Pertenencia

Yo, a los 19 años en Poitiers. Foto de mi madre, Jeannine Ferrand

Cuando tenía 19 años vivía en Poitiers, una pequeña y bellísima ciudad del centro-oeste de Francia, donde estudiaba ciencias políticas en el campus Ibero-americano de Sciences-Po. Recuerdo perfectamente mis clases de Questions Européennes – Problemáticas Europeas – en pleno proceso de adhesión de 10 nuevos Estados a la Unión Europea, el más grande de todos los que ha habido. Entre los nuevos miembros del club estaba Malta, país prácticamente desconocido para mí en ese entonces. ¿Podrían adaptarse estos nuevos adherentes a los códigos y reglas de los socios fundadores? ¿Podría mantenerse la “cohesión” del núcleo europeo con la llegada de los newcomers?

También rememoro aquellas noches en mi estudio de 25 mts2 de la Rue du 125ème Régiment d’Infanterie cuando me acostaba en el semi-colchón / semi-colchoneta que tenía por cama y me dejaba llevar por los escalofríos que sentía al darme cuenta que estaba cumpliendo mi sueño por doble partida: vivir en Francia y estudiar ciencias políticas. Pensaba en aquella osada decisión en mi examen de filosofía del Baccalauréat Littéraire cuando me preguntaron si el objetivo de la política era satisfacer el deseo de la mayoría y yo en vez de enfocarme en los regímenes políticos, el populismo y tantos otros deleites propios de la ciencia política, me lancé sobre la imposibilidad de satisfacer los deseos, porque cuando colmas uno, inmediatamente aparece otro en el horizonte, como los cerros de los Andes, que cuando crees haber llegado a la cima, siempre hay uno más alto y más desafiante frente a ti que te recuerda la pequeñez del ser humano en el universo.

Yo a los 19 años en París, explorando la noción de pertenencia. Foto de mi tío Carlos Ferrand

¡Qué desperdicio si la política fuese a enfocarse en los deseos incesantes y, además, personalísimos, de los seres humanos! ¡La política es para asegurarse que no existan necesidades básicas insatisfechas para nadie y luego para generar las condiciones que permitan que todos los seres humanos podamos ser libres et nous épanouir! (no existe traducción, puede ser algo entre desarrollar/descubrir/florecer/madurar, enfin alguna sutileza de esas propias de cada lengua).  Y esa rebeldía me dio el puntaje necesario para obtener la mención académica con la cual el Estado francés me becó durante todos mis estudios universitarios. Si no me la jugaba (esa expresión tampoco la puedo traducir al francés, así que a quien le caiga el guante…) no ganaba. Era el todo o nada. Y en eso pensaba en mi catre-colchoneta, en mi estudio de la Rue du 125 ème Régiment d’Infanterie. Los astros se habían alineado y yo tenía un agradecimiento profundo por la astronomía, por Francia, por mi abuelo que me enseñó a amar a ese gran país, cuna de las Luces y de la democracia occidental.

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Pasaporte de mi abuelo Charles-Henri Ferrand a sus 19 años

Cuando tenía 19 años, mi abuelo materno Charles-Henri Ferrand o Carlos Enrique Ferrand, vivía en Suiza, donde estudiaba química en la universidad de Lausana. Cuando yo era pequeño mi abuelo me contaba con fervor, siempre en francés, sus aventuras de estudiante, como para asegurarse que sus memorias, que estaban más vivas que nunca, jamás fuesen a desaparecer. Y hasta ahora no lo han hecho, porque yo recuerdo perfectamente sus historias, tanto como recuerdo mi incredulidad de que un país periférico como Malta pudiese incorporarse de manera apropiada al club de señorones y sentarse con ellos, como se debe, a tomar whisky y fumar habanos, sin decir demasiado, porque nunca se sabe cuándo se puede meter la pata, y escuchando, sobre todo escuchando, cómo se deben hacer las cosas. Qué bueno que los jóvenes tienen su buena dosis de rebeldía porque si Malta hubiese escuchado a su miembro fundador más cercano, que es Italia, pues quizás hoy no sería el país con el crecimiento económico más alto de la UE y con una de las menores tasas de desempleo.

