El viaje del amor

¡Nuestro futuro nos espera por allá! Joaquín y Aimeé 24/09/2016
Foto de Jamil Valle

Pocas experiencias en la vida son tan profundas y estremecedoras como el amor. El amor te impulsa a tomar decisiones que de otra forma son impensables, te abre puertas del destino que estaban ocultas a simple vista y te permite emocionarte con una amplia gama de sentimientos que, in fine, te recuerdan que estás vivo.

El amor es un motor incuestionable de la humanidad que, en su extrema pureza, está desposeído de posiciones políticas, es contrario a las convenciones sociales y es más efectivo en conversiones religiosas que la propia inquisición. El amor ciega, nubla, obnubila, engloba, acapara, y a la vez es un sublime elíxir de una fineza exquisita que emana de la esencia de la felicidad, aquella que te emborracha con un sorbo, que te deja extasiado por instantes infinitos en los que le encuentras sentido a la existencia.

Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su poema El enamorado se permite anular toda existencia ajena al amor y sugiere que no hay siquiera pasado que cuente:

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, 
lámparas y la línea de Durero, 
las nueve cifras y el cambiante cero, 
debo fingir que existen esas cosas. 


Debo fingir que en el pasado fueron 
Persépolis y Roma y que una arena 
sutil midió la suerte de la almena 
que los siglos de hierro deshicieron. 

Debo fingir las armas y la pira 
de la epopeya y los pesados mares 
que roen de la tierra los pilares. 


Debo fingir que hay otros. Es mentira. 
Sólo tú eres. Tú, mi desventura 
y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges

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Como a todos, el amor también ha moldeado la historia de mi vida. Esto, sin lugar a dudas lo puedo escribir desde mi casita de pueblo maltesa, a donde llegué inspirado por los anhelos y proyectos de mi esposa Aimeé. Así pues, después de una historia de amor madura, de más de 7 años de entendernos y enredarnos, se concretó lo que le prometí desde el principio de nuestra relación: que ella podría elegir nuestro próximo destino en función a sus aspiraciones y a sus motivaciones personales.

Crystal Dreams Joaquín & Aimeé – Primera foto juntos, diciembre 2011
Foto cortesía de mi madre, Jeannine Ferrand.

El amor es pues, sin duda, desinteresado y… ¡Qué bueno que así lo sea! Hay un sentido de la aventura mucho mayor en el gran riesgo de no tener la menor idea de cuáles van a ser tus próximos pasos, de cuándo los vas dar, así como una enorme satisfacción en contemplar cómo las individualidades también pueden florecer en una relación de pareja. Bueno, la verdad es que yo no creo en actos completamente desinteresados, puesto que éstos nacen de la consciencia inexorablemente individual del ser humano, sin embargo, aquí la recompensa personal radica en la felicidad del otro y si bien existen efímeros rastros de interés personal, el amor es quizás una de las fuerzas del universo humano más desposeídas de individualismo.

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Cuando Aimeé y yo tenemos la oportunidad de contar nuestra historia y relatamos cómo llegamos aquí, muchos resaltan el enorme riesgo que tomamos y la muy difícil decisión de haber dejado nuestros trabajos, en los que ambos nos sentíamos completamente realizados y a los que nos entregábamos con dedicación y pasión; de habernos alejado de nuestras familias, de nuestros fantásticos amigos y de las considerables comodidades de las que gozábamos en nuestro país, el Perú. Después de todo ya no somos veinteañeros buscando un mejor futuro.

No obstante, para mí la decisión se dio muy naturalmente y sin demasiada dificultad, ya que tuve una gran escuela: la de mis padres.

Siempre recuerdo con gran exaltación el relato de mi padre contándome cómo se había enamorado perdidamente de mi madre quien había tenido que irse a vivir a Ibiza, España, para estar cerca a su hijo, mi hermano Sacha. Frente a esta situación mi padre, un joven músico y sonidista de cine, que no tenía grandes posesiones materiales, decidió vender su colchón y sus pocas pertenencias y partir a esa maravillosa isla mediterránea sin siquiera saber dónde vivía el amor de su vida. Hoy, varias décadas después de ese acontecimiento, aún siguen construyendo el viaje de su vida juntos.

Ese momento trascendental en la vida de mis padres fue mi inspiración para no dudar ni un segundo cuando estuve enfrentado a esta decisión. En realidad, ya la había tomado varios años antes, siete para ser exactos.

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Yo que siempre he creído profundamente en la fuerza de la conciencia individual creadora, me asombro frente a la naturalidad con la que estoy tan dispuesto a darlo todo por el otro. Pero esa es la fuerza del amor, transformadora y genial, que te saca de tu mundo y te fuerza a ver más allá. Ya en otras ocasiones tuve que tomar decisiones similares: cuando opté por descartar importantes ofertas laborales en Haití o en Francia, por ejemplo, para así apostar por nuestra vida juntos, para realizar nuestros sueños como pareja y proyectarnos, el uno junto al otro, en este viaje maravilloso que es el amor.

Aimeé contemplando el Sena, París, Octubre 2015. Juntos, potenciamos nuestros sueños.
Foto propia

Todas estas decisiones me han permitido conocer nuevas realidades que, de otra forma, no hubiese nunca siquiera imaginado.

Una de las más transformadoras experiencias se dio en octubre del 2015 cuando, por insistencia de mi esposa (¡me encanta su testarudez y su perseverancia!), reservamos con muchos meses de anticipación una mesa côté fenêtre en el Jules Verne, restaurante con estrella Michelin en el segundo piso de la Tour Eiffel a 125 metros de altura con una de las mejores vistas urbanas posibles en el mundo.

La cena coronaría el viaje más increíble que hemos hecho en nuestros siete años y medio de relación, en el que recorrimos por poco menos de un mes varias ciudades de Francia, Bélgica y Holanda.

Reflejo difuminado. Mesa y París en el Jules Verne
Foto propia, 19-10-15

Desde el momento mismo que reservamos esa mesa, estuve seguro que sería allí donde le pediría a la mujer de mi vida que se case conmigo, que compartamos eternamente este viaje inconmensurable de sensaciones y desprendimientos y que, flotando sobre París, sellemos nuestra historia de amor por todo lo alto.

Me preparé muchos meses para ese día, pensando muy bien en las palabras que diría y cómo la sorprendería. Fue la única vez que le conté nuestra historia, una que ella siempre había querido escuchar de mí y yo, esquivo, le mencionaba que ya llegaría ese momento.

Sentados viendo el Sena y el Arco del Triunfo iluminados, durante 4 horas me elevé hacia aquel elíxir en su estado más puro sonriendo por cada una de las etapas que nos había llevado allí. Minutos antes de la media noche, porque el anillo lleva grabada la fecha del compromiso, le pedí nervioso e ilusionado, que compartamos el resto de nuestra vida lado a lado. Que juntos combatiríamos las mareas de la existencia, nos sumergiríamos en los trances de la realidad y de la mano recobraríamos el aliento cuando todo pareciese perdido. Que entre los dos nos potenciaríamos el alma y nos daríamos alas para recorrer el universo y volveríamos siempre a nuestro hogar a enseñarnos el uno al otro cuánto habíamos aprendido, agradeciendo eternamente sentir nuestras respiraciones acompasadas acompañando el inicio de los sueños.

Juntos para siempre. La emoción trasciende la temporalidad.
Foto propia, París 19-10-15

De la torre, nuestra torre, bajamos embriagados por los vinos que acompañaron la cena, pero también embriagados de felicidad, de la vida, del futuro, de los sueños, del abrazo eterno de ese instante mágico.

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Para disfrutar del viaje del amor tienes que estar dispuesto a entregarlo todo, a desgarrarte de cuando en cuando, a reescribir la historia, tú historia. Lo más fuerte de todo es que no depende sólo de ti. Depende de cómo se combinen los ritmos de la vida y de que ambos estén dispuestos a seguirlos, de que los dos se entreguen a esa danza.

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Poco menos de un año después de ese fantástico episodio del libro de nuestras vida, sobrevino nuestra boda religiosa, en Santa Eulalia, mágico lugar de las montañas limeñas en el que se concentran las maravillosas vibras atemporales de nuestros seres más queridos.

Sellando nuestro amor. 24-09-16, Iglesia de Santa Eulalia, Lima – Perú.
Foto de Jamil Valle

Ese día quedé afónico por toda la felicidad que quería sacar de mis entrañas, esperando que el sonido de mi alegría resonara en el eco de esas áridas montañas por toda la eternidad.

Afónico. Too much hapiness. Santa Eulalia, fundo La Parca, 24-09-16
Foto de Jamil Valle.

Nuestras familias y amigos venidos de todas las partes del mundo confluyeron en ese otro capítulo cumbre de nuestra vida y hasta hoy siento sus sazonados abrazos y puedo cerrar los ojos y reir con todos ellos y volver a bailar con ella, con Aimeé, nuestra canción, Spend a Lifetime de Jamiroquai.

