
Foto de Jamil Valle
Pocas experiencias en la vida son tan profundas y estremecedoras como el amor. El amor te impulsa a tomar decisiones que de otra forma son impensables, te abre puertas del destino que estaban ocultas a simple vista y te permite emocionarte con una amplia gama de sentimientos que, in fine, te recuerdan que estás vivo.
El amor es un motor incuestionable de la humanidad que, en su extrema pureza, está desposeído de posiciones políticas, es contrario a las convenciones sociales y es más efectivo en conversiones religiosas que la propia inquisición. El amor ciega, nubla, obnubila, engloba, acapara, y a la vez es un sublime elíxir de una fineza exquisita que emana de la esencia de la felicidad, aquella que te emborracha con un sorbo, que te deja extasiado por instantes infinitos en los que le encuentras sentido a la existencia.
Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su poema El enamorado se permite anular toda existencia ajena al amor y sugiere que no hay siquiera pasado que cuente:
El enamorado
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
Jorge Luis Borges
//
Como a todos, el amor también ha moldeado la historia de mi vida. Esto, sin lugar a dudas lo puedo escribir desde mi casita de pueblo maltesa, a donde llegué inspirado por los anhelos y proyectos de mi esposa Aimeé. Así pues, después de una historia de amor madura, de más de 7 años de entendernos y enredarnos, se concretó lo que le prometí desde el principio de nuestra relación: que ella podría elegir nuestro próximo destino en función a sus aspiraciones y a sus motivaciones personales.

Foto cortesía de mi madre, Jeannine Ferrand.
El amor es pues, sin duda, desinteresado y… ¡Qué bueno que así lo sea! Hay un sentido de la aventura mucho mayor en el gran riesgo de no tener la menor idea de cuáles van a ser tus próximos pasos, de cuándo los vas dar, así como una enorme satisfacción en contemplar cómo las individualidades también pueden florecer en una relación de pareja. Bueno, la verdad es que yo no creo en actos completamente desinteresados, puesto que éstos nacen de la consciencia inexorablemente individual del ser humano, sin embargo, aquí la recompensa personal radica en la felicidad del otro y si bien existen efímeros rastros de interés personal, el amor es quizás una de las fuerzas del universo humano más desposeídas de individualismo.
//
Cuando Aimeé y yo tenemos la oportunidad de contar nuestra historia y relatamos cómo llegamos aquí, muchos resaltan el enorme riesgo que tomamos y la muy difícil decisión de haber dejado nuestros trabajos, en los que ambos nos sentíamos completamente realizados y a los que nos entregábamos con dedicación y pasión; de habernos alejado de nuestras familias, de nuestros fantásticos amigos y de las considerables comodidades de las que gozábamos en nuestro país, el Perú. Después de todo ya no somos veinteañeros buscando un mejor futuro.
No obstante, para mí la decisión se dio muy naturalmente y sin demasiada dificultad, ya que tuve una gran escuela: la de mis padres.
Siempre recuerdo con gran exaltación el relato de mi padre contándome cómo se había enamorado perdidamente de mi madre quien había tenido que irse a vivir a Ibiza, España, para estar cerca a su hijo, mi hermano Sacha. Frente a esta situación mi padre, un joven músico y sonidista de cine, que no tenía grandes posesiones materiales, decidió vender su colchón y sus pocas pertenencias y partir a esa maravillosa isla mediterránea sin siquiera saber dónde vivía el amor de su vida. Hoy, varias décadas después de ese acontecimiento, aún siguen construyendo el viaje de su vida juntos.
Ese momento trascendental en la vida de mis padres fue mi inspiración para no dudar ni un segundo cuando estuve enfrentado a esta decisión. En realidad, ya la había tomado varios años antes, siete para ser exactos.
//
Yo que siempre he creído profundamente en la fuerza de la conciencia individual creadora, me asombro frente a la naturalidad con la que estoy tan dispuesto a darlo todo por el otro. Pero esa es la fuerza del amor, transformadora y genial, que te saca de tu mundo y te fuerza a ver más allá. Ya en otras ocasiones tuve que tomar decisiones similares: cuando opté por descartar importantes ofertas laborales en Haití o en Francia, por ejemplo, para así apostar por nuestra vida juntos, para realizar nuestros sueños como pareja y proyectarnos, el uno junto al otro, en este viaje maravilloso que es el amor.