Enfin. Mi abuelo me contaba de su novia suiza y de sus vacaciones en Niza, donde sus tías, que le ayudaban a completar su maravillosa colección de estampillas. En el invierno de 1938-1939 nevó bastante, lo cual en el sur de Francia no es tan común, y él se impresionaba en el trayecto en tren desde Suiza de cómo las praderas estaban cubiertas de blanco hasta perder la vista. Probablemente su cuerpo también se poseía de escalofríos de agradecimiento por vivir aquellos momentos claramente trascendentales en su vida, no lo sé, pero me gusta imaginarlo.

Promenade des Anglais, Niza 1929 (ya sé, no es el año que menciono en el blog, pero es lo más cercano que encontré e igual se hacen una idea ¿no?). Fuente: ARTAUD Reynauld https://www.flickr.com/photos/meteopassion/25055010781

Sin embargo, algo inesperado sucedió. Algo que interrumpió el alineamiento de los astros. Con la ocupación de Checoslovaquia por Hitler en marzo de 1939 y las consecuentes declaraciones de Francia y del Reino Unido de enfrentarse a Alemania si ésta invadía Polonia, las alarmas se encendieron en toda Europa. El preludio de la Segunda Guerra Mundial era tan revelador que pocos hubiesen apostado en otro sentido que el que la Historia nos cuenta. Mi abuelo no fue la excepción.

Convencido pacifista y aún en el timing correcto, aunque casi quedando fuera de su ventana de oportunidad, mi abuelo obtuvo un visado del consulado general del Perú en París el 23 de agosto de 1939, tan sólo una semana antes de la invasión de Hitler a Polonia y 10 días antes que Francia le declare la guerra a Alemania. Francés, de 19 años, hubiese sin duda sido convocado para empuñar las armas en defensa de la patria.

Al borde del estallido de la pesadilla que recubriría a Europa por los siguientes años, mi abuelo pudo embarcarse en la Rochelle con rumbo al continente americano, no sin antes trabajar en la construcción de los refuerzos de la ciudad que ya preveía los inminentes ataques de Deutschland & Friends.  

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Más de medio siglo después de este frenético episodio, ahora en el salón del piano de la casa de mis padres en Costa Rica, mi abuelo me contaba todo ahondando en los detalles, en francés – como siempre –, con una mirada perdida y una memoria privilegiada. De todo el episodio, lo que más le impresionaba era la nieve de aquel invierno, la cual contempló durante las varias horas de su viaje en tren desde Lausana hasta Niza. Quizás esa fue la última imagen que pudo ver con despreocupación en su querida Francia.

A pesar que yo también tuve que huir de mi país por culpa de una guerra cuando tenía 8 años, el hecho de haber estudiado en el colegio Franco-peruano y luego en el Franco-costarricense, ambos establecimientos de enseñanza a cargo del Ministerio de Educación de Francia, nunca sentí que hubiese del todo un desgarro en mi sentido de la pertenencia. Más aún teniendo en cuenta que este hilo conductor estuvo siempre reforzado con el barniz francófilo de mi abuelo materno.

Colegio Franco – Peruano.
https://lfrancope.edu.pe/web2/fr/

Por eso, cuando me vi confrontado con esa prueba de filosofía que muy probablemente definiría mis oportunidades de vivir y realizar mis estudios universitarios en Francia, no tuve la menor duda: me arriesgaría y el destino haría de las suyas. No me equivoqué.

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Los años que viví en Francia fueron intensos en aprendizaje hacia afuera y hacia adentro. Una de las lecciones más duras que extraje de esos días fue que yo no era francés. No era francés a pesar de haber tenido una educación francesa ininterrumpidamente desde el preescolar hasta la universidad, no era francés a pesar de defender de manera férrea los ideales de la República francesa, no era francés a pesar de haber crecido francófilo y cercano a su historia, sus valores y tradiciones, no era francés a pesar que mi madre se llama Jeannine Ferrand, un nombre esculpido para no olvidar los orígenes de la familia, no era francés a pesar que siempre me sentí siempre parte Francia. Y simplemente no era francés porque no tenía un documento de identidad que presentar frente a cada trámite. Porque las cosas están hechas así, por acá van los franceses y por acá los no-franceses. Así es en todos los países del mundo.

