Amanecer en Manoel Island

Sin duda alguna, desde hace algún tiempo, las 05:30 de la mañana se ha convertido en mi momento preferido del día.

A esa hora enfundo mi sweater, camiseta térmica y zapatillas de exterior y salgo a caminar con una playlist sutilmente motivadora que me permite mantener un buen ritmo, sin impedirme reflexionar.

Cuando salgo aún es de noche, sin embargo, la silueta de las nubes ya se dibuja y, al fondo, se divisa un resplandor que me gustaría que no se venga tan apresurado.

Éste se ha vuelto en un momento que espero con ansias cada día, puesto que mis ideas están claras, desprovistas de pasión (o al menos la dosis es mucho más diluida) y mientras hago mi recorrido voy ordenando mi día en mi cabeza. Al retornar, tengo ya un panorama bastante nítido, lo cual me garantiza (o casi) cerrar el día sin ahogarme en la infinidad de tareas.

Desde hace dos días llegó a Malta una “ola de frío siberiana”. Claro, en un contexto Mediterráneo, eso significan unos 4 grados a las 05:30 am, lo cual no está mal para el invierno europeo, pero para esta isla es casi una falta de respeto.  

Esta ola vino acompañada de unos vientos intensos y de un mar agitado el cual pude notar con claridad en mi caminata de ayer.

Vivo a cuatro cuadras del mar, justamente donde un pequeño puente une a mi muy urbano distrito, Gzira, con la isla Manoel, un oasis de verdor que alberga un muelle de yates y un fuerte renacentista cuyas murallas exteriores están bastante bien conservadas.

Lo primero que hago al llegar a la isla es un ida y vuelta del muelle de yates, lo que me brinda una primera impresión de La Valeta, al frente, con su cúpula carmelita y su torre inglesa que dibujan la famosa silueta de la capital maltesa. Con las luces de madrugada es un gran espectáculo visual.

En la punta del muelle

En esta etapa aún es de noche, y por lo general mi mente está terminando de procesar la información del día anterior: aprender de los errores, buscar soluciones a los impases, alegrarme por los logros y replantearme los conflictos.

Luego, mientras va amaneciendo, me toca subir una ligera cuesta de unos trescientos metros para llegar a la caseta de seguridad que resguarda el acceso al fuerte y a la parte posterior de la isla. Normalmente la entrada está cerrada de noche y la tranquera se levanta con las primeras luces del día. Es a la antigua, no hay un horario como le gusta a los ingleses. Acá estamos en Malta pues. Slightly different.

Cuando llego aquí, inevitablemente recuerdo mis días en la mina, en los Andes peruanos a 4,000 metros sobre el nivel del mar. Principalmente los recuerdo ya que la caseta de seguridad es un container como el de los campamentos mineros. Todo lo demás es absolutamente diferente. Seguramente por eso también lo recuerdo.

Normalmente el guardián o la guardiana ni siquiera levantan la mirada al sentir que me aproximo. Intento saludarlos. No puedo. No hay contacto visual. Nunca he podido. Alguna vez levanté la mano sin mucho éxito, y me sentí un poco solitario y desubicado. Quizás debería gritar “Bongu” que es “buenos días” en maltés. Voy a hacerlo a ver qué pasa.

Esta es la recompensa que busco diariamente

A partir de aquí la mente pasa a otra revolución. Penetro en un camino rodeado de vegetación, en el cual aprovecho para quitarme la mascarilla. Es un tramo totalmente desierto. Siempre. La única excepción es la pareja que sale a pasear a sus dos perritos que vienen lunes, miércoles y viernes, bien enmascarados ellos, así que cuando los diviso me coloco la mascarilla nuevamente. Los saludo con la mirada y esbozo una sonrisa. Sé que ellos también me sonríen. Las mascarillas no pueden con nosotros.

Pasada la pareja, llego a una casa abandonada sobre la izquierda. Pienso en lo divertido de haber pasado alguna noche clandestina contando historias de terror con amigos en la adolescencia. Y luego sigo mi camino hasta divisar a lo lejos nuevamente el contorno de la Valeta, al frente de la bahía.

Aquí ya estoy en modo solución y planeamiento. También las ideas son nítidas y tienen sentido. Me reconforta este momento en el que ya está amaneciendo y la brisa vivificante viene cargada de chispas de vitamina D.

Llego al fuerte y normalmente bajo las escaleras que llevan al mar, para hacer una parte del camino en las rocas.

Aquí se puede elegir entre seguir el camino cerca a la muralla o bajar a las rocas

Este tramo es corto. Son algunos pocos minutos. Sin embargo, el paisaje es tan impresionante que las primeras veces sucumbía ante la tentación de simplemente quedarme exhorto viendo el horizonte, interrumpiendo mi ejercicio físico y mental. La belleza es necesaria, sobre todo en esta época de encierro y soledad.

La bahía se abre grande y las primeras embarcaciones empiezan a navegar: ferries, barcos mercantes ingresando al puerto, barcos pesqueros, veleros, embarcaciones de recreación. Todos tienen un motivo y una dirección. Este tránsito me ayuda con mis ideas.

Amanecer en la bahía

Pasadas las rocas, vuelvo a penetrar en un sendero de tierra que me lleva entre arbustos. Esta parte es mágica. Respiro la naturaleza y el olor a tierra y hay una pequeña curva en la que no se divisa nada más. A veces le pongo pausa a la música y escucho los pájaros, el mar, a lo lejos, y el sonido de las hojas con el viento. Aquí ya recargué mis baterías.

Caminos con vegetación y colores matutinos

Luego viene el retorno a casa: una cuesta aún rodeada de vegetación. De lunes a viernes me cruzo a una chica, debe tener veintitantos. Parece que trabaja en la isla. Viene todos los días muy abrigada a paso tranquilo. Me gusta cruzarme con ella. Siempre saluda.

