna, la sempiterna cocinera que me preparaba la más deliciosa papa rellena del universo y alistaba las papas amarillas con mantequilla y cáscara que se comía mi abuelo a las 11 de la mañana. En el centro de la cocina había una mesa de madera en la que me sentaba a jugar con Rocío, la hija de Reyna, mientras ella preparaba la comida y me engreía con algunos “avances privilegiados”.

Memories

               El jardín trasero era mi lugar preferido para jugar con los chanchitos que se enrollaban apenas los tocaba, y darle granitos de azúcar a las hormigas para ver cómo se los llevaban a sus hormigueros de tierra que yo imaginaba como castillos asombrosos.

Las habitaciones también tenían también vida propia. La de mi abuelo era mi preferida, con su escritorio de madera recubierto en la parte superior por una lámina de vidrio grueso debajo de la cual ponía documentos y fotografías importantes y que estaba orientado hacia la parte izquierda del jardín delantero. Al fondo se veía el árbol de las espatodeas, cuyas flores recogía para colocarlas cual barquitos en las corrientes de agua que podía hacer con las mangueras que siempre iban regando algún rincón del jardín.

               Esa casa había sido siempre un lugar feliz para mí antes de partir a Costa Rica. Allí jugué mis primeros partidos de telefunken con mi abuela y me encariñé con los pajaritos que venían a comer al patio trasero todos los días. Allí me maravillé tantas veces con la fabulosa colección de copas de cristal talladas y teñidas de varios de colores de mi abuelo, las cuales tenían sus propias estanterías que rodeaban la enorme mesa del comedor. Allí aprendí de historia universal junto con mi abuelo en su infinita biblioteca y entendí cómo buscar una definición en la enciclopedia Espasa, edición de 1929, que contaba varias decenas de volúmenes. Entendí también que el tiempo pasa y que el conocimiento es dinámico, cuando alguna vez busqué un mapa y mi abuelo me explicó que, desde su publicación en la edición de 1929, ese mapa había sufrido varios cambios y que la enciclopedia se había quedado obsoleta para ese propósito… la enciclopedia, sí señor, nada más y nada menos que la Espasa de tantísimos tomos que era la guardiana de todas las respuestas a las preguntas estrafalarias que le lanzaba a mi abuelo.

               Al retornar a esa casa absolutamente todo eso volvió a mí. Todas esas imágenes que hoy, tres décadas después aún recuerdo con tanta emoción como si estuviese corriendo por los pasillos escuchando a mis abuelos llamarse “polito”, “polito” entre ellos. El retorno fue impactante, inmenso, inconmensurable. Ese retorno me dejó en claro cuál era mi identidad primaria, de dónde venía, dónde me había criado, hacia dónde debía ir.

               Pero claramente en ese retorno ya no vi esa casa con los mismos ojos. No percibí en ese momento mis vivencias con las mismas emociones. Algo se había transformado en mí, porque sabía que yo ya no vivía allí. Que mis tiempos en ese espacio ya habían quedado atrás. Que todo se estaba transformando. E incluso al sentir los olores de las habitaciones y al pasear por los mismos jardines, sabía que yo ya era otra persona. Que me estaba transformando en el “mae quincho”, aquél semi-tico que creció en un país más igualitario, más pacífico, más verde, más “pura vida”. Y esa consciencia, a los 10 años es algo muy poderoso y difícil de aprehender. Claro, me ha tomado tiempo procesarla, pero aprendí a valorar el retorno tanto como los nuevos destinos que tanto aprecio.

Tunel del tiempo

               Esa vez, me tomé el tiempo de recorrer cada rincón de la casa y de aspirar su esencia, de sentir el amor de mis abuelos y de guardar todo eso en un rincón de mi alma desde donde hoy es capaz de aflorar cada vez que lo necesito. Y sinceramente no me importa mucho que hoy allí se levante un edificio de apartamentos, porque la verdad es que todo lo que allí viví me pertenece y lo atesoro aún más (o mejor, o de una forma más completa, si se quiere) gracias a mis retornos a ese espacio.

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               Hay otros tipos de retornos, igualmente excitantes, como aquellos a las ciudades que más aprecias y en las que alguna vez viviste. Eso, por ejemplo, me pasa con París, o me sucedió también con Buenos Aires. Más aún si retornas con alguien que no conoce, o no conoce bien los espacios y puedes mostrárselos y armar tus recorridos sin la necesidad de ver un mapa o leer una guía.

               Es muy gratificante elaborar tus propias rutas, en función a tus recuerdos y a tus anhelos, porque el retorno también es una proyección hacia el futuro en el sentido que creas vínculos más atemporales. Es fantástico reencontrarte con los espacios, reapropiártelos, aprender y así transformarlos.

               Me encanta cuando, con la certeza de una enciclopedia, vas a un rincón que recordabas con perfección y notas que se ha transformado, que el mapa cambió, que le construyeron un edifico de apartamentos al jardín de tus recuerdos, porque entonces sabes que esa ciudad te perteneció de alguna forma única, que ya nadie más podrá experimentar. Y la recordarás así. Así la habrás vivido.

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El último tipo de retorno que valoro muchísimo es aquél retorno metafísico, que te permite revivir circunstancias y momentos específicos, con toda la gama de sensaciones que eso trae.

Por ejemplo, reencontrarse con un amigo con el que no hablas hace muchísimo tiempo pero que cuando lo ves, todo es tan natural como la última vez que se dieron un abrazo de despedida.

A veces recuerdo algunos argumentos que quedaron pendientes y siento que la experiencia y la madurez me han permitido mejorarlos o incluso cambiar de parecer. Me ha pasado decirle a algún amigo que tenía razón, que yo estaba equivocado y que el tiempo y lo vivido me han permitido darme cuenta de ello.

Ese retorno también puede experimentarse a través de olores, sabores, sonidos, paisajes, incluso la música… sobre todo la música.

Mi madre querida

Por ejemplo, tengo grabada en mi memoria la imagen de la sombra de mi madre en las escaleras del Café-Restaurant1900, el que montaron mis padres cuando vivíamos en San José, cantando What’s Up? de 4 Non Blondes, hit de la época, a las 8 de la mañana un domingo antes de ir a comer gallo pinto con tostadas francesas al Burger King de la Fuente de la Hispanidad. Es un recuerdo muy específico y estoy seguro que a todos les pasa, que todos somos capaces de transportarnos a esos momentos fundamentales, que tienen un significado muy trascendente y que guardaremos con nosotros por siempre.

Para mi ese recuerdo, por ejemplo, significa protección, felicidad, despreocupación, gozo, energía, juventud…. Y cada vez que suena esa canción, por el motivo que sea, veo la sombra de mi madre con su pelo largo agitando su cabeza para cantar

Twenty-five years and my life is still
Trying to get up that great big hill of hope
For a destination

Y ahora, cuando retorno a ese momento tan exquisito de mi niñez, lo puedo ver cada vez con más claridad y con mayor aprecio. Sé por qué es tan importante. Y me nutro de él cada vez que lo necesito.

