El Lago de la Vida

Escrito en Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022.

Llevo un tiempo preparándome para mis 40 años. Aunque aún me faltan un par, siempre he sido un tipo organizado.

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Los inicios

Recuerdo perfectamente cuando tenía 15 años y esperaba el año 2000. ¡Un gran hito! Recibiría el nuevo milenio con 16 años y me preguntaba cómo sería mi vida de adulto, cuando cumpliría 20. ¡Otro hito de aquellos! Me gustaba tener esa dosis de incertidumbre, pero, a la vez, mi mente iba trazando caminos e hipótesis y mi espíritu se preparaba con una entrega bastante voraz.

A los 15 años yo quería ser escritor y para poder vivir dignamente, planeaba convertirme en diplomático. Era la única fórmula realista para lograr la conjugación anhelada escritura-viajes-seguridad. Así es que empecé por lo que podía hacer a esa edad y publiqué un libro, que me encantó escribir.

Pasaba mis días de colegio muy metido en las clases de letras francesas, filosofía e historia-geografía, mis materias preferidas. Mis tardes eran bastante ocupadas, porque desde los 5 años tuve un mega combo extracurricular de piano, natación e inglés, que hasta el día de hoy agradezco. Los viernes, eso sí, estaban dedicados a mis amigos.

Mi exploración por las artes siempre fue intensa, particularmente en el mundo de la música. A los 15 incursioné en la percusión con unos amigos que se juntaban en mi casa en la que había cajones peruanos, djembés y un piano, de los buenos. Mis amigos traían las guitarras, la melódica y el darbuka. A los 16 ingresé al coro de la universidad de Costa Rica, en piano.

Muchos fines de semana nos íbamos a la playa o a la finca en Copey con mis padres y aún así sacaba tiempo para escribir. Entre los 14 y los 16 años habré escrito unos 50 cuentos, al menos, muy inspirado en mis lecturas del romanticismo y naturalismo francés y en el realismo mágico latinoamericano.

Copey de Dota. Fuente: https://farm9.staticflickr.com/8264/8650831791_b83712476d_o.jpg

En esas épocas también trabajaba en el restaurante de mis padres, como cajero, y en cada segundo libre que tenía, abría mis libros de García Márquez y me perdía de manera infinita en esas historias fascinantes que encontraba fáciles de leer. Cuando terminé mi repertorio pasé a Vargas Llosa y luego a Borges. La pasión por la escritura rivalizaba solo con el amor incomensurable que tenía por la novela como género literario. Pensaba que mi vida la dedicaría a escribir una gran novela, algo así como “En Busca del Tiempo Perdido” de Proust y que los cuentos eran un entrenamiento necesario para ese gran fin.

La novela que más influyó en mi vida adolescente fue “La Fiesta del Chivo” de Vargas Llosa. Me la regalaron mis padres antes de un maravilloso viaje de intercambio a Francia y en el vuelo de Houston a Amsterdam prácticamente no pude despegar mis ojos de las páginas que veía, con algo de desesperación, cómo se iban acabando más rápido de lo previsto. Desde entonces, la novela histórica se convirtió en mi género preferido y me abrió el camino a las ciencias políticas.

La Fiesta del Chivo, el libro que marcó mi adolescencia

Cuando llegó el año 2000, mi hermano había alquilado una casa de playa en Costa Rica junto con su novia de aquel momento y unos días antes del Y2K, me llevó a surfear. Ese día cayó una gran tormenta con rayos y truenos mientras estábamos en el agua y yo me asusté. A él le encantan esas vainas, pero en eso somos opuestos. Frente a mi insolente insistencia, aceptó salir del agua. Mientras caminábamos de regreso a la casa (unos cuantos minutos) la lluvia arreciaba cada vez con mayor ferocidad. Le dije: “hermano, me voy a caer, no veo nada”, para aclarar soy un miope de alta categoría y había dejado mis lentes en casa, con lo que, entre la lluvia y mi ceguera, no atinaba a dar dos pasos coherentes. Muy enojado porque se le había frustrado la clase de surf a su hermanito menor, me dijo en su marcado acento español “no seas mala leche”. Tres pasos más adelante me caí en una zanja y me torcí el pie derecho. Pasé el año nuevo y el resto del verano enyesado, embutiéndome libro tras libro, dándome cuenta de que ni se habían reseteado todas las computadoras del mundo, ni un yeso iba a joderme el primer verano del milenio.

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Los catalizadores

En el penúltimo año de colegio nos visitó un representante de la Embajada de Francia para preguntarnos qué queríamos estudiar y a convencernos que Francia sería un excelente destino para cualquier carrera que elijamos.

Lamentablemente, le cambié un poco los planes al susodicho, cuando le dije que quería estudiar relaciones internacionales. Desde hacía un tiempo ya venía investigando y había encontrado una beca en la UNAM de México. Se lo había comentado al representante del Centro Cultural de México en Costa Rica, que era un asiduo comensal del restaurante de mis padres y en cuyo establecimiento finalmente terminé presentando mi libro de cuentos. Entre un vodka y otro me había asegurado de que una beca sería fácil de obtener para mí.

El funcionario francés inmediatamente adoptó una actitud seria y arrogante y me dijo algo que nunca olvidaré: “La carrera de relaciones internacionales no existe en Francia. Para poder hacer una especialización en relaciones internacionales debes estudiar ciencias políticas y eso se hace en los Institutos de Estudios Políticos que tienen procesos de acceso demasiado difíciles. ¿No te interesaría hacer una clase preparatoria de letras o de filosofía?”.