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Inmensidad y majestuosidad de los Ta Cenc Cliffs, mar de Gozo, Octubre 2016, Foto Propia

El viaje del amor es uno lleno de sorpresas, de acontecimientos inesperados y para sacarle el máximo provecho hay que estar dispuesto a zambullirse de lleno en él. Como cuando en nuestra luna de miel navegamos a los Ta Cenc Cliffs, en la fantástica isla maltesa de Gozo y en un soleado día de octubre nadamos alucinados en las aguas turquesas y cristalinas del mediterráneo frente a la inmensidad de la naturaleza, sólo ella, el mar, los acantilados, el horizonte y yo. Fue el día más feliz de mi vida.

Spend a Lifetime. Nuestra canción.

Conexión cósmica o la increíble historia de una lámina de cobre maltesa que se fue de viaje por varios siglos y volvió

Sala del Trono adornada con las pinturas sobre el Gran Sitio de Malta (1572-1581) realizadas por Mateo Perez D’Aleccio – Palacio de los Gran Maestres de la Orden de San Juan, La Valeta – Malta
Foto extraída de: https://www.maltachamber.org.mt/en/300-000-needed-to-restore-d-aleccio-s-great-siege-wall-paintings

Hay muchas historias que son difíciles de creer, justamente por la cantidad de elementos sorprendentes que las adornan a lo largo de su curso. Éstas son particularmente estremecedoras cuando te das cuenta que, por alguna obra del destino, eres uno de los protagonistas de sus enrevesados meandros y es exactamente en esos momentos cuando hasta el ser más agnóstico de la tierra se pregunta qué Ser Supremo tuvo que moldear el rumbo de la historia para que una insignificante alma pueda asumir un rol en su recorrido.

Esta es una de esas historias.

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Matteo Perez d’Aleccio fue un importante pintor que nació en 1547 en la ciudad de Lecce, en Apulia, Italia. A sus 16 años fue discípulo del gran Miguel Ángel, lo que catapultó su carrera artística. Se pueden encontrar pinturas suyas, por ejemplo, en la Capilla Sixtina en el Vaticano.

En 1577 el Gran Maestre de la Orden Hospitalaria de San Juan, Fra Jean De la Cassière, invita a Perez D’Aleccio a Malta para realizar una serie de obras para relatar el heroísmo de la Orden Hospitalaria en el Gran Sitio de Malta cuando, en 1565, resistieron por 4 meses a la feroz invasión del Imperio Otomano. Este episodio significa una de las más famosas y exitosas estrategias de defensa en la historia militar universal y siendo De la Cassi ère un veterano de dicha victoria, no quería escatimar esfuerzos en su transmisión a las generaciones posteriores.

Gran Sitio de Malta por Mateo Perez D’Aleccio.
Foto extraída de Wikicommons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:L%27assedio_e_batteria_dell%27isola,_e_di_S._Michele._27.06.1565.png

Perez D’Aleccio realizó entonces una sucesión de murales en la Cámara del Gran Concejo (o “Sala del Trono”) del Palacio de los Gran Maestres en la Valeta narrando la secuencia de la invasión y la épica resistencia. Sin embargo, también aprovecha su estancia en Malta para realizar, en 1582, una serie de 15 láminas de cobre grabadas sobre el Gran Sitio que son particularmente interesantes porque presentan todos los acontecimientos del asedio en una sola placa. Además, en sus placas se pueden apreciar gran cantidad de detalles lo que las convierte en objetos de gran valor histórico.  

Virgen de la leche – Mateo Perez D’Aleccio
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro

En 1588, Perez d’Aleccio, motivado por los fantásticos relatos de riquezas interminables de las recién descubiertas tierras americanas, decide embarcarse hacia el Virreinato del Perú, tierra donde vivió por 40 años y en la cual también falleció, después de un significativo aporte a las artes de esas latitudes, desposeído de las riquezas que había ido a buscar.

Uno de sus principales aportes al arte colonial peruano fue la introducción de la técnica del óleo sobre cobre, la cual fue continuada y divulgada por su principal discípulo Pedro Pablo Morón, quien se embarcara con él en su travesía hacia el Perú.

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Hubert Ferrand nació en 1813 en la tierra de la lavanda, Grasse, en Provence, Francia. Conocido alfarero de la región, decidió trasladarse a Vallauris, en la Costa Azul, pueblo famoso por su tradición ceramista, donde los negocios irían mejor. Allí nació el menor de sus hijos, Jean-Baptiste, en 1852, en el seno de una familia franco-italiana, acostumbrada a los viajes y las travesías.

Grasse, Francia. Foto extraída de: https://www.smartertravel.com/daily-daydream-grasse-france/

En 1856, Hubert junto con su esposa y sus hijos Pierre y François parten desde Génova a bordo del San Giacomo hacia Chile, donde había sido contratado por una fábrica de cerámica. Jean-Baptiste se queda en Niza bajo el cuidado de sus tías.

Luego de una larga travesía, cuando el San Giacomo se encontraba en el estrecho de Magallanes, una fuerte tormenta hace naufragar el navío y la familia Ferrand se salva de milagro. Llegan meses después a Valparaíso sólo para enterarse que la fábrica había quebrado.

Tormentosos mares del estrecho de Magallanes.
Foto extraída de: https://www.guioteca.com/patagonia/la-desconocida-y-apasionante-guerra-fria-por-el-estrecho-de-magallanes-historicos-detalles/

Dispuestos a recuperarse del infortunio, los Ferrand se embarcan hacia El Callao, Perú, donde unos amigos franceses radicados en Lima les tenderían la mano. Allí deciden iniciar su propio negocio como comerciantes.

Poco a poco el negocio de los Ferrand fue floreciendo y en 1871, poco después de la batalla de Sedán, en la que Napoleón III pierde frente a las tropas prusianas de Otto Von Bismarck y se da el colapso del Segundo Imperio Francés, la familia llama a Jean-Baptiste para que los acompañe en sus prósperos negocios como comerciantes de arte, cerámicas, objetos decorativos venidos de Francia entre otras actividades similares

El negocio aún sigue en manos de la familia Ferrand después de 6 generaciones. Se puede visitar la página web en: https://ferrand.com.pe/nosotros

Alrededor de esos años Jean-Baptiste, como parte de su trabajo de buscar en los mercadillos del centro de Lima objetos variados de importante valor histórico (ergo, comercial), consigue el hallazgo de una rara pieza: una lámina de cobre grabada del Gran Sitio de Malta, con la figura de una virgen pintada al óleo al reverso, inacabada, signo inequívoco que se trataba de una pieza de Perez d’Aleccio.

La lámina debió de haber causado un gran impacto en la familia, puesto que fue retirada del circuito comercial y legada cuidadosamente por Jean-Baptiste a su hijo Edouard Ferrand Salomone, quien a su vez se la heredaría a su nieto Eduardo Burbank Ferrand como regalo de graduación del colegio en 1955.

Es una suerte que la lámina haya llegado a sus manos, puesto que muchas de ellas eran simplemente fundidas para vender el cobre al peso, perdiéndose para siempre las enseñanzas que éstas traían.

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Joseph Schiro es un maltés de nuestra época, de ascendencia italiana, que tiene una larga e importante carrera en la conservación de documentos históricos, particularmente mapas y libros y que ocupó hace pocos años la jefatura de la División de Conservación de Heritage Malta[1], la agencia nacional de conservación del (vasto) patrimonio cultural de este pequeño-gran país. Hoy es un miembro activo y secretario honorífico de la Sociedad Maltesa de Cartografía.[2]

En sus años en Heritage Malta, Schiro se enteró que Eduardo Burbank Ferrand se contactó con la institución para comentarles que tenía en su poder una lámina de cobre de gran valor histórico que podría ser de interés para la institución y que él sentía que su retorno a Malta tendría un gran significado simbólico. Lamentablemente las conversaciones no prosperaron y Eduardo decidió quedarse con el regalo de su abuelo materno.

Unos años después y ya habiendo salido de la institución, Schiro decide no dar el asunto por concluido. Amante del arte, de la historia y de los mapas, sabe de la importancia de esa lámina y contacta a Eduardo Burbank, radicado en Miami, para retomar las tratativas. Éstas fueron largas, pero el esfuerzo pagó sus frutos: Eduardo decide vender la lámina y, en una muestra de confianza ciega, pero motivado por la seriedad del vendedor y con muchos indicios a la mano de la autenticidad de la misma, Joseph cierra el trato a distancia.

La placa llega así a Malta y hoy hace parte de la colección privada de Schiro, que la resguarda junto con muchísimos otros objetos, mapas y libros de gran valor histórico para esta fantástica isla desbordante de aventuras a lo largo del tiempo.

La lámina de cobre en cuestión.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Uno de los seis tirajes realizados por Eduardo Burbank de la lámina.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.
Fresco original del que Perez D’Aleccio se inspira para realizar la lámina de cobre.
Imagen amablemente enviada por Joseph Schiro.

Joseph decide entonces escribir un artículo sobre cómo esta importante placa aporta al conocimiento histórico de ese evento central en la historia de Occidente y sigue con lo suyo (que no es poco).