Porque vivir fuera es también vivir lejos de las personas que más amas, de las que más te protegieron, de las que te ayudaron a ser la persona que eres. Y eso es lo más difícil. La distancia no se vence con un WhatsApp, ni con un video, sino con un retorno, a un momento específico, significativo, rebosante de todos los sentimientos que necesitas y recordar que sí, que todo fue real, que todo tiene un sentido y que siempre, siempre, puedes retornar a los brazos de los que más importan.

Abrazo con mis padres al que siempre podré retornar, gracias a la magia fotográfica de Jamil Valle.
What’s Up – 4 Non Blondes

El otro fin del mundo

Costa Rica es el país de mi infancia, donde crecí, donde vencí a mis demonios – por lo menos a algunos de ellos –, donde metí la pata – y cuánto la metí –, donde me alejé de la violencia que arrasaba a mi Perú natal hacia fines de los 80 e inicios de los 90.

Costa Rica es una tierra que emana vida por donde la mires, desde los volcanes activos de su cordillera, hasta las variadas selvas que recubren sus montañas y costas.

Playa Punta Uva, Caribe Costarricense – Foto extraída de WikiCommons

Y, claramente, al haber pasado allí parte de mi infancia y de mi adolescencia. la convirtieron en una parte profunda de mi identidad y donde viví varias de las historias que marcaron mi vida.

Una de ellas, la más mágica de todas, fue cuando tenía 15-16 años y tuve la oportunidad de ir como voluntario a una reserva biológica para la protección de tortugas marinas en el Caribe costarricense.

El lugar en cuestión se llama Pacuare y es una reserva privada creada hace 30 años por un fondo de conservación inglés, se extiende a lo largo de 800 hectáreas de naturaleza tropical en su estado más puro en la costa Norte del Caribe costarricense y protege a unas 300 especies de animales, siendo la más icónica la tortuga baula también conocida como laúd en otras latitudes. 

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La aventura comienza desde el momento en que uno se enrumba desde San José, la capital costarricense enclavada en el valle central de este pequeño país centroamericano, en medio de hermosas montañas verdes.

Lo primero es tomar la autopista que va hacia Limón, principal puerto del Caribe costarricense y capital de la provincia del mismo nombre, hogar de la diáspora afro-costarricense y que le aporta muchísima cultura y diversidad a Costa Rica. Esta ruta montañosa a veces accidentada, sobre todo en época de lluvias, atraviesa el esplendoroso Parque Nacional Braulio Carrillo, ofreciendo unos paisajes de jungla que se quedan grabados en el inconsciente de cualquiera.

Parque Nacional Braulio Carrillo – Foto extraída de WikiCommons

Después de un par de horas de ruta, se llega a Bataan, pequeño pueblo limonense que sirve de punto de logístico para embarcarse por uno de los ríos/canales locales en una pequeña embarcación a motor. La espesura de la selva tropical caribeña empieza a tomar forma mientras la lancha se adentra poco a poco por los canales poblados de todo tipo de flora y fauna. Tortugas acuáticas y caimanes reposan en los troncos, mientras que las garzas, loros y aves pescadoras de todo tipo nos divisan con desconfianza desde las copas de los árboles en la primera fila del canal.

Canales de Barra del Colorado, un poco más al norte de la Reserva Pacuare. – Foto extraída de WikiCommons

Esta transición toma otro par de horas adicionales y tiene un efecto impresionante en la mente. Va limpiando las angustias mundanas, va inyectando la dosis necesaria del sentido de la ubicación-universal, vamos, te va desnudando de artilugios y subterfugios y te prepara para el desenlace necesario y grandioso: la confrontación contigo mismo.

En palabras nuestras – peruanas quiero decir – te desahueva. Me pasó las dos veces que fui.

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Al llegar el calor infernal parece tan pesado que no queda muy claro cómo se puede sobrevivir allí sin poder ingresar al mar ni al río, porque el primero está infestado de tiburones cuyas aletas se pueden divisar eventualmente desde la costa en el primer rompiente de las olas y el segundo es hogar de caimanes que no parecen estar muy dispuestos a compartir su territorio con nadie, menos aún con visitantes esporádicos de una especie que ha aniquilado la biodiversidad de la tierra al ritmo de “métele la pata nomás que ahí vemos”.

Inmediatamente aparece el segundo obstáculo a la supervivencia: los hambrientos mosquitos que se han preparado muy bien con su babero, tenedor y cuchillo, a la espera de esas sangres llenas de almidones industriales de la ciudad y que en ataques organizados cual Royal Air Force presumen a todos los flancos de su buena puntería y de su osadía guerrera. ¡Gracias al cielo por los mosquiteros en las habitaciones porque con estos amigos no hay repelente que dure más de un round!

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El lodge es un conjunto de casitas de madera repartidas en la jungla, cerca a la playa, que contornan los espacios “públicos” centrales: el centro de información de investigación biológica, donde están las oficinas de los investigadores que allí trabajan, el comedor y algunos espacios de esparcimiento con hamacas bajo los cocoteros y otros árboles caribeños. Ya entrando en la arena, negra en esta zona, hay un corral grande donde se han enterrado algunos huevos de tortuga que, por varios motivos, no pudieron ser puestos a buen recaudo y eso les da una chance adicional para eclosionar.

La reserva en la inmesidad de la selva. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/2163901306991807/?type=3&theater (y de paso pueden darle like al fanpage de la reserva en Facebook)

En el lodge no hay electricidad y se utiliza el agua de lluvia. Todo está bien organizado para sobrevivir con lo mínimo necesario, en medio de la naturaleza agresiva pero fantástica al mismo tiempo.

La única forma de salir es esperar a la embarcación que te lleve de vuelta a Bataan. En el sentido inverso no hay progresión mental. La degradación de la mente llegará unos días después de haber vuelto a la urbe, pero lo aprendido quedará por siempre allí. Al menos para mí hasta el día de hoy, veinte años después, sigue siendo totalmente cierto.

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El propósito de lo que nos llevó a Pacuare fue el voluntariado para cuidar el desove de tortugas marinas. Animados por nuestra profesora de francés y letras, un grupo entusiasta se aventuró el primer año. El impacto en mi fue tal que volví al año siguiente en un grupo mucho más reducido, junto con uno de mis mejores amigos de la vida, Adrián Cordero.

Playa Pacuare donde se cuidan las tortugas. Foto extraída de: https://www.adventure-life.com/costa-rica/tortuguero/hotels/pacuare-nature-reserve

A estas playas del Caribe costarricense vienen a desovar varios tipos de tortugas marinas, pero la principal es la tortuga Baula (Dermochelys Coriacea), la cual retorna a las playas donde nació, con una precisión que le envidiarían Cristóbal Colón & cía, después de darse un largo paseo por las costas de varios continentes.