Inmediatamente me lo tomé personal. Soy algo competitivo, digamos.

Como el programa de estudios en el colegio francés ofrecía una beca de excelencia académica, me dije que no iba a desperdiciar esa oportunidad y hablé con mi primer mentor de la vida, Michel Marchive, mi profesor de filosofía, quien me aseguró que yo sí iba a poder ingresar a la carrera de ciencias políticas en Francia y me ayudó desde ese momento a prepararme para los exámenes de ingreso. Considero que fue un gran mentor, porque realmente a él le hubiese gustado que yo haga lo que recomendó el funcionario, es decir una clase preparatoria de filosofía, pero entendía claramente que cada uno define sus propios caminos.

Los siguientes dos años me los pasé esforzándome mucho para combinar mi pasión con la música, la lectura, la escritura, la necesidad de obtener excelentes notas para poder aplicar a la beca, mi intensa vida social, viajes, actividades extracurriculares y el trabajo, porque siempre trabajé en el restaurante de mis padres, sin morir en el intento.  

Jardin de Sciences-Po, París (fuente foto: Sciences-Po)

Los exámanes del baccalauréat francés estaban repartidos entre el penúltimo y el último año del colegio y las notas que obtuve en la primera tanda fueron realmente motivadoras, con lo que me tomé muy en serio el objetivo de ganar la beca, darle la contraria al funcionario francés que hacía muy mal su trabajo y poder financiar mi vida como escritor una vez que terminase mi carrera de ciencias políticas y la subsecuente añadidura, la famosa maestría de relaciones internacionales, que finalmente sería la que me permitiría postular a la Academia Diplomática del Perú.

El día que me enteré que había ingresado a Sciences-Po, el Instituto de Estudios Políticos de París, y que me iba completamente becado, gracias al gobierno francés, no pude sino sonreirle a mi abuelo, quien en el fondo fue quien movió los hilos del destino para que los caminos sean tan evidentes que no hubiese forma de haber tomado otros. Él había fallecido poco antes. Claro, el guiño de bonus track ya saben para quién iba.

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La validación

Durante los dos primeros años de mi carrera, mi objetivo de vida seguía firme. Cumplí mis 20 años siguiendo la determinación trazada en mis 15. Me fui de intercambio a Buenos Aires a estudiar derecho internacional y otras materias relacionadas con lo que quería conseguir. También me dediqué a escribir asuntos un poco más profundos.

Por esas épocas inicié a redactar mi diario personal, el cual hasta el día de hoy mantengo, y también exploré el surrealismo, de la mano de poetas que marcaron mi juventud como Louis Aragon, Jules Supervielle y sobre todo, los relatos de viaje de Henri Michaux, mi gran referente.

Henri Michaux: Oeuvres récentes

También pensaba en el hilo narrativo de mi novela, que empecé a escribir en varias ocasiones, siempre insatisfecho de sus inicios. Tenía algunos temas claros: viajes, inter-temporalidad, momentos históricos de gran importancia para mí, Francia, Italia, Perú, quizás algún otro espacio geográfico, ciertos personajes. Sabía que me tomaría bastante tiempo. La diplomacia me traería la seguridad necesaria para hacerlo correctamente. Todo bien. Podía respirar y seguir viajando para aprender e inspirarme.

Por esas épocas, a quien me preguntaba por mi futuro, le respondía con certeza: escritura y diplomacia. Quizás alguna columna en un diario cultural y viajes, muchos viajes.

Así, cuando iba terminando mi pregrado y tenía que elegir una maestría, rápidamente apunté a por lo que había ido: relaciones internacionales.

Sin embargo, dos episodios bastante crudos cambiaron, de a pocos, ese camino trazado que venía construyendo por varios años.

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Primer episodio

Durante mi maestría tomé un curso que me abrió la mente de maneras insospechadas: antropología de la guerra, dicatada por el gran historiador francés Stéphane Audoin-Rouzeau. El objetivo del curso era mostrar un punto de vista no-histórico de cómo las personas viven las guerras, entrando en detalles como los tipos de armas utilizados, las formaciones de los soldados, la medicina disponible, las movilizaciones, la vida en la retarguardia y otros temas que no se revisan normalmente desde la perspectiva “histórica”.

El fondo y la forma del curso me cautivaron desde el primer día y tuve un despertar muy profundo de un asunto que no había nunca logrado combatir directamente: la guerra que viví cuando era niño. El momento cumbre de ese triste episodio fue el atentado terrorista de Tarata, ya que yo me encontraba en la calle con mi hermano a pocos metros de los doscientos cincuenta kilos de explosivos que estallaron esa noche de julio de 1992, cuando yo tenía 7 años. Viví la zozobra de los perros degollados, de un tiroteo frente a la casa de mis tíos en Barranco, cuando tuve que tirarme abajo del asiento del carro, de enterarme que los terroristas habían entrado a las casas de la familia en Santa Eulalia, en el campo de Lima – mi sitio seguro – , y habían amenazado a Roberto, nuestro cuidador, y a su familia, así como todas las demás situaciones propias de quienes vivimos en Lima en los años más difíciles de la historia contemporánea del Perú.