Hace poco la administración francesa le indicó a mi madre, por la vía judicial, que su nacionalidad francesa se había extinguido el 02 de junio de 1990, 50 años después de la expiración del último documento de pertenencia de su padre a la Francia que desertó para no caer en la locura genocida de la segunda guerra mundial. Establecerse en otro país por varias generaciones y no renovar sus vínculos administrativos por medio siglo es lo que la administración francesa considera como motivos suficientes para inferir que se ha cortado el sentimiento de pertenencia. Ya lo entendimos, no somos franceses. Ironías de la vida, la jueza que toma esta decisión lleva por nombre Solange Ferrand.

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El sentimiento de pertenencia es algo que define muchos aspectos de la vida. Es incluso un condicionante social. ¿Soy peruano? Claro que sí. Y creo que el Perú es un país maravilloso, en muchísimos sentidos. Nací en el Perú, de padres peruanos y he vivido una buena parte de mi vida allí. Innegablemente soy peruano ¿Soy francés? Pues también lo creo. Me eduqué con sus valores, crecí y me formé con su cultura, recito el alfabeto y pienso los números en francés y no puedo pasar demasiado tiempo alejado de sus ciudades y su maravillosa geografía.  

Seguro mi abuelo sintió también esa frustración cuando después de muchos años fue al consulado francés en Lima a inscribirse y a renovar su pasaporte y le pidieron tal cantidad de papeles que se dio media vuelta y se fue. Eso no le impidió, en su lecho de muerte, en Lima, llamar a un sacerdote francés para expresar sus últimas confesiones en la lengua de Molière.

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¿A qué lugar pertenezco pues? En realidad, a ninguno. La construcción de mi identidad está repleta de migraciones, de valores, de aperturas. El 16 de enero de 2019, fecha en la que me embarqué junto con mi familia, a esta nueva aventura maltesa, recibí el correo de liberación final de mi abogado en Francia: la segunda instancia judicial había negado nuestra solicitud de reconsideración del dictamen de Maître Ferrand. Ya era oficial, desde entonces puedo reconstruir mi identidad y mi pertenencia en base a mis experiencias y no a mis documentos. ¡Qué alivio! What I really hate the most is unfinished business.

Manuel Pinto

Manuel Pinto fue el hermano mayor de mi padre, Ernesto. Mi tío falleció aun siendo un niño, me parece que a los ocho años de edad, producto de una meningitis. De él nunca supe mucho. Sólo que nació y murió en el Perú. Dudo mucho que mi tío Manuel, a su corta edad, haya tenido la oportunidad de conocer otros horizontes, como sí lo hizo, y con gran pasión, mi padre.

               Tampoco tengo demasiada información de la historia de la familia de mi padre y eso no es del todo malo, porque a mí que me encanta la genealogía, me permite divagar un poco en una historia hecha de migraciones que, definitivamente, deben de haber estado plagadas de aventuras, riesgos y sueños y cuyas enseñanzas han sido transmitidas a través de esa consciencia inmaterial que atraviesa el tiempo y el espacio.

Huis de Pinto – Ámsterdam
http://www.huisdepinto.nl/

               Mi historia favorita es aquella que se remonta a la época de los esclavos israelitas en Egipto, donde se encontraron con los etíopes y de cuya confluencia surgiría una rama judía-sefardí de los Pinto que luego se estableció en Portugal. Los negocios de los Pinto sefardíes florecieron en la península Ibérica hasta que la intolerancia religiosa los llevó a instalarse en la próspera Flandes del siglo XVII y posteriormente en Holanda. Allí el hijo pródigo de la familia, Isaac Pinto, llegó a ser el asesor financiero del príncipe Guillermo IV de Holanda y administrador principal de las gigantescas compañías de las Indias Orientales y Occidentales; incluso se opuso en diálogo directo a Voltaire acusándolo de antisemita.  Un testimonio actual de este recorrido puede ser visto en las calles de Ámsterdam, donde la Huis De Pinto (Casa de Pinto) funciona hoy como un efervescente centro cultural que aconsejo incluir en su recorrido a cualquier visitante de esa fantástica ciudad.