Más adelante, al final de la cuesta, hay una curva que lleva nuevamente a la entrada y ya para entonces amaneció completamente. Hay movimiento. Llegan los autos de la gente que trabaja en el muelle. Aquí me cruzo a un señor que también camina, otro compañero madrugador.  

El trayecto final para salir de la isla y de retorno a Gzira me sirve para terminar de definir prioridades y pensar un poco en mis dos gatitas que sé que me esperan con ansias. Me lo hacen saber siempre que regreso.

Las cuatro cuadras que separan la isla de mi casa también tienen un propósito. A veces me detengo en mi bodega preferida, donde la familia que la maneja ya me conoce. Aprovecho para comprar frutas, algo para tomar, queso, lo que haga falta y hablar un poco con los dependientes. ¡Qué maquinas que son en Israel, cómo avanzan en la vacunación! ¡Acá son todos unos corruptos!, – claro, no le voy a decir que Malta es el país de la Unión Europea que más rápido ha avanzado en la vacunación, porque no le puedo quitar el privilegio de quejarse de sus políticos locales. Asiento. Le digo, “en mi país está peor. Mejor ni le cuento”. Me despido con un simple “ciao” ya que hace un tiempo, cuando me despedí con mi tradicional “I wish you a wonderful day”, la señora me dijo “Do you think it’s wonderful to sit here as a cashier 12 hours a day?”. En Europa son más directos, no hay nada que hacer.

 Luego regreso a casa, a la ducha y a empezar el día. Y a esperar con ansias mi próxima madrugada.

Hoy, sin embargo, pasó algo diferente.

Ayer noté que las aguas estaban muy agitadas. Pude percibir pequeñas olas en el muelle que está en una sección más bien ultra-protegida y me di cuenta que los patos marinos que aquí viven habían desaparecido. Apagué la música y escuché el silbido del viento siberiano agitando los mástiles. La verdad es que el soundtrack era el de una escena de caballeros mongoles atravesando la estepa.

Cuando llegué a las rocas me di cuenta que no podría hacer mi recorrido normal, ya que las olas estaban reventando con fuerza en la orilla. Normalmente no hay olas y se puede atravesar normal. Tuve que bordear este tramo, por arriba, cerca al fuerte, y luego volver a bajar para atravesar el último segmento de rocas, este sí, ineludible. Aquí me detuve a estudiar el comportamiento del mar, ya que tenía que pasar por una parte en la que no había cómo zafarse de las olas. Luego de unos minutos, lo logré. Pasé sin mojarme y con una gran inyección de adrenalina que me duró toda la mañana. Fantástico.

Hoy, cuando llegué al muelle ya no sentí el silbido del viento siberiano, sin embargo, sí pude observar con claridad que las aguas estaban aún más agitadas.

Al llegar al fuerte, esta vez ni siquiera bajé para analizar la parte de las rocas. Era evidente que el mar estaba aún más bravo que el día anterior. Así que crucé tranquilamente por arriba y nuevamente llegué al punto clave.

El camino por arriba, es más seguro y tranquilo

Hoy el panorama era un poco más complejo: las olas reventaban hasta el muro y se formaban tubos que nunca había visto en esta parte del mar maltés. Me dije que de ninguna manera daría media vuelta; tendría que pasar por esta parte con éxito, envalentonado por la adrenalina del día anterior.

Esto es un día normal, sin olas

Escudriñé el mar con atención, detenido en una zona “segura”, donde igual estaba la roca mojada por lo que alguna ola tendría que llegar hasta allí, eventualmente. Calculé la distancia: la parte más crítica la atravesaría en unos 30 segundos.

Me di cuenta que las olas venían en tandas de a dos, de a tres y de a cuatro. Luego venía una ola solitaria. Luego otra vez: dos, tres, cuatro. Me dije: “Bueno, ya lo tengo. Espero la tanda de cuatro y paso. A lo peor me mojará los pies la ola solitaria. Mis zapatillas son impermeables, no hay problema.”

Así que al pasar la cuarta ola empecé a avanzar hasta llegar al punto crítico. En ese momento vi que se venía la quinta ola. Mucho más grande que todas las demás, formando un tubo que no pertenece al Mediterráneo. Sabía que estaba perdido. Subí rápidamente hasta la parte más alta de la roca, sin embargo, la ola se me vino encima.

Quedé completamente empapado de las pantorrillas para abajo. Mis zapatillas completamente inundadas de fría agua invernal. Por suerte mantuve el equilibrio y no se le ocurrió al mar la bromita de venir con una sexta ola.

Salí hacia la zona de los arbustos, aceptando mi derrota, con bastante buen humor, aunque preocupado por no enfermarme. Desde ese punto hasta mi casa me vine con los pies en una sopa. Intenté sacarme las zapatillas para secarlas, pero las medias estaban totalmente empapadas y el frío no ayudaba mucho.

El mar, impredecible

Vaya que sí me traje una buena lección a casa esta mañana: la vida, por más que la planifiques, siempre tiene una quinta ola más grande que todas las demás, escondida donde no la puedes anticipar. Quedarse de pie mientras pasa, depende de una mezcla de suerte con buenas decisiones. Aprender de ella es, sin duda, lo más importante.

Mañana, si veo en el muelle que los vientos siguen silbando, llegaré al fuerte y daré media vuelta, no sin antes sonreírle al mar, agradeciendo haberme enseñado, “por las buenas”, en esta ocasión.

La brisa fresca de la primavera

Una de las maravillas de la vida es que para viajar no necesariamente requieres desplazarte físicamente a ningún lugar.