Mis años en París: musée Rodin, 2008

En la segunda clase me acerqué al profesor y le conté sobre mi experiencia y le dije que me interesaba escribir mi trabajo final al respecto. Fue la primera vez que enfrenté intelectualmente el episodio más duro de mi infancia y, claramente, uno de los más difíciles de mi vida.

Durante los tres meses que duró la clase investigué, hice un trabajo de memoria exhaustivo, recordé mis pesadillas constantes, mis apariciones de fantasmas y espíritus, mis horas de terapia, mis comportamientos retraidos en clase al llegar a Costa Rica, mis miedos irracionales y descubrí que la herida estaba aún bien abierta.

En ese momento creí haber entendido por qué terminé estudiando ciencias políticas cuando lo que yo quería era ser escritor. No fue una casualidad de la vida. Era un camino que tenía que tomar.

Poco a poco me empecé a interesar un poco más por mi país natal, el Perú, que había dejado a los 8 años y al que solo había regresado de vacaciones. Empecé a revisar y entender qué había pasado para que lleguemos como sociedad a esos niveles tan absurdos de violencia y de terror y creí entender que mi propósito se dibujaba con otras letras, no con las de la vida elegante y tranquila de un diplomático escribiendo novelas al borde de algún lago italiano, sino quizás que me tocaría caminar un poco por las entrañas de los Andes, donde nació toda esta locura, para al menos entender mejor y, ojalá, contribuir en algo a subsanar la irracionalidad prevaleciente.

De todas formas, iba a hacer falta algo más que un muy buen curso para cambiar el rumbo de años de preparación y dedicación para conseguir un objetivo.

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Segundo episodio

El segundo episodio, bastante menos profundo, pero igualmente drástico, ocurrió cuando faltaba un año para terminar mi maestría y me puse a revisar, por enésima vez, los requisitos para ingresar a la Academia Diplomática del Perú.

Haciendo una revisión minuciosa, me entero que la Academia no tenía acuerdo con Sciences-Po, a pesar de ser el centro de educación francés especializado para las relaciones internacionales. Por esas épocas el Perú no tenía convenio de reconocimiento académico con Francia, por lo que cada título tenía sus propias condiciones de revalidación. En el caso de mi maestría en relaciones internacionales, obtenida en la escuela más prestigiosa de Francia en la materia, me tocaba llevar varios cursos en la Universidad Católica del Perú, que tenía convenio con Sciences-Po, lo que me tomaría mínimo un ciclo universitario para obtener nada más y nada menos que una convalidación de licenciatura, es decir un grado inferior al que había obtenido.

Torre Tagle: sede de la Cancillería del Perú, en el centro de Lima. Foto fuente: Wikipedia.

La noticia me cayó realmente como un balde de agua fría, al punto que hice lo imposible por mover mar, cielo y tierra para que la Academia Diplomática del Perú firmase un convenio de reconocimiento con Sciences-Po, lo cual al final, gracias a esa gestión, ¡terminó sucediendo! Aunque el acuerdo no iba a estar listo para la fecha de ingreso a la que había apuntado.

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La yapa

Todo terminó de recomponerse cuando hice mi pasantía de maestría. Ávido por lo que había removido en mí el curso de antropología de la guerra, apunté con todas mis ganas a un retorno al Perú, para vivir algunos meses internado en los Andes peruanos, lo cual conseguí. Me fui a Orcopampa, en la sierra arequipeña, a implementar una metodología de medición de retorno de proyectos sociales de la mano con Buenaventura, una gran empresa minera peruana.

Este primer paso por los Andes peruanos terminó de marcar mi visión. Ciertas cosas se habían removido dentro mío y los caminos trazados con tanta dedicación y anticipación ya no se veían tan certeros. Tenía que sanar internamente, tenía que entender, había mucho más allí que la vida soñada, tantas veces, del escritor diplomático.

Mis años en los pueblos mineros del Perú

Cuando terminé mi maestría cayó repentinamente la crisis financiera de 2008 y el panorama de empleabilidad en Europa se tornó realmente sombrío. Ya venía discutiendo con la empresa en Perú un posible retorno con algunos amigos de la universidad para implementar un proyecto de acceso a agua y al ver las determinaciones entusiastas de los demás, decidí lanzarme.

Recuerdo con total claridad las últimas semanas que pasé en París, pues me dolía muchísimo tener que dejar la ciudad más importante de mi vida. Algo tenía que pasar para que todos estos sacrificios tengan sentido.

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El propósito esquivo

El proyecto de agua se frustró por la crisis y durante un par de años estuve trabajando en un tema muy complejo: trata de personas y tráfico ilícito de migrantes, lo cual me mantenía constantemente estresado, sintiéndome frustrado por la putrefacción a la que pueden llegar los seres humanos, cuando de repente, en el momento menos pensado, la vida me dio un gran revolcón.

Empecé a trabajar para la empresa minera en la que había hecho mi pasantía de maestría un par de años atrás y uno de los proyectos que me asignaron fue Trapiche, en el corazón de Apurímac, una de las regiones tradicionalmente más pobres del Perú y cuna del senderismo.

El pueblo en el que viví por un par de años, Juan Espinoza Medrano, sufrió viciosos ataques tanto por parte de los senderistas como del ejército y, en la ladera del frente, en Calcauso, se erigió un centro de adoctrinamiento senderista.