La tortuga baula es la más grande de todas las especies de tortugas marinas del mundo, con un peso promedio de media tonelada y una longitud de la cabeza hasta la cola que puede superar los dos metros, es decir que, si jugaran básquet, le meterían un tapón a Michael Jordan sin demasiado esfuerzo. Tienen un caparazón blando, a diferencia de las demás especies de tortugas, por eso en inglés se les conoce como leatherback turtles y su presencia se registra a lo largo del mundo desde Sudáfrica hasta la India y desde China a Australia, pasando por las costas del Pacífico y del Atlántico latinoamericanas.

Dado que las tortugas Baula vienen a desovar a la misma zona de playa donde nacieron, es imprescindible cuidar su hábitat ya que cualquier disrupción del mismo se traduce en una desorientación total que podría impedir el desove y empeorar aún más su ya frágil situación de peligro de extinción.

El desove se produce de noche, particularmente en noches nubladas o de luna nueva, ya que la luz las confunde. Por eso no hay iluminación en la playa. Estas gigantes apacibles salen determinadas del mar y empiezan a avanzar, empujadas por sus enormes aletas, playa arriba, hasta un punto alejado de la marea, en el que se sienten cómodas.

Tortuga Baula (o Laúd), saliendo a desovar. – Foto extraída de WikiCommons

Llegado a este punto las enormes tortugas empiezan a cavar con ambas aletas un amplio hueco en la arena, proceso que, al terminar, las lleva a un estado de trance del cual ya no saldrán hasta haber terminado el desove. La tortuga cubre el agujero con una de sus aletas y empieza una serie de contracciones para desovar cada uno de los más de cien huevos que puede llegar a poner en la hora que dura este proceso.  Cuando la Baula termina de colocar sus huevos cubre el hueco con arena y retorna presta al mar, dejando un rastro que podría ser el de un tractor u otro vehículo de neumáticos grandes.

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Se preguntarán quizás por qué si la naturaleza está tan bien hecha y las tortugas pueden, por ellas mismas, retornar a la zona de playas donde nacieron y poner más de un centenar de huevos y luego volver al mar sin demasiada complicación, es necesaria la participación humana.

Lo que sucede es que los huevos de tortuga son bienes codiciados por los famosos “hueveros”. Personajes inescrupulosos que abren los huecos de las tortugas para retirar todo su contenido. En la época en la que estuve por allá cada huevo de tortuga era vendido por un dólar aproximadamente, así que un nido equivalía a unos 100 dólares. Nada mal para una horita de trabajo. Los agujeros son fáciles de encontrar puesto que las sosegadas criaturas dejan un rastro evidente. Sin embargo, debido a la ilegalidad de su acción, algunos hueveros al divisar una tortuga que aún no ha desovado, proceden a partirla por la mitad para quitarle los huevos directamente de adentro y así no perder tiempo. De esta forma acaban con la madre y la futura camada de un solo cuchillazo.

The real deal. Tortuga en proceso de desove en Pacuare. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/2165867283461876/?type=3&theater (y de paso pueden darle like al fanpage de la reserva)

Por esta razón en la reserva se organizan patrullas de 4 a 5 personas que recorren los varios kilómetros de la playa de noche con el objetivo de proteger a las tortugas y a los huevos. Los grupos salen por turnos para garantizar que siempre alguien está patrullando la playa y están compuestos por un biólogo, un asistente y dos o tres voluntarios, como era mi caso. Todos debemos ir vestidos con ropa oscura y lo más cubiertos posible para evitar causar distracción a las tortugas, y los grupos se comunican con luces infrarrojas en códigos preestablecidos.

La adrenalina y la expectativa son muy altas en las horas previas a la salida, esperando hacer un avistamiento sin tener que caminar demasiado. El grupo está preparado para tomar una acción específica en cada una de las fases del desove. Si se divisa una tortuga saliendo del mar, el grupo debe esconderse en el bosque y esperar a que la tortuga empiece a cavar y entre en trance. Sólo entonces se puede acercar uno a la tortuga ya que, si ella divisa algún movimiento extraño antes, se dará media vuelta y retornará al mar. Si se avista en el momento en el que está haciendo el agujero, rápidamente el grupo debe ponerse manos a la obra para medirla, revisar su condición de salud, su placa de seguimiento o si no la tiene, colocarle una y anotar todos los datos en la bitácora del biólogo. De esta manera podemos saber la evolución de cada una de las tortugas, me imagino que con el avance de la tecnología ahora seguramente se utilizan otros métodos, pero en esa época esa era la única forma de tener datos fehacientes de las tortugas y conocer su evolución.

Tortuga desovando y voluntarios atrás esperando para tomar las medidas y leer la placa antes de anotar todo en la bitácora. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.750935728288379/2049471505101455/?type=3&theater (¿Ya le dieron like al fanpage de la reserva en Facebook? ¡Van 3!)

La parte más importante del proceso es cuando la tortuga ha terminado de cavar y empiezan las contracciones. Allí se debe colocar una bolsa plástica que recubra todo el agujero y uno de los miembros del grupo, el de mayor fuerza, debe jalar la aleta que cubre el agujero hacia afuera para que no cubra la bolsa con arena. Hay que contar los huevos y cuando la tortuga ha finalizado el proceso retirar rápida y cuidadosamente la bolsa y esperar a que la tortuga retorne al mar.

Luego la bolsa será enterrada en otro punto de la playa, cerca a la vegetación, trayendo arena de otras partes de la playa y eliminando luego cualquier trazo que indique que allí hay un nido, de tal forma que no pueda ser ubicado por los hueveros. La playa cuenta con hitos a lo largo que permiten identificar fácilmente el punto donde se enterró el nuevo nido. Éste se anota en la bitácora y ahí el equipo puede estar atento a la fecha prevista de desove, un par de meses después, cuando las tortuguitas bebé que hayan logrado salir del nido deberán sortear una gran cantidad de obstáculos adicionales para sobrevivir sus primeros días, desde las aves costeras antes de entrar al mar, hasta los hambrientos tiburones una vez ingresadas a éste.

Tortuguitas ingresando al mar por primera vez en su vida. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.750935728288379/1867762106605730/?type=3&theater

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Toda esta tarea, ardua como se lee, es absolutamente gratificante y enriquecedora. En primer lugar, porque se aprende muchísimo de todo el proceso y es la mejor forma de concientización que alguien puede tener frente a la problemática de la extinción de las especies. Pero también porque el estar frente a una especie de reptil que lleva alrededor de 200 millones de años surcando las aguas del planeta es bastante impresionante. Su tamaño y su majestuosidad son verdaderamente imponentes.

Así de pequeños somos. Así de grande es el universo. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.386542158061073/1936415669740373/?type=3&theater (por si se lo preguntan no trabajo para la reserva, es simplemente una de las mejores experiencias de mi vida, por eso me siento feliz compartiendo información oficial de su cuenta con ustedes).