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Hace unos días, motivado como siempre por mi insaciable gusto por la Historia y por las ganas de seguir aprendiendo sobre este gran país que ahora nos alberga, me puse, en mi tiempo libre, a buscar en internet algunas lecturas suplementarias sobre el Gran Sitio de Malta.

El destino siendo lo que es, un gran jugador de ajedrez, me tira una serie de resultados que me parecen muy mainstream. Quiero algo más underground, hasta en eso soy medio raro. Y me voy a la pestaña 10, 15, 20, 25… haciendo scroll down de los artículos mientras los veo pasar.

De pronto algo me llama la atención. Perez D’Aleccio. Es un nombre que he visto antes. En el MALI[3], creo, no estoy seguro. En el Perú, definitivamente. Clickeo en el artículo y empiezo a leer. Joseph Schiro es el autor. No lo conozco. El título es “El descubrimiento de una rara lámina de Matteo Perez D’Aleccio sobre el Gran Sitio de Malta”, en inglés, evidentemente.

Un par de imágenes siguen y luego inicia el artículo con el siguiente párrafo:

“One of the copperplates of the prints which Matteo Perez d’Aleccio did of the Great Siege of Malta of 1565 has recently come to light, and is now in the author’s collection. It is Foglio Undecimo of the fifteen prints of the 1582 edition. Although the plate came from Miami, it actually originated from Peru. The plate belonged to the estate of Eduardo Burbank, who had received it in 1955 as his high school graduation present from his maternal grandfather Eduardo Ferrand Salomone, who was an art and antiques connoisseur and collector. His love for art and objects of art came from his father Jean (Juan) Ferrand Quartino from whom he inherited the copperplate, bought around 1870 from an antiques shop in the old part of the city of Lima.”[4]

En ese momento sentí que mi vida se inundaba con un nuevo sentido, muy profundo, muy extraño. Me estremecí de pies a cabeza. Fue realmente algo indescriptible. El artículo, escrito por un conservacionista maltés que jamás ha puesto los pies en el Perú, hablaba de mi tío Eduardo Burbank, el primo-hermano de mi madre, y de la historia de mi familia materna que recuperó la lámina hace un siglo y medio por aquellas andadas del universo que hizo que un barco naufragara en el estrecho de Magallanes y que dejó sin trabajo a un padre de familia migrante junto a sus dos hijos en medio de una tierra desconocida con lo que terminaron en Lima, de pura “casualidad”.

Continué leyendo el artículo inmerso en la total incredulidad. ¿Cómo así el autor había decidido escribir la forma en la que la placa llegó a sus manos? Es algo bastante inusual que se describa con ese lujo de detalles las historias conexas al elemento de interés en sí y sin embargo ahí estaba; Era el resultado que aparecía en la página cuarenta y pico del buscador de Google al que había llegado por tener tiempo libre y por haber reconocido, de alguna parte, el nombre Perez D’Aleccio.

Terminé de leer y me dije que algo así no sucede en vano e inmediatamente me puse a buscar el contacto de Joseph Schiro. Quería escribirle para contarle que la historia de la placa aún no había terminado. Que el tataranieto de aquél mercante de arte que llegó de la Provence francesa para recuperar su placa se encontraba viviendo en Malta y que quería ver la lámina con sus propios ojos y, como no, rendir homenaje a esos aventureros del siglo XIX cuyo legado está aún muy lejos de ser olvidado.

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El viernes de la semana pasada mi esposa Aimeé y yo fuimos a la preciosa casa de Joseph Schiro y su maravillosa mujer quienes tuvieron la enorme amabilidad de invitarnos para charlar y, como no, poder apreciar la placa con nuestros propios ojos.

Junto con Joseph Schiro y la lámina del Gran Sitio de Malta. Casi cinco siglos después, de regreso en Malta. Foto propia

Abusamos de su hospitalidad durante más de cuatro horas, conversando sobre Historia, política maltesa, arte y los vaivenes familiares de nuestros antepasados, tomando vino, comiendo deliciosos entremeses locales y la tarta de vegetales más espectacular que he probado en mi vida hecha por Miss Schiro: espinacas, tomate, queso ricotta, gbneja (queso maltés muy particular y sabroso), huevo y una masa ligera en su punto perfecto.

Vimos parte de la colección de antigüedades, mapas y arte que adorna su hogar y reafirmé algo que siempre he creído: que las coincidencias no son más que señales del destino, ese ámbito infinito y atemporal de conocimiento universal que nutre los propósitos de la vida.

Ese día nos juntamos en ese salón maltés de San Gwann, Joseph Schiro, nuestras esposas y yo y en nuestra presencia vivían también Perez d’Aleccio y Jean-Baptiste Ferrand, entre tantos otros que hicieron posible esta conexión cósmica entre Malta y Perú, congregando cinco siglos de historia sazonados con las buenas vibras y un excelente pastel.

Gracias Joseph Schiro por tu hospitalidad, pero sobre todo por tu curiosidad que hizo todo esto posible.


[1] Página web de Heritage Malta: http://heritagemalta.org/

[2] Página web de la Sociedad Maltesa de Cartografía: https://maltamapsociety.mt/

[3] Museo de Arte de Lima

[4] Pueden ver el artículo completo aquí: https://www.academia.edu/12540992/The_discovery_of_a_rare_Matteo_Perez_d_Aleccio_copperplate_of_the_Great_Siege_of_Malta

Reencuentro en las alturas (parte II)

Ruta Chalhuanca – Mollebamba, Apurímac 4,800 msnm. Foto propia.

Recuerdo perfectamente el día que llegué a vivir a la comunidad de Mollebamba, capital del distrito de Juan Espinoza Medrano, provincia de Antabamba, Apurímac, 3,300 msnm. Lo que más me impactó fue aquella forma en la que tomé consciencia del tiempo.

En primer lugar, tuve la impresión que las horas eran mucho más largas, que el universo había realizado sus conjuros físico-cuánticos y que allí le daba a cada minuto una profunda dimensión, lo suficientemente extensa como para que los rayos del sol puedan “orear” cada objeto y cada espacio luego de las gélidas madrugadas andinas.

Alpacas mollebambinas aprovechando el sol de la mañana. Foto propia.

Por otro lado, estaba la noción más amplia del tiempo, la de los días, que se contaban en función de cuántos faltaban para completar los veinte en que se trabajaba de corrido antes de poder retornar a Lima para descansar de jornadas laborales que iniciaban a las siete de la mañana y culminaban, muchas veces, cerca de la medianoche. Está de más decir que la consciencia acerca de mi posición en la escala 1-20 tenía una omnipresencia aplastante.

El trabajo en la mina.

Sin embargo, la más abrumadora de todas, era la noción del tiempo de la sierra. Es un tiempo que gira en función al calendario agrícola y cuya significancia real sólo puede ser entendida por aquellos que la viven. Está el tiempo de la siembra y el de la cosecha, el de las lluvias y el de la helada, el de la Huaylía y el Takanakuy.  

Para alguien urbano hasta el tuétano como yo, todas estas perturbaciones de mi espacio temporal fueron grandes cachetadas de aprendizaje como pocas veces las he tenido en mi vida.

Huaylía antabambina. Foto propia.

Acostumbrado a no tener que medir los minutos de una ducha caliente y a comer en función de mis ansias, puedo decir que las condiciones de vida mollebambinas eran duras: vivíamos en una casita tradicional del pueblo en la que unas 8 a 10 personas compartíamos las habitaciones del segundo piso. La casa del buen don Nico.

La vista desde mi habitación en la casa de Don Nico, Mollebamba. Foto propia.

Para mí, lo más difícil era la experiencia del baño, que consistía en un WC y una pequeña ducha, instaladas entre planchas de triplay en medio del patio central. La pequeña terma daba apenas suficiente agua caliente para una ducha y media. Tenía que tener una gran determinación para conseguir el santo grial del agua caliente, batallando contra las bajas temperaturas de las madrugadas, muchas veces bajo cero ya que, de no ser el primero en la cola, daba por descontado que a lo mucho tendría derecho a un tímido hilo de agua tibia, lo cual a cero grados no es muy apetecible. A las 04:45 de la mañana saltaba de la cama y bajaba a paso apurado las escaleras de madera que llegaban al jardín interior, para así ganarle el turno a los conductores que iniciaban su jornada muy temprano y con quienes también compartíamos el baño. Digamos que fue mi entrenamiento, en el sentido inverso, para la fantástica secuencia sauna – lago congelado – sauna que tiempo después hiciera en las afueras de Tampere en Finlandia.

Claro, las duras condiciones en las que mi mente se concentraba en realidad camuflaban algo mucho más profundo: que estaba batallando contra mis propios demonios, que la vida me había llevado exactamente al lugar donde tenía que llegar. Que era en las entrañas del Perú donde tenía que reconciliarme conmigo mismo.

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Anta, Cusco. Camino a Mollebamba. Foto propia.