Después de tantas vueltas y de haber planeado con tanta dedicación alejarme lo más posible de esta locura, la vida me dijo, “no hijito, así de fácil no es, ven para acá y enfrenta tus demonios”.

Por un momento tuve la mesiánica impresión que mi propósito estaba vinculado con remangarme, entrar de lleno en la vorágine y “cambiar las cosas” en mi país natal. Me costó un par de años más darme cuenta de que eso no era así para nada.

A pesar de haber trabajado en un sinnúmero de proyectos de gran envergadura y de estar seguro de que tuve una contribución, a mi escala, claro, en el desarrollo de mi país, poco a poco me di cuenta que la identificación que yo tengo con el Perú dista muchísimo de la que tienen todas las personas que conocí en los distintos pueblos de los Andes donde viví. Nadie tiene razón. Son solo distintas. Demasiado.

Iglesia de Calcauso, Apurímac, pueblo donde hubo un centro de adoctrinamiento senderista.

Yo, que creo firmemente en los derechos humanos, en la protección de las minorías, en las libertades individuales, en la igualdad de género, en la libertad económica y empresarial, me di cuenta de que cada uno de mis valores más profundos estaba a las antípodas de lo que creían las comunidades andinas. ¿Quién soy yo para cambiarlos? ¿Cómo me puedo atraver a tener alguna superioridad moral? Además, ¿con qué derecho?

Cuando regresé a Lima, me encontré con una ciudad totalmente violenta, en prácticamente todos sus aspectos, en la que, además, las personas adoptan posiciones políticas vehementes, sin darse cuenta de que detrás de esos kilométros cuadrados de desierto que albergan a un tercio de la población nacional, existe un inmenso país al que no entienden y viceversa. Me sentí constantemente expulsado de esa sociedad, solo refugiado en los grandes amigos que tengo, en la parte de mi maravillosa familia que aún vive en el Perú y en mi lugar-refugio, Santa Eulalia, que alguna vez fue usurpado por las huestes terroristas.

Soñaba con escapar, con vivir mejor, con poder construir una familia en un ambiente sano, como lo hicieron mis padres conmigo cuando nos fuimos a Costa Rica, como lo hicieron los padres de mi abuelo cuando lo sacaron de Europa en la segunda guerra mundial. Así es que en el momento en que mi exesposa me dijo “me quiero ir a estudiar un MBA a Malta”, inmediatamente me dije que yo la acompañaría, que mi propósito estaba en fundar una familia y que era exactamente esa la señal que estaba esperando.

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El propósito se construye

Otro fallo, pues. Me divorcié. Me ha costado mucho reponerme de esto, porque durante un tiempo estuve errando sin real propósito, sin reflexionar realmente, sin darme el espacio ni las condiciones para construirlo, sin siquiera pensar que era necesario.

En Malta me volví empresario, algo que claramente tengo en mi sangre, ya que mis padres y mi abuelo fueron empresarios, pero que en mis tres décadas y pico de vida no había considerado seriamente, a pesar de haber llegado a la isla con dos empresas encima vivitas y coleando. Pero no fue hasta fundar mi tercera empresa que las cavilaciones empezaron a asentarse y a cobrar sentido.

En febrero del 2020, me visitó un amigo, que había sido el gerente general de la empresa para la cual yo trabajaba, y que posteriormente decidió invertir en el emprendimiento que estábamos sacando adelante en Malta e incluso hasta involucrarse directamente. Estaba yo conduciendo, de camino al ferry a Gozo, cuando me preguntó: “Bueno Joaquín, y ¿qué viene luego?”. La pregunta me dejó atónito. Estaba iniciando un tercer emprendimiento y ¡¿me están preguntando qué hay más allá?! Calma, muchacho, calma. Pero se complementó con el cuestionamiento-sentencia “¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu propósito?”.

Construyendo propósito desde el emprendedurismo

Las palabras fluyeron mágicamente por mi espíritu. Parecía que se habían estado cuajando durante todo este tiempo. Me quedé pensando en eso durante las noches siguientes.

Mientras intentaba encontrar algo rimbombante, que resonara con lo que los tiempos exigen, ya que veo que las tendencias inspiran a muchos a encontrar propósitos, me di cuenta de que finalmente tenía que ver lo real, por más pequeño e individual que eso fuese. Finalmente, por algo soy liberal ¿no?

Me puse a pensar en qué es lo que me hacía feliz, que podía aportar valor a la sociedad, al menos a quienes me rodean, y lo descubrí de manera muy evidente. A mí me encanta conectar gente. Me fascina conocer nuevas personas, interesarme en ellas, mantener el contacto y, luego, cuando hay oportunidades de intercambio que generen valor, atar cabos. Si pudiese vivir de eso, me dije, estaría alineando mi pasión, con mi contribución… con mi… ¿propósito? Algunas respuestas existenciales empezaban a surgir.

¿Qué puedo aportar que sea real, que se pueda sentir? Me preguntaba. Hasta que llegué a uno de los episodios más increíbles que he tenido en mi vida: sentirme verdaderamente agradecido por lo que el universo me ha dado. Este sentimiento está ejemplificado en un momento muy particular de mi juventud, cuando tenía 18 años: en una de mis primeras noches en Poitiers, después de haber ingresado a Sciences-Po, me puse a mirar el techo de mi habitación, preguntándome qué había tenido que pasar de maravilloso para que yo pueda encontrarme en esa situación. De pronto, se me vinieron encima todos los esfuerzos, los cruces del destino, los mentores y las estrellas que tuve en mi trayectoria y me puse a temblar, con un escalofrío que recorría cada centímetro de mi cuerpo. Solo atiné a decirle gracias al universo y así pasaron varios minutos hasta que me recompuse. Es quizás el sentimiento más profundo y maravilloso que he experimentado jamás.