Uno de los viajes más sublimes es el de la mente, que te permite trasladarte espacialmente pero también temporalmente. De hecho, el viaje metafísico te conecta con diversos planos de tu propia persona, y te permite asombrarte con la grandeza de la existencia y con la multiplicidad de vidas que llegas a vivir a través de los años.

Estos viajes son particularmente importantes en tiempos de cuarentena, en los que los movimientos físicos se reducen y para los viajeros empedernidos como yo, eso puede llegar a ser un desafío muy difícil de superar.

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Quería compartir con ustedes una sensación que experimenté el otro día, ahora que las temperaturas maltesas empiezan a rondar los cálidos veintialgo grados durante el día, lo que, sumado a que salimos del invierno y al alto porcentaje de humedad insular, puede derivar en una sensación de falso verano.

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Estaba yo “haciendo pereza”, como dicen mis amigos colombianos, un domingo de estos pasadas las dos de la tarde en mi cama, mientras leía el coloso libro de Taylor Caldwell, La Columna de Hierro, sobre la vida de Marco Tulio Cicerón durante la gloria del Imperio Romano, cuando de repente de la ventana que da a mi balcón, que para efectos realistas es una puerta, entró una fantástica ráfaga de aire fresco que me vino a acariciar desde la cabeza hasta los pies, arrullándome suavemente como si fuera una hipnosis somnífera, provocándome inmediatamente una serie de escalofríos.

No tuve demasiado tiempo de reflexionar y, casi obligado por el implacable destino, cerré mi libro sin haber terminado el capítulo – lo cual ya dice mucho de la emoción que me provocó el acontecimiento, dada mi inflexibilidad con ese tipo de reglas que constituyen la armonía misma del universo – y cerré los ojos como para sentir hasta la última onda de la piel de gallina que esa ventisca me provocó.

El aire venía cargado de la esencia pura de la primavera, ya que envolvía la timidez de las últimas frescas ráfagas de invierno con la autoritaria presencia del sol de abril del pleno día Mediterráneo, como recordándonos a todos que el mar aún está fresco, que las playas aún están vacías pero que los corazones ya tienen puestos la ropa de baño.

Por acá entra la brisa fresca de la primavera del Mediterráneo, foto propia

Para mi sorpresa, el impulso siguiente no fue el de una frustración dictada por la imposibilidad de cruzar la puerta e ir corriendo al malecón que está a tres cuadras de mi casa, ni tampoco el de una saudade portuguesa añorando el adiós de un barco en un puerto que jamás vi, ni menos aún el de la angustia por no saber cuándo acabará esta bendita maldición que nos ha caído a todos encima por portarnos mal con la Pachamama como dicen varios por ahí, sino que se me dibujó una sincera y tierna sonrisa, que, perdida en una habitación de Gzira, en un edificio más de los que hemos construido a toda prisa los humanos, alzó vuelo para sumarse con la brisa que ya partía rauda y sin mucha tolerancia a las tardanzas, para asomarse por la ventana de algún otro incauto.

Se fue la brisa y nos quedamos mi piel de gallina y yo – y el pobre Cicerón a mi izquierda, bastante incómodo por haber faltado yo a las fórmulas de cortesía tradicionales – e inmediatamente me trasladé a una fabulosa imagen que me ha acompañado siempre, así en 4D, y que es suficiente para recobrar el gusto por la vida, sin tapujos, ni elucubraciones:

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Yacía yo, a mis ocho años, en la cama de mis padres de Santa Eulalia, en el inicio de la sierra limeña, algún día de los tantos en los que el astro rey no tiene rival alguno en el estrecho horizonte punteado por los cerros pelados en casi todos sus flancos, esperando que suceda algo.

Los cerros pelados de Santa Eulalia, foto propia

En mi recuerdo estoy solo, lo cual es bastante posible ya que los adultos a esa hora estarían por la piscina o alistando alguna parrilla, o incluso leyendo en las terrazas bajo sus sombreros de paja con alguna música cubana adornando los recovecos del espacio.

Las ventanas que están sobre la cabecera de la cama están abiertas completamente, no hay marco, así que cuando se abren es como si la habitación y el exterior se unieran en una misma esencia, como le gustaba afirmar a los abejorros del lugar.

Las ventanas de Santa Eulalia, foto propia

Atrás de las ventanas, es decir afuera de la casa cuando están cerradas, hay un contorno de piedra que bordea la casa y luego un par de niveles de andenes que separan el camino que va al cerro. Los andenes están bien plantados, con frutas y flores, y tras los árboles gigantes de atrás que se mecen con las notas del viento, van cayendo rayos intermitentes de sol que le dan un aura particular a cada planta que tocan. El día aún no ha llegado a su clímax.

De repente, me dispongo a salir corriendo a jugar con mi hermano y con mis primos, cuando una decidida brisa que, para efectos de este escrito, llamaremos “primaveral”, me inmovilizó por completo.

Recuerdo instantáneamente haber olvidado la idea de salir a jugar y haberme quedado inmóvil disfrutando cómo me envolvía aquella brisa que, ahora lo entiendo, traía consigo una piel erizada de una habitación Mediterránea.

El viaje del amor

¡Nuestro futuro nos espera por allá! Joaquín y Aimeé 24/09/2016
Foto de Jamil Valle

Pocas experiencias en la vida son tan profundas y estremecedoras como el amor. El amor te impulsa a tomar decisiones que de otra forma son impensables, te abre puertas del destino que estaban ocultas a simple vista y te permite emocionarte con una amplia gama de sentimientos que, in fine, te recuerdan que estás vivo.

El amor es un motor incuestionable de la humanidad que, en su extrema pureza, está desposeído de posiciones políticas, es contrario a las convenciones sociales y es más efectivo en conversiones religiosas que la propia inquisición. El amor ciega, nubla, obnubila, engloba, acapara, y a la vez es un sublime elíxir de una fineza exquisita que emana de la esencia de la felicidad, aquella que te emborracha con un sorbo, que te deja extasiado por instantes infinitos en los que le encuentras sentido a la existencia.

Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su poema El enamorado se permite anular toda existencia ajena al amor y sugiere que no hay siquiera pasado que cuente:

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, 
lámparas y la línea de Durero, 
las nueve cifras y el cambiante cero, 
debo fingir que existen esas cosas. 


Debo fingir que en el pasado fueron 
Persépolis y Roma y que una arena 
sutil midió la suerte de la almena 
que los siglos de hierro deshicieron. 

Debo fingir las armas y la pira 
de la epopeya y los pesados mares 
que roen de la tierra los pilares. 


Debo fingir que hay otros. Es mentira. 
Sólo tú eres. Tú, mi desventura 
y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges

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Como a todos, el amor también ha moldeado la historia de mi vida. Esto, sin lugar a dudas lo puedo escribir desde mi casita de pueblo maltesa, a donde llegué inspirado por los anhelos y proyectos de mi esposa Aimeé. Así pues, después de una historia de amor madura, de más de 7 años de entendernos y enredarnos, se concretó lo que le prometí desde el principio de nuestra relación: que ella podría elegir nuestro próximo destino en función a sus aspiraciones y a sus motivaciones personales.

Crystal Dreams Joaquín & Aimeé – Primera foto juntos, diciembre 2011
Foto cortesía de mi madre, Jeannine Ferrand.

El amor es pues, sin duda, desinteresado y… ¡Qué bueno que así lo sea! Hay un sentido de la aventura mucho mayor en el gran riesgo de no tener la menor idea de cuáles van a ser tus próximos pasos, de cuándo los vas dar, así como una enorme satisfacción en contemplar cómo las individualidades también pueden florecer en una relación de pareja. Bueno, la verdad es que yo no creo en actos completamente desinteresados, puesto que éstos nacen de la consciencia inexorablemente individual del ser humano, sin embargo, aquí la recompensa personal radica en la felicidad del otro y si bien existen efímeros rastros de interés personal, el amor es quizás una de las fuerzas del universo humano más desposeídas de individualismo.

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Cuando Aimeé y yo tenemos la oportunidad de contar nuestra historia y relatamos cómo llegamos aquí, muchos resaltan el enorme riesgo que tomamos y la muy difícil decisión de haber dejado nuestros trabajos, en los que ambos nos sentíamos completamente realizados y a los que nos entregábamos con dedicación y pasión; de habernos alejado de nuestras familias, de nuestros fantásticos amigos y de las considerables comodidades de las que gozábamos en nuestro país, el Perú. Después de todo ya no somos veinteañeros buscando un mejor futuro.

No obstante, para mí la decisión se dio muy naturalmente y sin demasiada dificultad, ya que tuve una gran escuela: la de mis padres.

Siempre recuerdo con gran exaltación el relato de mi padre contándome cómo se había enamorado perdidamente de mi madre quien había tenido que irse a vivir a Ibiza, España, para estar cerca a su hijo, mi hermano Sacha. Frente a esta situación mi padre, un joven músico y sonidista de cine, que no tenía grandes posesiones materiales, decidió vender su colchón y sus pocas pertenencias y partir a esa maravillosa isla mediterránea sin siquiera saber dónde vivía el amor de su vida. Hoy, varias décadas después de ese acontecimiento, aún siguen construyendo el viaje de su vida juntos.

Ese momento trascendental en la vida de mis padres fue mi inspiración para no dudar ni un segundo cuando estuve enfrentado a esta decisión. En realidad, ya la había tomado varios años antes, siete para ser exactos.

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Yo que siempre he creído profundamente en la fuerza de la conciencia individual creadora, me asombro frente a la naturalidad con la que estoy tan dispuesto a darlo todo por el otro. Pero esa es la fuerza del amor, transformadora y genial, que te saca de tu mundo y te fuerza a ver más allá. Ya en otras ocasiones tuve que tomar decisiones similares: cuando opté por descartar importantes ofertas laborales en Haití o en Francia, por ejemplo, para así apostar por nuestra vida juntos, para realizar nuestros sueños como pareja y proyectarnos, el uno junto al otro, en este viaje maravilloso que es el amor.

Aimeé contemplando el Sena, París, Octubre 2015. Juntos, potenciamos nuestros sueños.
Foto propia

Todas estas decisiones me han permitido conocer nuevas realidades que, de otra forma, no hubiese nunca siquiera imaginado.

Una de las más transformadoras experiencias se dio en octubre del 2015 cuando, por insistencia de mi esposa (¡me encanta su testarudez y su perseverancia!), reservamos con muchos meses de anticipación una mesa côté fenêtre en el Jules Verne, restaurante con estrella Michelin en el segundo piso de la Tour Eiffel a 125 metros de altura con una de las mejores vistas urbanas posibles en el mundo.

La cena coronaría el viaje más increíble que hemos hecho en nuestros siete años y medio de relación, en el que recorrimos por poco menos de un mes varias ciudades de Francia, Bélgica y Holanda.

Reflejo difuminado. Mesa y París en el Jules Verne
Foto propia, 19-10-15

Desde el momento mismo que reservamos esa mesa, estuve seguro que sería allí donde le pediría a la mujer de mi vida que se case conmigo, que compartamos eternamente este viaje inconmensurable de sensaciones y desprendimientos y que, flotando sobre París, sellemos nuestra historia de amor por todo lo alto.

Me preparé muchos meses para ese día, pensando muy bien en las palabras que diría y cómo la sorprendería. Fue la única vez que le conté nuestra historia, una que ella siempre había querido escuchar de mí y yo, esquivo, le mencionaba que ya llegaría ese momento.