Llegar a Mollebamba requería de una travesía que iniciaba a las 2:30 a.m. en mi departamento en Miraflores, donde por lo general estaba con mi enamorada que pasaba más tiempo con mis roommates que yo. Un taxi me llevaba al aeropuerto para tomar el primer vuelo a Cusco, que partía alrededor de las 05 a.m. Alrededor de las 07:30 am arrancaba la camioneta con destino a Abancay en una ruta de carretera asfaltada con varias curvas y unos impresionantes paisajes. El viaje tomaba alrededor de 4 horas. Si nos alcanzaba la hora de almuerzo en Abancay íbamos al hotel de turistas (tienen una sopa a la minuta espectacular) donde algunos otros pasajeros podían unírsenos en la travesía. Luego teníamos un par de horas más de viaje hasta Chalhuanca, donde también se almorzaba o se pasaba la noche si ya estaba oscureciendo. De Chalhuanca a Mollebamba quedaba un trecho de dos a tres horas adicionales de viaje atravesando una trocha de paisajes tan espectaculares como profundos los abismos que la acompañaban. Llegábamos alrededor de las 4 – 5pm, luego de casi 14 horas de viaje de puerta a puerta.

Espectacular andenería inca en la ruta Chalhuanca – Mollebamba. Foto propia.

Esta travesía la tenía que hacer ida y vuelta cada veinte días, si es que las condiciones lo permitían. Las nevadas, deslizamientos (huaycos) o lluvias extremas eran frecuentes y podían cortar la ruta, obligando a los pasajeros a modificar sus planes de viaje.

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Pero no puedo quejarme. El acceso a Mollebamba ha mejorado sustancialmente, y ahora hay una coaster (bus pequeño) que hace la ruta Mollebamba – Abancay (la capital de la Región Apurímac) un par de veces por semana. No hace demasiado tiempo, unas tres décadas atrás quizás, muchos de los viajes de comercio los hacían los arrieros que partían por semanas y meses para intercambiar lana de alpaca por algunos bienes de consumo para la población local.

Iglesia de Calcauso del año 1600 aproximadamente. Foto propia.

Por eso mismo no es de extrañar que justamente al frente de Mollebamba se encuentre el caserío de Calcauso, donde vive una aguerrida comunidad. En las crudas épocas del terrorismo, Calcauso fungió de centro de formación ideológica para Sendero Luminoso. La personificación de las reivindicaciones comunistas se erigía así frente a mis ojos: campesinos olvidados por el Estado centralista y urbano en un territorio sin infraestructura, sin acceso a servicios públicos, sin posibilidad de salir de su miseria y con un profundo odio frente a los culpables de estas injusticias: el hombre blanco, el de la ciudad, que sólo traía explotación y desdén por su forma de vida y sus creencias. Era el caldo de cultivo perfecto para la locura que nos azotó. Era la conexión directa entre las fauces del monstruo y Tarata, el atentado miraflorino que puso a Lima a temblar.

Inauguración de la remodelación de la plaza de Mollebamba. Foto propia.

Evidentemente un acontecimiento tan visceral no pudo haber sucedido sin dejar marcas profundas en sus habitantes. Rememoro aún con un cierto estremecimiento el día en el que se inauguraron las obras de remodelación de la plaza central de Mollebamba y la hija del alcalde recitó frente a toda la comitiva de la empresa minera para la cual yo trabajaba, un poema que evocaba las injusticias sociales y la lucha de sus progenitores, confundiendo muchos conceptos quizás, pero teniendo en claro que ellos han sufrido la opresión del Perú del racismo, la discriminación y el olvido. Por varios siglos.

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Y en ese espacio conviví por un año y medio con personas que sufrieron en carne propia la violencia más extrema, la que venía de todas partes (de los senderistas y del Ejército) y donde todos, sin excepción, tenían alguna historia de sangre y miedo que contar. Todos perdieron un tío, un primo, un padre, una madre, una hermana, una hija.

Muchos creen, falsamente, que una experiencia como esa te permite poner en perspectiva lo que un niño urbano miraflorino como yo pudo haber experimentado en esa época y así minimizarlo frente a la tragedia sufrida por la gente de las entrañas del Perú. Nada más falso. Justamente una experiencia como esta lo que permite es identificarte de alguna manera con tus compatriotas y entender la enorme dimensión de lo acontecido, comprender que con el casi nulo trabajo de memoria que se ha hecho en el Perú aún existen probabilidades latentes que una tragedia de este tipo pueda volver a ocurrir, interiorizar que ellos son tú y que tú eres ellos, que no hay malos versus buenos, esa visión maniqueísta que siempre tuve desde que dejé el Perú a los ocho años.

Mollebamba, Juan Espinoza Medrano, Apurímac, donde pasé un año y medio de mi vida. Foto propia.

Gracias a ese internamiento apurimeño cultivé mi tolerancia y entendí que había enfrentado mis miedos. Pude pasar la página. Hice las paces conmigo mismo y aprendí a ver y a aceptar mis cicatrices, las que me acompañarán hasta la tumba.

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Esta foto representa lo maravilloso de vivir en la sierra, atravezando parajes surreales y tomando consciencia de muchos aspectos valiosos de la vida. Foto propia.

Mollebamba no fue el único pueblo del Perú en el que viví, también tuve la suerte de pasar otro año y medio en las alturas moqueguanas en el distrito de Ichuña, provincia de General Sánchez Cerro, experiencia que terminó de enriquecer mi entendimiento de ese país tan diverso y vasto que es mi patria natal y que me permitió seguir en paz con mi búsqueda por el premio mayor: el maravilloso hogar que hoy comparto en Zabbar, Malta, con el amor de mi vida, mi esposa Aimeé y nuestras dos hermosas gatitas. Esa es mi verdadera patria y la llevo conmigo adonde sea que vaya.

Reencuentro en las alturas (parte I)

Grandeza peruana
Foto extraída de El Comercio en línea: https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/grandeza-peruana-carmen-mcevoy-220576

La primera vez que pensé seriamente en volver a pasar una temporada larga en el Perú tenía 23 años y vivía en París. Había pasado 15 años viviendo fuera de mi país natal, por lo que no tenía una idea muy clara de lo que implicaba vivir en el Perú.

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Portada de la revista Caretas luego del atentado de Tarata.
https://caretas.pe/

En el Perú había sufrido una de las peores experiencias de mi vida; pasó el 16 de julio de 1992, cuando yo tenía 7 años y caminaba junto con mi hermano, de 16, a devolver un juego de nintendo alquilado a una tienda en la avenida Larco que estaba a pocas cuadras de nuestra casa. Ya era casi la hora del cierre cuando llegamos. El dueño de la tienda estaba bajando la cortina metálica. Entramos, pusimos los cassettes sobre el mostrador y nos pusimos a ver qué otros juegos tenían en la vitrina cuando de pronto toda la tienda empezó a temblar y el dueño gritó “bombaaa” y salimos todos a la calle.

Recuerdo perfectamente la escena apocalíptica que se vivía en la avenida Larco: el marco era un cielo rojo-anaranjado, producto de los 500kg de explosivos que Sendero Luminoso había dejado en dos coches bomba en la calle Tarata. La acción era una lluvia de escombros que caía a nuestro alrededor mientras la gente gritaba y corría en varias direcciones. Me quedé absolutamente petrificado. Mi hermano me agarró de la mano y me gritó: ¡corre!

La calle Tarata al día siguiente del atentado. Foto extraída de Perú21: https://peru21.pe/politica/caso-tarata-avanza-juicio-atentado-terrorista-miraflores-407692

Cuando llegamos a la casa después de una corta carrera que pareció eterna, encontramos a mi madre en la puerta, totalmente desencajada, avistando el horizonte, implorando divisar en él a sus dos únicos hijos entre las alarmas, sirenas y desesperación de la gente.

El atentado de Tarata marcó el punto de inflexión en la lucha contra el terrorismo en el Perú, pero también fue el preciso instante en el que casi toda mi familia decidió dejarlo todo atrás y migrar a otro país, uno que fuese viable, en el que los niños pudieran salir a jugar a la calle, a crecer sin miedo, a disfrutar de su niñez y de su adolescencia. A los pocos meses nos mudamos a Costa Rica , junto con mis abuelos, mis tíos y mis primos. Nos mudamos a un país sin ejército y con mucha paz. Pura vida.

¡Pura Vida! Costa Rica puso la cuota necesaria de paz en nuestras vidas.
Playa Blanca, Punta Leona – Costa Rica, la que más frecuentábamos con mis padres. Foto Propia

Me tomó varios años de terapia psicológica y de readaptación social conseguir salir del trauma. Revivía constantemente la imagen de la noche de Tarata y sufría largas y tediosas pesadillas sin fin, pues lo que soñaba una noche lo retomaba a la siguiente exactamente en el punto donde lo había dejado en mi sueño anterior.  De día veía fantasmas. El terror había calado en mi. Hasta el tuétano.

La salida del túnel fue larga y progresiva y contó con varios elementos más allá de la terapia, como los maravillosos amigos que hice y con quienes hasta el día de hoy conservo una amistad pura y profunda, la invaluable seguridad de un país pacífico y próspero y por supuesto, el amor incondicional y reconfortante de mis padres. La decisión riesgosa y osada de mi familia había pagado sus frutos con creces, al menos para mí. Y así un día aprendí a controlar mis miedos y enterré la memoria de ese Perú violento, salvaje, inexpugnable.