Foto propia
Todas estas decisiones me han permitido conocer nuevas realidades que, de otra forma, no hubiese nunca siquiera imaginado.
Una de las más transformadoras experiencias se dio en octubre del 2015 cuando, por insistencia de mi esposa (¡me encanta su testarudez y su perseverancia!), reservamos con muchos meses de anticipación una mesa côté fenêtre en el Jules Verne, restaurante con estrella Michelin en el segundo piso de la Tour Eiffel a 125 metros de altura con una de las mejores vistas urbanas posibles en el mundo.
La cena coronaría el viaje más increíble que hemos hecho en nuestros siete años y medio de relación, en el que recorrimos por poco menos de un mes varias ciudades de Francia, Bélgica y Holanda.

Foto propia, 19-10-15
Desde el momento mismo que reservamos esa mesa, estuve seguro que sería allí donde le pediría a la mujer de mi vida que se case conmigo, que compartamos eternamente este viaje inconmensurable de sensaciones y desprendimientos y que, flotando sobre París, sellemos nuestra historia de amor por todo lo alto.
Me preparé muchos meses para ese día, pensando muy bien en las palabras que diría y cómo la sorprendería. Fue la única vez que le conté nuestra historia, una que ella siempre había querido escuchar de mí y yo, esquivo, le mencionaba que ya llegaría ese momento.
Sentados viendo el Sena y el Arco del Triunfo iluminados, durante 4 horas me elevé hacia aquel elíxir en su estado más puro sonriendo por cada una de las etapas que nos había llevado allí. Minutos antes de la media noche, porque el anillo lleva grabada la fecha del compromiso, le pedí nervioso e ilusionado, que compartamos el resto de nuestra vida lado a lado. Que juntos combatiríamos las mareas de la existencia, nos sumergiríamos en los trances de la realidad y de la mano recobraríamos el aliento cuando todo pareciese perdido. Que entre los dos nos potenciaríamos el alma y nos daríamos alas para recorrer el universo y volveríamos siempre a nuestro hogar a enseñarnos el uno al otro cuánto habíamos aprendido, agradeciendo eternamente sentir nuestras respiraciones acompasadas acompañando el inicio de los sueños.

Foto propia, París 19-10-15
De la torre, nuestra torre, bajamos embriagados por los vinos que acompañaron la cena, pero también embriagados de felicidad, de la vida, del futuro, de los sueños, del abrazo eterno de ese instante mágico.
//
Para disfrutar del viaje del amor tienes que estar dispuesto a entregarlo todo, a desgarrarte de cuando en cuando, a reescribir la historia, tú historia. Lo más fuerte de todo es que no depende sólo de ti. Depende de cómo se combinen los ritmos de la vida y de que ambos estén dispuestos a seguirlos, de que los dos se entreguen a esa danza.
//
Poco menos de un año después de ese fantástico episodio del libro de nuestras vida, sobrevino nuestra boda religiosa, en Santa Eulalia, mágico lugar de las montañas limeñas en el que se concentran las maravillosas vibras atemporales de nuestros seres más queridos.

Foto de Jamil Valle
Ese día quedé afónico por toda la felicidad que quería sacar de mis entrañas, esperando que el sonido de mi alegría resonara en el eco de esas áridas montañas por toda la eternidad.

Foto de Jamil Valle.
Nuestras familias y amigos venidos de todas las partes del mundo confluyeron en ese otro capítulo cumbre de nuestra vida y hasta hoy siento sus sazonados abrazos y puedo cerrar los ojos y reir con todos ellos y volver a bailar con ella, con Aimeé, nuestra canción, Spend a Lifetime de Jamiroquai.
//

El viaje del amor es uno lleno de sorpresas, de acontecimientos inesperados y para sacarle el máximo provecho hay que estar dispuesto a zambullirse de lleno en él. Como cuando en nuestra luna de miel navegamos a los Ta Cenc Cliffs, en la fantástica isla maltesa de Gozo y en un soleado día de octubre nadamos alucinados en las aguas turquesas y cristalinas del mediterráneo frente a la inmensidad de la naturaleza, sólo ella, el mar, los acantilados, el horizonte y yo. Fue el día más feliz de mi vida.
































