Sentados viendo el Sena y el Arco del Triunfo iluminados, durante 4 horas me elevé hacia aquel elíxir en su estado más puro sonriendo por cada una de las etapas que nos había llevado allí. Minutos antes de la media noche, porque el anillo lleva grabada la fecha del compromiso, le pedí nervioso e ilusionado, que compartamos el resto de nuestra vida lado a lado. Que juntos combatiríamos las mareas de la existencia, nos sumergiríamos en los trances de la realidad y de la mano recobraríamos el aliento cuando todo pareciese perdido. Que entre los dos nos potenciaríamos el alma y nos daríamos alas para recorrer el universo y volveríamos siempre a nuestro hogar a enseñarnos el uno al otro cuánto habíamos aprendido, agradeciendo eternamente sentir nuestras respiraciones acompasadas acompañando el inicio de los sueños.

Juntos para siempre. La emoción trasciende la temporalidad.
Foto propia, París 19-10-15

De la torre, nuestra torre, bajamos embriagados por los vinos que acompañaron la cena, pero también embriagados de felicidad, de la vida, del futuro, de los sueños, del abrazo eterno de ese instante mágico.

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Para disfrutar del viaje del amor tienes que estar dispuesto a entregarlo todo, a desgarrarte de cuando en cuando, a reescribir la historia, tú historia. Lo más fuerte de todo es que no depende sólo de ti. Depende de cómo se combinen los ritmos de la vida y de que ambos estén dispuestos a seguirlos, de que los dos se entreguen a esa danza.

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Poco menos de un año después de ese fantástico episodio del libro de nuestras vida, sobrevino nuestra boda religiosa, en Santa Eulalia, mágico lugar de las montañas limeñas en el que se concentran las maravillosas vibras atemporales de nuestros seres más queridos.

Sellando nuestro amor. 24-09-16, Iglesia de Santa Eulalia, Lima – Perú.
Foto de Jamil Valle

Ese día quedé afónico por toda la felicidad que quería sacar de mis entrañas, esperando que el sonido de mi alegría resonara en el eco de esas áridas montañas por toda la eternidad.

Afónico. Too much hapiness. Santa Eulalia, fundo La Parca, 24-09-16
Foto de Jamil Valle.

Nuestras familias y amigos venidos de todas las partes del mundo confluyeron en ese otro capítulo cumbre de nuestra vida y hasta hoy siento sus sazonados abrazos y puedo cerrar los ojos y reir con todos ellos y volver a bailar con ella, con Aimeé, nuestra canción, Spend a Lifetime de Jamiroquai.

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Inmensidad y majestuosidad de los Ta Cenc Cliffs, mar de Gozo, Octubre 2016, Foto Propia

El viaje del amor es uno lleno de sorpresas, de acontecimientos inesperados y para sacarle el máximo provecho hay que estar dispuesto a zambullirse de lleno en él. Como cuando en nuestra luna de miel navegamos a los Ta Cenc Cliffs, en la fantástica isla maltesa de Gozo y en un soleado día de octubre nadamos alucinados en las aguas turquesas y cristalinas del mediterráneo frente a la inmensidad de la naturaleza, sólo ella, el mar, los acantilados, el horizonte y yo. Fue el día más feliz de mi vida.

Spend a Lifetime. Nuestra canción.

Conexión cósmica o la increíble historia de una lámina de cobre maltesa que se fue de viaje por varios siglos y volvió

Sala del Trono adornada con las pinturas sobre el Gran Sitio de Malta (1572-1581) realizadas por Mateo Perez D’Aleccio – Palacio de los Gran Maestres de la Orden de San Juan, La Valeta – Malta
Foto extraída de: https://www.maltachamber.org.mt/en/300-000-needed-to-restore-d-aleccio-s-great-siege-wall-paintings

Hay muchas historias que son difíciles de creer, justamente por la cantidad de elementos sorprendentes que las adornan a lo largo de su curso. Éstas son particularmente estremecedoras cuando te das cuenta que, por alguna obra del destino, eres uno de los protagonistas de sus enrevesados meandros y es exactamente en esos momentos cuando hasta el ser más agnóstico de la tierra se pregunta qué Ser Supremo tuvo que moldear el rumbo de la historia para que una insignificante alma pueda asumir un rol en su recorrido.

Esta es una de esas historias.

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Matteo Perez d’Aleccio fue un importante pintor que nació en 1547 en la ciudad de Lecce, en Apulia, Italia. A sus 16 años fue discípulo del gran Miguel Ángel, lo que catapultó su carrera artística. Se pueden encontrar pinturas suyas, por ejemplo, en la Capilla Sixtina en el Vaticano.

En 1577 el Gran Maestre de la Orden Hospitalaria de San Juan, Fra Jean De la Cassière, invita a Perez D’Aleccio a Malta para realizar una serie de obras para relatar el heroísmo de la Orden Hospitalaria en el Gran Sitio de Malta cuando, en 1565, resistieron por 4 meses a la feroz invasión del Imperio Otomano. Este episodio significa una de las más famosas y exitosas estrategias de defensa en la historia militar universal y siendo De la Cassi ère un veterano de dicha victoria, no quería escatimar esfuerzos en su transmisión a las generaciones posteriores.

Gran Sitio de Malta por Mateo Perez D’Aleccio.
Foto extraída de Wikicommons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:L%27assedio_e_batteria_dell%27isola,_e_di_S._Michele._27.06.1565.png

Perez D’Aleccio realizó entonces una sucesión de murales en la Cámara del Gran Concejo (o “Sala del Trono”) del Palacio de los Gran Maestres en la Valeta narrando la secuencia de la invasión y la épica resistencia. Sin embargo, también aprovecha su estancia en Malta para realizar, en 1582, una serie de 15 láminas de cobre grabadas sobre el Gran Sitio que son particularmente interesantes porque presentan todos los acontecimientos del asedio en una sola placa. Además, en sus placas se pueden apreciar gran cantidad de detalles lo que las convierte en objetos de gran valor histórico.  