Hoy me parece relativamente fácil relatar este duro episodio, pero durante mucho tiempo la sola idea de revivir esta etapa me convertía en el mismo niño inmóvil que contemplaba la cruda escena de un atentado terrorista de gran envergadura, sin tener del todo claro las razones y las consecuencias de toda esa absurda insania.

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En mi etapa parisina, el recuerdo más claro que tenía de lo que significaba vivir en el Perú derivaba de las constantes discusiones con mi padre en Costa Rica, cuando él no perdía la menor oportunidad para criticar a su país natal en cualquier circunstancia, por más banal que ésta fuera: el tráfico, la seguridad, la paz, la honestidad de la gente. Hoy creo que, más allá de tener razón en algunos aspectos, en realidad lo que quería era justificar la difícil decisión que tomaron de dejar el país que nos vio nacer. Realmente se los agradezco en el alma.

Idílico jardín de la casa de mis tíos Yvonne y Pedro en Barranco, donde pasé muchos de los veranos de mi niñez.
Foto propia

Claro, pero en aquella época nuestras discusiones y nuestra constante oposición me llevaron poco a poco a idealizar al Perú, como se hubiese esperado de cualquier adolescente, creo. Esta visión se alimentaba de los maravillosos veranos que pasaba en la casa de Barranco de mis tíos Yvonne y Pedro, un espacio para mí salido del realismo mágico de la más pura tradición latinoamericana: una casa enorme, construida un siglo atrás por un tío abuelo, fina representación de la arquitectura republicana barranquina. Era un deleite disfrutar el verano en su hermoso jardín y me estremezco al recordar sus tardes llenas de vida con las numerosas visitas del barrio, con los juegos con mi primo Pedro y sus buenos amigos del colegio y con la presencia alternada y constante de una variedad de tíos de cariño que ponían una dosis de vida que llevo impregnada hasta el día de hoy.

Arquitectura republicana baranquina. Casa de Yvonne y Pedro. Foto propia.

Así, deslumbrado por este espejismo, olvidé mis miedos más profundos, los que me habían mantenido en vilo durante tantos años y súbitamente me convertí en un gran defensor del Perú: admiraba el tesón de su gente para salir de ese precipicio abyecto al que nos había llevado el terrorismo, me asombraba frente a su gran territorio poblado de maravillas geográficas y culturales que, con el fin de la violencia, ahora podría y me tocaría descubrir, me replegaba en la riqueza de su historia. Y así se lo hacía saber a quien tuviese más de cinco minutos y la curiosidad de preguntarme sobre mis orígenes.

Pero luego, cuando salía de mi escuela en Rue Saint Guillaume a caminar por el Boulevard Saint Germain y recorría sus famosos cafés y sus perfectas librerías, sentía que me mentía a mí mismo, que en el fondo no me atrevería de verdad regresar a vivir al Perú. Mi inconsciente me impedía enfrentar mis mayores temores.

Hasta que un día todo eso cambió.

Famoso Café de Flore en mi ruta cotidiana a la universidad, Paris, VIème arrondissement .
Foto extraída de Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Caf%C3%A9_de_Flore_-_Boulevard_Saint-Germain.JPG

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No recuerdo muy bien cómo se dio, pero una mañana al despertar supe que volvería al menos unos meses a (re)descubrir mi patria. Apunté a una pasantía de seis meses en una empresa minera ya que así podría no solamente volver al Perú, sino más precisamente vivir en los Andes y conocer así varias de aquellas facetas que me eran totalmente desconocidas y que me intrigaban y atraían de una manera visceral. Sabía que el cambio sería duro, pero algo en mí me indicaba que tenía que hacerlo, que no podía seguir construyendo mi visión del mundo sin incorporar aquella.

Volcán Coropuna . Foto propia.

Fue la mejor decisión que pude haber tomado. Me interné varios meses en Orcopampa, un pueblo de las alturas arequipeñas a más de 3,800 msnm. Cada mañana veía desde la ventana de mi cuarto el imponente volcán Coropuna con sus 6,425 msnm y su bellísimo traje nevado mientras me alistaba para recorrer las comunidades de la zona.

Recorrido cotidiano de las comunidades. Foto propia.

Fue de una de las experiencias más enriquecedoras que había vivido jamás. Sin embargo, sabía que era sólo la punta del iceberg. Sabía que detrás de esa primera faceta, algo edulcorada, debo admitir, por las condiciones privilegiadas de trabajar en la empresa minera y por la certeza de tener una fecha de término y un pasaje de retorno a París, había muchísimo más. Un mundo nuevo, completo, entero, para engullírmelo y crecer, siempre crecer.

En el fondo, hoy lo sé, mi alma necesitaba hacer las paces con mi pasado. Necesitaba ver las cicatrices y vivir con ellas, saber que estarán ahí para toda la vida, pero que así son las cosas, qué se puede hacer. Es parte de lo que me tocó vivir. Es otra forma de aprender.

La puna arequipeña, donde me tocó iniciar mi reconciliación conmigo mismo. Foto propia.

Y así, después de 6 intensos meses de profundos cuestionamientos y aprendizajes fundadores, regresé a París muerto de miedo y de nostalgia, ya que esta vez volvía sabiendo que pronto iba a retornar a vivir al Perú.

Chimichurri / Reflexiones sobre el valor fundamental de la tolerancia

«Hola, yo soy Chimichurri», Miraflores, Lima
2017

Chimichurri es nuestra gatita menor. Llegó a nuestras vidas poco tiempo después que falleciera de manera prematura Michaux, el hermanito de Weedy. Vino, obviamente, ya con el nombre puesto y como no queríamos invertir en la terapia psicológica para su rebautizo, al final quedó Chimichurri, hoy más conocida como la Chimi.

Weedy no soportando la llegada de la intrusa a la casa. Chimi, viendo para otro lado. Miraflores, Lima, 2016

Desde que llegó a la casa la Chimi nos dejó en claro que a ella poco le importa el qué dirán y su desenfado y determinación quedaron demostrados desde el primer momento cuando Weedy, aún no recuperada del trauma de haber perdido a su hermanito, se erizaba y le gruñía a la nueva intrusa y la Chimi, aún una gatita de poco más de un mes, continuaba descubriendo sus nuevos aposentos haciendo caso omiso a tamaña insolencia.

 Conforme fue creciendo, la Chimi fue afirmando su carácter fuerte y arisco. Enemiga de las caricias y de las multitudes, mordía sin contemplación a quien osara acercarse demasiado. Su reputación era tal que cuando teníamos una reunión con amigos en casa, si la Chimi decidía apoderarse de una silla o de un espacio en el sillón, nadie se atrevía a pedirle el lugar.

La imagen de “gata mala” de la Chimi se acentuaba aún más debido a que Weedy es una de las gatas más amorosas y sociables que he conocido. Así las cosas, las atenciones, caricias y halagos se dirigían inexorablemente hacia su hermana mayor. La comparación era inevitable y aplastante.

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Simbiosis de Weedy y Chimichurri, Miraflores, Lima 2017

Poco a poco, sin hacer mucho caso aparente a los dimes y diretes del populorum, Weedy y Chimichurri empezaron a crear su propia simbiosis. Las dos comprendieron que, pese a sus diferencias, iban a compartir el mismo hogar con nosotros. Y así, se fue consolidando una relación, no exenta de peleas esporádicas, pero más bien basada en la compañía e incluso en el trabajo en equipo. Era un deleite recostarse en el cómodo sillón de la sala al caer la noche y ver cómo ambas se alternaban entre saltos acrobáticos y zarpazos fulminantes para dar la última estocada a la gran variedad de polillas que poblaban nuestra terraza.

Yin Yang cats, Miraflores, Lima 2018

En las frías y grises tardes del húmedo invierno limeño ambas permanecían enroscadas, cual yin y yang, sobre cualquier superficie medianamente cómoda, dándose calor y reiterando que no estaban solas: se tenían la una a la otra. Ambas gatitas rescatadas de la calle, pero de universos mentales totalmente distintos – y hasta casi opuestos – empezaron a construir una historia de complementariedad al punto que hoy son inseparables. Una no puede permanecer demasiado tiempo alejada de la otra o empiezan a maullar y a desesperarse hasta encontrarse nuevamente y quizás hasta revivir alguna rencilla añeja, como a cada quien le ocurre con sus padres o hermanos.


Yin Yang cats 2, Miraflores, Lima 2018

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Una madrugada, al término de una de las tantas reuniones en nuestra casa, noté a la Chimi bastante afectada. Durante toda la noche unos amigos, quizás con la sola intención de jugar con ella, estuvieron invadiendo su espacio, intentando tocarla cuando claramente ella se sentía frustrada con la situación. Claro, la consecuencia de esta incómoda escena fue una certera mordida a uno de ellos y los posteriores comentarios de todo el grupo: «es una gata mala, agresiva, en cambio su hermana es delicada y suavecita» – decían, mientras Weedy se dejaba acariciar por el grupo entero con una cara de felicidad, sabiendo que era el centro de atención de la fiesta.