Al recordar este episodio, me dije con claridad: quiero que todas las personas puedan sentirse así. Por más que yo me haya esforzado y crea en la meritocracia, soy muy consciente que tuve muchísimos apoyos y guías externos. Mis padres, para empezar, siempre me dieron todas las herramientas empezando por las miles de horas extra curriculares que en algún momento me parecieron excesivas, pero sobre todo, el amor y la seguridad necesarias para desenvolverme en un ambiente de paz. También me otorgaron una real confianza para que tome mis propias decisiones y me equivoque en todo lo que tenía que equivocarme. Mi abuelo, que influyó en mi admiración por Francia y me transmitió su sabiduría con amor y paciencia. Mis maestros y mis mentores que siempre creyeron en mí y me ayudaron a encontrar los caminos adecuados y me dieron la orientación necesaria para entender la envergadura de las oportunidades que se abrían a mí.

Así es que esa es la contribución que puedo ofrecer a la sociedad, que sé que me llenará plenamente, así como tendrá, lo espero sinceramente, ciertos impactos importantes en la vida de los demás.

Este es un propósito que no está relacionado con un país, ni siquiera con un lugar, es algo que puedo realizar donde quiera que esté. A estas alturas no tengo una identidad-nacionalista, más allá de algunas preferencias primitivas como el apoyo a ciertas selecciones nacionales de deportes, a los productos que he tenido la costumbre de consumir, o los acentos que naturalmente adopto en función de mi audiencia.

Ahora me queda claro que para poder llegar a entender este propósito y vivirlo plenamente, tenía que superar ciertas etapas, como reconciliarme con mis traumas de infancia, entender dónde no me siento bien y por qué, y darme el espacio para reflexionar seriamente sobre la vida.

Estoy en esa senda exploratoria, pronto me iré a un breve retiro espiritual para ver si ese es el camino que me permitirá seguir fortaleciendo mi propósito y entender qué otros aspectos personales debo seguir trabajando.

¿Hubiese podido lograr llegar a este propósito siendo diplomático y escritor? No tengo ni la menor idea. Pero me encanta ser empresario. Me siento absolutamente satisfecho pudiendo crear empleo y aportando valor para la sociedad. Creo entender que desde esta posición tengo mucho más rango de acción para lograr impactos más amplios y profundos ya que, para empezar, Boom, la nueva empresa que fundé con mi gran amigo Juan, se dedica exactamente a eso, a contribuir con el crecimiento personal y profesional de las personas.

Vivir con un propósito real, no impuesto por las condiciones ni las circunstancias, es una luz en un mundo lleno de tinieblas, de sinsabores y de tropiezos. Es una fuente constante de energía a la que uno siempre puede volver, en soledad, para repotenciarse y encontrar cordura y paz interior.

Llegar a la mitad de mi vida, ese hito de la cuarta década, con un propósito bastante orientado, al que le falta ser pulido y engalanado, es quizás mucho más de lo que jamás hubiese soñado tener a esta edad, simplemente porque no conocía el secreto de tener este poder.

Quiero estar en paz conmigo mismo y sé que todo lo demás que tenga que suceder, sucederá, tranquila y ampliamente.

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Cierre

Nesso, Lago di Como, 1ero de julio de 2022

Durante toda la semana y hasta la noche de ayer, la previsión meteorológica para el día de hoy, indicaba “chubascos con tormentas eléctricas”. Sin embargo, al abrir los ojos y ver nada más que un glorioso y perfecto día soleado, decidí tomar el barco y venir a Nesso. Ahora estoy en las escalinatas del lago, mirando el puente, escribiendo estas líneas mientras veo a los chiquillos de 15 años lanzarse a las aguas sin mayor preocupación que vivir plenamente su verano. Les espera un fabuloso trecho por delante.

Aquí estoy, contemplando el magnífico horizonte, lleno de verde, de pájaros revoloteando y cantando, observando las embarcaciones de todo tamaño que van y vienen, deslizándose elegantes y despreocupadas por las tranquilas y maravillosas aguas del lago, con el propósito de permitir que todos sus pasajeros lleguen bien a su destino.

Me doy cuenta, así, que yo también aspiro a ser una embarcación de esas en el lago de la vida.

El místico dedo cortado

Cada vez que me va a pasar algo muy bueno en un viaje, me corto – levemente – algún dedo. No recuerdo cuándo fue la primera vez que me corté, pero sí recuerdo la primera vez que me dije: “ya van varias veces que me corto un dedo antes de un viaje”.

Desde esa vez empecé a tener consciencia del temita del dedo. Como no siempre ocurría, me tomó un tiempo pensar que realmente habría algo detrás. Envuelto en mi materialismo aterrizado y liberal, me decía “bah, ¡coincidencias!”. Sí, eso mismo me decía, porque yo hablo así, como en cómics de varias décadas atrás; y, seguía adelante con mis trascendentales quehaceres.