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               Manuel Pinto nació en Portugal en 1681 y fue el sexagésimo séptimo Gran Maestre de la Orden de San Juan, orden que gobernó la isla de Malta desde 1530 hasta 1789, cuando fue ocupada por la Francia napoleónica. El gobierno de Manuel Pinto de la isla de Malta fue largo, desde el 18 de enero de 1741 hasta el 23 de enero de 1773, cuando murió en La Valeta a los 91 años de edad, sin duda tras una vida excepcionalmente longeva para la época y habiendo marcado por varias generaciones a los habitantes de las islas maltesas.

Manuel Pinto da Fonseca.
http://theknightsofmalta.com/

               De él hay muchísima información disponible para descubrir en los libros de historia, así como para evidenciar en las calles de la Valeta y otras ciudades de Malta. Fue alguien particularmente liberal para su época, que promovió profundos cambios al estilo de vida local. Introdujo el arte barroco que hoy se aprecia en muchos rincones de la isla y construyó l’Auberge de Castille, edificio emblemático de la capital maltesa que hoy funge como despacho del Primer Ministro. También desarrolló la idea de añadir comercios minoristas en los almacenes del puerto, convirtiendo a La Valeta en una plaza aún más atractiva para el comercio en el mediterráneo. Hoy el Waterfront Pinto es una zona de esparcimiento muy viva cercana al muelle de cruceros. También apadrinó al entonces pueblo de Qormi y lo elevó a estatus de ciudad otorgándole su escudo de armas, por lo que hoy es conocida como “Città Pinto”.  Sin embargo, quizás su mejor legado es la fundación de la Universidad de Malta en 1769, hacia el final de su vida.  

Waterfront Pinto – La Valeta
Foto de Wikimedia Commons

               Si alguien crease hoy la ruta “Manuel Pinto” para visitar La Valeta, e incluso otras ciudades de Malta, probablemente conseguiría captar el apogeo de la administración de la Orden de San Juan y recorrer muchos puntos de interés de este país cargado de historia.  

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Manuel Pinto soy yo. Es un poco una trampa, puesto que Manuel es mi segundo nombre, en honor a mi tío que nunca conocí y la verdad es que absolutamente nadie me llama así. Pero es mi nombre y sinceramente es un nombre que se porta con facilidad en Malta, donde inmediatamente te asocian con ese ilustre gobernante de gran influencia y, claro, también está el detalle que la pronunciación castellana de “Joaquín” – con la “J” marcada – parece demasiado compleja y exótica para el habla local – y eso que el maltés es un idioma bastante retador –.

Atardecer en Għar Ħanex //Torri Tal-Ħamrija (Qrendi, Malta)
Créditos de la foto: mi esposa Aimeé 🙂

Para mi gran sorpresa, llegué a vivir a esta isla un 18 de enero, exactamente 278 años después que iniciara el gobierno de mi tocayo y tátara tátara «tío abuelo» Manuel. Este es el quinto país en el que voy a vivir en mis 34 años de edad y es la décimo quinta vez que me mudo – casi a un ritmo de promedio de 2 años por casa -. Me gusta pensar que estoy viviendo la vida nómade que mi tío y también tocayo Manuel no pudo vivir por fallecer a su corta edad.

La «Trifuerza»

Es extraño que piense en él, porque la verdad no ha estado nunca demasiado presente en las historias familiares y porque hasta ahora nunca había sentido su presencia. Pero hacía falta que se activara la trifuerza (los Zelda lovers me entenderán) de los Manuel Pinto para reflexionar sobre estas conexiones. Es el primer gran efecto de Malta en mí.

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Escudo de los Pinto de Fonseca – las medias lunas representan las cinco victorias de la familia contra los otomanos

               Es probable que la familia Pinto etíope-israelita-sefardí, la familia Pinto holandesa, la familia Pinto maltesa y la familia Pinto peruana no tengan nada en común. Pero aún no he investigado lo suficiente como para negarlo. Así que prefiero vivir con esa interrogante – ignorancia le dicen – y soñar que algunos antepasados curiosos y amantes de las aventuras y el aprendizaje emprendieron una travesía que me toca a mí continuar. Parece que Malta, para un Manuel Pinto como yo, is the right place to be.