Fue en ese momento cuando mi esposa Aimeé y yo nos dimos cuenta que si bien probablemente la Chimi no entendía nuestras palabras, claramente sí absorbía las energías de quienes nos visitaban. Desde ese momento nuestro pedido fue claro: respétenla como es. Si no quiere que la manoseen, pues hands off!

Hands off! No one touches the Queen! Petit Déjeuner au Sheraton – Roissy, enero 2019

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Cuando critican a la Chimi, por no ser como a todos les gustaría, cuando la rebajan, por no tener acceso a sus secretos, en realidad se están privando de su universo, de sus enseñanzas, de su manera distinta de ver la vida.

Frente a la normalidad de lo cotidiano se esconde siempre aquel garabato que parece incómodo, que realmente sería “más fácil” que no esté. Y la verdad es que éste no cobra ningún sentido hasta que no te detienes con paciencia y con la mente abierta a ver qué enseñanzas escondidas trae detrás de su aparentemente inexpugnable extrañeza y qué puedes descifrar de él, .

Luego, el conjunto tiene más sentido cuando empiezas a acoplar piezas dispersas que abren la vía a explorar nuevos territorios.

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Vínculo especial con Chimichurri, Zabbar, Malta, febrero 2019

La Chimi y yo compartimos un vínculo especial. Siempre me busca en la multitud. Le doy una sensación de tranquilidad. Soy el único que puede hacerle cariño por tiempo prolongado. He comprendido su clave. Sé acariciarla: con fuerza, detrás de las orejas y en la parte baja del lomo. Puede quedarse varios minutos conmigo demandando cariño y atención personalizada con vehemencia. No hay nadie más que pueda gozar de ese privilegio. Y yo me siento afortunado por eso.

The essence of fascination emerges from the deep obscurity of the unknown

//D

Day after day alone on the hill
The man with the foolish grin is keeping perfectly still
But nobody wants to know him
They can see that he’s just a fool
And he never gives an answer
But the fool on the hill
Sees the sun going down
And the eyes in his head
See the world spinning around

Well on his way his head in a cloud
The man of a thousand voices talking perfectly loud
But nobody ever hears him
Or the sound he appears to make
And he never seems to notice
But the fool on the hill…
Nobody seems to like him
They can tell what he wants to do
And he never shows his feelings
But the fool on the hill…

Paul McCartney / The Beatles 1967

Magical Mystery Tour / The Beatles 1967

Pertenencia

Yo, a los 19 años en Poitiers. Foto de mi madre, Jeannine Ferrand

Cuando tenía 19 años vivía en Poitiers, una pequeña y bellísima ciudad del centro-oeste de Francia, donde estudiaba ciencias políticas en el campus Ibero-americano de Sciences-Po. Recuerdo perfectamente mis clases de Questions Européennes – Problemáticas Europeas – en pleno proceso de adhesión de 10 nuevos Estados a la Unión Europea, el más grande de todos los que ha habido. Entre los nuevos miembros del club estaba Malta, país prácticamente desconocido para mí en ese entonces. ¿Podrían adaptarse estos nuevos adherentes a los códigos y reglas de los socios fundadores? ¿Podría mantenerse la “cohesión” del núcleo europeo con la llegada de los newcomers?

También rememoro aquellas noches en mi estudio de 25 mts2 de la Rue du 125ème Régiment d’Infanterie cuando me acostaba en el semi-colchón / semi-colchoneta que tenía por cama y me dejaba llevar por los escalofríos que sentía al darme cuenta que estaba cumpliendo mi sueño por doble partida: vivir en Francia y estudiar ciencias políticas. Pensaba en aquella osada decisión en mi examen de filosofía del Baccalauréat Littéraire cuando me preguntaron si el objetivo de la política era satisfacer el deseo de la mayoría y yo en vez de enfocarme en los regímenes políticos, el populismo y tantos otros deleites propios de la ciencia política, me lancé sobre la imposibilidad de satisfacer los deseos, porque cuando colmas uno, inmediatamente aparece otro en el horizonte, como los cerros de los Andes, que cuando crees haber llegado a la cima, siempre hay uno más alto y más desafiante frente a ti que te recuerda la pequeñez del ser humano en el universo.

Yo a los 19 años en París, explorando la noción de pertenencia. Foto de mi tío Carlos Ferrand

¡Qué desperdicio si la política fuese a enfocarse en los deseos incesantes y, además, personalísimos, de los seres humanos! ¡La política es para asegurarse que no existan necesidades básicas insatisfechas para nadie y luego para generar las condiciones que permitan que todos los seres humanos podamos ser libres et nous épanouir! (no existe traducción, puede ser algo entre desarrollar/descubrir/florecer/madurar, enfin alguna sutileza de esas propias de cada lengua).  Y esa rebeldía me dio el puntaje necesario para obtener la mención académica con la cual el Estado francés me becó durante todos mis estudios universitarios. Si no me la jugaba (esa expresión tampoco la puedo traducir al francés, así que a quien le caiga el guante…) no ganaba. Era el todo o nada. Y en eso pensaba en mi catre-colchoneta, en mi estudio de la Rue du 125 ème Régiment d’Infanterie. Los astros se habían alineado y yo tenía un agradecimiento profundo por la astronomía, por Francia, por mi abuelo que me enseñó a amar a ese gran país, cuna de las Luces y de la democracia occidental.

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Pasaporte de mi abuelo Charles-Henri Ferrand a sus 19 años

Cuando tenía 19 años, mi abuelo materno Charles-Henri Ferrand o Carlos Enrique Ferrand, vivía en Suiza, donde estudiaba química en la universidad de Lausana. Cuando yo era pequeño mi abuelo me contaba con fervor, siempre en francés, sus aventuras de estudiante, como para asegurarse que sus memorias, que estaban más vivas que nunca, jamás fuesen a desaparecer. Y hasta ahora no lo han hecho, porque yo recuerdo perfectamente sus historias, tanto como recuerdo mi incredulidad de que un país periférico como Malta pudiese incorporarse de manera apropiada al club de señorones y sentarse con ellos, como se debe, a tomar whisky y fumar habanos, sin decir demasiado, porque nunca se sabe cuándo se puede meter la pata, y escuchando, sobre todo escuchando, cómo se deben hacer las cosas. Qué bueno que los jóvenes tienen su buena dosis de rebeldía porque si Malta hubiese escuchado a su miembro fundador más cercano, que es Italia, pues quizás hoy no sería el país con el crecimiento económico más alto de la UE y con una de las menores tasas de desempleo.

Enfin. Mi abuelo me contaba de su novia suiza y de sus vacaciones en Niza, donde sus tías, que le ayudaban a completar su maravillosa colección de estampillas. En el invierno de 1938-1939 nevó bastante, lo cual en el sur de Francia no es tan común, y él se impresionaba en el trayecto en tren desde Suiza de cómo las praderas estaban cubiertas de blanco hasta perder la vista. Probablemente su cuerpo también se poseía de escalofríos de agradecimiento por vivir aquellos momentos claramente trascendentales en su vida, no lo sé, pero me gusta imaginarlo.

Promenade des Anglais, Niza 1929 (ya sé, no es el año que menciono en el blog, pero es lo más cercano que encontré e igual se hacen una idea ¿no?). Fuente: ARTAUD Reynauld https://www.flickr.com/photos/meteopassion/25055010781

Sin embargo, algo inesperado sucedió. Algo que interrumpió el alineamiento de los astros. Con la ocupación de Checoslovaquia por Hitler en marzo de 1939 y las consecuentes declaraciones de Francia y del Reino Unido de enfrentarse a Alemania si ésta invadía Polonia, las alarmas se encendieron en toda Europa. El preludio de la Segunda Guerra Mundial era tan revelador que pocos hubiesen apostado en otro sentido que el que la Historia nos cuenta. Mi abuelo no fue la excepción.

Convencido pacifista y aún en el timing correcto, aunque casi quedando fuera de su ventana de oportunidad, mi abuelo obtuvo un visado del consulado general del Perú en París el 23 de agosto de 1939, tan sólo una semana antes de la invasión de Hitler a Polonia y 10 días antes que Francia le declare la guerra a Alemania. Francés, de 19 años, hubiese sin duda sido convocado para empuñar las armas en defensa de la patria.

Al borde del estallido de la pesadilla que recubriría a Europa por los siguientes años, mi abuelo pudo embarcarse en la Rochelle con rumbo al continente americano, no sin antes trabajar en la construcción de los refuerzos de la ciudad que ya preveía los inminentes ataques de Deutschland & Friends.  

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Más de medio siglo después de este frenético episodio, ahora en el salón del piano de la casa de mis padres en Costa Rica, mi abuelo me contaba todo ahondando en los detalles, en francés – como siempre –, con una mirada perdida y una memoria privilegiada. De todo el episodio, lo que más le impresionaba era la nieve de aquel invierno, la cual contempló durante las varias horas de su viaje en tren desde Lausana hasta Niza. Quizás esa fue la última imagen que pudo ver con despreocupación en su querida Francia.

