Sin duda alguna, desde hace algún tiempo, las 05:30 de la mañana se ha convertido en mi momento preferido del día.
A esa hora enfundo mi sweater, camiseta térmica y zapatillas de exterior y salgo a caminar con una playlist sutilmente motivadora que me permite mantener un buen ritmo, sin impedirme reflexionar.
Cuando salgo aún es de noche, sin embargo, la silueta de las nubes ya se dibuja y, al fondo, se divisa un resplandor que me gustaría que no se venga tan apresurado.
Éste se ha vuelto en un momento que espero con ansias cada día, puesto que mis ideas están claras, desprovistas de pasión (o al menos la dosis es mucho más diluida) y mientras hago mi recorrido voy ordenando mi día en mi cabeza. Al retornar, tengo ya un panorama bastante nítido, lo cual me garantiza (o casi) cerrar el día sin ahogarme en la infinidad de tareas.
Desde hace dos días llegó a Malta una “ola de frío siberiana”. Claro, en un contexto Mediterráneo, eso significan unos 4 grados a las 05:30 am, lo cual no está mal para el invierno europeo, pero para esta isla es casi una falta de respeto.
Esta ola vino acompañada de unos vientos intensos y de un mar agitado el cual pude notar con claridad en mi caminata de ayer.
Vivo a cuatro cuadras del mar, justamente donde un pequeño puente une a mi muy urbano distrito, Gzira, con la isla Manoel, un oasis de verdor que alberga un muelle de yates y un fuerte renacentista cuyas murallas exteriores están bastante bien conservadas.
Lo primero que hago al llegar a la isla es un ida y vuelta del muelle de yates, lo que me brinda una primera impresión de La Valeta, al frente, con su cúpula carmelita y su torre inglesa que dibujan la famosa silueta de la capital maltesa. Con las luces de madrugada es un gran espectáculo visual.

En esta etapa aún es de noche, y por lo general mi mente está terminando de procesar la información del día anterior: aprender de los errores, buscar soluciones a los impases, alegrarme por los logros y replantearme los conflictos.
Luego, mientras va amaneciendo, me toca subir una ligera cuesta de unos trescientos metros para llegar a la caseta de seguridad que resguarda el acceso al fuerte y a la parte posterior de la isla. Normalmente la entrada está cerrada de noche y la tranquera se levanta con las primeras luces del día. Es a la antigua, no hay un horario como le gusta a los ingleses. Acá estamos en Malta pues. Slightly different.
Cuando llego aquí, inevitablemente recuerdo mis días en la mina, en los Andes peruanos a 4,000 metros sobre el nivel del mar. Principalmente los recuerdo ya que la caseta de seguridad es un container como el de los campamentos mineros. Todo lo demás es absolutamente diferente. Seguramente por eso también lo recuerdo.
Normalmente el guardián o la guardiana ni siquiera levantan la mirada al sentir que me aproximo. Intento saludarlos. No puedo. No hay contacto visual. Nunca he podido. Alguna vez levanté la mano sin mucho éxito, y me sentí un poco solitario y desubicado. Quizás debería gritar “Bongu” que es “buenos días” en maltés. Voy a hacerlo a ver qué pasa.

A partir de aquí la mente pasa a otra revolución. Penetro en un camino rodeado de vegetación, en el cual aprovecho para quitarme la mascarilla. Es un tramo totalmente desierto. Siempre. La única excepción es la pareja que sale a pasear a sus dos perritos que vienen lunes, miércoles y viernes, bien enmascarados ellos, así que cuando los diviso me coloco la mascarilla nuevamente. Los saludo con la mirada y esbozo una sonrisa. Sé que ellos también me sonríen. Las mascarillas no pueden con nosotros.
Pasada la pareja, llego a una casa abandonada sobre la izquierda. Pienso en lo divertido de haber pasado alguna noche clandestina contando historias de terror con amigos en la adolescencia. Y luego sigo mi camino hasta divisar a lo lejos nuevamente el contorno de la Valeta, al frente de la bahía.
Aquí ya estoy en modo solución y planeamiento. También las ideas son nítidas y tienen sentido. Me reconforta este momento en el que ya está amaneciendo y la brisa vivificante viene cargada de chispas de vitamina D.
Llego al fuerte y normalmente bajo las escaleras que llevan al mar, para hacer una parte del camino en las rocas.

Este tramo es corto. Son algunos pocos minutos. Sin embargo, el paisaje es tan impresionante que las primeras veces sucumbía ante la tentación de simplemente quedarme exhorto viendo el horizonte, interrumpiendo mi ejercicio físico y mental. La belleza es necesaria, sobre todo en esta época de encierro y soledad.
La bahía se abre grande y las primeras embarcaciones empiezan a navegar: ferries, barcos mercantes ingresando al puerto, barcos pesqueros, veleros, embarcaciones de recreación. Todos tienen un motivo y una dirección. Este tránsito me ayuda con mis ideas.

Pasadas las rocas, vuelvo a penetrar en un sendero de tierra que me lleva entre arbustos. Esta parte es mágica. Respiro la naturaleza y el olor a tierra y hay una pequeña curva en la que no se divisa nada más. A veces le pongo pausa a la música y escucho los pájaros, el mar, a lo lejos, y el sonido de las hojas con el viento. Aquí ya recargué mis baterías.