Virgen de la leche – Mateo Perez D’Aleccio
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro

En 1588, Perez d’Aleccio, motivado por los fantásticos relatos de riquezas interminables de las recién descubiertas tierras americanas, decide embarcarse hacia el Virreinato del Perú, tierra donde vivió por 40 años y en la cual también falleció, después de un significativo aporte a las artes de esas latitudes, desposeído de las riquezas que había ido a buscar.

Uno de sus principales aportes al arte colonial peruano fue la introducción de la técnica del óleo sobre cobre, la cual fue continuada y divulgada por su principal discípulo Pedro Pablo Morón, quien se embarcara con él en su travesía hacia el Perú.

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Hubert Ferrand nació en 1813 en la tierra de la lavanda, Grasse, en Provence, Francia. Conocido alfarero de la región, decidió trasladarse a Vallauris, en la Costa Azul, pueblo famoso por su tradición ceramista, donde los negocios irían mejor. Allí nació el menor de sus hijos, Jean-Baptiste, en 1852, en el seno de una familia franco-italiana, acostumbrada a los viajes y las travesías.

Grasse, Francia. Foto extraída de: https://www.smartertravel.com/daily-daydream-grasse-france/

En 1856, Hubert junto con su esposa y sus hijos Pierre y François parten desde Génova a bordo del San Giacomo hacia Chile, donde había sido contratado por una fábrica de cerámica. Jean-Baptiste se queda en Niza bajo el cuidado de sus tías.

Luego de una larga travesía, cuando el San Giacomo se encontraba en el estrecho de Magallanes, una fuerte tormenta hace naufragar el navío y la familia Ferrand se salva de milagro. Llegan meses después a Valparaíso sólo para enterarse que la fábrica había quebrado.

Tormentosos mares del estrecho de Magallanes.
Foto extraída de: https://www.guioteca.com/patagonia/la-desconocida-y-apasionante-guerra-fria-por-el-estrecho-de-magallanes-historicos-detalles/

Dispuestos a recuperarse del infortunio, los Ferrand se embarcan hacia El Callao, Perú, donde unos amigos franceses radicados en Lima les tenderían la mano. Allí deciden iniciar su propio negocio como comerciantes.

Poco a poco el negocio de los Ferrand fue floreciendo y en 1871, poco después de la batalla de Sedán, en la que Napoleón III pierde frente a las tropas prusianas de Otto Von Bismarck y se da el colapso del Segundo Imperio Francés, la familia llama a Jean-Baptiste para que los acompañe en sus prósperos negocios como comerciantes de arte, cerámicas, objetos decorativos venidos de Francia entre otras actividades similares

El negocio aún sigue en manos de la familia Ferrand después de 6 generaciones. Se puede visitar la página web en: https://ferrand.com.pe/nosotros

Alrededor de esos años Jean-Baptiste, como parte de su trabajo de buscar en los mercadillos del centro de Lima objetos variados de importante valor histórico (ergo, comercial), consigue el hallazgo de una rara pieza: una lámina de cobre grabada del Gran Sitio de Malta, con la figura de una virgen pintada al óleo al reverso, inacabada, signo inequívoco que se trataba de una pieza de Perez d’Aleccio.

La lámina debió de haber causado un gran impacto en la familia, puesto que fue retirada del circuito comercial y legada cuidadosamente por Jean-Baptiste a su hijo Edouard Ferrand Salomone, quien a su vez se la heredaría a su nieto Eduardo Burbank Ferrand como regalo de graduación del colegio en 1955.

Es una suerte que la lámina haya llegado a sus manos, puesto que muchas de ellas eran simplemente fundidas para vender el cobre al peso, perdiéndose para siempre las enseñanzas que éstas traían.

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Joseph Schiro es un maltés de nuestra época, de ascendencia italiana, que tiene una larga e importante carrera en la conservación de documentos históricos, particularmente mapas y libros y que ocupó hace pocos años la jefatura de la División de Conservación de Heritage Malta[1], la agencia nacional de conservación del (vasto) patrimonio cultural de este pequeño-gran país. Hoy es un miembro activo y secretario honorífico de la Sociedad Maltesa de Cartografía.[2]

En sus años en Heritage Malta, Schiro se enteró que Eduardo Burbank Ferrand se contactó con la institución para comentarles que tenía en su poder una lámina de cobre de gran valor histórico que podría ser de interés para la institución y que él sentía que su retorno a Malta tendría un gran significado simbólico. Lamentablemente las conversaciones no prosperaron y Eduardo decidió quedarse con el regalo de su abuelo materno.

Unos años después y ya habiendo salido de la institución, Schiro decide no dar el asunto por concluido. Amante del arte, de la historia y de los mapas, sabe de la importancia de esa lámina y contacta a Eduardo Burbank, radicado en Miami, para retomar las tratativas. Éstas fueron largas, pero el esfuerzo pagó sus frutos: Eduardo decide vender la lámina y, en una muestra de confianza ciega, pero motivado por la seriedad del vendedor y con muchos indicios a la mano de la autenticidad de la misma, Joseph cierra el trato a distancia.

La placa llega así a Malta y hoy hace parte de la colección privada de Schiro, que la resguarda junto con muchísimos otros objetos, mapas y libros de gran valor histórico para esta fantástica isla desbordante de aventuras a lo largo del tiempo.

La lámina de cobre en cuestión.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Uno de los seis tirajes realizados por Eduardo Burbank de la lámina.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Fresco original del que Perez D’Aleccio se inspira para realizar la lámina de cobre.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.

Joseph decide entonces escribir un artículo sobre cómo esta importante placa aporta al conocimiento histórico de ese evento central en la historia de Occidente y sigue con lo suyo (que no es poco).