A pesar que yo también tuve que huir de mi país por culpa de una guerra cuando tenía 8 años, el hecho de haber estudiado en el colegio Franco-peruano y luego en el Franco-costarricense, ambos establecimientos de enseñanza a cargo del Ministerio de Educación de Francia, nunca sentí que hubiese del todo un desgarro en mi sentido de la pertenencia. Más aún teniendo en cuenta que este hilo conductor estuvo siempre reforzado con el barniz francófilo de mi abuelo materno.

Colegio Franco – Peruano.
https://lfrancope.edu.pe/web2/fr/

Por eso, cuando me vi confrontado con esa prueba de filosofía que muy probablemente definiría mis oportunidades de vivir y realizar mis estudios universitarios en Francia, no tuve la menor duda: me arriesgaría y el destino haría de las suyas. No me equivoqué.

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Los años que viví en Francia fueron intensos en aprendizaje hacia afuera y hacia adentro. Una de las lecciones más duras que extraje de esos días fue que yo no era francés. No era francés a pesar de haber tenido una educación francesa ininterrumpidamente desde el preescolar hasta la universidad, no era francés a pesar de defender de manera férrea los ideales de la República francesa, no era francés a pesar de haber crecido francófilo y cercano a su historia, sus valores y tradiciones, no era francés a pesar que mi madre se llama Jeannine Ferrand, un nombre esculpido para no olvidar los orígenes de la familia, no era francés a pesar que siempre me sentí siempre parte Francia. Y simplemente no era francés porque no tenía un documento de identidad que presentar frente a cada trámite. Porque las cosas están hechas así, por acá van los franceses y por acá los no-franceses. Así es en todos los países del mundo.

Hace poco la administración francesa le indicó a mi madre, por la vía judicial, que su nacionalidad francesa se había extinguido el 02 de junio de 1990, 50 años después de la expiración del último documento de pertenencia de su padre a la Francia que desertó para no caer en la locura genocida de la segunda guerra mundial. Establecerse en otro país por varias generaciones y no renovar sus vínculos administrativos por medio siglo es lo que la administración francesa considera como motivos suficientes para inferir que se ha cortado el sentimiento de pertenencia. Ya lo entendimos, no somos franceses. Ironías de la vida, la jueza que toma esta decisión lleva por nombre Solange Ferrand.

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El sentimiento de pertenencia es algo que define muchos aspectos de la vida. Es incluso un condicionante social. ¿Soy peruano? Claro que sí. Y creo que el Perú es un país maravilloso, en muchísimos sentidos. Nací en el Perú, de padres peruanos y he vivido una buena parte de mi vida allí. Innegablemente soy peruano ¿Soy francés? Pues también lo creo. Me eduqué con sus valores, crecí y me formé con su cultura, recito el alfabeto y pienso los números en francés y no puedo pasar demasiado tiempo alejado de sus ciudades y su maravillosa geografía.  

Seguro mi abuelo sintió también esa frustración cuando después de muchos años fue al consulado francés en Lima a inscribirse y a renovar su pasaporte y le pidieron tal cantidad de papeles que se dio media vuelta y se fue. Eso no le impidió, en su lecho de muerte, en Lima, llamar a un sacerdote francés para expresar sus últimas confesiones en la lengua de Molière.

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¿A qué lugar pertenezco pues? En realidad, a ninguno. La construcción de mi identidad está repleta de migraciones, de valores, de aperturas. El 16 de enero de 2019, fecha en la que me embarqué junto con mi familia, a esta nueva aventura maltesa, recibí el correo de liberación final de mi abogado en Francia: la segunda instancia judicial había negado nuestra solicitud de reconsideración del dictamen de Maître Ferrand. Ya era oficial, desde entonces puedo reconstruir mi identidad y mi pertenencia en base a mis experiencias y no a mis documentos. ¡Qué alivio! What I really hate the most is unfinished business.

El viaje de Michaux

«Le voyage c’est aller de soi à soi en passant par les autres» – Proverbe Touareg  

El viaje es ir de sí mismo a sí mismo pasando a través de los demás – Proverbio Tuareg

La experiencia del viaje depende de muchas circunstancias, pero cuando uno es verdaderamente libre, depende de uno mismo.  Eso lo entendió muy bien el poeta, pintor y escritor franco-belga Henri Michaux quien exploró los límites conceptuales del viaje y nos legó una fantástica y muy profunda obra asociada con el informalismo, corriente artística esencialmente libre que le permitió rehusar el encasillamiento. Sin embargo, el conjunto de su obra suele asociarse normalmente con el surrealismo de inicios del siglo XX.  

Joven Michaux empieza a explorar el surrealismo – Biografía escrita por Jean-Pierre Martin,
http://www.gallimard.fr/Catalogue/GALLIMARD/NRF-Biographies/Henri-Michaux

Michaux experimentó su temprana pasión por los viajes a los 20 años, cuando se enroló en la marina mercante francesa y pudo conocer de primera mano los duros oficios del mar y las delicias reflexivas del horizonte. Cuatro años después, en 1923, Michaux fija residencia en París donde conoce a Jules Supervielle, poeta y escritor franco-uruguayo con quien entabló una sólida y duradera amistad basada en la temática de la debilidad física, la enfermedad y la decadencia corporal. Fue seguramente Supervielle quien le presentó la obra del Comte de Lautréamont, poeta también franco-urugayo y precursor del surrealismo. Esto inspira a Michaux a producir sus primeros poemas y textos cercanos, es verdad, al surrealismo.  

Michaux en su espacio de trabajo 1943-45
http://www.lesvraisvoyageurs.com/tag/henri-michaux/

Así pues, resulta evidente que el frenesí peregrino de Michaux tiene sólidas bases en sus primeros veinte y pico años de vida. Durante los años 30 Michaux se dedicó a viajar por numerosos y exóticos destinos, produciendo abundantes obras que permiten contrastar la inmensidad del espíritu del viaje con la fragilidad material y la vulnerabilidad del ser humano.

Más allá de los viajes reales, Michaux era un diseñador de espacios imaginarios y un ávido explorador de la prolificidad creadora de la mente, cuyos límites inventivos expandía con la ayuda de drogas alucinógenas. Exploró pues con ingenio y avidez temas como la locura o la magia, sin privarse de forjar expresiones inexistentes que seguramente lo aliviaron en un proceso de escritura que parece particularmente pulsional.

Mouvements – H. Michaux (1951) // Publicación que combina dibujos en tinta hindú y poesía.
Foto extraída de: https://typolitterature.wordpress.com/2012/06/21/henri-michaux-mouvements/

MAGIE

Plusieurs veulent obtenir des créations mentales en utilisant la méthode fakirique.

C’est une erreur.

Chacun doit avoir sa méthode.

Quand je veux faire apparaître une grenouille vivante (une grenouille morte, ça c’est facile) je ne me force pas.

Même, je me mets mentalement à peindre un tableau.

J’esquisse les rives d’un ruisseau en choisissant bien mes verts, puis j’attends le ruisseau.

Après quelque temps, je plonge une baguette au delà de la rive; si elle se mouille, je suis tranquille, il n’y a plus qu’à patienter un peu, bientôt apparaîtront les

grenouilles sautant et plongeant.

Si la baguette ne se mouille pas, il faut y renoncer.

Alors, je fais la nuit, une nuit bien chaude et, avec une lanterne, je circule dans la campagne, il est rare qu’elles tardent à coasser.

Cela ne vient rien faire ici.

Mais il faut que je le dise, c’est là devant moi, cela vient :

Je vais être aveugle.

Henri Michaux – Mes Proprietés (1930)

MAGIA*

Muchos quieren obtener creaciones mentales utilizando el método fakírico.

Es un error.

Cada quien debe tener su método.

Cuando deseo hacer aparecer una rana viva (una rana muerta, es fácil), no me esfuerzo.

Aún, me pongo mentalmente a pintar un cuadro.

Esbozo las orillas de un arroyo escogiendo bien mis verdes, luego espero al arroyo.

Después de algún tiempo sumerjo una varilla más allá de la orilla; si se moja, estoy tranquilo, sólo debo esperar un poco, pronto aparecerán las

ranas saltando y nadando bajo el agua.

Si la varilla no se moja, se debe renunciar.

Entonces, hago la noche, una noche bien cálida y, con una linterna, paseo por el campo, es raro que tarden en croar.

Esto no tiene nada que hacer aquí.

Pero debo decirlo, está aquí delante de mí, ya viene:

Me voy a quedar ciego.

Henri Michaux – Mis Propiedades (1930)

Mundos imaginarios de Michaux en «En otro Sitio – Viaje a Gran Garabagne, al País de la Magia»

* Traducción propia

Desde ya le pido mis más sinceras disculpas a mis lectores no francófonos, puesto que no me siento preparado para traducir un poema y muy probablemente mi traducción sea rudimentaria y no logre captar la esencia de la magia expresada por Michaux. Lo que de todas formas quería compartir con ustedes es cuánto me impresiona la capacidad de Michaux de transitar de lo real a lo imaginario y de lo imaginario a lo corporal, a su temática eterna de la decadencia particularmente condimentada con un humor negro sublime, claro, no apto para todo público.  Este poema es un viaje en sí. En muchísimos sentidos. Y es el producto de un viaje. De muchísimos viajes. Acercándose a sus 40 años su obra ya era madura y significativa.