Y estar allí, en medio de la nada (espero que ahora tampoco llegue ninguna señal de celular), perdido en ese otro fin del mundo que es la jungla caribeña, desconectado de todo lo demás, obligándote a vivir sin preocupaciones y en conexión con la naturaleza y sus enormes retos y enseñanzas gratificantes es en sí una experiencia tan enriquecedora y formadora de carácter que hasta el día de hoy me remito en muchas ocasiones a ella y a sus enseñanzas: no hay angustia alguna que te solucione un problema; el universo es infinito y todo puede ser visto de manera distinta a la que tú lo ves; y, lo más importante de todo: siempre te tienes a ti mismo.

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Ser sincero con uno mismo no es tarea fácil, requiere conocerse bien y eso asusta a muchos. Las estructuras sociales y todo el ambiente externo moldean nuestra forma de ser hasta el punto que uno muchas veces termina traicionándose a sí mismo. Así no se puede ser feliz. Realmente feliz quiero decir.

Así que mi mejor espejo en el tiempo es recordar el primer momento que, caminando por una playa totalmente oscura, con arena en mis zapatos y sudando en mis pantalones negros y mi camiseta de manga larga, divisé a una tortuga avanzando por la playa, con sus enormes aletas y el esfuerzo y determinación evidentes en su cara.

Siempre toma tiempo para conocerte a ti mismo. Eso me enseñó Pacuare. Nunca lo he olvidado. Foto extraída de: https://www.facebook.com/pacuarereservecr/photos/a.398844096830879/1742576789124263/?type=3&theater

Una preciosa criatura, más grande que yo, que se acababa de pasar dos años recorriendo las costas de tres continentes, retornaba a las playas que la vieron nacer para continuar con el ciclo de la vida. Así ha sido por los últimos 200 millones de años y yo estaba allí, siendo testigo de ese momento eterno, sobrecogido por mis reflexiones y mis emociones. Estaba en un grupo, pero era solo yo. Allí empecé a conocerme.

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En estos veinte años muchas cosas han pasado. Muchas personas, muchos lugares y muchos momentos han construido mi identidad y han moldeado mi exterior, pero dentro, muy adentro, lo que tengo es un alma de tortuga. Cierro los ojos y me conecto con mi identidad.

La Justicia del fin del mundo

Infinita belleza del fin del mundo. Foto propia, Bariloche, Mayo 2017.

La Patagonia argentina es uno de esos mágicos lugares en los que lo imponente de la naturaleza parece haber sabido convivir siempre en perfecta simbiosis con los seres humanos que la pueblan. Nada más falso.

Estas magníficas tierras de extensos valles gélidos y gloriosas montañas boscosas fueron el hogar de diversas tribus autóctonas, como los Tehuelche, los Puelche o los Mapuche quienes habitaron el espacio de acuerdo a sus usos y costumbres hasta fines del siglo XIX. En 1878 el general Julio Argentino Roca emprendió la Campaña del Desierto, operación militar que tuvo como objetivo desaparecer a los pueblos indígenas de la Patagonia argentina para facilitar su desarrollo por parte de los colonos europeos.

Ocaso en el fin del mundo. Isla Victoria, mayo 2017. Foto propia.

Esta importante parte de la historia argentina muchas veces se pasa por alto cuando se menciona que sus habitantes son básicamente europeos establecidos en América, lo cual es cierto en gran medida, pero no del todo. Hay aún muchos argentinos descendientes de los pueblos originarios de estas tierras, cuyas culturas ya se han destilado junto con las migraciones que llegaron al país austral de forma importante desde el siglo XIX.

Uno de los orígenes de los migrantes de las tierras patagónicas fue Alemania. Los primeros colonos alemanes de estas tierras arribaron a principios del siglo XIX, sin embargo después de la campaña del desierto empezaron a asentarse más y más colonos germánicos, motivados por las oportunidades comerciales con el vecino Chile, donde también proliferaban las colonias de inmigrantes alemanes, así como por las generosas políticas del gobierno argentino para la repoblación europea de estas tierras.

Influencia alemana en Bariloche, Argentina. Foto propia, Mayo 2017.

De hecho recuerdo cuando llegamos con Aimeé por primera vez a Bariloche, en un particularmente frío mes de mayo en el que nevó, y bien. Eran pasadas las tres de la tarde y queríamos aprovechar las últimas tres horas de luz que la estación nos ofrecía y nos anotamos a un tour por la ciudad que promovía la oficina de turismo local. Era el tour de la presencia alemana en Bariloche.

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Erich Priebke nació el 29 de Julio de 1913 en Hennigsdorf, una pequeña ciudad de Brandenburgo al norte de Berlín en una familia modesta. Huérfano de padre y madre a una temprana edad, se mudó a Berlín donde vivía con su tío y empezó a trabajar en la industria hotelera, lo que lo llevó a Italia y al Reino Unido, donde se instruyó en lenguas extranjeras. En 1936 lo contrata la Gestapo, la tristemente célebre policía secreta alemana, para trabajar como intérprete y traductor.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, Priebke fue destacado a Roma por sus habilidades con el idioma. Permaneció allí hasta el final de la guerra cuando fue aprisionado por los soldados británicos y recluido en una cárcel cerca a Rimini.

Erich Priebke en su juventud en la Gestapo. Foto extraída de
https://real-life-villains.fandom.com/wiki/Erich_Priebke

La asignación de Priebke a una posición en la Italia de Mussolini podría haberse entendido como una cierta recompensa, ya que lo alejaba de los frentes de combate más arduos y riesgosos. En Roma sus obligaciones se centraban en controlar a la comunidad judía, así como en minimizar las acciones de los enemigos del eje, entre los que se encontraban los partisanos italianos.

El 23 de Marzo de 1944 miembros de los Grupos de Acción Patriótica (GAP), partisanos italianos, realizaron una emboscada en Roma a los miembros de la SS, la temida policía del Estado alemán de camisas negras compuesta por las élites y que tuvieron a su cargo la gestión de los campos de concentración nazis. 33 miembros de la SS fueron asesinados ese día a punta de bombas, granadas y disparos realizados por la GAP.

Al día siguiente las órdenes de la SS y de la Gestapo eran claras: debía sancionarse este acto terrorista – como lo llamaban los nazis –, para lo cual la pena estaba ya dictada. Era la regla del 10 x 1, es decir había que fusilar a 10 italianos por cada alemán asesinado.

Así, con toda prontitud Erich Priebke preparó la lista de los 330 prisioneros que serían ejecutados luego en las fosas Ardeatinas en los alrededores de la capital italiana. Pero como Priebke era diligente y, vamos, que estábamos en guerra y a él, un mando medio de la Gestapo que no había conocido demasiadas glorias, no le iban a venir con vainas, le sumó cinco nombres a su lista. Total, la eficiencia era uno de los principios más valorados de la maquinaria nazi.

En grupos de 5 los prisioneros fueron ejecutados en las fosas hasta completar la labor. Incluso Priebke ejecutó con sus propias manos a dos de los prisioneros, como se comprobaría años más tarde. Pero los días del control del Eje en la capital italiana estaban ya contados: poco tiempo después, el 04 de Junio de ese mismo año las tropas aliadas, a cargo del general Clark, tomaron posesión de Roma. En la huída Priebke fue hecho prisionero.