Los albores del tajo

En algún momento le agarré un miedo tremendo a viajar en avión. Seguramente porque, habiendo viajado tanto, tenía más chances de pasarla mal alguna vez y, claro, fueron unas cuantas veces en realidad. Por ejemplo, recuerdo cuando el ala de mi avión se prendió fuego despegando de Ámsterdam, volando hacia Houston. Viajaba solo y tenía 16 años. En esas épocas, los asientos tenían un teléfono que se podía utilizar pasando una tarjeta de crédito. Yo, evidentemente, llamé a mi mamá a decirle “mamá, ¡se quema el avión!” y, claro, ante esa súper jugada bien atinada de mi parte, por el otro lado solo me llegaba una respuesta aún más surrealista y tanto más atinada: “¡Salta, salta!”. Todo esto es verídico, queridos lectores, y claramente, ese tipo de episodios marcan. Si a eso le sumamos aviones a los que no les bajaba el tren de aterrizaje o aparatos que no pueden levantar vuelo una vez despegan y unas cuantas tormentas apocalípticas, condimentadas con vuelos en avioneta a las improvisadas pistas de aterrizaje de los Andes peruanos sobre los 4,000 msnm, pues tenemos de qué constituir el expediente.

Avioneta para subir a los Andes

Fue en esas épocas en las que soportaba con gran estremecimiento una turbulencia mediana y en las que viajaba al menos un par de veces al mes en avión, cuando no unas cuantas más, que me percaté de un dedo cortado adicional un par de días antes de un viaje. ¡No puede ser! – dije con decaimiento – ¡soy una torpeza andante!, – qué personaje… –. Pero, claramente, la cosa no iba a parar allí. Como normalmente tengo tan poco que hacer, decidí sentarme un momento a reflexionar (claro, el blog se llama “viajes y reflexiones”, entonces no puedo escribir una entrada sin ambos ingredientes).  

Estaba reflexionando sobre el elemento disruptor del dedo cortado y mi imaginación solo llegaba a la epidermis. ¡Qué joda tener que cargar maletas con un dedo cortado! Definitivamente en los viajes se usan más los dedos que en la vida sedentaria y de reuniones que llevo hace años. Ya iba a terminar una sentada más pose “Rodin”, que ni siquiera llegaría a poblar la parte “anécdotas intrascendentes archivo comprimido VF.5.3” que se reproduce – junto con varios otros archivos un pelín más definitorios – en el momento en que nos ponemos a ver la vida desfilando por delante -, cuando lo entendí.

Recordé que la última vez que me había cortado el dedo, mi viaje había sido particularmente exitoso y positivo, en varios frentes, pero principalmente en el aspecto personal. No estaba seguro de si, visto hacia atrás, constituía un patrón, pero me propuse verlo hacia adelante. Esta vez viajaba con el dedo cortado y tendría que analizar, a mi retorno, qué tanto impacto positivo tendría el viaje en mí.

«Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado»

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, me dijo una vez un espíritu, una estrella que tengo, hace unos cuantos años. Por mi madre, que así ha sido.

Empecé a considerar lo del dedo como un pago por adelantado. Algo simbólico, claro, porque finalmente no es nada serio, pero sí está la herida estratégicamente ubicada para que te acuerdes de ella cada vez que tecleas en una compu, cargas una pieza de equipaje, y haces tantas otras cosas cotidianas de un viaje, que claramente es una penitencia recurrente.

De ese viaje sí tengo memoria, fue una vez que logré escapar de una huelga de mineros ilegales en Apurímac. Los mineros protestaban contra las normas pro-formalización que, una vez más, y una vez más en vano, pretendía implementar algún gobierno de turno. Claro, para que esa sea una buena historia, es necesario anotar que justamente yo trabajaba por esas épocas en una gran empresa minera. La situación sucede cuando ya estaba de regreso al Cusco para tomar un vuelo a Lima que me llevaría a unos cuantos días de descanso bien merecidos. La camioneta llegó hasta un par de kilómetros antes del puente Sahuinto, que cruza el río Pachachaca, pase obligatorio hacia la ciudad de Abancay, donde pernoctaríamos.

Las quebradas apruimeñas. Buen terreno para una estrategia de guerra

El plan era llegar a Abancay antes que cierren los accesos. ¡Buen plan!, ¿no? Pues… cuando llegamos al punto antes descrito, los mineros se habían colocado con hondas y piedras en las laderas de los cerros y por la carretera venía marchando, en dirección nuestra, un par de cohortes de policías antimotines. Estos son los típicos enfrentamientos en Perú entre la policía y grupos (mal) armados, que no es extraño que terminen con algunos fallecidos, en ambos bandos. Sabíamos que la situación era particularmente peligrosa y la decisión que tomamos fue cruzar el puente antes que llegue la policía y que inicie el enfrentamiento. La apuesta era que los mineros no nos ataquen, puesto que ellos dominaban las laderas, y en cualquier momento hubiesen podido lanzar piedras si sentían que los movimientos de quienes estábamos atrapados en la zona de batalla hubiesen jugado en contra de sus posibilidades de mantener la posición. Sinceramente, viendo el escenario, la decisión dependía de que a alguien no se le escapase un hondazo de puro estresado, pero en ese momento mi estrella me dijo “anda”.