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Alumbrando el camino – Golden Bay, Malta 09/02/2019 – Foto propia

Revisitando su herencia entiendo las fuerzas inmateriales y trascendentes del viaje, del viaje de cada quien – es lo que nos dice Michaux, y yo le creo –. Nadie te va a enseñar a viajar. Nadie te va a traducir las enseñanzas. El campo por el que te paseas lo alumbras tú mismo. Ya sea cerrando los ojos, ya sea sintiendo las espigas con tus manos, o ambos, pero de alguna forma tienes que hacerlo. Cada quien tiene que hacerlo. 

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Weedy y Michaux jugando recién llegados a casa – Miraflores, Lima, Feb 2016

Hace ya tres años, cuando mi entonces novia Aimeé y yo adoptamos a nuestra primera gatita, Weedy, ella llegó a nuestra vida con su hermano al que decidimos, sin demasiada interpretación, llamar Michaux. Evidentemente en honor a Henri. Siendo dos gatitos de la calle, llegaron muy enfermos a la casa. Recuerdo que Michaux era el más fuerte, el más juguetón. Yo le hablaba en francés y él me seguía la corriente.

Weedy y Michaux listos para comerse el mundo – Miraflores, Lima, Feb 2016

Al poco tiempo Weedy empezó a enfermar, sus defensas se quebraron. Michaux se quedaba largas horas junto a ella, dándole calor y ánimos. Hasta que un día, en un acto de entrega y desprendimiento, quizás consciente, quizás no, Michaux absorbió todas las energías que emanaban de su hermana. Íbamos constantemente al veterinario. El juguetón, el fortachón, el bandido había perdido su talante; fue diagnosticado con Leucemia felina.

Weedy y Michaux enfermos en sus constantes viajes al veterinario – Miraflores, Lima, febrero 2016

Al poco tiempo, y después de ir perdiendo progresivamente sus fuerzas, murió en los brazos de Aimeé en una escena particularmente funesta que recuerdo con todos mis sentidos. Lo último que pudo hacer, con las últimas gotas de su ya casi extinta energía, fue ponerse en dos patas, apoyarse en ella y lanzar un maullido agónico, mientras nos miraba fijamente. Luego durmió. Finalmente, sus tormentos corporales habían cesado.

Tres años después su hermana Weedy ha viajado hasta Malta con nosotros y es una gatita rebosante de vida y llena de amor. Suave y elegante, ha conquistado la isla. Ella vive el viaje de Michaux, su salvador.

El viaje de Weedy, sabia y amorosa, acompañándome en mis noches de trabajo – Ħaż-Żabbar, Malta, Feb 2019

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A mi juicio, lo que le faltó al buen Henri fue trascender al individuo en su exploración metafísica. Estamos conectados. Somos energía. Hay decadencia, sí, pero también amor, mucho amor. And love beats decadence. At least in my voyage.

Manuel Pinto

Manuel Pinto fue el hermano mayor de mi padre, Ernesto. Mi tío falleció aun siendo un niño, me parece que a los ocho años de edad, producto de una meningitis. De él nunca supe mucho. Sólo que nació y murió en el Perú. Dudo mucho que mi tío Manuel, a su corta edad, haya tenido la oportunidad de conocer otros horizontes, como sí lo hizo, y con gran pasión, mi padre.

               Tampoco tengo demasiada información de la historia de la familia de mi padre y eso no es del todo malo, porque a mí que me encanta la genealogía, me permite divagar un poco en una historia hecha de migraciones que, definitivamente, deben de haber estado plagadas de aventuras, riesgos y sueños y cuyas enseñanzas han sido transmitidas a través de esa consciencia inmaterial que atraviesa el tiempo y el espacio.

Huis de Pinto – Ámsterdam
http://www.huisdepinto.nl/

               Mi historia favorita es aquella que se remonta a la época de los esclavos israelitas en Egipto, donde se encontraron con los etíopes y de cuya confluencia surgiría una rama judía-sefardí de los Pinto que luego se estableció en Portugal. Los negocios de los Pinto sefardíes florecieron en la península Ibérica hasta que la intolerancia religiosa los llevó a instalarse en la próspera Flandes del siglo XVII y posteriormente en Holanda. Allí el hijo pródigo de la familia, Isaac Pinto, llegó a ser el asesor financiero del príncipe Guillermo IV de Holanda y administrador principal de las gigantescas compañías de las Indias Orientales y Occidentales; incluso se opuso en diálogo directo a Voltaire acusándolo de antisemita.  Un testimonio actual de este recorrido puede ser visto en las calles de Ámsterdam, donde la Huis De Pinto (Casa de Pinto) funciona hoy como un efervescente centro cultural que aconsejo incluir en su recorrido a cualquier visitante de esa fantástica ciudad.

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               Manuel Pinto nació en Portugal en 1681 y fue el sexagésimo séptimo Gran Maestre de la Orden de San Juan, orden que gobernó la isla de Malta desde 1530 hasta 1789, cuando fue ocupada por la Francia napoleónica. El gobierno de Manuel Pinto de la isla de Malta fue largo, desde el 18 de enero de 1741 hasta el 23 de enero de 1773, cuando murió en La Valeta a los 91 años de edad, sin duda tras una vida excepcionalmente longeva para la época y habiendo marcado por varias generaciones a los habitantes de las islas maltesas.

Manuel Pinto da Fonseca.
http://theknightsofmalta.com/

               De él hay muchísima información disponible para descubrir en los libros de historia, así como para evidenciar en las calles de la Valeta y otras ciudades de Malta. Fue alguien particularmente liberal para su época, que promovió profundos cambios al estilo de vida local. Introdujo el arte barroco que hoy se aprecia en muchos rincones de la isla y construyó l’Auberge de Castille, edificio emblemático de la capital maltesa que hoy funge como despacho del Primer Ministro. También desarrolló la idea de añadir comercios minoristas en los almacenes del puerto, convirtiendo a La Valeta en una plaza aún más atractiva para el comercio en el mediterráneo. Hoy el Waterfront Pinto es una zona de esparcimiento muy viva cercana al muelle de cruceros. También apadrinó al entonces pueblo de Qormi y lo elevó a estatus de ciudad otorgándole su escudo de armas, por lo que hoy es conocida como “Città Pinto”.  Sin embargo, quizás su mejor legado es la fundación de la Universidad de Malta en 1769, hacia el final de su vida.  

Waterfront Pinto – La Valeta
Foto de Wikimedia Commons

               Si alguien crease hoy la ruta “Manuel Pinto” para visitar La Valeta, e incluso otras ciudades de Malta, probablemente conseguiría captar el apogeo de la administración de la Orden de San Juan y recorrer muchos puntos de interés de este país cargado de historia.  

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Manuel Pinto soy yo. Es un poco una trampa, puesto que Manuel es mi segundo nombre, en honor a mi tío que nunca conocí y la verdad es que absolutamente nadie me llama así. Pero es mi nombre y sinceramente es un nombre que se porta con facilidad en Malta, donde inmediatamente te asocian con ese ilustre gobernante de gran influencia y, claro, también está el detalle que la pronunciación castellana de “Joaquín” – con la “J” marcada – parece demasiado compleja y exótica para el habla local – y eso que el maltés es un idioma bastante retador –.

Atardecer en Għar Ħanex //Torri Tal-Ħamrija (Qrendi, Malta)
Créditos de la foto: mi esposa Aimeé 🙂

Para mi gran sorpresa, llegué a vivir a esta isla un 18 de enero, exactamente 278 años después que iniciara el gobierno de mi tocayo y tátara tátara «tío abuelo» Manuel. Este es el quinto país en el que voy a vivir en mis 34 años de edad y es la décimo quinta vez que me mudo – casi a un ritmo de promedio de 2 años por casa -. Me gusta pensar que estoy viviendo la vida nómade que mi tío y también tocayo Manuel no pudo vivir por fallecer a su corta edad.

La «Trifuerza»

Es extraño que piense en él, porque la verdad no ha estado nunca demasiado presente en las historias familiares y porque hasta ahora nunca había sentido su presencia. Pero hacía falta que se activara la trifuerza (los Zelda lovers me entenderán) de los Manuel Pinto para reflexionar sobre estas conexiones. Es el primer gran efecto de Malta en mí.

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Escudo de los Pinto de Fonseca – las medias lunas representan las cinco victorias de la familia contra los otomanos

               Es probable que la familia Pinto etíope-israelita-sefardí, la familia Pinto holandesa, la familia Pinto maltesa y la familia Pinto peruana no tengan nada en común. Pero aún no he investigado lo suficiente como para negarlo. Así que prefiero vivir con esa interrogante – ignorancia le dicen – y soñar que algunos antepasados curiosos y amantes de las aventuras y el aprendizaje emprendieron una travesía que me toca a mí continuar. Parece que Malta, para un Manuel Pinto como yo, is the right place to be.