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Por esos años el emblemático líder argentino Juan Domingo Perón ya estaba totalmente enrumbado hacia su larga permanencia en el poder. Admirador de Mussolini y de Franco, Perón sentía una afinidad natural hacia las derrotadas fuerzas del Eje. Impulsor, además de la industrialización argentina, desde que llegó al poder tuvo una política abierta para recibir a los ex líderes nazis, muchos de los cuales tenían sólidas formaciones académicas y profesionales y creía que podrían aportar al desarrollo de la Argentina.

La Patagonia argentina, refugio nazi después de la Segunda Guerra Mundial. Foto propia, Bariloche, mayo 2017.

Los nazis, por su parte, acorralados por la derrota y con juicios por genocidio y crímenes contra la humanidad encima, buscaban huir allí donde nadie los encontrara, donde podrían refugiarse de la Justicia y de sus actos, donde la gente los saludaría por las calles y ellos podrían volver a ser notables, profesores, personas admiradas.

La confluencia de factores resultó en un nuevo hogar para los nazis: la Patagonia argentina. Un país con un líder que no los deportaría para retornar a Europa a enfrentar a la Justicia, en un lugar que ya contaba con una importante presencia alemana desde hacía casi un siglo, en un espacio natural generoso y bellísimo y lo mejor de todo: en el fin del mundo. ¿Qué otro lugar mejor para volver a hacer sus vidas?

Muchos nazis, de todos los rangos, llegaron a Argentina en los años posteriores a la derrota nazi, como los temibles Adolf Eichmann, uno de los artífices de la solución final, o el deplorable Josef Mengele, el ángel de la muerte, doctor que experimentó con los recluidos en los campos de concentración, toda suerte de horrendos actos. Entre ellos estaba Erich Priebke.

En efecto, en reclusión en Rimini, Priebke logró escapar de sus guardias británicos en 1946 y se escabulló en Austria, en un monasterio franciscano en las montañas tirolesas, donde fue rebautizado como Otto Pape, por un cura con el que hizo amistad. Enterado de la asunción de Perón al poder e impulsado por los anhelos de una vida próspera y tranquila, evadiendo la Justicia, emprendió el viaje hacia Bariloche, ciudad que lo acogería bajo su nueva identidad por casi medio siglo.

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El tour de la historia de la presencia e influencia alemana en Bariloche permite descubrir diversos puntos de interés durante unas casi tres horas de caminata pausada y reflexiva por la ciudad y culmina en un parque bordeado de casas apacibles. “Este era el barrio nazi”, nos cuenta el guía, urgiéndonos que nos movamos unos centímetros hacia un lado para aprovechar los últimos rayos de sol del día que se escurrían entre las copas de los árboles cercanos. A cero grados parece una recomendación razonable.

Atardecer en el ex barrio nazi. Bariloche, mayo 2017. Foto propia.

“Piensen ustedes que en este barrio vivían varios nazis que se exiliaron aquí, algunos de los cuales quizás se conocían ya antes de venir. Aquí caminaban, se saludaban olvidando el pasado” – ¿Olvidarían de verdad? ¿Hablarían de eso en sus reuniones íntimas? ¿Les pesaría la consciencia en la noche antes de dormir? –. “En este parque salían a pasear y a tomar el sol”, prosigue el guía.

Esas últimas palabras vendrían junto con el cierre de la tarde y la despedida rauda del grupo. Yo me fui apresurado a una tienda de aparejos de pesca – lo más cercano que encontré- para comprar un gorrito y un par de guantes para soportar el frío que más tarde pasaría a terreno negativo y Aimeé se compró una pañoletas para el viento que hasta el día de hoy usa en variedad de estaciones.

Imagino esos 50 años que le regaló el universo a Priebke, ahora Otto Pape, para reflexionar y arrepentirse, para recomponerse como ser humano y me pregunto si alguna vez volvió a pensar con algún remordimiento en esas 335 personas que perecieron en las Ardeatinas.

Parece que no.

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Medio siglo después, un equipo de televisión estadounidense de la cadena ABC, que estaba siguiendo los rastros de los nazis exiliados que nunca enfrentaron a la Justicia, encontró la pista de Priebke en Bariloche gracias al libro El Pintor de la Suiza Argentina, de Esteban Buch, en el que se daba cuenta de su evasión patagónica.

Después de una revisión documentaria bien realizada, el equipo de investigación halló una confesión de parte en la que Priebke reconocía haber participado en la masacre de las Ardeatinas. También descubrieron otros documentos en los que Priebke firmaba y autorizaba el traslado de judíos italianos a diversos campos de concentración nazis. Con estos documentos en mano, el equipo de la ABC inició un trabajo de seguimiento a Otto Pape en Bariloche hasta que un buen día el reportero Sam Donaldson, lo encaró.

Suelto de huesos, Pape admitió frente a cámaras ser Erich Priebke y haber cometido los crímenes de los que se le acusaba. Su consciencia parecía tranquila. Los ejecutados eran terroristas y, además, en tiempos de guerra los civiles mueren, qué se le va a hacer… el fin del mundo había sido compasivo con él. Por algo sería.

La conversación acaba abruptamente cuando Priebke, descubierto, se sube a su automóvil y se va ofuscado, increpándole a Donaldson You´re not a gentlemen. Voilà.

Momento en el que Erich Priebke es encarado por Sam Donaldson, de la cadena estadounidense de noticias ABC.

Inmediatamente después de haberse conocido la noticia, el gobierno italiano solicitó la extradición de Priebke para someterse a la Justicia italiana y responder por sus actos. Luego de un largo ida y vuelta burocrático y de algunos vaivenes políticos, Priebke fue finalmente extraditado a Italia en 1995. Tenía 82 años.

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Un par de años después Priebke fue condenado por la Justicia italiana a cadena perpetua. El mayor argumento de defensa, que él solamente seguía órdenes de sus superiores, fue destruido por aquella ambición de juventud que lo llevó a inscribir 5 nombres adicionales en aquella fatídica lista. Esa muestra de voluntad propia de servir al régimen y de dar el extra por su país y por su régimen era una prueba inequívoca de criterio propio.

Al mismo tiempo, la Justicia Italiana le negó la extradición al gobierno alemán que también había solicitado que Priebke sea juzgado en sus cortes. El argumento de la Justicia italiana para negar la extradición fue que la misma persona no podía ser juzgada dos veces por el mismo crimen.

Debido a su edad, Priebke fue recluido en prisión domiciliaria, la cual no fue muy estricta, como lo evidencian algunos actos como sus celebraciones de cumpleaños o sus paseos por el centro de Roma que fueron captados por la prensa y que generaron aireadas protestas de la comunidad judía italiana.

Priebke murió en Roma en Octubre de 2013, habiendo ya cumplido su centenario. Su petición de ser enterrado en Bariloche junto a su esposa fue denegada y así, fue sepultado en un lugar sólo conocido por sus familiares.

Extraña Justicia la que enfrentan algunos.