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Hace unos días, motivado como siempre por mi insaciable gusto por la Historia y por las ganas de seguir aprendiendo sobre este gran país que ahora nos alberga, me puse, en mi tiempo libre, a buscar en internet algunas lecturas suplementarias sobre el Gran Sitio de Malta.

El destino siendo lo que es, un gran jugador de ajedrez, me tira una serie de resultados que me parecen muy mainstream. Quiero algo más underground, hasta en eso soy medio raro. Y me voy a la pestaña 10, 15, 20, 25… haciendo scroll down de los artículos mientras los veo pasar.

De pronto algo me llama la atención. Perez D’Aleccio. Es un nombre que he visto antes. En el MALI[3], creo, no estoy seguro. En el Perú, definitivamente. Clickeo en el artículo y empiezo a leer. Joseph Schiro es el autor. No lo conozco. El título es “El descubrimiento de una rara lámina de Matteo Perez D’Aleccio sobre el Gran Sitio de Malta”, en inglés, evidentemente.

Un par de imágenes siguen y luego inicia el artículo con el siguiente párrafo:

“One of the copperplates of the prints which Matteo Perez d’Aleccio did of the Great Siege of Malta of 1565 has recently come to light, and is now in the author’s collection. It is Foglio Undecimo of the fifteen prints of the 1582 edition. Although the plate came from Miami, it actually originated from Peru. The plate belonged to the estate of Eduardo Burbank, who had received it in 1955 as his high school graduation present from his maternal grandfather Eduardo Ferrand Salomone, who was an art and antiques connoisseur and collector. His love for art and objects of art came from his father Jean (Juan) Ferrand Quartino from whom he inherited the copperplate, bought around 1870 from an antiques shop in the old part of the city of Lima.”[4]

En ese momento sentí que mi vida se inundaba con un nuevo sentido, muy profundo, muy extraño. Me estremecí de pies a cabeza. Fue realmente algo indescriptible. El artículo, escrito por un conservacionista maltés que jamás ha puesto los pies en el Perú, hablaba de mi tío Eduardo Burbank, el primo-hermano de mi madre, y de la historia de mi familia materna que recuperó la lámina hace un siglo y medio por aquellas andadas del universo que hizo que un barco naufragara en el estrecho de Magallanes y que dejó sin trabajo a un padre de familia migrante junto a sus dos hijos en medio de una tierra desconocida con lo que terminaron en Lima, de pura “casualidad”.

Continué leyendo el artículo inmerso en la total incredulidad. ¿Cómo así el autor había decidido escribir la forma en la que la placa llegó a sus manos? Es algo bastante inusual que se describa con ese lujo de detalles las historias conexas al elemento de interés en sí y sin embargo ahí estaba; Era el resultado que aparecía en la página cuarenta y pico del buscador de Google al que había llegado por tener tiempo libre y por haber reconocido, de alguna parte, el nombre Perez D’Aleccio.

Terminé de leer y me dije que algo así no sucede en vano e inmediatamente me puse a buscar el contacto de Joseph Schiro. Quería escribirle para contarle que la historia de la placa aún no había terminado. Que el tataranieto de aquél mercante de arte que llegó de la Provence francesa para recuperar su placa se encontraba viviendo en Malta y que quería ver la lámina con sus propios ojos y, como no, rendir homenaje a esos aventureros del siglo XIX cuyo legado está aún muy lejos de ser olvidado.

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El viernes de la semana pasada mi esposa Aimeé y yo fuimos a la preciosa casa de Joseph Schiro y su maravillosa mujer quienes tuvieron la enorme amabilidad de invitarnos para charlar y, como no, poder apreciar la placa con nuestros propios ojos.

Junto con Joseph Schiro y la lámina del Gran Sitio de Malta. Casi cinco siglos después, de regreso en Malta. Foto propia

Abusamos de su hospitalidad durante más de cuatro horas, conversando sobre Historia, política maltesa, arte y los vaivenes familiares de nuestros antepasados, tomando vino, comiendo deliciosos entremeses locales y la tarta de vegetales más espectacular que he probado en mi vida hecha por Miss Schiro: espinacas, tomate, queso ricotta, gbneja (queso maltés muy particular y sabroso), huevo y una masa ligera en su punto perfecto.

Vimos parte de la colección de antigüedades, mapas y arte que adorna su hogar y reafirmé algo que siempre he creído: que las coincidencias no son más que señales del destino, ese ámbito infinito y atemporal de conocimiento universal que nutre los propósitos de la vida.

Ese día nos juntamos en ese salón maltés de San Gwann, Joseph Schiro, nuestras esposas y yo y en nuestra presencia vivían también Perez d’Aleccio y Jean-Baptiste Ferrand, entre tantos otros que hicieron posible esta conexión cósmica entre Malta y Perú, congregando cinco siglos de historia sazonados con las buenas vibras y un excelente pastel.

Gracias Joseph Schiro por tu hospitalidad, pero sobre todo por tu curiosidad que hizo todo esto posible.


[1] Página web de Heritage Malta: http://heritagemalta.org/

[2] Página web de la Sociedad Maltesa de Cartografía: https://maltamapsociety.mt/

[3] Museo de Arte de Lima

[4] Pueden ver el artículo completo aquí: https://www.academia.edu/12540992/The_discovery_of_a_rare_Matteo_Perez_d_Aleccio_copperplate_of_the_Great_Siege_of_Malta

Manuel Pinto

Manuel Pinto fue el hermano mayor de mi padre, Ernesto. Mi tío falleció aun siendo un niño, me parece que a los ocho años de edad, producto de una meningitis. De él nunca supe mucho. Sólo que nació y murió en el Perú. Dudo mucho que mi tío Manuel, a su corta edad, haya tenido la oportunidad de conocer otros horizontes, como sí lo hizo, y con gran pasión, mi padre.