Fueron dos de los kilómetros mas extenuantes que he hecho en mi vida. A paso rápido, en altura, con equipaje y con dos toneladas de angustia, veíamos cómo la policía se acercaba cada vez más rápidamente al puente y cómo las laderas se iban poblando de gente en posición de ataque, con hondas y piedras en las manos. En un momento se me cayó el maletín y pensé en dejarlo, pero el conductor, – que venía con nosotros abandonando la camioneta en plena carretera, como hicieron prácticamente todas las personas que se encontraban en nuestra situación, y que no eran pocas –, me dijo “yo se lo llevo, ingeniero”. No había tiempo para decirle que yo no era ingeniero, por cuarta vez. Más bien hasta el día de hoy me pregunto si le agradecí lo suficiente por su apoyo en ese momento tan crítico, pues recuperar el maletín no era lo más importante, sino más bien, el impulso que me dio para seguir adelante fue certero.

Pasamos. Al poco tiempo inició el enfrentamiento. Logramos abordar un colectivo que nos llevó hacia Abancay. El enfrentamiento dejó 15 policías gravemente heridos.

Nos registramos en el Hotel de Turistas, que a los pocos minutos se llenó, y nos propusimos quedarnos allí por tiempo indefinido, pues no sabíamos en qué momento levantarían las protestas.

La entrada a Abancay

Recuerdo que al llegar al hotel, mi dedo estaba sangrando nuevamente. Me había vuelto a abrir la herida, seguramente con el roce del equipaje, y sentía los latidos de mi corazón a través del corte. ¡Es la estrellita de Mario!, recuerdo haber pensado. Puse “Safe and Sound” de Capital Cities, me tomé una ducha y me sentí vivo como cuando tenía 18 años y le agradecía al universo haberme llevado a instalarme en un pueblito del centro-oeste de Francia.

Por la noche nos enteramos que se había negociado un pase entre los mineros y la policía para que la gente pudiese salir hacia el Cusco, ya que la ciudad de Abancay estaba totalmente incomunicada por los piquetes, y muy temprano al alba nos pusimos en ruta, sin más contratiempos.

El corte de la existencia

En ese momento lo empecé a entender todo: el corte en el dedo es el elemento que me lleva a elevarme y observar mi existencia desde otro plano. Eso te permite relativizar muchísimas cosas. Particularmente, te permite entender lo positivo que tiene la vida, dentro de todo lo negativo que uno a veces cree que es simplemente abrumador.

Los cortes en el dedo han seguido allí, a la orden del día: como cuando me mudé con mi familia a vivir a Malta, uno de los pasos más importantes de mi vida, o como cuando fui a San Francisco a una de las reuniones emblemáticas de mi recorrido profesional. Siempre con el dedo cortado un par de días antes de viajar.

Últimamente vengo luchando contra uno de mis demonios internos más poderosos y, en esas andaba, cuando la otra noche desperté con tres cortes profundos en el dedo medio de la mano derecha. Ese mismo corte que se ha hecho sentir en varias de las letras tecleadas durante esta redacción.

La misión

La misión: ¡Allá voy!

Me desperté como a las cuatro de la mañana y sentí una molestia en el dedo. Me fijé y tenía sangre. También había manchado ligeramente las sábanas con un rojo oscuro ya bien impregnado en el tejido. Fui a lavarme las manos y a ponerme agua oxigenada. Vi los tres cortes.

Como este importante viaje laboral a Canadá se enmarca en la aún más importante misión de vencer a este demonio, inmediatamente me quedó claro que se vienen grandes cosas. Estoy feliz, porque, como siempre, no estoy solo. Estoy rodeado de las energías que necesito. Siempre retomando la dosis de misticismo que me reclama mi tío Carlos, a quien con mucha alegría voy a ir a visitar a Montreal dentro de pocos días.

“Las cosas buenas, tú las vas a pagar por adelantado”, y aquí estoy, listo para recibir lo que venga, viendo cómo poco a poco mi dedo cicatriza, pero aún incomoda. Como debe ser.

Soledad: la bestia negra del Gran Viaje

Vivo hechizado por un trágico sortilegio que me lanzó alguien muy querido en un triste episodio de nuestras vidas. Aquella vez, un desencuentro de profundas raíces, pero de superficie efímera, terminó con un escupitajo de fuego: “morirás solo”, sentenció.

Desde entonces, la reflexión ha sido profunda.

Veo a mi alrededor y no puedo sino encontrar motivos para ser feliz: unos padres fantásticos, que siempre me apoyaron, me dieron libertad y sembraron en mí la semilla de la curiosidad, la virtud que más aprecio en la humanidad… padres que aún siguen juntos, son productivos y están en buen estado de salud; una familia maravillosa, creativa, exitosa, internacional, que pese a las distancias, se reencuentra y se reinventa en varias latitudes; amigos en cada puerto – y de los buenos –, que me han dado tanto y con quienes no dejo de aprender; empresas efervescentes que crecen pese a la adversidad y se consolidan gracias al trabajo arduo y a la contribución permanente de seres humanos increíbles que me asombran cada día por su compromiso y voluntad.

Veo adentro mío y encuentro un sinnúmero de razones para tenerle un amplio agradecimiento al universo: he vivido una vida donde los viajes, uno de los aspectos que más disfruto de la existencia, han sido – y son – una constante; he podido seguir una vía académica y profesional plena, en la cual me sigo reinventando, siempre estudiando y aprendiendo de quienes, junto a mí, trabajan sin descanso para sacar adelante los diversos proyectos que vamos construyendo; he tenido una relativa buena salud todo este tiempo; me doy los lujos que quiero.