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Al día siguiente visitamos los cerros nevados de Bariloche y su centro de esquí del cerro Catedral. Contemplamos la inmensidad de los verdes paisajes desde el Cerro Campanario. En esa estadía también navegamos por el magnífico lago Nahuel Huapi y sus espléndidas islas cubiertas de verdor y de vida.

La vida del fin del mundo. Los arrayanes no te juzgan. Foto propia, Mayo 2017.

Entendí por qué si alguien se quisiera refugiar de algo, por cualquier razón que sea, tendría razón de ir allí. Sin duda sería feliz. Después de todo, el fin del mundo no tiene la culpa que la barbarie y la crueldad de los hombres no haya conocido límite alguno. Los arrayanes crecen igual, no te juzgan. No es su razón de ser.

La Mamacha del Carmen o la reivindicación personal de lo místico

Fiesta de Paucartambo –
Foto extraída de : https://mochilalista.wordpress.com/2016/08/29/un-paseo-por-las-magicas-danzas-de-paucartambo/

Una de las mejores experiencias de viaje de mi vida fue la de asistir a las festividades dedicadas a la Mamacha del Carmen en Paucartambo, Cuzco. Fui en dos ocasiones, a mis dieciséis y a mis diecisiete años, en ambas ocasiones con amigos. La experiencia, sin embargo, es una sola y ha trascendido en mi de formas inexplicables y mágicas. Hoy, con el doble de años de existencia, puedo afirmar que se trató de una peregrinación interna, de un momento trascendental que me permitió – y me permite aún hoy – abrir las puertas del misticismo y aceptar que la racionalidad sola no es suficiente para comprender el mundo.

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La festividad de la Mamacha del Carmen tiene su origen en la introducción dentro del universo andino de la Virgen del Carmen por los españoles durante la colonia. Como la mayoría de las ceremonias católicas andinas y latinoamericanas, con el tiempo esta celebración se ha ido impregnando de un auténtico sincretismo, con lo que esta festividad representa un gran número de creencias y valores y hoy constituye parte del patrimonio cultural del Perú.[1]

La fiesta se desarrolla del 15 al 18 de julio en el pueblo de Paucartambo, localidad de unos 5,000 habitantes situada a 3,000 msnm en la parte oriental de la Región del Cuzco y en los años que asistí era una fiesta prácticamente reservada para los locales. Los pocos foráneos que se veían eran en su mayoría limeños interesados por el patrimonio cultural del país, fotógrafos, personas del mundo de las ciencias sociales y éstos se distinguían claramente en la multitud. Parece que hoy la fiesta ha llamado mucho la atención de turistas y llegan de varias partes del mundo, pero yo no la conocí así.

Pueblo de Paucartambo, en la región del Cuzco
Foto extraída de : ttps://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ee/4_-PaucartamboAo%C3%BBt_2008.jpg/1280px-4Paucartambo-_Ao%C3%BBt_2008.jpg

Paucartambo es un típico pueblo andino, con sus casas de adobe pintadas de blanco, sus balcones azules, sus techos cubiertos con tejas y donde el tiempo tiene otro ritmo, pausado y conceptual, muy distinto a nuestros minutos y segundos urbanos y donde la puntualidad inglesa no tiene ningún sentido. Me da la impresión que vivir fuera de la ausencia de la angustiante tiranía del reloj industrial puede alargar la vida, o por lo menos el sentido de la misma. Ciertamente es así para los que nacen allí. Yo tendría que esforzarme muchísimo, demasiado, para conseguirlo. Creo que ya no es para mí.

Durante todo el año Paucartambo tiene una vida típica de cualquier pueblo andino, dominada por las actividades agrícolas y pecuarias y donde cada quien conoce la historia del otro. Pero hay algo distinto aquí; los paucartambinos y, en una medida más extensa, los cuzqueños de varias partes del mundo, se preparan durante todo el año para esa explosión de devoción capaz de conmover a los Apus más alejados del Collasuyu.

La dedicación que le ponen todos aquellos que participan en esta fantástica celebración es evidente en cada detalle, particularmente en los coloridos trajes y en las coreografías que impregnan la ciudad sin descanso durante los cuatro días que dura la fiesta.

Un par de decenas de danzas folclóricas recorren el pueblo, cada una con su banda y sus seguidores, cada una auspiciada por su mayordomo o Carguyoc y cada una dando todo de sí para la Mamacha, para el pueblo, para la fe.

Mamacha del Carmen en procesión con Saqras sobre los techos y balcones paucartambinos
Foto extraída de: https://elmontonero.pe/columnas/la-mamacha-del-carmen

Los momentos cúspide de la celebración son: la salida de la virgen de la iglesia y el canto de los Qapaqs Negro quienes entonan notas solemnes, menos festivas que el resto y que permiten entender la enorme dimensión espiritual de lo que está ocurriendo; luego, la procesión de la virgen por la ciudad, en la que la presencia de la Mamacha aleja a los saqras, demonios que cuelgan de los techos y que portan unas máscaras particularmente espectaculares, bendiciendo a la población que espera su paso, muchos entre lágrimas y gran fervor; finalmente la guerrilla entre los qollas y los chunchus quienes se enfrentan por tener la distinción de ser los verdaderos guardianes de la Mamacha.

Claro está que durante todos los días que dura la festividad, los asistentes aprovechan la ocasión para sacudirse todas las energías negativas que han podido acumular e impregnarse de positivismo y misticismo que tanto nos hace falta en nuestras sociedades occidentales. Entender esa carencia fue lo más valioso que aprendí en mi conexión con la Mamacha.

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Debo agradecerle mi primera experiencia en Paucartambo a mi tío Pedro, gran amante de los Andes y gran conocedor del mundo rural del Perú porque lo recorrió durante 40 años de su vida – si no más – involucrándose con su gente y sus tradiciones. Yo llegaba, como casi todos los años, de vacaciones a mi querido Perú desde Costa Rica, donde vivía desde los ocho años, gracias a las jugadas en pared y gran complicidad con mi tía Yvonne, mi segunda madre. Cuando mi tío Pedro estimó que yo tenía la edad suficiente para hacer mi primer viaje en solitario en el país que me vio nacer, me regaló un pasaje de avión al Cuzco y me dio instrucciones para llegar a esta fiesta que cambió mi vida para siempre.

Llegar al Cuzco con dieciséis años y unos cuantos soles en el bolsillo es una experiencia magnífica, de libertad absoluta y de descubrimiento y asombro piedra tras piedra, cuadro tras cuadro y plaza tras plaza. El día que llegué me encontré con mi amiga de la infancia Inés Gallegos y un par de amigas suyas, con quienes hice el viaje a Paucartambo. El camino fue tedioso porque se reventaron las gastadas llantas del bus en un par de ocasiones hasta el punto que ya no tenía las de repuesto y tuvimos que esperar unas cuantas horas antes que se solucione el problema.

Con esto resuelto, al llegar ya teníamos “reservada” una habitación en una de las casitas del pueblo y allí nos instalamos.