Luego viene el retorno a casa: una cuesta aún rodeada de vegetación. De lunes a viernes me cruzo a una chica, debe tener veintitantos. Parece que trabaja en la isla. Viene todos los días muy abrigada a paso tranquilo. Me gusta cruzarme con ella. Siempre saluda.
Más adelante, al final de la cuesta, hay una curva que lleva nuevamente a la entrada y ya para entonces amaneció completamente. Hay movimiento. Llegan los autos de la gente que trabaja en el muelle. Aquí me cruzo a un señor que también camina, otro compañero madrugador.
El trayecto final para salir de la isla y de retorno a Gzira me sirve para terminar de definir prioridades y pensar un poco en mis dos gatitas que sé que me esperan con ansias. Me lo hacen saber siempre que regreso.
Las cuatro cuadras que separan la isla de mi casa también tienen un propósito. A veces me detengo en mi bodega preferida, donde la familia que la maneja ya me conoce. Aprovecho para comprar frutas, algo para tomar, queso, lo que haga falta y hablar un poco con los dependientes. ¡Qué maquinas que son en Israel, cómo avanzan en la vacunación! ¡Acá son todos unos corruptos!, – claro, no le voy a decir que Malta es el país de la Unión Europea que más rápido ha avanzado en la vacunación, porque no le puedo quitar el privilegio de quejarse de sus políticos locales. Asiento. Le digo, “en mi país está peor. Mejor ni le cuento”. Me despido con un simple “ciao” ya que hace un tiempo, cuando me despedí con mi tradicional “I wish you a wonderful day”, la señora me dijo “Do you think it’s wonderful to sit here as a cashier 12 hours a day?”. En Europa son más directos, no hay nada que hacer.
Luego regreso a casa, a la ducha y a empezar el día. Y a esperar con ansias mi próxima madrugada.
Hoy, sin embargo, pasó algo diferente.
Ayer noté que las aguas estaban muy agitadas. Pude percibir pequeñas olas en el muelle que está en una sección más bien ultra-protegida y me di cuenta que los patos marinos que aquí viven habían desaparecido. Apagué la música y escuché el silbido del viento siberiano agitando los mástiles. La verdad es que el soundtrack era el de una escena de caballeros mongoles atravesando la estepa.
Cuando llegué a las rocas me di cuenta que no podría hacer mi recorrido normal, ya que las olas estaban reventando con fuerza en la orilla. Normalmente no hay olas y se puede atravesar normal. Tuve que bordear este tramo, por arriba, cerca al fuerte, y luego volver a bajar para atravesar el último segmento de rocas, este sí, ineludible. Aquí me detuve a estudiar el comportamiento del mar, ya que tenía que pasar por una parte en la que no había cómo zafarse de las olas. Luego de unos minutos, lo logré. Pasé sin mojarme y con una gran inyección de adrenalina que me duró toda la mañana. Fantástico.

Hoy, cuando llegué al muelle ya no sentí el silbido del viento siberiano, sin embargo, sí pude observar con claridad que las aguas estaban aún más agitadas.
Al llegar al fuerte, esta vez ni siquiera bajé para analizar la parte de las rocas. Era evidente que el mar estaba aún más bravo que el día anterior. Así que crucé tranquilamente por arriba y nuevamente llegué al punto clave.

Hoy el panorama era un poco más complejo: las olas reventaban hasta el muro y se formaban tubos que nunca había visto en esta parte del mar maltés. Me dije que de ninguna manera daría media vuelta; tendría que pasar por esta parte con éxito, envalentonado por la adrenalina del día anterior.

Escudriñé el mar con atención, detenido en una zona “segura”, donde igual estaba la roca mojada por lo que alguna ola tendría que llegar hasta allí, eventualmente. Calculé la distancia: la parte más crítica la atravesaría en unos 30 segundos.
Me di cuenta que las olas venían en tandas de a dos, de a tres y de a cuatro. Luego venía una ola solitaria. Luego otra vez: dos, tres, cuatro. Me dije: “Bueno, ya lo tengo. Espero la tanda de cuatro y paso. A lo peor me mojará los pies la ola solitaria. Mis zapatillas son impermeables, no hay problema.”
Así que al pasar la cuarta ola empecé a avanzar hasta llegar al punto crítico. En ese momento vi que se venía la quinta ola. Mucho más grande que todas las demás, formando un tubo que no pertenece al Mediterráneo. Sabía que estaba perdido. Subí rápidamente hasta la parte más alta de la roca, sin embargo, la ola se me vino encima.
Quedé completamente empapado de las pantorrillas para abajo. Mis zapatillas completamente inundadas de fría agua invernal. Por suerte mantuve el equilibrio y no se le ocurrió al mar la bromita de venir con una sexta ola.
Salí hacia la zona de los arbustos, aceptando mi derrota, con bastante buen humor, aunque preocupado por no enfermarme. Desde ese punto hasta mi casa me vine con los pies en una sopa. Intenté sacarme las zapatillas para secarlas, pero las medias estaban totalmente empapadas y el frío no ayudaba mucho.

Vaya que sí me traje una buena lección a casa esta mañana: la vida, por más que la planifiques, siempre tiene una quinta ola más grande que todas las demás, escondida donde no la puedes anticipar. Quedarse de pie mientras pasa, depende de una mezcla de suerte con buenas decisiones. Aprender de ella es, sin duda, lo más importante.
Mañana, si veo en el muelle que los vientos siguen silbando, llegaré al fuerte y daré media vuelta, no sin antes sonreírle al mar, agradeciendo haberme enseñado, “por las buenas”, en esta ocasión.






