               Tampoco tengo demasiada información de la historia de la familia de mi padre y eso no es del todo malo, porque a mí que me encanta la genealogía, me permite divagar un poco en una historia hecha de migraciones que, definitivamente, deben de haber estado plagadas de aventuras, riesgos y sueños y cuyas enseñanzas han sido transmitidas a través de esa consciencia inmaterial que atraviesa el tiempo y el espacio.

Huis de Pinto – Ámsterdam
http://www.huisdepinto.nl/

               Mi historia favorita es aquella que se remonta a la época de los esclavos israelitas en Egipto, donde se encontraron con los etíopes y de cuya confluencia surgiría una rama judía-sefardí de los Pinto que luego se estableció en Portugal. Los negocios de los Pinto sefardíes florecieron en la península Ibérica hasta que la intolerancia religiosa los llevó a instalarse en la próspera Flandes del siglo XVII y posteriormente en Holanda. Allí el hijo pródigo de la familia, Isaac Pinto, llegó a ser el asesor financiero del príncipe Guillermo IV de Holanda y administrador principal de las gigantescas compañías de las Indias Orientales y Occidentales; incluso se opuso en diálogo directo a Voltaire acusándolo de antisemita.  Un testimonio actual de este recorrido puede ser visto en las calles de Ámsterdam, donde la Huis De Pinto (Casa de Pinto) funciona hoy como un efervescente centro cultural que aconsejo incluir en su recorrido a cualquier visitante de esa fantástica ciudad.

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               Manuel Pinto nació en Portugal en 1681 y fue el sexagésimo séptimo Gran Maestre de la Orden de San Juan, orden que gobernó la isla de Malta desde 1530 hasta 1789, cuando fue ocupada por la Francia napoleónica. El gobierno de Manuel Pinto de la isla de Malta fue largo, desde el 18 de enero de 1741 hasta el 23 de enero de 1773, cuando murió en La Valeta a los 91 años de edad, sin duda tras una vida excepcionalmente longeva para la época y habiendo marcado por varias generaciones a los habitantes de las islas maltesas.

Manuel Pinto da Fonseca.
http://theknightsofmalta.com/

               De él hay muchísima información disponible para descubrir en los libros de historia, así como para evidenciar en las calles de la Valeta y otras ciudades de Malta. Fue alguien particularmente liberal para su época, que promovió profundos cambios al estilo de vida local. Introdujo el arte barroco que hoy se aprecia en muchos rincones de la isla y construyó l’Auberge de Castille, edificio emblemático de la capital maltesa que hoy funge como despacho del Primer Ministro. También desarrolló la idea de añadir comercios minoristas en los almacenes del puerto, convirtiendo a La Valeta en una plaza aún más atractiva para el comercio en el mediterráneo. Hoy el Waterfront Pinto es una zona de esparcimiento muy viva cercana al muelle de cruceros. También apadrinó al entonces pueblo de Qormi y lo elevó a estatus de ciudad otorgándole su escudo de armas, por lo que hoy es conocida como “Città Pinto”.  Sin embargo, quizás su mejor legado es la fundación de la Universidad de Malta en 1769, hacia el final de su vida.  

Waterfront Pinto – La Valeta
Foto de Wikimedia Commons

               Si alguien crease hoy la ruta “Manuel Pinto” para visitar La Valeta, e incluso otras ciudades de Malta, probablemente conseguiría captar el apogeo de la administración de la Orden de San Juan y recorrer muchos puntos de interés de este país cargado de historia.  

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Manuel Pinto soy yo. Es un poco una trampa, puesto que Manuel es mi segundo nombre, en honor a mi tío que nunca conocí y la verdad es que absolutamente nadie me llama así. Pero es mi nombre y sinceramente es un nombre que se porta con facilidad en Malta, donde inmediatamente te asocian con ese ilustre gobernante de gran influencia y, claro, también está el detalle que la pronunciación castellana de “Joaquín” – con la “J” marcada – parece demasiado compleja y exótica para el habla local – y eso que el maltés es un idioma bastante retador –.

Atardecer en Għar Ħanex //Torri Tal-Ħamrija (Qrendi, Malta)
Créditos de la foto: mi esposa Aimeé 🙂

Para mi gran sorpresa, llegué a vivir a esta isla un 18 de enero, exactamente 278 años después que iniciara el gobierno de mi tocayo y tátara tátara «tío abuelo» Manuel. Este es el quinto país en el que voy a vivir en mis 34 años de edad y es la décimo quinta vez que me mudo – casi a un ritmo de promedio de 2 años por casa -. Me gusta pensar que estoy viviendo la vida nómade que mi tío y también tocayo Manuel no pudo vivir por fallecer a su corta edad.

La «Trifuerza»

Es extraño que piense en él, porque la verdad no ha estado nunca demasiado presente en las historias familiares y porque hasta ahora nunca había sentido su presencia. Pero hacía falta que se activara la trifuerza (los Zelda lovers me entenderán) de los Manuel Pinto para reflexionar sobre estas conexiones. Es el primer gran efecto de Malta en mí.

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Escudo de los Pinto de Fonseca – las medias lunas representan las cinco victorias de la familia contra los otomanos

               Es probable que la familia Pinto etíope-israelita-sefardí, la familia Pinto holandesa, la familia Pinto maltesa y la familia Pinto peruana no tengan nada en común. Pero aún no he investigado lo suficiente como para negarlo. Así que prefiero vivir con esa interrogante – ignorancia le dicen – y soñar que algunos antepasados curiosos y amantes de las aventuras y el aprendizaje emprendieron una travesía que me toca a mí continuar. Parece que Malta, para un Manuel Pinto como yo, is the right place to be.