Siendo yo profundamente agnóstico en esa época, nunca imaginé que mi experiencia paucartambina cambiaría drásticamente mi forma de apreciar el universo espiritual. Mi universo espiritual.

Recuerdo con claridad estar sentado en una de las bancas de la iglesia del pueblo el día anterior a la procesión y ver cómo todas las personas entraban con gran devoción al templo y se encomendaban a la protección de la Mamacha, exhortos en sus pensamientos, promesas, anhelos de mejora.

Qapaq Negro
Foto extraída de: https://www.facebook.com/QhapaqNegroDePaucartamboResidentesEnLima/photos/a.401782769878441/1518171921572848/?type=3

Mi punto de inflexión metafísica fue cuando estuve frente a los Qapaq Negro a la salida de la Iglesia y salió la virgen. Todos empezaron a cantar en quechua y en castellano, con una solemnidad tal que de pronto me encontré sobrecogido por la fuerza de todas esas energías y sólo atiné a llorar, sintiendo un gran vacío en mi estómago, en mi alma, como una llamada de atención clara y concisa que no debía olvidarme de alimentar mi espíritu, de reencontrarme con el misticismo y abrirme a las otras dimensiones de la vida ya que de otra forma no estaría completo mi viaje por este mundo. Nunca había sentido algo así de contundente en el plano espiritual.

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Esa madrugada, alrededor de las 02:30 am fuimos al mirador de Tres Cruces de Oro. Para hacer tiempo y como en la estación de buses no había mucha luz, nos pusimos a jugar a las cartas con los policías de turno. Cuando ya era la hora de embarcar, notamos que el chofer estaba profundamente dormido después de haberla pasado muy bien en el pueblo durante el día – nos lo cruzamos varias veces –. La policía tuvo que ayudarnos a ingresar al vehículo para zamaquearlo con firmeza antes de poder partir. Claramente no fue el viaje más tranquilizante de mi vida, pero por lo menos en la madrugada no se distinguen los precipicios de los sinuosos caminos afirmados de la sierra. Ya saben, ojos que no ven, alma que se aferra a la vida.

El espectáculo natural en el mirador de Tres Cruces de Oro a casi 4,000 msnm es uno de los más impresionantes que he visto jamás. Sentados y recubiertos en sleeping bags por las temperaturas bajo cero de las claras y estrelladas madrugadas andinas, nos pusimos a ver el horizonte hacia el oriente. Desde este punto las alturas descienden estrepitosamente hasta que los cerros se cubren de una fantástica vegetación tropical que, de golpe, engulle la tierra y la pobla de una biodiversidad aún no descubierta en su totalidad por el ser humano. Para allá está el río Madre de Dios y las casi dos millones de hectáreas del Parque Nacional del Manu, Patrimonio Natural de la Humanidad[2], elegantemente recubiertas por la nubosidad propia de la selva tropical húmeda.

La vista desde el mirador, que es básicamente una meseta con ichu y poco más de la escasa vegetación andina, es paralizante. Hacia el oeste se ve la cordillera cubierta de la negrura de la noche, salpicada de los brillos intermitentes de las estrellas, sin una sola nube a la vista, lo que es propio del mes de julio. Mientras se va girando la vista hacia el zénit y luego hacia el este, se puede percibir una muy generosa variación de tonalidades azulinas que hasta para un daltónico como yo constituyen una maravilla para cortar el aliento, imposible de transmitir en imágenes o palabras.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

Refugiado en el interior del sleeping, expuesto a la intemperie y a las brisas gélidas y vivificantes del lugar, espero el amanecer del que tanto me han hablado. Y de pronto se percibe claramente cómo el sol empieza su danza planetaria tan cotidiana y a la vez tan excepcional. Elevados a 4,000 metros de altura podemos ver sin una sola interrupción cómo las nubes que están muy por debajo nuestro se van iluminando al horizonte y los tonos rojizos y amarillentos empiezan a pincelar el panorama. Me quedo estático. No hay forma de procesar lo que estoy viviendo. No quiero que se detenga nunca y a la vez me inquieta saber qué pasará en el próximo segundo. Se van divisando las formas de las nubes abajo, algunas de las cuales parecen haber entendido las órdenes del Inti y así pues, se van esfumando, generando pequeños espacios a través de los cuales se puede a penas percibir la espesura de la selva y su infinita fantasía.

Amanecer en Tres Cruces de Oro
Foto extraída de: https://www.mysticlandsperu.com/tour/tour-a-tres-cruces-de-oro-paucartambo/

De pronto percibo al astro rey, imponiéndose con fuerza en el horizonte, danzando a través de las ilusiones ópticas de la humedad, de la latitud, de mi miopía, de la magia de los Apus…

Recuerdo entonces, de forma espontánea, aquel poema que me enseñaron en el colegio cuando tenía cinco años. Reconstruyo en mi mente un episodio de esas épocas, fines de los 80, en el que presencié, ya no sé muy bien dónde, un amanecer compartido con Juan Sebastián Montesinos, un gran amigo de la familia y juntos recitamos estos versos que no tengo idea de quién sean, pero que hasta el día de hoy me acompañan en mis conexiones solares:

Ô soleil ! Ô mon frère

J’ai besoin de ton feu

J’ai besoin de ta flamme

J´ai besoin de ta lumière

Apparais ! Réapparais ! ô soleil !

¡Oh Sol! ¡Oh hermano mío!

Necesito tu fuego

Necesito fu flama

Necesito tu luz

Aparece, vuelve a aparecer, ¡Oh Sol![3]

Me recuesto un poco. Ya amaneció. Toda la seguidilla de matices de los azules y de los rojos tiñó el cielo de forma muy dinámica durante una larga hora. Toda aquella gama que justamente me cuesta tanto diferenciar. Y sin embargo siento que pude ver la pureza de esos colores sin ninguna duda. Al menos pude conectarme con su energía y entendí lo que quería decirme el universo.

Poco a poco la gente se levanta del piso y estira las piernas. Yo aún permanezco sentado, recostado hacia atrás sobre mis codos y mis antebrazos, observando cómo a través de las nubes se abren espacios donde brilla el verde más puro, aquél que tampoco puedo ver. El momento es infinito.

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De retorno a Costa Rica no pude dejar de pensar cada día en cómo esa experiencia me había transformado profundamente. El misticismo de las energías de la gente y de las vibraciones del universo me habían dejado extasiado y como sucede con todo buen éxtasis, deseaba más.

Así que al año siguiente regresé junto con dos grandes amigos ticos, Chiqui y Fernanda, quienes fueron los mejores compañeros de viaje posibles durante el mes que exploramos varios rincones del Perú. Uno de mis objetivos era regresar a Paucartambo, atraído por ese océano de sensaciones y poder compartir con ellos la esencia de la magia andina. Misión cumplida. Lo disfrutaron muchísimo, aunque no sé si tuvo el mismo efecto en ellos que en mí. Estimo que no, pero eso no importa, porque las revelaciones son personales y en suceden en los tiempos de cada quién.