Jeunesse

¿El amor? No es que esté en el mejor momento de mi vida, pero disfruto de mi soltería para concentrarme en mis proyectos y tengo grandes recuerdos de mi vida amorosa. Quizás el hecho de haberme casado y divorciado al poco tiempo ha sido una experiencia bastante difícil de sobrellevar, pero creo que el tiempo ya hizo de las suyas. Si bien hoy no tengo una pareja, esto probablemente se deba a una mezcla de mala suerte, poco tiempo disponible y un alto nivel de exigencia, lo cual es más bien algo que agradezco.

Sin embargo, muy a menudo me encuentro frente a un vacío muy grande, un revoltijo de emociones inexplicable, que me recuerda el hechizo que cayó sobre mí: estoy solo. Nací solo. Moriré solo. Quizás sea el precio a pagar por mi liberalismo individualista, el cual creo firmemente que es el mejor vehículo para la prosperidad de la humanidad.

La soledad es muy fácil de ejemplificar: es el recuerdo de una calle mollebambina a las 10 de la mañana.

Cuando todos se han ido al campo y estoy solo en la oficina, de pronto, por la puerta entreabierta que da hacia la calle de la posta médica, entran unos rayos de sol que calientan tímidamente el gélido espacio. Son las 10 de la mañana. Me levanto y salgo despacio a contemplar las sombras de las construcciones de adobe y cal de uno y dos pisos que se erigen a lo largo de los doscientos metros de la calle. No hay nadie. No hay un solo ruido. Los rayos de sol se extinguen de repente. Una nube con carácter prominente atraviesa los cielos andinos de un azul penetrante.

Calle Mollebambina

¿Qué hago aquí? – Me pregunto con cierta gravedad –. Mi novia, mis padres, mis amigos, todos están lejos. Aquí solo hay un frío de mierda y un silencio tenebroso. De pronto me pongo a llorar, con unas lágrimas que salían de mis vísceras, no entendía entonces por qué… por qué tanto… pero hoy lo entiendo todo. Estaba llorando toda la soledad que tenía por delante…

Termino de llorar. Me recompongo. Pasa una señora con la piel tan arrugada que podría haber sido la mujer más longeva del mundo, pero es el sol andino el que le suma 30 años epidérmicos. Eso sí, pasa lento, lento… lento. Claro, no tiene ningún sentido tener alguna prisa. No me mira, aunque sabe perfectamente que estoy allí. Soy un extranjero en su pueblo de toda la vida. Soy un extranjero como siempre lo he sido.

Me recompongo por segunda vez, esta vez con la esperanza puesta en los tímidos rayos de sol que vuelven a aparecer por los flancos de la intrépida nube estoica que surca los cielos apurimeños. Miro mi reloj: son las 10 de la mañana.

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La soledad es la que me acompaña en este cuarto de hotel panameño, con vista al Océano Pacífico.
La soledad es la que reserva junto conmigo esas interminables mesas de uno, en cada nueva latitud que la vida me da la gracia de descubrir.
La soledad es la que me permite trabajar largas jornadas cada día, sin importar dónde o con quiénes me encuentre.
La soledad es la que nubla mi futuro, perturba la siguiente esquina, me aleja de quien alguna vez fui.
La soledad es la que recubre mi nuevo manto protector.

Hacia allá voy, hechizo inquebrantable.

Hechizo que cayó sobre mí alguna vez a las 10 de la mañana, nublando el cielo de julio, con un blanco algodón de infinita tristeza.

La soledad, en una calle de Montreal

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El tiempo pasa y no pasa. Se detiene y avanza. Qué importa. Da igual. Yo, que quería descubrir contigo, oh alma gemela, cada paso. Yo, que me asombraba de verte asombrada, que me entregué a tal punto de ya no reconocer mi propio camino.

Al menos eso me has traído. La clave del futuro. La certeza del camino. La tranquilidad del sino.

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¿Por qué te mudaste de París a Mollebamba? Me preguntaron una vez en la cocina de don Nico. Sonaba un huayno. La respuesta estaba servida.

París es mi Norte desde niño. Hoy, Mollebamba, y tantos otros lugares entrañables del Ande peruano, son parte de mi sistema circulatorio.

Tenía que reencontrarme con mis terrores más profundos. Allí donde nacieron. Solo. Esa soledad venía cargada de un significado tan trascendente que hoy se convierte en una evidencia elemental, cuando en su momento era una interrogante tan pesada como el acertijo de la Esfinge.

El paréntesis de la vida que hace poco cerré, me ha hecho reencontrarme con una metamorfosis de aquella soledad, hoy recubierta por la irrefutable seriedad del paso de los años, la cual encaro de forma más madura y sabia. A fin de cuentas, de eso se trata ¿no?

La soledad en un amanecer montevideano

Los escalofríos recorren mi piel y me llevan a mi callejón mollebambino. Son las 11 de la mañana. ¡Por fin! Había entonces esperanza en aquél resplandor solar dibujado en los contornos del arrogante nubarrón. Aseguro que hasta hoy, antes de esta catarsis, el reloj nunca avanzó.

Son las 11 de la mañana y me cago de frío. El día es largo. Pronto volverán los demás del campo. Pronto las sombras se disiparán bajo el zenit. Pero algo debo aprender para que avancen esas manecillas del reloj, sino ¿para qué?


Sí, allí está mi hechizo: moriré solo. Gracias al cielo.