En esta segunda oportunidad fui un poco más preparado, con algunos contactos, aunque el alojamiento fue más precario: un piso de madera en una habitación del pueblo, sobre la cual tendimos nuestros sleeping bags. Igual, la idea era no dormir demasiado.

Nuestro principal contacto, un fotógrafo veterano de la fiesta, que había asistido a más de una decena de celebraciones de la Mamacha, consiguió que nos invitaran a un cargo, al de los Qapaq Negro, nada más y nada menos, uno de los más selectos de la festividad.

Llegada la hora indicada, entramos a una de las casas del pueblo, a la del Carguyoc estimo, y nos sentaron en una mesa dispuesta en U. Éramos unos 30-40 invitados. Al lado mío se sentaba un abogado cuzqueño, que vivía en Nueva York y venía todos los años para cantarle a la Mamacha. Este honor no se tranza por nada del mundo. Ni aunque cobres por hora.

Lo primero que nos trajeron fue una caja de cerveza. “Para ustedes”, nos dijeron, y la dejaron en nuestro sitio. Teníamos que tomar. Ni modo. Aunque a los diecisiete años tu cuerpo resiste mejor ciertos embates. Ni modo, repito, ni modo.

Lo siguiente fue una merienda paucartambina, un interminable festival de sabores preparado con dedicación, estoy seguro, que contiene locro de zapallo, rocoto relleno, cuy chactado, arroz, huevo frito, algunas carnes, verduras y su infaltable dosis de ají. Por si se lo están preguntando, este es un plato personal. La única que se lo terminó fue Fernanda. Realmente impresionante. Chiqui y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo, pero tuvimos que compensarlo con varios tragos largos y copiosos de chela para no desanimar a quienes nos recibían con tanta abundancia a pesar de ser tres extraños. Después de bailar un rato, nos despedimos para continuar con la fiesta en las calles.

Yo a mis 17 años en el Cusco. Foto de mi amiga Alessandra Plaza (no tengo conmigo las fotos de Paucartambo, pero cuando las recupere de mis antiguos álbumes de fotos actualizaré las imágenes del blog, prometido).

Después de haber caminado no lo suficiente para recomponernos de tanta afectividad culinaria, nos topamos con una pequeña banda en la calle que, en solitario, estaba tocando ritmos más tropicales y caribeños. Nos pusimos a bailar como poseídos por fuerzas desconocidas olvidando los más de 3,000 metros, la comida y todo lo demás. Cierro los ojos y vuelvo a saltar, subiendo y bajando, disfrutando de mi minoría de edad y de mis 58 kilos. Haberlo vivido entonces es haberlo vivirlo para siempre. Thank god.

Lo que sigue es uno de los peores episodios corporales de mi vida: algún intestino se habrá retorcido dentro mío de tan mala manera que inmediatamente después de estos bailes eufóricos tuve que ir al silo de la casa donde nos alojábamos, que consistía en un hueco en medio del patio, sin asiento alguno, sólo amparado de la intemperie por unas alicaídas planchas de triplay y un techito de calamina mal colocado que en época de lluvia debe servir sin duda alguna de incentivo para que nadie acapare el baño por demasiado tiempo y así reine el respeto y la buena convivencia entre los inquilinos de la casa, que no deben ser pocos porque tiene unas 10 habitaciones distribuidas en sus dos pisos. Esa primera incursión fue el preludio de la más severa indigestión de mi vida.

Pasé todo el resto de la noche acostado en el piso de madera agarrotado por el dolor y cada vez que me movía un centímetro porque ya me cansaba la misma posición, tenía que salir corriendo al silo que estaba, como ya saben, pero no hay forma de recalcarlo menos, en el centro del patio de la casa. Fue una de las más horribles noches que he pasado jamás. Me quedé sin bilis para el resto de mi vida.

Temiendo que este contratiempo nos fuese a malograr el resto del viaje, a la mañana siguiente fui a la farmacia del pueblo a buscar algún alivio. No tenía mucha fe de encontrarlo a decir verdad. Evidentemente la farmacia estaba cerrada. Todo estaba cerrado. Sólo había fiesta. Sin demasiadas esperanzas contacté a nuestro sponsor el fotógrafo que nos había conseguido los pases VIP al cargo del día anterior (que incluía bufet, barra libre y pase a los camerinos de los artistas) y le pregunté por algún médico, farmacéutico o alguien que me pase el cuy, aunque sea, cualquier cosa era mejor que estar moribundo en plena fiesta. Me contestó que sí. Que conocía a alguien que me ayudaría. No le quise preguntar sus credenciales por obvias razones, pero me encomendé a la Mamacha.

De pronto se apareció un pata del cual no recuerdo ni su nombre ni su cara, pero que sí me transmitió muchísima confianza. No me preguntó absolutamente nada. Me imaginé – aún me imagino – que nuestro amigo el fotógrafo le debía de haber comentado en qué estado me encontraba. Sólo me dio una botella con un líquido verduzco y me dijo que me la tome de un solo trago y se fue. Incrédulo, procedí a seguir sus instrucciones, ya saben, diecisiete años y todo lo demás…  

El Waca Waca Paucartambino

¡Magia! A la hora ya estaba otra vez bailando en las calles, comiendo choclo con queso de desayuno y unas horas después brindando con mis amigos y con los pasantes, bailando al ritmo del Waca Waca y olvidando, al menos momentáneamente, la noche terrorífica que pasé. ¡Qué inconsciente! ¿O no?

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Gracias a la Mamacha, a Paucartambo y a su gente aprendí que la vida tiene diversos planos y que lo mágico, lo místico, la fe, es uno de ellos y descuidarlo significa simplemente desaprovechar uno de los tantos aprendizajes que tiene el viaje de la existencia para mí, para ti, para cada uno de nosotros.

He vivido la otra mitad de mi vida desde entonces y a pesar que no creo en las religiones, he sabido cultivar, de varias formas, el lado espiritual de mi vida, aunque siento que lo que he aprendido no es para nada suficiente y que Occidente me lo pone difícil. No obstante, sí creo que hay un mayor balance en mi ratio materialismo / espiritualidad. 80%, 20% digamos. Pero siempre mejor que 100% – 0% ¿no? Al menos así lo creo.

Cultivando mi lado espiritual – Parque María Reiche, Miraflores
Foto propia

Dicen que uno se convierte en devoto de la Mamacha del Carmen cuando la visitas en tres oportunidades. Físicamente he estado allí sólo dos veces, pero espiritualmente la visito regularmente, así que, contraviniendo a las convenciones sociales, desde el escritorio de mi casita de pueblo en Zabbar, Malta, me declaro su fan y agradezco a su poderoso espíritu, compuesto de las energías de la fe sincera de tantas almas, por tantas enseñanzas que me ha dado y que me seguirá dando.


[1] La festividad de la Virgen del Carmen es reconocida en el Perú desde el 2006 como patrimonio cultural de la Nación.

[2] Declarado por la UNESCO en 1987

[3] Traducción propia, obviamente, porque no tengo ni idea de quién es el autor de estos versos.